#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

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La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

31 de diciembre de 2011

Recuerdos de año nuevo en un cuaderno


El año viejo languidece
y yo vuelvo a rasgar otro cuaderno
con mis notas y borrones,
mis dedos son más viejos esta tarde,
cuerdas más gastadas,
y mi piel está un tanto más arada,
más endurecida,
aunque mi arma se parezca a la de entonces,
a la pluma de hace un año
ya marchita y olvidada.

Los últimos minutos enmudecen en compases apagados,
taciturnos,
como si no quisieran seguir corriendo eternamente,
azorados bajo fiestas y campanas,
encogidos,
amortiguando sollozos,
tristezas
y funestas noticias aciagas,
el año viejo nos deja
y soñamos que el nuevo nos acune,
que sea, al menos, tranquilo,
apaciguado.

El año viejo huye veloz a su retiro
convertido ya en recuentos,
en historia,
y yo sigo emborronando recuadros con azules,
desangrando pensamientos en papel,
dejándome caer en el abismo de un cuaderno
un año más,
entumecido por el frío del invierno,
resguardado al calor de mis suspiros
y ensoñaciones,
soñador…

¡de nuevo he dejado sin culminar tantos proyectos!

A este año que se va le he hecho una única promesa,
no prometer lo que nunca cumpliré,
esa es mi única promesa de futuro,
mi nuevo himno,

el año nuevo llega
mecido en el mar incierto de lo ignoto,
y yo, lejos de preguntas y promesas,
seguiré enturbiando cuadernos con tachones,
rellenando páginas sin tesón y ningún orden,

no sé cómo será este nuevo año,
solo sé que si no me viene a reclamar la niña muerte
lo volveré a terminar
caminando en el calor de un nuevo cuaderno,
de nuevos proyectos
y nuevas e imposibles quimeras.

30 de diciembre de 2011

Un pobre desgraciado


Siempre había sido un pobre desgraciado. La mala suerte parecía perseguirle como la lluvia a los días nublados, pero lo del último año había sido el colmo: despedido de la empresa tras treinta años de entrega casi completa, divorciado de la mujer con la que se había casado al poco de ponerse a trabajar y, por si fuera poco, enfermo de un cáncer terminal que acabaría con él en unos pocos meses, algo que se había callado por pura cabezonería. Desde entonces vivía en la calle, abrigado por cuatro cartones y acostado sobre el mármol del banco que se había quedado con su casa después de veinticuatro años pagando los plazos. El mundo era una mierda.

Y él era un pobre desgraciado, desde el colegio, lo sabía y se odiaba por ello. Era inseguro, debilucho y muy imaginativo, lo que desde siempre había propiciado las burlas de sus compañeros. Los granos en la pubertad y que le pillasen masturbándose en el baño del instituto tampoco habían sido de mucha ayuda a la hora de quitarse el sambenito de perdedor que llevaba marcado en el alma. Se casó de puro milagro (vamos, de penalti) con una vecina a la que dejó embarazada en una noche de borrachera conjunta y fue otro golpe de suerte el encontrar ese trabajo de repartidor en el que había empeñado toda la vida y en el que fue el escalafón más bajo de la empresa hasta el día de su despido.

La verdad es que la vida era un asco. Comía lo que encontraba en el contenedor, sus hijos no le hablaban y vestía más harapos que ropas. ¡Estaba harto! Así que, ese día, decidió que su suerte iba a cambiar. Encontró una navajilla multiusos oxidada que alguien había decidido hacer pasar a mejor vida y se dijo que ese nuevo golpe del destino iba a cambiar su desgracia por fin, por algo había que empezar, lo más importante era la actitud. Espero a que cayese la noche y a una de las figuras solitarias que deambulaban en la oscuridad solitaria de aquella calleja de tanto en tanto, siempre había despistados que caían en la boca del lobo. Vio al chaval. Parecía delgado y no demasiado fuerte. Decidió que había encontrado a su víctima, seguro que llevaba dinero en el bolsillo.

Esperó a que el chico pasara a su lado sin prestarle la más mínima atención y se levantó ruidosamente con la navajilla entre los dedos ateridos de frío y llenos de heridas. Dijo una de esas frases que se dicen cuando se atraca a alguien y por un momento pensó si no se habría quedado mudo, porque el chaval ni se inmutó. Pero no estaba sordo, lo sospechaba porque escuchaba en ese momento un ruido sordo y veloz que se acercaba. El chico llegó caminando tranquilamente al puente que atravesaba la línea del Cercanías y el atracador frustrado, desgraciado hasta para delinquir (¡maldita sea!) escupió y tuvo que acelerar el paso para alcanzar a su objetivo. Lanzaba miradas nerviosas a uno y otro lados, por si venía alguien. Nadie. Estaban solos. Atracador y atracado. Perfecto. Nada podía fallar otra vez. Un retumbo invadió el piso, pero estaba tan enfrascado en su acecho que ni se percató.

Se acercó de nuevo a la espalda del chaval desconocido y gritó aún más fuerte. Un insulto, una imprecación y una amenaza, todo a la vez, para dar énfasis al peligro que representaba. Y el chico continuó caminando como si tal cosa (¡Joder, ¿Qué coño le pasa a este tío?). Volvió a intentarlo, por lo menos tres veces, antes de abandonar el puente. Hasta que decidió ir un punto más allá. Agarró al chico por el brazo y le hizo volverse, con tan mala suerte que se le cayó la navaja de las manos. El chaval le miró con cara de despiste. El sonido era cada vez más potente. La navaja estaba en el suelo. El chico se llevó una mano a la oreja izquierda y sacó de ella un pequeño auricular apenas perceptible (¡Mierda! Si es que soy un jodido desgraciado).

    -Perdone ¿Quería usted algo?
    -No, disculpe, le he confundido con alguien (¡joder! Vaya mierda)
    -Ok. Buenas noches.
    -Buenas noches.

Casi habían tenido que gritar por culpa del molesto ruido ambiental. Había vuelto a fracasar, como siempre. Pero había dado un primer paso, la esperanza se abrió paso en su mente. A partir del día siguiente su vida iba a cambiar, iba a dar un giro radical a su existencia.

En ese instante, mientras regresaba hacia su cama de cartón y piedra, tropezó con la navaja multiusos oxidada. Quedó colgando unos segundos de la barandilla (¡Por fuera! Mira que tengo mala suerte ¡Joder!), pero pronto se quedó sin fuerzas. El ruido era ahora algo más que una molestia insistente, era una amenaza.

Joder, qué mala suerte tenía el pobre hombre. Nació desgraciado, no lo he dicho antes, pero al nacer le diagnosticaron más de cien alergias al pobre. Vivió siendo un desgraciado y, ¡lo habéis descubierto! Qué lectores más inteligentes tengo. Murió, desgraciadamente, al caer a la vía del tren, después de tropezar con una navaja oxidada que había pretendido utilizar en un atraco frustrado.

Si es que era un desgraciado. Nadie se enteró de quién era el tipo que cayó en la vía y fue arrollado por el tren, así que, nadie fue a su entierro.

22 de diciembre de 2011

Encuentro fugaz


Te veo llegar y siento arder profundamente mis entrañas,
a través del velo que me ciega intuyo la turgencia de tus formas,
la sugerente caricia de tu piel de caramelo,
el encendido que llamea entre tus manos tentadoras,
el néctar sabroso,
tus canelas…

y sin rozarte ya despiertas mi suspiro,
mi deseo…

y la punzada en mi pecho es el comienzo,
la caída inexorable hacia tu abismo,
el deseo de convertir sábanas en campo de batalla,
en contienda desatada,
en la guerra cobijada entre gemidos
y los sueños con tu lengua incandescente,
desatada.

Deseo penetrar en tu tibieza
y antes de probarte, de merodear por tu silueta estremecida,
ya te he sentido entre mis dedos
impregnados de deseo ajeno,
el fuego de mis yemas ya ha hollado tus secretos ,
tus labios se han paseado por los míos
en un contagioso juego sin mesura,
ni siquiera te he rozado y ya he arrancado tu ropa,
dejándome gozar con tus contornos,
haciendo la pasión más estridente
y la punzada, acuciante,
imperiosa,

¡el deseo es infinito!

Me desvistes desde lejos,
el fulgor de tus pupilas me devora
y sin probarte ya soy un ente exhausto,
ya he jadeado,
tu perfil ya ha sido descubierto,
y mi anhelo, sin besarte, te ha besado.

Tu piel desnuda me devora,
mi lengua te recorre lentamente, abrasada,
y mis manos…
    mis manos bailan con tus formas,
te delatan,
te arrinconan.

Solo una mirada es necesaria
para que la tormenta se desate,
los jadeos se multiplican,
nuestros cuerpos se dejan arrastrar por nuestro encuentro…

el abrazo es el comienzo de la lucha,
el vaivén de las caderas, el compás,
el gemido desgarrado en tu garganta,
y el sudor perlando tus mejillas,
arrebolando mi pecho enfebrecido ,
erizando tu piel,
apresurando los sentidos,
el primer jadeo resuena en el silencio
cuando dibuja de nosotros un instante
y no somos dos entes enzarzados

sino labios y caricias
y bocas y pieles y dedos…

nuestras ansias disparadas
y los gemidos de placer multiplicados

una vez
        y otra vez
                y otra vez

embravecemos el temblor de nuestro espacio,
solo somos ya jadeo y gemido y jadeo y calor y jadeo y pasión
y jadeo
y suspiros…

dos bestias enzarzadas,
enfrentadas para siempre en su tibieza,
húmedas,
perdidas entre sábanas caídas,
pasión arrastrada hacia el abismo…


Y después, tras la contienda,
tras el estallido apasionado,
tras la ofrenda,
el sosiego se hace manto,
la batalla ha concluido

y somos de nuevo un abrazo,
caricias temerosas,
miradas compartidas,
calor en mutua compañía…

hasta el instante en que me mires
y despiertes de nuevo el ardor de mis suspiros.


Ahora, si quieres, PUEDES ESCUCHAR EL POEMA DESCARGÁNDOLO AQUÍ

A veces



A veces me miras con esos ojos
traviesos y profundos que atesoras,
eternos y brillantes,
                   risueños,
y creo sentir cómo me robas el alma
y te la guardas.
Cómo me atrapas en tus redes,
tejidas por tu aroma a pasión
y promesas de noches de cama.

Entonces, en ese instante
te siento mi amante,
mi musa privada,
mi mujer,
lujuriosa e incitante,
                   seductora,
volátil y esquiva,
              candente.

Y deseo morir allí,
en el lugar que me invita
a morar tu mirada,
a morir de amor
y después añorar para siempre tus brasas.

Otras veces soy yo
el que te busca anhelante,
                            ardiente
y presa del deseo más profano
y te abraso con mi fuego, desde lejos,
aunque parezca que tú no lo notas,
que no quieres sentir el ardor de
                    mi mirada.

Y entonces me siento vacío,
como perdido en noche sin luna,
sin guía en el desierto de tu olvido
y quiero volver a morir
en aquélla pasión hace tanto tiempo olvidada.

Querría decirte lo mucho que te quiero,
cuánto te añoro sin haberte tenido,
cómo me ahogo por no poder beber
del frescor de tus labios rojos,
de seda, llameantes,
                  jugosos,
promesas de una pasión
que nunca será saciada.

No devoraré tus besos con ansia
y tú no me darás a probar
de su aroma dulzón, de tu deseo.

No probaré el sabor de tu carne sabrosa
y tú no dejarás que mis manos
recorran suavemente tu cuerpo tembloroso,
salvaje y firme,
sencillamente sensual,
                      gimiente,
                      sudoroso,
pura pasión en movimiento.

No me dejarás,
Lo sé y muero por ello,
                enloquezco.

No rozaré siquiera tu piel
para que pueda quemarme,
abrasarme con su llama hiriente,
dejarme marcado para siempre,
como una res que pertenece
a tu rebaño obediente.

No,
no lo haré
y en el fondo ambos sabemos
que ya hemos probado nuestra carne,
que ya he rozado tu piel llameante
gimiente y sudorosa,
sensual, salvaje y firme
con mis manos temblorosas,
violentamente tímidas,
                furtivas…                            
que ya me he saciado con tus labios,
que ya me has buscado anhelante…

Y que, si llegamos a encontrarnos
en un camino desierto
jamás podríamos volver a evitarnos.

Y que la pasión que siento,
este deseo tenaz y loco,
sería colmado mil veces
y que tu propia pasión,
                       tu anhelo,
                     tu deseo
habría de ser por mí saciado,
hasta consumir para siempre
el fuego eterno de las llamas,
el ardor
        en el que me incita a morir
                       tu mirada.


18 de diciembre de 2011

Amor de ida y vuelta


Todo comenzó como un juego. Un mensaje velado, una mirada de soslayo, una sonrisa traviesa... después llegaron las horas en mutua compañía, las caricias tímidas, cálidas. Los besos vinieron mucho más tarde, cuando ambos por fin fueron conscientes de que no había vuelta atrás...

Se convirtieron en inseparables. No había momento del día en el que no se buscasen el uno al otro. Tranquilos al principio de su amistad y desesperados poco tiempo después. No eran capaces de vivir el uno sin el otro. En la oscuridad de la cama se desataba la pasión que acumulaban a lo largo de la jornada. Sus caricias eran cada vez más sedientas, sus besos más ardientes, su búsqueda del placer más intensa. Eran dos tormentas desatadas.

Todo comenzó como un juego. Un abrazo más suelto, un beso distraído, una mirada ofendida… después llegaron las horas separados, las caricias olvidadas, frías. Las contestaciones aún tardaron un tiempo en llegar, las discusiones acaloradas se hicieron más patentes y violentas. El odio vino poco después, cuando ambos por fin fueron conscientes de que no había vuelta atrás…

17 de diciembre de 2011

Álamos del Encinar que me acompañan



Retorcidas ramas de álamo joven,
sois mudas compañeras de delirios,
testigos silenciosos
    de minutos robados a lo cotidiano,
    a la vida más cercana,
    al anhelo
    o al pasado,

reflejos de sentimientos rugidos en papel,
quimeras azuladas,,

en días de sol, claváis vuestras agujas en el azul celeste o
atravesáis la espuma de los grises en invierno,

siempre estáis aquí, cálidas acompañantes,
del silencio,
de las citas a escondidas con los versos,
con las musas revoloteadoras,
desnudas
prestas a impregnar mis escritos con su aroma.

Retorcidas ramas de álamo joven,
sombreadoras risueñas en primavera
y dolientes esqueletos en otoño,
quizá estéis ahora muertas de este frío,
aguardando esperanzadas el abrigo de los brotes,
quizá lo estéis,
quizá tembléis en la mañana
o al ocaso de la tarde,
y aun así estáis aquí, conmigo,
siempre lo estáis,
bailando sobre mis escritos,
regalando vuestro aliento,
siempre estáis aquí,
como vigías mudos,
aguardando,
siempre estáis aquí,
dibujando sombras fugaces en mis hojas.

Quiero regalaros un poema,
reteneros para siempre en mi retina,
teneros cerca,
por si el día de mañana no nos vemos,
gracias por acompañarme,
gracias por estar en mis cuadernos,

gracias por bailar sobre mi sombra.

6 de diciembre de 2011

Luces en la Niebla


Jack caminaba con prisa, apurado, sin prestar atención a su alrededor. No hacía falta. No necesitaba ver por dónde iba, conocía el camino sobradamente. Cualquier persona con la que se hubiese cruzado en aquel instante habría corrido para apartarse de su lado. Su aspecto era tenebroso, inquietante. El rostro huraño bajo una chistera. Un bastón decidido, rematado con motivos metálicos. Un cuerpo hosco, de andares desafiantes, oculto bajo una levita oscura y un luminoso chaleco dorado. Todo el conjunto bajo el espesor de la niebla erigida desde el río. Apenas había luz. Tenía prisa. Parecía huir de alguien… o de algo. No miraba atrás, pero se imaginaba observado a través de la bruma. Siempre le ocurría después de uno de esos paseos nocturnos.

De pronto un chirrido, un desconocido amasijo de metal, vapor y luces frente a él, escasamente a diez metros de donde se hallaba.

Cuando la niebla se aclaró misteriosamente en aquel punto en concreto deseó estar en cualquier otro lugar, aunque no supo por qué a ciencia cierta. Una silueta extraña descendía de un carruaje esférico repleto de tubos y luces intermitentes. Pudo ver varias llaves de paso circulares de las que surgía vapor de agua y algunas válvulas de presión demasiado grandes como para resultar tranquilizadoras.

La silueta se acercó a él a través del vapor, la luz y la niebla. La máquina continuaba exhalando crujidos metálicos y protestas luminosas. Jack pudo ver que el desconocido vestía ropas muy semejantes a las suyas. Protegía sus ojos con extravagantes gafas oscuras, muy redondas. Llevaba un salacot en la cabeza y una gabardina bailaba a su alrededor, repleta de artilugios extraños que sobresalían por todas partes. A Jack no se le escapó el revólver que colgaba a su izquierda ni la seguridad de su oponente.

Cuando estuvieron más cerca, soltó un reniego. El recién llegado se llevó una mano al salacot a modo de saludo y esbozó una sonrisa mientras apartaba las gafas de unos ojos castaños y vivaces. Jack no pudo menos que corresponder al saludo con un toque de chistera, su honor de caballero le obligaba. 

De repente se sintió extraño, silenciosamente amenazado por el desconocido. Éste extrajo de uno de los bolsillos de la gabardina un reloj de bolsillo, lo contempló un par de segundos y esbozó una sonrisa inquietante. Después levantó la mirada y observó al desconocido con una repulsión oculta bajo un deje de caballerosidad.

-El señor Jack, supongo.

Asombrado, el aludido solo pudo asentir. De repente su habitual pose huraña y confiada dio paso a la de alguien terriblemente sorprendido. El extraño volvió a consultar su reloj. Asintió. Esta vez había acertado. El destripador jamás volvería a matar a nadie. Obligó a Jack a entrar en la Máquina del Tiempo y se lo llevó de allí para siempre.