#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

Microrrelatos en 3 Capítulos

Disfruta de más de cien historias cortas

La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

26 de diciembre de 2012

En busca de horizontes



Quise ser feliz y me marché lejos, lo más lejos posible de una tierra que me recordaba a la miseria, a la guerra, al hambre… viajé durante años, buscando un destino, una meta en la que dejarme arropar por mis sueños, un lugar donde encontrar un horizonte.

Creí incluso encontrar un hogar en la otra punta del mundo, allí, donde recibí tu primera carta, en la que me pedías que volviera, en la que, por fin, confesabas que me querías y que siempre lo habías hecho. Aquella carta fue como un freno, un ancla que me mantuvo en aquel lejano país durante años, incapaz de encontrar un motivo por el que seguir alejándome…

Y finalmente, cuando comprendí mi error, regresé y no encontré en mi antiguo hogar más que esperanza, ilusiones y empeños compartidos. Busqué por las esquinas la miseria, la guerra en las paredes, el hambre en el corazón de mis vecinos… y al verte a ti, al reflejar mi rostro en tus pupilas, descubrí que yo había sido el hambriento, el guerrero, el mísero… y que había malgastado toda mi vida buscando algo que siempre había tenido entre las manos.

15 de diciembre de 2012

Adelante


Quiero gritar a todo el mundo que ¡adelante!
Despertar un nuevo optimismo colectivo,
golpear la tristeza con sonrisas
y ahuyentar ferozmente el pesimismo.

Quiero gritar que unidos somos

invencibles,
intocables,
poderosos

un huracán capaz de cualquier meta,
un río desbordado, una tormenta

entre todos podemos conseguirlo
aunque aún no nos lo creamos,
entre todos podemos conseguirlo,

que no nos mientan,
que no nos conviertan en culpables de sus culpas,
que no nos amedrenten,
nosotros podemos lograr cualquier propósito,
les asustamos,
no dejemos que vuelvan a engañarnos
no dejemos que nos atrape el pesimismo

tomemos las riendas
protagonicemos al fin nuestra leyenda

¡Adelante!

Ha llegado el momento.
El mío, el tuyo
                      el nuestro.

23 de noviembre de 2012

Sola


Mario llegó a casa borracho, como siempre. Ya era de noche. Le costó meter la llave en el bombín de la cerradura del portal, a pesar de que el ayuntamiento se había dignado a arreglar la farola que iluminaba su puerta. El llavero tintineó ruidosamente. Eructó y maldijo en voz alta, sin importarle lo más mínimo que alguien pudiese escucharle. Esa noche estaba enfadado. Enfadado de verdad. Manolo no le había querido servir más copas y había terminado por echarle del bar con cajas destempladas… necesitaba desahogarse, que se jodieran los vecinos.

Le costó más del doble de lo habitual el subir las escaleras que llevaban hasta el tercer piso, arrastrando los pies y apoyándose en la barandilla, volvió a maldecir en voz alta y a rugir su disgusto. Estaba harto de todos. Al llegar a su puerta la golpeó con furia, gritando el nombre de su mujer. No le importaba lo más mínimo que Quique, su hijo de cinco años, estuviese acostado ya. Si él había soportado esas cosas de pequeño, Quique también sabría hacerlo. Además, a él no le había ido tan mal…

Marta le abrió la puerta y él sintió un acceso de ira al contemplarla. Allí estaba, tan perfecta, tan sobrada de sí misma, tan insultantemente odiosa… le dio un empujón a la puerta con todas sus fuerzas, aunque su mujer pudo apartarse a tiempo y alejarse por el pasillo hasta el salón. Mario la maldijo e insultó a gritos. No aguantaba que le diesen la espalda, no aguantaba su superioridad ni sus calladas lecciones de comportamiento. 

Cerró de un portazo. Esa noche Marta iba a saber quién era él. Se iba a llevar hostias hasta que se cansara de dárselas. Se tambaleó hasta el salón, donde Marta esperaba, encogida en el sillón, silenciosa y atemorizada, casi como si estuviese esperando su ración de bofetadas. Se acercó dando voces, como siempre, por el rabillo del ojo le pareció ver a Quique, apoyado en el quicio de la puerta de su habitación, con lágrimas en los ojos… 

Levantó la mano para golpear a su mujer. Ella tenía la culpa de todo. La tenía, ¡maldita sea! Y entonces, una fuerza inesperada detuvo su brazo y le lanzó hacia atrás. Mario cayó de espaldas y el golpe le despejó levemente. ¿Qué coño…? Desde el suelo pudo ver a casi todos sus vecinos mirándole con odio indisimulado. Y volvió a gritar, aunque esta vez fue de miedo y su garganta sólo pudo escupir un gemido acobardado. Esta vez Marta no estaba sola en casa…

21 de noviembre de 2012

El Payaso

Había una vez un Payaso que siempre tenía una sonrisa para los niños. Daba igual que por dentro estuviese triste, cansado, enfadado o no hubiese desayunado esa mañana, algo que hace que sea muy difícil sonreír, no sé si lo sabéis. 

Durante años y años el Payaso continuó sonriendo a los niños, tuviese frío o calor, estuviese triste o alegre, hubiese o no desayunado esa mañana… y cuando los niños fueron ya mayores, el Payaso les siguió siempre sonriendo, a ellos y a sus hijos y a todos los niños que se acercaban a escucharle cantar o a verle sonreír.

Por eso, cuando se tuvo que marchar del mundo, el Payaso no se lamentó de tener que irse, aunque estuviese muy cómodo en la Tierra. Y mientras volaba más y más alto, aferrado a un paraguas amarillo con lunares morados que le llevaría más allá de las nubes, el Payaso sonrió, porque supo que en el mundo que dejaba, todos esos niños a los que les había dedicado su sonrisa, siempre le recordarían con el mayor de los cariños. Y para un Payaso, no hay un premio mejor que el cariño y la sonrisa de los niños.

2 de noviembre de 2012

Un abrazo

Solo tuve que mirarte una vez para saberlo. Me perdí entonces en tus labios y tus mejillas ligeramente sonrosadas, en el vacío insondable de tus ojos, en el dulce de tu piel de caramelo... y me dejé mecer por tus caricias, por tus cálidos susurros, por tu risa. Y entonces, solo entonces, cuando tus brazos se entrelazaban a los míos, fui feliz.

30 de octubre de 2012

Pesadilla



‎-¡No!, ¡Por favor!, ¡Sáquenme de aquí!, ¡Socorro!, ¡Socorro!

Gritó, pataleó y gimió, totalmente aterrado, no podía salir, sentía que se asfixiaba, necesitaba aire... y en ese mismo instante despertó sobresaltado y se golpeó en la frente. Aún hubo de aguardar un minuto largo para ubicarse y saber dónde se encontraba y al hacerlo suspiró aliviado, estaba en el interior de un ataúd bastante estrecho, probablemente bajo tierra... 

-Uf, menos mal, qué pesadilla acabo de tener -musitó para sí mismo- he soñado que estaba en el Congreso de los Diputados...



19 de octubre de 2012

Halloween en el Parque de Atracciones


Acababa de recibir dos entradas totalmente gratis, gentileza de un idiota que había perdido a su hijo en la entrada del Parque y me las había regalado en la puerta, me había enseñado una foto en blanco y negro del niño, preguntándome con la cara desencajada y mirada de desesperación si le había visto por allí... apenas le hice caso, en cuanto me regaló las entradas dejó de importarme su suerte,  yo no había visto a ese niño y además, me daba igual que su padre le encontrase.

Las entradas me vinieron muy bien, porque con el dinero que me había ahorrado en ellas podía impresionar a Raquel, la chica que me acompañaba, e invitarla a cenar en un sitio guapo. Halloween, Parque de Atracciones… era evidente dónde iba a llevar a esa rubia que tanto me gustaba… nada más entrar en el Viejo Caserón supe que algo era diferente esa tarde, era una sensación extraña que no podía apartar de mi mente, pero estaba con la chica que me gustaba y si me lo curraba bien, esa noche pillaba, fijo… así que, hice caso omiso a mi instinto y me adentré en la oscuridad de la casa.

Empezamos a caminar muy apretados, podía incluso sentir el cálido aliento de Raquel y el ligero temblor de sus manos. Estaba muy oscuro, más que en otras ocasiones... al doblar la primera esquina fue cuando escuché un grito agudo, algo cálido me salpicó en la cara, noté que Raquel me soltaba la mano y que el tipo que tenía delante huía despavorido y caía a los pocos metros con un gemido de dolor… después se escuchó un llanto apagado y un coro de gemidos… un fogonazo iluminó el corredor y vi un niño que corría hacia mí, grité, un segundo fogonazo y fui capaz de reconocer los rasgos del niño de la foto… en el tercer fogonazo sentí un mordisco en la pierna y un dolor infinito. En ese instante noté una mano en el hombro y me giré… y en un cuarto fogonazo vi a Raquel con la mirada perdida, media cara colgando… y una boca enorme…          

15 de octubre de 2012

En la mañana


En la mañana,
cuando llegan las ideas
cual larvas sigilosas de mis sueños,
refugiado aún en las trincheras blancas,
arrullado por el murmurado trinar de los pájaros-despertadores,
envuelto bajo el desperezar pausado y calmo del que se sabe con tiempo,
ahí, en ese instante,
cuando el reloj aún no me ha citado
y los cuadernos aún no están repletos de tachones,
cuando no te he visto, vida,
me asaltan cimas descabelladas,
mariposas de colores y formas imposibles
que no soy capaz de identificar aún como ficticios horizontes,
como quimeras
en ese momento me veo capaz de cualquier meta…

después,
lo sé por experiencia,
apretaré el acelerador para correr de cero a cien en un instante,
aunque cada día lo haga un poco menos fuerte y más despacio,
y mi cuerpo me recuerde que sí,
que yo también voy envejeciendo
a pesar de lo que duele,
aunque mi sonrisa siga ahí cada mañana, como siempre,
aunque después me pregunte para qué sirve tanta prisa,
apretaré el acelerador
de cero a cien...
y seré uno más de miles.

Sin embargo, un segundo antes,
justo en ese instante en el que aún te acoge la negrura,
en esa oscuridad, cuando comienza el movimiento,
cuando llueven los proyectos a centenas
y aún no sé que alguno tendrá que ser pospuesto u olvidado,
soy único, justo en ese instante.

Ahí, reconfortado en mis locuras,
arropado en los ensueños,
acompañado solo por mí mismo
aun en compañía,
aguardando el instante prefijado,
observando, a veces, los jirones de luz en la ventana,
ahí aún no tengo límites
y mi sonrisa es franca y abierta y orgullosa

en la mañana,

antes de abandonar el refugio y ser cazado,
cuando aún no me dejo impresionar por lo imposible,
cuando aún soy solo yo
sin importar que la vida juegue con nosotros,
sin importar nada más que tú mismo
es cuando me invento
y soy solo yo, único e indivisible,
una forma perfecta,
un imposible sin relieves ni aristas puntiagudas…

ya sé que mis ideas morirán en un segundo
que seré uno más de miles al momento
que la vida me recordará los límites impuestos

y aun así, cada día, vuelvo a soñar
en la mañana.

12 de octubre de 2012

A ras de suelo



Así, a ras de suelo, es más sencillo ver las cosas con claridad... soy como una brizna de esta hierba fresca que acaricia la piel de mis mejillas, efímero, quizá necesario en ocasiones para la vida de otros… aunque nunca imprescindible para nadie…

Así, con la hierba susurrando en mis mejillas puedo por fin ver el cielo azul… no recuerdo cuánto tiempo hacía que no me detenía a contemplarlo, sin más preocupaciones que jugar con las nubes y descubrir sus formas caprichosas y cambiantes. Hace calor… por fin se ha terminado la tormenta y el valle lo agradece… tampoco retumba ya mi cabeza, es buena señal, significa que toda ha terminado…

Así, bañado por el sol, totalmente despreocupado del presente, es cuando la mente viaja siempre hacia el pasado y la melancolía comienza a murmurarme. El nudo en la garganta es imborrable aunque sólo enturbia mi existencia al detenerme, quizá por eso nunca me detengo… al menos no por mi propia voluntad. Ya no hace calor, mis piernas comienzan a ser dos miembros rígidos e inútiles, siento mi corazón deteniéndose poco a poco, acompasando la llegada de mi muerte con la sangre que escapa por la herida. No tendré futuro, seré una briza de hierba arrancada de raíz, espero haber contribuido a la supervivencia de mi pueblo, espero que el enemigo haya sido derrotado. No se escucha nada, aquí, en el Valle, todo ha muerto… antes de caer en la negrura arranco la lanza de mi pecho con las últimas energías…

9 de octubre de 2012

Amistad incómoda


Los padres de Ahmed y de Jacob no se gustaban, aunque eso ellos no lo sabían. Eran inseparables. Ninguno de los dos podía recordar con claridad el momento en el que se habían conocido o cuándo habían empezado a jugar juntos, pero desde los cinco años habían ido juntos al colegio, habían compartido experiencias, risas, llantos, enfados, alegrías... no había secretos entre ellos. Eran amigos, simple y llanamente, aunque uno viviese en el barrio judío y el otro en el musulmán, aunque nunca pudiesen verse fuera del colegio, aunque -y esto ellos no lo supieron hasta que no crecieron- perteneciesen a religiones enfrentadas...

Los padres de Ahmed y de Jacob no se gustaban, aunque eso ellos no lo supieron hasta que no empezó la guerra, hasta que no descubrieron, ya con doce años, por qué no podían visitarse en sus casas ni compartir el tiempo fuera del colegio. Fue una tarde, cuando aquella bomba mató a diez personas en el centro comercial, cuando todo empezó y cuando la amistad de los niños fue herida de muerte. Aunque sus padres nunca se hablaban y procuraban cruzarse lo menos posible, ambos coincidieron en hablar a sus hijos de sus libros sagrados al mismo tiempo, de sus dioses y del odio hacia el pueblo vecino. Aquella tarde Ahmed recibió un Corán de su padre y Jacob un Pentateuco, además de todo tipo de prohibiciones y advertencias frente a los “enemigos” de su pueblo, entre las que se incluía la de volver a hablar o jugar con ese niño con el que se sentaba en clase…

Los padres de Ahmed y de Jacob no se gustaban, aunque eso a ellos no les importaba, ellos eran amigos, eran inseparables. Así que, aprovechaban las ausencias de sus mayores para escapar de casa y correr a verse bajo el olivo partido por el rayo y allí, donde no habría ido de no sufrir la prohibición de verse, contarse el uno al otro los libros y enseñanzas de sus religiones… y a ninguno le pareció muy diferente un dios de otro, ambos eran padres severos y protectores, ambos rugían cuando enfurecían y eran capaces de obrar milagros por sus hijos cuando estos lo necesitaban, ambos eran capaces de enviar a sus hijos a la guerra, cuando estos eran lo suficientemente necios como para no entender su mensaje verdaderos… bajo el olivo, a salvo de las bombas y el odio, Ahmed y Jacob se juraron amistad eterna y ni toda la fuerza de sus religiones pudo jamás separarlos. 

5 de octubre de 2012

La petición



El reflejo plateado de las escamas fue lo primero que pudo avistar del dragón, un plateado intensamente luminoso que reflejaba el sol de mediodía. No era el primer dragón que contemplaba, ni siquiera era el más grande, pero el escarlata de su coraza natural, el orgullo de su semblante, conmovieron al anciano. Como había aprendido de su maestro hacía ya tanto tiempo, no miró directamente a los ojos del leviatán y humilló su propia mirada ante su imponente presencia. No se movió. Ni siquiera cuando las garras del dragón horadaron la piedra a sus pies y la propia montaña se estremeció ante el aterrizaje osó moverse, había acudido hasta allí, a la cima más elevada de la tierra conocida para realizar una petición al soberano de los cielos, todo estaba calculado, cualquier error sería fatal.

El dragón se mantuvo inmóvil en aquella posición imposible, las alas extendidas, las fauces abiertas, la mirada reluciente… todo en él destilaba poder. Jacob contuvo la respiración, su vida estaba en manos del gigante escarlata. No pronunció una sola palabra, no era necesario, el dragón ya sabía por qué estaba allí. Un golpe de viento estuvo cerca de enviar al anciano montaña abajo pero este no emitió ni el más leve sonido de queja o impaciencia y el dragón continuaba en silencio, curioseando cuanto hacía el humano… se preguntaba si sería capaz de superar la prueba… pasaron las horas, comenzó a nevar… la noche sería muy larga sobre la montaña.

Si alguien hubiese contemplado la cima del mundo desde un punto alejado, habría visto en cierto momento de la noche un inmenso destello rojo, un destello que arrancó retazos de la noche durante casi una hora. Esa era la única prueba del poder del dragón.

Pero nadie vio el prodigio realizado sobre la montaña y por tanto, nadie fue testigo de la magia… tal y como Jacob había previsto. Cuando llegó el alba, un joven imberbe abandonó la cima del mundo con un misterioso destello rojizo en los ojos. Del anciano nadie más supo nada jamás.

4 de octubre de 2012

Perdidos en la Noche



Ocurrió hace muchos siglos, cuando Sarberk aún no era más que un pequeño poblado de pastores y cazadores que vivían en paz con el Bosque y sus criaturas…

Los dos niños corrían a través del bosque con el terror impreso en sus caritas, tendrían cinco o seis años cada uno y a través de la espesura, iluminados por el tenue reflejo plateado de la luna llena, parecían dos apariciones fantasmagóricas en mitad de la noche, pero Liliam no se dejó engañar por las apariencias, sabía por experiencia propia que los espectros y las apariciones eran muy diferentes a aquellos dos mocosos aterrados. Por un segundo se planteó el marcharse a su hogar y desentenderse del destino de los niños, probablemente acabarían en el estómago de un ogro o entre las fauces de una manada de lobos, casi podía escuchar sus gritos en la noche cuando cualquiera de las bestias de la noche cayese sobre ellos… se maldijo en silencio y blasfemó en voz baja, dormiría poco esa madrugada.

Y entonces vislumbró algo más a través de la arboleda, algo que provocó en ella un malestar instantáneo aun antes de comprender de qué se trataba. Agudizó la mirada y hubo de contener un gemido, un humano, la criatura sanguinaria que perseguía a los niños era un humano, ¿por qué un hombre querría asesinar a dos niños en mitad de la noche? En ese instante fue cuando decidió salvar a los pequeños aunque odiase a los humanos… o precisamente por ello, nunca llegó a saberlo.

Más destellos y personas llegaban a lo lejos, seres rugientes, armados con fuego y con armaduras que perseguían a los dos niños perdidos e inundaban la arboleda con su odio. Liliam cayó de rodillas en el suelo ante el miedo que sentían los árboles en presencia de aquella masa enloquecida, ¿cuántos eran? ¿Cién?, ¿Doscientos? ¿Qué hacían tantos humanos persiguiendo a dos de sus cachorros? Escuchó la poderosa y cálida voz de los árboles y asintió, sabía lo que había que hacer. Con un esfuerzo infinito, la mujer se levantó del suelo y corrió en pos de los dos niños. El bosque había hablado, no habría sangre infantil en su suelo aquella noche…

Liliam susurró unas palabras en el idioma antiguo y el viento arreció a través de los rugosos troncos de los robles. La luz de la luna dejó de iluminar la noche y un primer relámpago indicó que una rugiente tormenta se acercaba. Algunos hombres detuvieron el paso y miraron hacia las nubes oscuras que se congregaban sobre sus cabezas… ninguno de aquellos hombres volvió a ver la luz del sol. El resto continuó corriendo hacia los niños, como si apresarlos fuese lo último que tuviesen que hacer en su vida. Liliam rozó con las puntas de los dedos el firme repleto de hojas castañas y podridas y de entre aquel manto ocre de muerte surgieron decenas de criaturas informes que se opusieron a la carrera de los humanos.

Liliam aprovechó entonces para alcanzar a los niños, estaban aterrados, pero, por extraño que fuese, a ella no la temían, temían a los suyos. Habló con ellos en susurros y los niños le contaron a la bruja qué pretendían los hombres… invasores llegados de las lejanas tierras del norte… Liliam cerró los ojos, incapaz de contener el odio y el asco. Después volvió a susurrar palabras nuevas en dirección a la arboleda, había cambiado de idea, no mataría a los humanos, no pronto al menos… dicen que aún hoy, es posible escuchar los gritos aterrados y doloridos de aquellos humanos llegados del norte y dicen que Ariol y Sert, los dos niños, dejaron pronto de pertenecer a la raza humana… y dicen también que fue ahí, en ese instante, cuando la Gente del Bosque supo que su amistad con los humanos sería imposible…

Cuentos de la Frontera

3 de octubre de 2012

Muerte sobre el abismo de hielo



Dolk cayó de rodillas sobre el hielo, su cuerpo presentaba centenares de cortes por los que se escapaba su sangre a borbotones, jadeaba y de su garganta brotaba un extraño estertor semejante al que emiten los moribundos. Sentía desfallecer su escasa fortaleza, había caído finalmente, había sido derrotado… estaba tan cansado de luchar. Se tambaleó y tuvo de apoyar las manos en el frío, aunque no fue capaz de notar nada en sus palmas, todo él era dolor y agotamiento y amargura y muerte. Cerró los ojos y la tentación de dejarse caer y no volver a abrirlos fue infinita… y sin embargo, sacando fuerzas de algún rincón oculto de su alma, logró ponerse nuevamente en pie y con un gesto de dolor y la mano derecha en el costado, se levantó. La mano se le impregnó de su propia sangre, la herida era mortal de necesidad, estaba muerto, lo sabía y sin embargo… sabía que aún debía defender a los suyos. Pudo escuchar las carcajadas de sus enemigos, el gruñido de satisfacción de los que se sabían vencedores, el ansia por atravesar su posición.

Abrió las piernas, plantó los pies con toda la firmeza que pudo impregnar a sus miembros y aferró la espada con las dos manos, olvidando como pudo todo el dolor y todo el miedo que sentía. Percibió las esperanzas depositas en él por los suyos y al notar que sus enemigos no avanzaban supo que mientras él se mantuviese en pie, mientras su espada estuviese dispuesta a saborear la sangre apestosa de los orcos, ellos no osarían atravesar el puente de hielo y no podrían, por tanto, masacrar al grupo de niños a su cargo.

No había esperanzas, estaba derrotado y sin embargo… su espada centelleó en la noche y atravesó la coraza de cuero de un orco demasiado valiente que se había acercado demasiado. Durante horas Dolk combatió por los suyos sobre el puente de hielo, defendiendo a los niños protegidos por su espada… sin embargo, después de horas de combate a muerte, finalmente fue vencido y cuando el primer orco atravesaba su posición por fin en pos de los aterrados muchachos aún tuvo un acto de rebeldía que logró enviar a la criatura al abismo…

Fue su último acto antes de ser atravesado por una docena de cimitarras envenenadas. Antes de que su mirada fuese envuelta por la oscuridad pudo ver el reflejo de unas escamas doradas y sonrió al morir, pues supo que los dragones venían al fin al rescate de sus niños.

Al final había vencido…

1 de octubre de 2012

En el Cretácico


Comprendimos que lo más importante era estar unidos al escuchar el rugido. Ir en grupo nos hacía una presa más apetitosa, pero preferimos compartir el miedo y el peligro a abandonarnos a una aventura en solitario que solo podía acabar en desgracia… Por la vegetación y el color de la tierra descubrimos que estábamos en el Cretácico… ¡era imposible! ¿cómo…? Y entonces, vimos al Baryonyx y nuestro terror nos volvió aún más apetitosos… 


25 de septiembre de 2012

Ya está a la venta "La Noche del Cetrero"


El día ha llegado...

Sí, amigos y amigas. Por fin, después de meses de darle vueltas y vueltas, de pensar en mil y una maneras de haceros llegar esta "gamberrada literaria", ya dispongo de ejemplares de "La Noche del Cetrero", una aventura épica salpicada con dosis de terror y con una mezcla de criaturas, mitos y leyendas que no os podéis perder.

Si os interesa comprar uno o más ejemplares, solo tenéis que escribirme a javienci@hotmail.com y abonar los 13,00 € del precio (gastos de envío incluidos para España), ya os diría el número de cuenta y esas cosas,  para que, en unos días, tengáis un ejemplar de esta aventura protagonizada por un personaje que, en serio, no os va a caer nada bien.

Espero que, si la leéis, os guste.

PD. En algunas entradas del blog podréis leer cuentos relacionados con el libro, así como pedazos del comienzo del mismo...

20 de agosto de 2012

África en la Tele


Tic tac, tic tac
amanecía
Tic tac, tic tac
y el reloj corría

Tic tac, tic tac
El león rugía
Tic tac, tic tac
y la hiena sonreía.

En el África negra,
de la sabana y la arena,
de los gordos cocodrilos
y de los monos listillos,
de las aldeas remotas
y las tribus ignotas,
de los cuentos no contados
y los niños olvidados…

En el África negra
del dolor y la pena,
de las sonrisas tristes
y de los atentos buitres.

Tic tac, tic tac,
el reloj corría
Tic tac, tic tac,
y el sol en mediodía

Tic tac, tic tac
los niños lloraban
Tic tac, tic tac
y el mundo los miraba…

Tic Tac

Y en casa de Julián,
a la hora de la cena,
este preguntaba
por los niños y su pena,
esos niños que lloraban
y a los que nadie ayudaba

Tic Tac

Y en casa de Julián,
a la hora de la cena,
telediario encendido
y murmullos contenidos,
y Julián que preguntaba
pero nadie contestaba,
y Julián que preguntaba
por los niños que lloraban

y la tele se apagaba.

Tic tac, tic tac,
El reloj corría

Tic tac, tic tac
el sol ya se escondía
Tic tac, tic tac
las tierras ensombrecían
Tic tac, tic tac
y África, hambrienta, dormía.

Tic tac,
tic tac

y Julián soñaba

Tic tac
tic tac

que ayudaba…

16 de agosto de 2012

Preludio de La Noche del Cetrero


    Está dicho que llegará el día…

    Cuentan las Crónicas que en la antigüedad, en los albores del advenimiento de la humanidad, en Gelth aún caminaban los dioses, gobernando sobre cuanta criatura lo poblaba, ya fuese esta hombre o bestia, sin distinciones, todos rendían pleitesía a los dioses…

    Pero hubo un dios que quiso prevalecer sobre el resto, Orgöm, el Dios de la Guerra y la Muerte, el de los Cuernos Retorcidos… Orgöm levantó en armas a sus huestes contra los reinos de sus hermanos y tras siglos de batallas sangrientas solo una diosa fue capaz de enfrentarse a su poder, un baluarte donde se refugiaron los humanos supervivientes… Teldra, la de la Estrella Blanca, la Diosa Madre. Era tan poderosa como su enemigo y combatía su oscuridad con el fuego imponente de la luz. Teldra y Orgöm eran hermanos e hijos del Padre de Todos. Pero también eran enemigos antagónicos, la Creación y la Destrucción, la Oscuridad y la Luz…

    Gelth tuvo desde entonces dos reinos opuestos, que convivieron en una guerra perpetua durante años de inestabilidad, el reino gobernado por la oscuridad y el regido por la luz.

    La guerra se recrudecía y la débil tregua mantenida por ambos reinos no tardó en resquebrajarse. Así, tras un breve lapso de paz, el mundo volvió a entrar en guerra y por fin llegó el momento que los siglos habían aguardado pacientemente, la última confrontación, el combate entre Orgöm y Teldra. Luz y Oscuridad se encontraron en el capo de batalla y jamás Gelth ha vuelto a contemplar una devastación semejante.

    La batalla se desarrolló a lo largo de treinta días con sus treinta noches, sin tregua ni descanso, una batalla inigualable como no se podrá repetir  y no es capaz de entender la mente humana… miles, millones de seres perecieron en aquella pugna de dioses… tal fue el fragor de la batalla que llegó a desestabilizar los Pilares del Mundo y derruir las Torres del Infierno, donde los dioses había encadenado al Padre de Todos en el inicio de los tiempos y Él, el Todo y la Nada acudió vengativo donde sus hijos luchaban entre sí.

    Su furia fue infinita y demoledora. Teldra y Orgöm fueron los únicos supervivientes de aquella primera oleada de la cólera del Creador… tal fue la ira desatada, que muchos seres se extinguieron para siempre… los más afortunados murieron rápidamente, el resto sufrió una muerte agónica que se extendió por todo Gelth como una plaga infecciosa y acabó con millones, lentamente.

    Ante un ataque semejante ambos dioses solo pudieron aliarse ante su progenitor para sobrevivir y combatieron ante él durante lo que habrían significado generaciones humanas.

    Al final del combate, contra todo pronóstico, el Padre de Todos cayó a los pies de Orgöm, herido en cada centímetro de su cuerpo, agotado… humillado, débil. El dios de la Guerra, el Asesino de Dioses, apenas estaba vivo y sangraba en abundancia, con un esfuerzo último, levantó su Cetro sagrado sin un ápice de compasión, ansiaba la cabeza de su padre. Ansiaba destruirle para siempre. El Cetro comenzó a bajar, pero Teldra utilizó sus últimas fuerzas para retener la mano ejecutora de su hermano, impidiendo el golpe de gracia. Era la primera vez que ambos dioses se tocaban, la Luz y la Oscuridad… Orgöm se giró furioso, con un brillo asesino reflejado en los ojos, pero su mirada se topó con el azul profundo de los de Teldra… y ambos dioses se enamoraron al instante, desde aquel día Luz y Oscuridad caminaron de la mano…

    La guerra concluyó en un segundo.

    El Padre de Todos aprovechó el momento para dictar sentencia. Se levantó orgulloso y se marchó del mundo para recuperarse a un lugar recóndito y olvidado del universo… su sentencia fue una venganza, la Ley. La Ley exigía que los seguidores de Orgöm y los de Teldra fueran enemigos para siempre… solo cuando un enemigo común amenazase al mundo podrían estos ser aliados.

    Teldra y Orgöm se amaron aquella noche que duró eones, de su amor nacieron todas las Criaturas del Nuevo Mundo, como semillas desperdigadas alrededor de todo Gelth… tras eso erigieron Dureilad, con sus propias manos y guardaron en su interior sus armas sagradas, por si eran necesarias en el futuro.

    Lo que Orgöm nunca supo era que al dejar su Cetro en el interior de la Catedral Blanca, dejaba allí todo su poder divino. Teldra planeaba que se alejaran de Gelth para toda la eternidad, con el fin de permitir que los nuevos seres nacidos en el orbe azul pudiesen por fin vivir en paz. Engañó a Orgöm y le arrebató su poder, encerrándolo en el Cetro.

    Lo que Teldra no sabía era que, fruto de su amor con Orgöm, nacería una niña, la Hija de los Dioses, que gobernaría Gelth desde entonces, en silencio y sin oponer sus caprichos a sus siervos, aunque imperturbable y justa. Eterna e inmutable.

    Muerte nació de ese amor entre dioses y a su llegada a Gelth Teldra y Orgöm se alejaron del mundo… ella por propia voluntad y él, alejado a la fuerza, sin poder para regresar y con la furia azotando los cimientos de toda la Creación…


Hala, ya me he decidido, me vuelvo a autopublicar. Estoy hasta las narices de esperar respuestas... así que... ya tenéis disponible una primera versión de La Noche del Cetrero, está en Bubok, aunque pronto tendré una edición en papel.

Espero que os guste la aventura de Roland el cobarde.

11 de agosto de 2012

Qué caloooor!!!!!!!

Tenía calor, mucho calor y los 45º del poste que tenía delante no ayudaban a que fuese capaz de atenuarlo. Pero es que, además, todo el que pasaba a su lado repetía una y otra vez el calor que hacía, el que iba a hacer a lo largo de ese largo día y el que vendría en los días venideros. ¡Era insoportable! Estaba harto del calor, de la gente y del maldito poste que parecía sonreír macabramente al mostrar cada diez segundos la temperatura...

Tampoco ayudaba la ropa que llevaban las chicas que paseaban a su lado. Pantalones demasiado cortos y que dejaban ver más de lo que pretendían -o precisamente mostraban lo pretendido, para joder-, mini camisetas -amplias y abiertas por todas partes, por supuesto-, falditas que parecían el final de las camisetas, vestidos ceñidos, biquinis, escotes que enseñaban hasta el carnet de identidad... vamos, que no había quien fuese capaz de olvidar el calor o de no acalorarse en ese agosto infernal. Y el puto poste seguía sonriendo.

¡46º! Me cago en la leche. Y el jodido poste me dedicó una mirada que decía: pues tampoco es para tanto. Le miré con odio y procuré aguantar, si él podía, yo también. Claro, hasta que aquella pareja me eligió como lugar en el que apoyarse para dar rienda suelta a sus manoseos, besuqueos y... bueno y todo lo que viene a continuación cuando una pareja se empieza a enrollar en pleno verano, que ya se sabe, con el calor... el caso es que los dos le cogieron el gustillo a lo de meterse mano y yo no quería ni mirar, pero claro, teniéndolos encima... lo último que vi fue la sonrisa asesina del poste y los 48º que marcaba, ¡cabrón! Aquel día se montó un atasco de cojones. Me cortocircuité, era evidente y un cruce sin semáforo, pues eso, que es bastante jodido, aunque sea pleno agosto.

21 de julio de 2012

Demonios de la Zona Prohibida





La noche amenazaba bajo la tormenta seca que azotaba la arboleda. Brow supuso que buena parte de sus hombres estarían en ese instante lanzando miradas furtivas a los alrededores, muchos temblarían al ver crecer las sombras de los árboles, algunos rezarían o recogerían en sus puños temblones las cruces que todos ellos llevaban al cuello como miembros de la Orden. La mayor parte de la tropa temblaría ante la llegada de la oscuridad. No era para menos. Incluso él, que había participado en decenas de incursiones semejantes, notaba la desazón, el temible impulso del terror, el deseo irrefrenable de fustigar a su montura y procurar abandonar lo antes posible los límites del Bosque. Dejarlo tan atrás como fuese posible mientras cabía la posibilidad… pero como comandante se mantuvo firme en su puesto de cabeza, aparentando resolución y tranquilidad ante sus subordinados. Cobijando bajo su coraza su propio miedo. Tenían una misión que cumplir. Estaban preparados. Todos formaban parte de las fuerzas de élite de Sarberk, no podían asustarse como simples chiquillos ante la llegada de la noche, ni siquiera en las profundidades del Bosque, ni siquiera cuando sabían que podían estar viviendo sus últimos minutos…


El Bosque… siempre era el Bosque. Desde muy pequeño Brow había sabido que su vida estaría ligada para siempre a esa misteriosa arboleda que les ofrecía sustento y calor durante el día y les acosaba durante la noche. Nació y creció en la Frontera, entre leyendas, terrores y criaturas siniestras. Abandonó el oficio de panadero de su padre y se hizo soldado para poder combatir a los demonios que habitaban las profundidades de la oscuridad, con la esperanza de, algún día, poder recordar cómo habían liberado Gelth de aquellas bestias, y durante años las había enfrentado y derrotado en batallas cruentas… sin embargo, desde hacía algún tiempo había perdido la esperanza, había descubierto que no podía haber futuro para una civilización enfrentada diariamente a su noche… Gelth era un mundo condenado. Lo sabía. No podía resistir durante mucho tiempo más ese peligroso equilibrio entre la Gente y la humanidad. Alguien tendría que vencer finalmente… y todo parecía indicar que ellos no ganarían esa guerra.

Ni siquiera estaba seguro ya de querer que la humanidad resultase vencedora en aquella batalla diaria. La Gente era brutal, siniestra, monstruosa. Estaba compuesta por criaturas oscuras y bestiales, capaces de barbaridades difíciles de describir… pero los humanos, presuntamente más civilizados, no se quedaban atrás. Desde que pertenecía a las fuerzas de élite había visto cosas capaces de derrumbar cualquier esperanza, de acribillar cualquier ilusión de paz o avances reales. Los humanos eran tan brutales como las criaturas del Bosque, en ocasiones mucho más bestiales que las propias bestias a las que decían combatir en pos de la civilización y la hegemonía del Dios verdadero, del bienestar del mundo… y para Brow, que siempre había defendido a la humanidad, a la religión verdadera que promulgaba la Iglesia, saber aquello había significado un antes y un después en su existencia… no creía que los humanos mereciesen habitar aquellas tierras por encima de la Gente. No creía que esa Iglesia representase a Dios… Es más, sospechaba que las razones que impulsaban a las criaturas a acogerse a la oscuridad y a luchar eran más que razonables.

Por supuesto, estas eran ideas que se quedaban en su interior, nadie quería alzar la voz y ser proclamado traidor o hereje… las hogueras se alimentaban de los disconformes.

No sabía si debía continuar luchando o si sería mejor dejarse derrotar en el próximo combate y morir con la esperanza de llegar a un lugar mejor, donde descubriese si la Iglesia estaba o no en lo cierto. Un lugar en el que las luchas pudiesen llegar a tener algún sentido… porque allí, en Gelth, para él habían dejado de tenerlo.

Muchos caballos piafaban atemorizados. Las sombras crecían y los brutos sabían que la Gente comenzaría a rodear al grupo. Tembló. Estaban preparados, eran fuerzas de élite y cualquier criatura se lo pensaría dos veces antes de atacarles, el emblema del tigre era suficiente para cualquier ente del Bosque como para saber que, atacando a ese grupo, atacaba a guerreros formidables y entrenados para luchar en la oscuridad. Eran guerreros preparados especialmente para enfrentar a la Gente. No eran niños ni doncellas descuidadas que se perdían en la noche y de los que no se volvía a tener noticia alguna. Eran guerreros y por cada baja que ofreciesen se llevarían a un buen puñado de enemigos. No era probable que les atacasen, pero Brow era precavido, quizá por ello seguía ascendiendo en un oficio en el que la muerte era el último destino; quizá por eso continuaba siendo enviado al Bosque durante la noche.

Un relámpago inusualmente luminoso le hizo volver a la realidad. Recordó su misión y renegó en silencio. No era un cobarde, ni mucho menos, pero sabía que aquella misión era un suicidio. Les habían enviado a los límites del Bosque, hacia la Zona Prohibida, donde se rumoreaba que se estaban desarrollando decenas de ataques y matanzas por parte de una tribu desconocida hasta entonces. Brow sabía que por allí había una aldea de colonos. Desconocía cómo habían logrado prosperar en un lugar en el que el Bosque tenía sus dominios, cómo conseguían sobrevivir a la llegada de la noche… esa noche lo sabría. Su destino era aquella aldea y su misión descubrir qué criaturas eran capaces de desmembrar humanos y criaturas por igual… y lo más importante, por qué aún nadie había logrado describir a esos seres.

Un aullido impregnó la noche, acompañado del rugir de la lluvia y el retumbar de los truenos, por primera vez en mucho tiempo Brow se permitió un deseo, el de estar en su incómodo catre en Sarberk, aspirar los hediondos aromas de la pensión en la que se hospedaba desde que tenía un sueldo personal y beber la horrible cerveza de la taberna de Rork… incluso añoró el aliento pestilente y las piernas fechas de Corin, la fulana con la que se acostaba casi a diario… si sobrevivía a esa noche –juró- se emborracharía y se llevaría a su sucia habitación a la mismísima mujer de Rork, a pesar de que pudiese ser su madre y de que oliese a pocilga descuidada.

Un nuevo aullido, aún más cercano que el anterior, le hizo aferrar la empuñadura de la espada y escrudiñar los alrededores. Indicó a la tropa que se detuviese y susurró una orden para que todos estuviesen listos en caso de sufrir un ataque… lobos. Eran criaturas peligrosas, pero no las peores que podrían encontrar. En ese Bosque cada nuevo recodo podía albergar un peligro peor que el anterior. Lamias, vampiros, súcubos… cualquier criatura de pesadilla podía aparecer tras cada árbol. Recordó su primera misión en la arboleda, cuando aquella niña casi le había partido en dos… era incapaz de olvidar sus ojos, tristes y azules… de nuevo un trueno y un coro de aullidos le hicieron regresar de sus recuerdos. Estaba divagando y necesitaba tener todos sus sentidos en el aquí y el ahora. Gritó y ante su nueva orden se encendieron las antorchas y se retomó la marcha a un paso rápido. La aldea no podía estar demasiado lejos de allí y necesitaban tener un lugar defendible ante un eventual ataque.

Supo que estaban a pocos metros al comenzar a ascender una loma. El primer indicio fue el olor…

Brow era un guerrero entrenado, curtido en batallas, todo un veterano con más de dos centenas de incursiones al Bosque y millares de encuentros mortales… y sin embargo, no pudo evitar doblarse en dos y vomitar cuanto tenía en el estómago. Una vez vacío el estómago, aún estuvo largo tiempo sufriendo arcadas. Allí, a apenas cincuenta metros de su posición, estaba el lugar que habían estado buscando… La aldea ofrecía un paisaje inaguantable, atroz. Por todas partes se adivinada la muerte, la tortura, el fuego… no podría decir qué había pasado allí, pero sus habitantes eran amasijos chamuscados que mantenían gestos de dolor y agonía. No había nada con vida en la aldea… nada que aguardase la llegada de su pequeño ejército…

Salvo las máscaras… máscaras de barro oscurecidas por el fuego, endurecidas. Máscaras ominosas que miraban directamente a los ojos de los recién llegados, provocando aún más terror y nerviosismo. Cada cabaña en pie tenía una o dos de estas máscaras bestiales. Máscaras que se apreciaban desde muy lejos, que hacían brotar el miedo en el corazón de los hombres.

Nadie parecía querer avanzar, incluso hubo un par de comentarios atemorizados que aconsejaban huir de allí para alejarse de la muerte… la noche estaba a punto de cerrarse, la tormenta seca arreciaba, el escaso fulgor del sol pronto se ocultaría tras las copas de los árboles y la Gente reclamaría la arboleda como su reino… además, los carroñeros acudirían al olor de la muerte, aquel no era un lugar seguro, tendrían que marcharse de allí. Algo en el interior del comandante le gritaba que se alejara de la aldea salvaje lo antes posible, pero había algo más, algo poderoso que le hacía continuar acercándose al poblado masacrado… no podía evitar el sentirse tentado a ver de cerca esas máscaras…

Así pues continuó, obligando a sus hombres a no mostrar temor y a acompañarle en su locura. Deberían haberse marchado de regreso a Sarberk, deberían haber huido de aquel lugar… Pero no se marcharon, en ocasiones los humanos son incapaces de obedecer a sus instintos y deben sufrir en su carne y en su alma el dolor para percatarse de la cercanía del mal…

La oscuridad crecía veloz, pero había algo que llamaba fuertemente la atención de Brow, una serie de bultos extraños que sobresalían del suelo y rodeaban la aldea, algo más monstruoso que el olor, el fuego, las ruinas o las máscaras… una visión que los allí presentes no podrían olvidar jamás…

Los caballos relincharon y piafaron una vez más, algunos se encabritaron y tiraron a sus jinetes. El grueso del grupo gimió y muchos lloraron en silencio. No hubo un solo miembro que no temblara. Era imposible mantener la tranquilidad ante lo que tenían ante sí…encontrarse con cadáveres masacrados no era una novedad en el Bosque y aunque fuese doloroso y repugnante, no dejaba de ser algo ligado con su oficio… lo que no era tan natural era encontrar decenas de cabezas decapitadas y clavadas en estadas protegiendo la aldea… y eso fue, precisamente lo que vieron al llegar a la altura de la aldea. Decenas de cabezas clavadas en picas alrededor del perímetro abrasado. Orcos, trolls, vampiros, lobos, brujas… muchas de ellas pertenecientes a niños y niñas… la mayoría con el dolor aún impreso en los rostros. No hacía falta ser muy inteligente para comprobar que habían sufrido hasta el extremo antes de perecer…

El comandante no supo decirse quién era la víctima y quién el verdugo en aquella aldea… no había cabezas humanas en las picas, solo pertenecían a la Gente del Bosque… era obra de los colonos… los humanos habían cometido aquella barbaridad… ¿quién era él pues para juzgar a las criaturas por destruir la aldea? ¿Acaso él no habría obrado igual? ¿Acaso los humanos no deberían castigar a los salvajes? ¿Por qué continuaba luchando en aquella guerra ignominiosa?

De pronto deseó marcharse de allí, correr, huir, abandonar la lucha, la coraza, su posición… quiso dejar de ser un guerrero, continuar con el oficio de panadero que le había ofrecido el negocio de sus padres… y entonces, cuando se disponía a espolear a su caballo para abandonar a sus hombres a su suerte, escuchó el sonido de tambores y cuernos y lo supo, estaban rodeados. Estaban rodeados por una ingente cantidad de criaturas que los superaban con creces. No sobrevivirían a aquella noche, estaban condenados. Por un momento sintió la paz en su corazón y no pudo evitar emitir una siniestra sonrisa, por fin podría descansar de aquella lucha interminable.

Un nuevo aullido erizó el vello de su nuca.

Y entonces lo vio, fue un simple movimiento atesorado por el rabillo del ojo y al girar la cabeza descubrió una de aquellas monstruosas máscaras corriendo hacia él. Portaba un puñal ensangrentado y bajo la máscara negra, vio el cuerpo de una mujer, una mujer completamente desnuda. Una salvaje… la mujer lanzó un alarido enloquecido, un alarido que no dejó de sonar ni siquiera cuando dos lanzas oscuras atravesaron su pecho desde la espalda. El alarido se tornó en un gorgoteo grotesco que se fue haciendo más leve tras cada nueva zancada. A los pies del caballo de Brow la mujer cayó, al fin desvanecida, logrando aún apresar con una mano la muñeca de una de las patas del caballo del comandante. Brow vio la sangre que empapaba el pelaje de su montura y no pudo contener la repugnancia. La mujer aún tuvo fuerzas para alzar la mirada y enfrentar el gesto asqueado del guerrero con la máscara negra antes de morir.

A partir de ahí dejó de ser él mismo, el hijo rebelde del panadero, el bravo comandante de un ejército cada vez más escaso… solo fue un guerrero, un autómata que, sencillamente, sabía cómo tenía que actuar. Gritó una única orden y pronto sus desorientados hombres estaban en formación y listos para enfrentarse a la Gente. No necesitaban nada más, eran guerreros expertos.

No supo nunca de dónde llegaron, pero de pronto se vio rodeado de enemigos y un baño de sangre pobló sus pensamientos. Ya no era Brow, hijo de Berthol, solo era una coraza, una espada y un odio ancestral hacia las bestias que poblaban El Bosque y que le mantenían tan lejos de su hogar. Un deseo de acabar de una vez por todas con todas las criaturas para que, por fin pudiese vivir en paz.

En momentos semejantes lo mejor era no pensar, dejarse llevar por los instintos e intentar sobrevivir a la locura y a la firmeza del enemigo. Horas después, fatigado y jadeante, Brow atravesó el pecho de un cuervo y acabó con el último enemigo que le acosaba. Aprovechó para ver el desenlace de la escaramuza y enmudeció de terror. No quedaba nadie en pie. El campo de batalla era un conjunto de cuerpos masacrados, cadáveres de los que se reían las máscaras repletas de hollín ante la atenta mirada de las monstruosas cabezas clavadas en las estacas. Intentó dar un paso y resbaló en la mezcla de sangre y barro que le cubría hasta las rodillas. Junto a él se apilaban decenas de cuerpos atravesados por su hoja… era una visión terrible. Nunca había odiado tanto ser guerrero… se descubrió a sí mismo llorando en la soledad de la noche, en el interior del Bosque…

Las fuerzas del Bosque les habían multiplicado en número, pero sus hombres habían demostrado estar hechos de acero y habían dado un duro golpe a la Gente antes de morir. Si alguien se enteraba de aquella gesta sería héroes, pronto, en las tabernas y plazas públicas de todo Gelth, habría trovadores y juglares que cantarían la hazaña del Escuadrón Tigre de Sarberk, comandado por Brow, hijo de Berthol, capaz de morir matando a millares de criaturas oscuras. Sería recordado para siempre, sus padres estarían orgullosos de su hijo soldado, ya podía morir en paz…

Y entonces le vio. Un nuevo enemigo, quizás el último antes de dejarse llevar por la oscuridad. Por sus andares y resolución supo pronto que se trataba de un vampiro, un miembro de la nobleza y la casta gobernante de la Gente. Sabía que acabar con él sería difícil, quizá imposible, los vampiros eran los seres más poderosos de entre los habitantes del Bosque, pero él era un guerrero, lucharía con todas sus fuerzas hasta el final, se lo debía a sus hombres masacrados. Se lo debía a las futuras canciones y al Dios al que pronto esperaba conocer…

Creyó ver junto a la aldea a una niña sonriente. Una pequeña de cabellos dorados y pecas juguetonas que le dedicaba una bonita sonrisa… de pronto, tuvo la certeza de que había venido a buscarle… sacudió la cabeza y se preparó para la lucha.

El vampiro caminaba hacia él con su elegancia natural, con su delgada espada desenvainada. Brow sabía que estaba cerca de morir. No sobreviviría a un embate con un vampiro. No en su lamentable estado… y aún así, alzó su espada. Podría rendirse, dejar que el enemigo por fin acabase con su lucha, lograr dejar de escuchar los lamentos de los moribundos y los gritos de los caídos. Podría marcharse con aquella niña tan bonita… pero alzó su espada y se preparó para enfrentarse al mal, como siempre lo había hecho.

Uno, dos, tres acometidas fue capaz de detener antes de que la hoja ensangrentada del vampiro azotase su rostro como un latigazo. La furia hizo que lanzase una estocada al estómago que el enemigo esquivó con suma facilidad, lo que hizo sonreír a Brow, que precisamente era eso lo que había buscado, sin darle tiempo a reaccionar, lanzó un puñetazo al rostro pálido de chupasangre y le partió el labio. Sorprendido, el vampiro intentó contrarrestar el golpe recibido con un envite al pecho del humano, pero resbaló con la sangre que inundaba el suelo y cayó de espaldas con un chapoteo. Brow se maldijo a sí mismo antes de atravesar el corazón de su enemigo con su hoja de plata… una vez más iba a sobrevivir a una muerte segura.

Y cuando su hoja ya caía escuchó el bramido, un sonido antinatural que logró detener su estocada final. Un estruendo ensordecedor invadió el ambiente cuando una pareja de robles fueron derribados por una fuerza imposible. Brow se giró hacia el lugar del que procedía el estruendo, olvidando a su enemigo y poniendo atención a aquello que estuviese llegando hasta ellos. Esa era su misión. El vampiro rodó sobre sí mismo y se puso de pie junto al humano, parecía tan sorprendido como él de lo que acababa de escuchar. Brow supo que no le haría daño, no en ese instante, estaba tan asombrado como él, aquello que llegaba no era una criatura del Bosque, era algo más… solamente podía tratarse de un Demonio de la Zona Prohibida… una criatura aún más peligrosa que cualquier ser de la arboleda.

No tardó ni dos segundos en irrumpir frente a la aldea y bramar de nuevo. Su furia y el poder que desprendía eran infinitos. Era tan alto como cuatro hombres y robusto como un enorme buey. Caminaba erguido sobre dos piernas tan gruesas como árboles centenarios y en sus dos brazos, culminados en garras de acero, parecía llevar toda una suerte de espadas y cimitarras diversas, aunque pronto se dieron cuenta de que se trabaja de púas aceradas que sobresalían de su piel. Era un monstruo. El más gigantesco y peligroso monstruo que hubiesen visto nunca. De su cabeza sin rostro sobresalían cuatro cuernos descomunales y bajo la luz de un nuevo relámpago comprobaron que su piel parecía estar hecha de granito.

Brow y el vampiro se miraron y no tuvieron necesidad de hablar. Ambos eran guerreros y sabían que aquella era una amenaza imposible de obviar. Fraguaron una muda alianza que finalizaría con su muerte o con la muerte de aquel enemigo imposible que parecía tener necesidad de derruir cuanto se encontraba en su camino. El monstruo aplastaba cadáveres sin darles la más mínima importancia. Caminaba hacia ellos, como si un impulso le indicase la posición de los dos únicos seres vivos que había en aquel lugar de muerte.

El vampiro arrancó una lanza negra de la espalda de un soldado humano y se la lanzó a la bestia. El arma rebotó sin provocarle ningún daño y los ojos oscuros e insondables de la criatura se iluminaron con un destello rojizo. Brow supo al momento que acababan de ser declarados enemigos. Preparó su espada y corrió hacia la bestia, dándole la espalda al vampiro. Tenía que averiguar cuánto pudiese de aquella bestia infame.

Lo primero que descubrió fue su sorprendente velocidad y una agilidad capaz de superar a cualquier ser que conociese. La hoja de su espada se quebró al golpear el brazo de la criatura y se salvó de ser ensartado por una de las púas por pura casualidad. Lo que no pudo evitar fue el llevarse un golpe demoledor en el rostro y de ser lanzado a varios metros de distancia, hasta estrellarse contra una de las chozas. Ese fue el momento que aprovechó el vampiro para lanzarse hacia la única desprotección que había vislumbrado en el cuerpo de la bestia, su cuello. Mientras el ser rocoso golpeaba al comandante humano se lanzó hacia el ancho pecho de la bestia y lanzó un violento sablazo hacia su cuello…

La criatura aulló de dolor y hasta las entrañas del Bosque temblaron ante su furia. Pero ya estaba herido y el vampiro había descubierto su punto débil. Arremetió una y otra vez con su espada hasta decapitar al monstruo, aunque para ello hubo de sufrir varios golpes y cortes provocados por las púas del gigante. Aun así pudo vencerle, había aprovechado la incursión del humano para atravesar las fronteras naturales del monstruo y situarse tan cerca como fuese posible, dificultando de ese modo la defensa del ser.

La bestia cayó de espaldas cuan largo era y su extraña y monstruosa cabeza rodó varios metros. Aun así su cuerpo aún se movió durante unos minutos que al vampiro se le hicieron interminables… cuando por fin dejó de moverse se interesó por el humano, estaba vivo… pensó en liquidarle antes de dejarse vencer por la fatiga, pero habían fraguado una alianza y había demostrado su valor al lanzarse hacia el Drauk… no merecía morir, además, quizás necesitasen a los humanos en la guerra que estaba a punto de comenzar…

Miró a la aldea y la vio, Muerte trabajaba, haciendo juguetear a sus pecas entre los montones de muertos, pronto tendría tanto trabajo que apenas podría descansar. Le lanzó un beso a través de la noche y se esfumó. Ella sonrió y miró al cuerpo intranquilo del comandante humano. Era una pena que no hubiese muerto, seguro que tenía una buena historia que contar… pero la que contaría al regresar a Sarberk sería imprescindible si pretendía que no muriese todo el mundo a la vez.

Era indispensable que el humano llegase a la Ciudad de la Frontera y avisara de la existencia de los Drauks. Quizás así se fraguase una alianza entre la Gente y la humanidad, quizás así hubiese una esperanza…

17 de julio de 2012

Los Campeones del Escondite


Juan y Manuel nacieron a la vez, el mismo día y a la misma hora. Manuel lo hizo unos minutos antes que Juan y quizá por eso sus padres le consideraban el mayor. Eran vecinos, vivían en la misma calle y solo se separaban para comer o dormir, el resto del tiempo lo pasaban juntos. Y así había sido durante sus primeros nueve años de vida.

A Juan y a Manuel les encantaba jugar al escondite, de hecho, eran los campeones del barrio, tenían un don, cuando jugaban era imposible que perdiesen, sobre todo cuando les tocaba esconderse. Si ellos se escondían era imposible que nadie les encontrara, al menos mientras ellos no lo quisieran.

Aquel día era muy especial para ellos dos, cumplían diez años y como ya habían tomado por costumbre sus familias, lo celebrarían juntos cuando cayese la tarde y el calor sofocante de aquel julio especialmente caluroso dejara de ser tan persistente. Mientras llegaba la hora de la fiesta, los besos, las sonrisas y los regalos decidieron acudir a su lugar favorito en todo el mundo, el Parque de los Árboles Valientes. Estaba bastante alejado de sus casas, pero pensaron que sus padres no se extrañarían de su ausencia y estaban totalmente seguros de poder llegar a su propia fiesta de cumpleaños.

Ambos sonreían al pasear, charlaban acerca de qué les regalarían y sobre la tarta que compartirían. Eran tiempos de escasez y estrecheces, pero, de alguna manera, sus padres siempre encontraban la manera de regalarles la mejor tarta del mundo en su cumpleaños.

El Parque de los Árboles Valientes era un lugar increíble, nadie sabía por qué se llamaba así, bueno, quizás los abuelos que pasaban el rato en los bancos o jugaban a las cartas en las mesas lo sabrían, pero ellos nunca se lo llegaron a preguntar, tampoco les importaba. El nombre, el lugar… con eso les bastaba. Allí disfrutaban del frescor de la sombra en pleno verano y de los trinos de los coloridos pájaros que revoloteaban sobre las cabezas de los paseantes.

Juan y Manuel solían jugar allí al escondite. Era su lugar favorito, su mejor rincón. Por eso, enseguida se percataron de que algo raro estaba sucediendo… ¡los pájaros habían dejado de revolotear y cantar! Los abuelos se habían marchado, estaban solos en el bosque, su bosque para los dos.

Y entonces, a los pocos segundos, escucharon el rumor, un sonido sordo y retumbante que se acercaba rápidamente y que cada ver parecía más inminente, más grande… algo que llegaba desde el aire. Después se escucharon un buen puñado de silbidos… Juan y Manuel se asustaron mucho y decidieron esconderse… ni siquiera dos campeones del escondite como ellos pudieron ocultarse de los silbidos, de los aviones, de las bombas…

Juan y Manuel nacieron el mismo día, separados por un par de minutos, eran dos estupendos campeones jugando al escondite y durante aquel bombardeo se escondieron tan bien que nadie pudo encontrarlos jamás entre las cenizas y las ruinas del Parque de los Árboles Valientes…

9 de julio de 2012

El Sueño de Rubí


Rubí era una apasionada del fútbol y aunque era muy pequeña se sabía de memoria el nombre de cada uno de los futbolistas de la mejor selección mundial de fútbol, España. Conocía sus caras, los números que llevaban, de qué equipos procedían… Casillas, Ramos, Piqué, Arbeloa, Jordi Alba, Xavi Alonso, Xavi Hernández, Iniesta, Cesc, Torres, Llorente… se los sabía de carrerilla.

Pero lo que a Rubí le gustaba de verdad era jugar al fútbol y aprovechaba cualquier momento para hacerlo. Tenía una pelota hecha con trapos a la que le daba patadas siempre que podía. Y poco la importaba que su madre la regañara o que su padre la amenazara con lanzar el balón tan lejos que sería imposible ir a buscarlo.

A Rubí la encantaba el fútbol y soñaba que algún día sería futbolista en un equipo profesional de la primera división femenina. Por eso, cuando sus padres la dijeron que viajarían a Europa en una patera no tuvo ningún miedo. Se aferró con fuerza a su pelota de trapo y sonrió, su sueño estaba más cerca.

21 de junio de 2012

La Ex...


Fue una casualidad, un encuentro inoportuno a la salida del trabajo, bajo la luz reflejada por una luna encogida bajo un buen puñado de nubes oscuras… hacía dos o tres años que no la veía, me había quedado tirado con el coche esa mañana y por primera vez en meses había venido andando a currar. La farola parpadeaba, los coches dejaban su estela, el autobús aún tardaría media hora en llegar… y me miró.

Cuando el castaño de mis ojos se topó con el verde de los suyos supe instantáneamente qué iba a ocurrir a continuación. Yo había cambiado muy poco y ella… ella seguía estando tan buena como siempre, podría decir que incluso más y es que todos nuestros amigos comunes me contaban –supongo que para hurgar en mi herida y para seguirse riendo de mí por cortar con ella- lo feliz que era desde que no estaba conmigo. La sonrisa en su cara, la felicidad en su caminar, le decisión en sus pupilas… ahora sí que era una princesa. Y yo… yo seguía siendo el idiota que curraba y estudiaba a la vez, el idiota que la había dejado, el idiota que solo pensaba en lo buena que estaba, el idiota que aún la quería sin saberlo.

Ahora, al tenerla tan lejos, lo sabía.

Se acercó a mí, más resuelta de lo que la recordaba y sin perder la sonrisa me besó en los labios. Sabía que era un error dejarse llevar bajo la mortecina luz de aquella noche, a través del parpadeo de la farola, irrumpiendo en su felicidad… pero fue la noche más fantástica de mi vida y al amanecer, al despertar satisfecho y orgulloso de mi comportamiento nocturno, solo encontré una nota en la cama, en el hueco abandonado por aquella chica a la que una vez había dejado por inmadura...

“Espero que la noche y el polvo te hayan gustado. Esto es lo que perdiste aquella tarde gilipollas. No me llames.”

Nunca volví a verla…

13 de junio de 2012

Prueba de Hombría


El suelo retumbó bajo los pies de Arac y el niño tembló de los pies a la cabeza, se aproximaba algo muy grande a la aldea, algo tan enorme que parecía una fuerza de la naturaleza. El terror le impulsaba a salir corriendo de su refugio entre los árboles y correr hasta la seguridad de su cabaña. Allí estarían todos, para protegerle, como siempre. La luna llena le miró, reprobadora y se sintió pequeño, más pequeño que nunca. Tenía que demostrar que era un hombre, tenía que superar aquella noche a la intemperie para ser adulto. Si corría a la aldea con el rabo entre las piernas, sería el hazmerreír de todo el pueblo.

Ya podía venir el más fiero de los dragones. Él se mantendría firme en su puesto.

La decisión estaba tomada y aun así, notó el corazón latiendo desbocado al ver la primera de las moles. Un bulto negro y enorme que avanzaba bajo la luz de la luna. Un ser indescriptible, de aspecto fiero y con dos colmillos tan grandes como la falcata de su padre… o más. El bosque tronó cuando alguien gritó una orden y la comitiva se detuvo. Arac sintió que su pecho saltaba de miedo cuando escuchó el poderoso bramido de la bestia, que fue coreado por decenas de respuestas. No había una bestia, ¡era un ejército de bestias!

Y ya no hubo vergüenza que detuviese su carrera.

Había visto monstruos, ¡monstruos reales! Y venían acompañados de hombres… estaba seguro, los demonios venían a destruir la aldea, como en la leyenda que la Anciana había narrado en la hoguera. ¡Tenía que avisar a la aldea! No sería un hombre, sería la vergüenza de sus padres, todo el pueblo se reiría de él por no haber alcanzado la hombría… y sin embargo, tenía que regresar. Aquella fue la primera acción valerosa de un gran guerrero. Gracias a su aviso, el pueblo pudo huir a tiempo del ejército de ocupación cartaginés. Aquella fue la primera vez que Arac vio a los elefantes de Cartago, pero no fue la última y años más tarde sería capaz de luchar frente a ellos. Aquella noche, Arac se ganó la hombría salvando a su pueblo de una muerte segura. Días después, su padre le entregó su propia falcata en agradecimiento por su valor.

A veces no hace falta ser valiente para demostrar la hombría.


La estupenda imagen que acompaña al texto pertenece al pintor Ernest Descals.

7 de junio de 2012

Empezar de Nuevo

El anciano miró por última vez su casa. Había sido feliz allí. Sin duda, en el interior de aquellas paredes había disfrutado de los años más dichosos con los que un hombre podía soñar. Sonrió mientras se enjugaba las lágrimas rebeldes que jugaban entre los pliegues apergaminados de sus mejillas. Se llevó el nudillo del índice de la mano derecha a los labios y se lo mordió en un gesto habitual. Casi creyó escuchar la voz de Irina regañándole por morderse… pero ella ya no estaba, solo era un recuerdo, un aroma fresco que le atormentaba cada mañana, una fotografía en blanco y negro, un hasta pronto susurrado en el lecho de muerte… no, Irina ya no estaba.

Volvió a sonreír y por fin fue capaz de derrotar a las lágrimas tramposas. Miró a la ventana donde siempre habían colgado los geranios de Irina y su puño izquierdo aferró con fuerza el bastón. Ella ya no estaba. Tenía que marcharse de allí. Vivir. Era una promesa. Tenía que vivir por ella, para un día, en el futuro, poder contarle allí arriba, junto a macetas repletas de coloridos geranios, las aventuras que había vivido mientras ella estuvo ausente, para narrarle los libros que había leído y hablarle durante horas de las personas con las que se había topado en su nuevo camino. Era una promesa…

Jamás había roto una promesa. Se volvió, dejando la casa a sus espaldas y se marchó para siempre a un lugar donde nadie conociese quién era y donde pudiese empezar de nuevo. Irina estaría feliz por él. Lo sabía. Se besó el nudillo, pensando que, como ella solía, era la mano calma de su mujer la que apartaba sus dedos de sus labios y por una vez, por una última vez, supo que ella estaba allí, junto a él, despidiéndose de una repleta vida en común. En aquel momento, Óscar fue feliz y su sonrisa despejó cualquier duda, tenía un nuevo camino que recorrer.

2 de junio de 2012

El Mago de París. 02

La historia de la literatura está repleta de infancias terribles, enfermedades duraderas, orfandades y soledad. Dicen que buena parte de los grandes genios de las letras proceden de orígenes señalados, de pérdidas irreparables y de experiencias capaces de marcar a una persona para siempre.

No era el caso de Marcel.

Su infancia había sido feliz, completa. Hijo único de dos honrados taberneros del Barrio Latino de París, sus primeros años transcurrieron entre las estrechas callejas repletas de bohemias y artistas y la apacible taberna, siempre repleta, de sus padres. Allí, entre parroquianos poetas, músicos callejeros, estudiantes soñadores y personas humildes, transcurrió la infancia de un temprano amante de las letras.

Fue con tres o cuatro años cuando un cuentacuentos pasó por “Le Chat Noir” y pidió un vaso de vino y un pedazo de queso a cambio de una tarde de cuentos para el pequeño y el resto de fieles de la taberna. Fue con tres o cuatro años cuando Marcel sintió en su corazón que amaba los relatos, las palabras y los viajes.

Fue con tres o cuatro años…

Tiempo después aún sería capaz de recordar la sonrisa del humilde cuentacuentos, el destello travieso de sus ojos al narrar, el movimiento fulgurante de sus brazos, la pasión… Marcel nunca olvidó aquel día y mucho menos los cuentos que escuchó en la garganta quebrada de un cuentero demasiado mayor para seguir con su viaje.

Fue a esa edad, nunca sabría demasiado bien si con tres o con cuatro años, cuando Marcel decidió que sería escritor y que algún día, gentes de todo el mundo se admirarían ante su arte de contar cuentos, sueños inventados, viajes imposibles…

La infancia de Marcel fue feliz. Era el sobrino afectuoso de cuanto cliente consumía en la taberna, el rayo de luz de quien llegaba con problemas, la sonrisa divertida de quien se sentía un extraño, la calurosa bienvenida a los forasteros.

La infancia de Marcel fue feliz, dichosa, completa. Y pronto, muy pronto, comenzó a imaginar historias para tantos y tantos rostros, para ese París mágico que veía deambular ante él cada mañana.

Apenas tardó tres o cuatro años más en contar sus propios cuentos… en sentirse creador. En ser un escritor que aún no había escrito nada.

1 de junio de 2012

Sentimiento de Fracaso


Firmó la cartilla del Paro y deambuló por la ciudad durante toda la mañana. Se sentía un fracasado. No tenía nada que hacer y mientras enumeraba mentalmente las decenas de currículos entregados en mano y las centenas de enviados por internet, se dedicó a pasearse y a mirar escaparates, sin ánimo real de comprar nada. Estaba aturdido y lo peor de todo es que llevaba así un par de meses. Parecía mantenerse a la espera de algo, no sabía demasiado bien de qué, pero seguía esperando, como si un sexto sentido le advirtiese que el cambio estaba cerca.

Pero la paciencia se le estaba empezando a terminar. Llegó a su piso de alquiler sin hambre. Encendió sus 299 € de televisor plano y se alimentó con crisis absurdas, delitos sin culpable, timos mundiales y estafas consentidas. Escuchó con total atención el tema de "Bampia", esa amalgama de tramposos, estafadores, mentirosos y ladrones que hacía apenas tres meses le habían quitado la casa por no tener dinero y ahora le pedían un esfuerzo para salvar su banco. Recordó que gracias a sus problemas financieros ahora era un divorciado que visitaba esporádicamente a sus hijos y deseó que todos los bancos se fuesen a la quiebra.

Apagó la televisión en cuanto apareció el fútbol y sus millones cotidianos. El mundo era una mierda, pero él no hacía nada por evitarlo… entonces tomó una decisión, iba a terminar con todo de una vez, estaba harto. Llamó a sus hijos, les dijo cuánto les quería y tiró el teléfono móvil por la ventana, cogió algo de ropa y el dinero que le quedaba y se marchó para siempre. 

Dicen que la última vez que se le vio fue por Haití, dando clases a niños. Otros lo ubican en Sierra Leona y aún los hay que dicen que está en el Sáhara, lo que todos aciertan a refutar es que nunca más se sintió un fracasado.

25 de mayo de 2012

Una nueva vida



El primer paso fue el más complicado. Situarse en la fila significó un antes y un después en su vida. Enjugó un sollozo y guardó el orgullo mal entendido, armado de un coraje y una dignidad que nadie habría podido ya quebrar. Sabía que hacía lo correcto. Nunca había imaginado que se vería en una situación semejante, pero ahí estaba, dolido, pero nunca humillado, jamás vencido. Ahí estaba y aunque su caminar era lento, pesado y vacilante sabía que no se marcharía. Había llegado hasta allí, había hecho lo más difícil. No, no se iría.

El día había amanecido nublado, amenazaba tormenta, en sintonía con su corazón enturbiado, gris. La cola avanzaba poco a poco y él, en un esfuerzo, continuaba allí, inmune, avanzando. Esperando. No se atrevía a levantar la mirada, tenía miedo de toparse con algún vecino, con algún presunto amigo con ganas de hacer daño. Incluso había preparado un par de frases ocurrentes que esgrimir en caso de toparse con algún testigo inoportuno.

No estaba preparado para lo que sucedió. Una mano se apoyó en su hombro. Una mano silenciosa y repleta de comprensión, de cariño. Por fin osó mirar al frente. Sus ojos se encontraron con una mirada castaña adornada con una enorme sonrisa. Un rayo de sol alumbró en su corazón. La pesadumbre se tornó en consuelo. La necesidad en fortaleza. La vergüenza en comprensión. Unos minutos más tarde abandonó el comedor social con la cabeza alta y una sonrisa esperanzada. Ese día comerían en casa y lo más importante, ahora sabía que había muchas personas que le entendían u y que no dudarían en ayudarle a él y, lo más importante, a su familia.

23 de mayo de 2012

La Primera Noche

Aquella era su primera noche en soledad, siempre había deseado poder contar con todo su tiempo para él, para sus escritos y sin embargo... ahora que disponía de todo el tiempo y la soledad que siempre había anhelando, no sabía cómo vivir, ¡no sabía hacerlo! Cerró los ojos y suspiró. Nunca supo cuánto tiempo estuvo inmóvil, contenido, sintiendo que su vida se le escapaba. Detenido a merced de la música. Soñando con imposibles que nunca alcanzaría. Nunca lo supo… tampoco le importó. Todo había terminado, estaba solo. Después de tanto tiempo estaba solo. Solo para siempre. Se dedicó un gesto de cariño así mismo, un amago de sonrisa… y la decisión se hizo palpable en su mirada. Abrió los ojos y los posó en la pantalla en blanco. Tenía que escribir, ¡necesitaba hacerlo! Necesitaba agotar su noche.

Y se quedó prendado al teclado durante toda una noche. Y al día siguiente siguió escribiendo y al otro y otro más y pasó más de diez días con sus diez noches pegado al ordenado, desangrándose en la pantalla, rugiendo su pena en silencio, adormecido por la música, trasportado por sus ansias de contar.

No lo dejó hasta alcanzar el fin. Solo entonces se decidió a levantarse. Solo entonces se percató de su hambre y su sed y sus ansias de vivir, solo entonces, cuando el final de su otra vida se acababa, olvidada en la pantalla, se percató de que no estaba solo, nunca lo había estado… y su sonrisa se ensanchó. Estaba feliz, eufórico, decidido. Todo iba a ir a mejor desde ese mismo instante, lo sabía, lo…

                            …encontraron una semana después.

El oficial de policía indicó en su informe que el escritor, abandonado por todo y por todos, había fallecido de puro agotamiento tras dejarse la vida en una novela de apenas cien páginas.

15 de mayo de 2012

Sangre Caliente - Cuento La Noche del Cetrero

Llovía sobre Sarberk.

La figura embozada se movía con una agilidad inimaginable para la mente de un humano. Semejaba una sombra difusa, una irrealidad del paisaje, una argucia de la mente. Cualquiera podría imaginar que su vista le gastaba una broma pesada, que el susurro en su nuca era solo eso, un escalofrío. Pero Derlén era real, siniestramente real, muchos ya lo habían comprobado con una mueca de dolor y de sorpresa antes de morir.

Un trueno lejano indicó la llegada de la tormenta.

Derlén seguía deslizándose vertiginoso, invisible, indescriptible a cualquier mirada, la misma lluvia parecía alejarse precipitadamente a su paso. Tenía una misión que cumplir. Ay del que se interpusiera en su camino.

El cielo nocturno se iluminó en un relámpago.

Las murallas de Sarber aparecieron como por arte de magia ante los ojos del asesino.  La solidez de aquellas murallas era legendaria, eran inexpugnables, nadie había logrado conquistarlas en toda la historia del mundo. Se decía que el mismísimo Orgom, el Dios de la Guerra, tendría que pedir permiso si pretendiese franquearlas durante la noche… cuentos para tranquilizar las mentes de la Capital, de los mal llamados Pueblos Libres de Gelth, regidos por el bastón de mando castrense de Mir, un rey déspota e injusto.

La lluvia arreció y Derlén escupió una maldición.

Desde muy pequeño había ansiado conocer el último enclave civilizado, el bastión que defendía el mundo libre, la frontera entre la civilización y el Bosque, cuyos misterios, criaturas y peligros poblaban la mente y las pesadillas de los pobres ilusos que vivían dentro de las murallas. Llevaba tanto tiempo visitando las tierras prohibidas que sabía que estaban en un gran error, los verdaderamente libres eran los habitantes del Bosque.

Derlén sonrió divertido ante su credulidad infantil, entonces no era más que un borrego más, un peón en la partida de los Señores, ahora… ahora, quizás, pertenecía a la casta más libre de todo Gelth. Desde muy joven había soñado con viajar a Sarberk, armarse Caballero de la Orden y defender la Muralla. Había ansiado ser un héroe. Pertenecer a esos hombres valerosos y leales capaces de sacrificar su existencia por el bien común. Se había imaginado en muchas ocasiones con un Azote del Bosque. Eran infinitas las leyendas que hablaban de la sobrehumanidad de las filas de la Orden, de su valentía. Los cuentos que escuchaba de niño, cuando las pesadillas acudían a su mente y amenazaban con arrebatarle la cordura, decían que no había un solo ser capaz de atravesar la muralla si la defendía un solo hombre de la Orden, era una ley impuesta por los dioses.

Y en realidad esas leyendas se hacían necesarias en un mundo como Gelth, donde los niños nacían con el miedo a las criaturas en la mente, donde cualquier viaje se convertía en un peligro mortal, donde no había un rincón donde vivir en paz más allá de la capital… pero Derlén sabía que eran falsas, que no eran más que cuentos de viejas para apaciguar los corazones de los pusilánimes y los cobardes. Hacía mucho tiempo que se dejaba abrazar por las pesadillas, que invitaba a la noche a atacarle, que derrotaba a la locura en cada nueva ensoñación.
Las murallas volvieron a aparecer ante su vista tras un nuevo relámpago. El granito grabado de símbolos arcanos se destacó a más de seis metros de altura.

Bajo la sombra violácea de su rostro se adivinó una sonrisa despectiva. Llevaba viviendo en la Frontera tiempo suficiente como para saber que la Orden era un nido de cobardes y necios, un agujero donde iban a parar los criminales y asesinos de buena parte de Gelth, un pozo oscuro donde pagar, un infierno antes de alcanzar la liberación de la muerte. Y lo peor es que aquellos hombres eran simples alfeñiques, guerreros sin futuro en una lucha cara a cara, ilusos incapaces de combatir a las bestias que habitaban en el interior de la oscuridad, cobardes atemorizados ante el ruido más nimio. Bazofia humana que no podía compararse con la fuerza de élite que él comandaría en muy poco tiempo. Una misión. Si lograba realizar el trabajo encomendado sería ascendido. Monseñor Laundrat por fin le convertiría en el comandante de los Guardianes de la Fe…

Ascendió a lo más alto de la muralla cobijado por la noche y la tormenta. Una vez más, como llevaba tantos años haciendo, ninguneó la solidez de la Muralla. Ni siquiera tuvo que moverse demasiado veloz para eludir a sus custodios. Debería matar a todos esos ineptos, obligar a la Orden a convertirlos en algo más que vigilantes atemorizados ante cualquier gemido de la arboleda como niñas pequeñas. Debería dejarse llevar por su odio… pero tenía una misión que cumplir. No podía entretenerse. La hoja de su espada oscura debería saciarse más tarde.

Como una sombra alcanzó el pie del muro. Estaba al otro lado, una vez más. Se encontraba en terreno prohibido para los humanos. Durante la noche el Bosque de la Gente, los humanos no podían hollar la arboleda cuando las estrellas gobernaban el cielo nocturno. Derlén sonrió, ¿cuántas veces había desobedecido esa prohibición? ¿En cuántas ocasiones había pisoteado esa patética tregua? Recordó la primera vez que saltó el muro durante la noche. El miedo a lo desconocido, el terror ante lo inhumano, el poder que parecía desplegar cada hoja del Bosque… había sido un idiota. El Bosque era como cualquier otro lugar en el mundo, allí se imponía la ley del más fuerte y él era muy fuerte, había pocos seres capaces de enfrentarse a él. Era un superviviente, un asesino, el único Dios estaba de su lado. Sus múltiples victorias así lo confirmaban. Dios lo protegía de las criaturas. Tenía la bendición de Monseñor Laundrat. Su misión llenaría de gloria a la Iglesia y a Dios. Se convertiría en el libertador de Gelth. Era el Elegido, nada podía dañarle.

Un rayo cayó a apenas cien metros de distancia, partiendo un roble centenario y provocando un pequeño incendio. ¿Qué mayor prueba quería? Dios estaba de su lado. Era un rayo para el Bosque. Pronto no habría Bosque que temer, pronto Gelth sería un lugar mejor. Pronto Dios gobernaría sobre todas las criaturas.

Tenía una misión que cumplir.

Escuchó un crujido seguido de un pequeño gruñido gutural. Se sabía protegido por las sombras de la muralla, ni siquiera las criaturas podrían descubrirlo mientras continuase allí, protegido por su embozo oscuro y por la noche.

El crujido se repitió. Algo pequeño huía precipitadamente mientras el fuego se extendía rápidamente a pesar de la lluvia y la tormenta. Se puso en marcha. Un pálpito le obligó a perseguir ese crujido. Dios le había hablado.

Se internó en la arboleda sin más precauciones que tener los sentidos alerta y la espada a punto. No era la primera vez que se internaba bajo el opresor manto de aquella cúpula oscura. Tampoco sería la última.

El Bosque se protegía de su paso fulminante, intentaba retenerlo con arañazos y tirones de las ramas, hacía que las raíces sobresaliesen de la tierra para hacerle tropezar. Pero Derlén era un experto y no se detendría ante aquellos trucos inofensivos. Conocía historias de hombres devorados por sauces asesinos, de niños perdidos de los que solo se habían encontrado ropas ensangrentadas, de doncellas mutiladas por criaturas indescriptibles… pero él se había enfrentado entre aquellos árboles con lobos, arpías, brujas, ojáncanos… y aquí estaba. No eran seres sobrenaturales, no había que temerles, solo eran despojos de la Creación, errores de Dios. Monseñor Laundrat se lo había explicado, lo hizo después de encontrarle con la sangre de Brok entre las manos, después de que hubiese consumado su venganza… lo había aleccionado desde entonces, le había enseñado el camino, le había convertido en el Elegido.

De niño había temido al Bosque, había temblado ante la mera mención de la más nimia de las criaturas que lo habitaban. Ya no era un niño. Había dejado de serlo en el mismo momento en el que sus padres murieron por robar una pieza de fruta con la que alimentar a su hijo moribundo. Habían tenido la osadía de robar a Lady Jane, la hija del Duque. El propio Duque les había degollado ante la sonrisa de su hija por tamaña insensatez y el pequeño Derlén había sido arrojado al Orfanato de la Iglesia. El terror había sido indescriptible entonces, cada noche, cada momento de oscuridad, cada instante se había convertido en una pesadilla siniestra, en una amenaza. Y al miedo lo habían acompañado las palizas y humillaciones de los niños que llevaban más tiempo en aquel antro… había sido débil y enfermizo, había sido un cobarde… hasta que el propio Dios le susurró en el oído. Le escuchó y perpetró la venganza. Una mañana, tres de aquellos niños mayores aparecieron desangrados, alguien, un niño con los dedos delgados y las uñas endurecidas les había arrancado a dos de ellos la nuez con las manos desnudas, dejando que se ahogasen en su propia sangre. Una muerte lenta y agónica que había disfrutado con una sonrisa. La muerte del tercero, del niño más fuerte y grande del orfanato, aún había sido peor. Esas mismas manos asesinas le habían atado a su catre, le habían abierto en canal y le habían arrancado las costillas una a una.

La investigación fue rápida, la Iglesia hizo llegar al orfanato a uno de sus policías internos, un sacerdote ambicioso y colérico que respondía al nombre de Padre Laundrat. Pronto había descubierto toda la verdad acerca de la historia de Derlén, que incluso le había confesado que el mismísimo Dios le había sugerido la venganza… Laundrat le había contemplado entonces con un brillo siniestro en los ojos que Derlén más tarde supo que había sido esperanza. La investigación concluyó que los niños habían sido masacrados mientras recogían leña en el bosque por una manada de lobos. A nadie le importó que el bosque estuviese a más de dos horas de distancia del orfanato, que los tres asesinados hubiesen aparecido en el interior del orfanato ni que no hubiese chimeneas en las que usar leña.

Tras la investigación, el sacerdote fue enviado a la Catedral de Sarberk y éste decidió llevarse con él a aquel muchacho tan especial. Allí se convirtió en el Elegido, allí empezó a ser poderoso, allí, junto a Laundrat, se había convertido en el mejor sicario de los Guardianes de la Fe.

Atravesó follaje, árboles y ramas punzantes hasta llegar a un claro del Bosque. Tenía la piel de la cara amoratada por el frío y el esfuerzo de atravesar la arboleda a la carrera, tenía decenas de arañazos en el rostro. Se detuvo para encontrar indicios sobre la criatura que perseguía. Allí dentro no caía ni una gota de agua, la densa cúpula oscura que cubría el suelo lo impedía, pero empezaba a crecer una niebla espesa.

Derlén gruñó. No tenía tiempo. Tenía que cumplir la misión. Pero sabía que estaba cerca de su objetivo. Dios le había susurrado que siguiese a ese crujido.

Y entonces lo escuchó, una respiración débil, contenida. Una respiración infantil. ¿Se habría perdido un niño durante la noche? ¿Quizá ese día Dios quería que salvase a un inocente?

Se acercó despacio, calibrando cada paso y poniendo especial cuidado en su espalda y sus costados. No era la primera vez que intentaban emboscarlo en el Bosque. No podía fiarse de aquellas bestias inmundas.

Atravesó el claro y allí, junto al tronco retorcido de una encina descubrió a dos pequeños encogidos y temblorosos. Aireó una maldición y escupió una herejía. Lo que allí tenía era un insulto a la Creación. Con un movimiento veloz aferró a los dos pequeños llorosos y los arrojó al interior del claro. Estaba muy oscuro, pero incluso así notó que el odio le invadía. Eran seres del averno. Criaturas inmundas que no merecían existir, más bestias que criaturas. Lo que tenía ante sí eran dos crías de hombre lobo. Estaban cubiertas completamente por un pelaje grisáceo. Eran insultos a Dios. Los dos niños se abrazaban, encogidos de terror ante el asesino. Esperaban que su pesadilla, que el humano, se marchase de allí y los dejase tranquilos. Solo querían jugar. De día tenían que esconderse de los hombres, sus miedos entonces los mantenían escondidos en sus hogares. Por la noche intentaban olvidar el terror que les tenían a los hombres, a sus murallas y sus espadas, pata salir a correr, para ser felices y libres.

-Por favor señor, no nos haga daño. Por favor, deje que mi hermana pequeña se vaya…

Derlén miró a las criaturas, asombrado. Se había cruzado en decenas de ocasiones con criaturas del Bosque, nunca se había detenido, las había asesinado sin piedad. No habría imaginado que hablasen… ante él tenía a dos criaturas inmundas, dos cachorros de lobo que no podrían hacer daño a nadie, que solo querían ser libres… que le temían. Le temían sí. Dios estaría orgulloso. Las Criaturas del Bosque temían a su Elegido.

Miró a los dos cachorros.

Y los mató. Poniendo especial cuidado en que su muerte fuese dolorosa.

Entonces escuchó un gemido ahogado y descubrió a un tercer cachorro, este aún más pequeño que los otros dos. No tuvo piedad. Lo golpeó en la cabeza una y otra vez hasta que sus guantes estuvieron envueltos en su sangre.

Antes de marcharse a cumplimentar su misión se tomó su tiempo en dejar un mensaje al Bosque. Un mensaje de odio y de guerra. Un mensaje que comenzaría una espiral de violencia que convertiría la Frontera en un auténtico Infierno… tras colgar a los tres pequeños de una rama retorcida, partió hacia la espesura, tenía muy poco margen de tiempo para encontrar a los Cuervos e iniciar una guerra.

Regresó horas después, poco antes del alba, estaba agotado, pero satisfecho, Laundrat estaría orgulloso de él, la rueda había comenzado a girar y él era el eje a través del que todo se movía. Al llegar al claro, comprobó que los tres cachorros seguían colgados en la rama y se permitió una sonrisa sedienta de sangre, pronto tendría a su disposición muchas criaturas para su disfrute personal. Se relamió, la guerra se acercaba, la guerra más cruenta que Gelth hubiese albergado jamás y él era su instigador, era el Elegido, Dios acogería su alma valerosa con orgullo, pues él era el Azote del Bosque.

Llegó al pie de la muralla y se deslizó a través de sus rocas como una sombra, una siniestra forma protegida por la oscuridad, pero estaba demasiado absorto en su victoria como para resultar todo lo silencioso que debía ser. La voz de alarma le devolvió a la realidad. Le habían descubierto…

Solo tardó diez segundos en descerrajar la garganta de los tres guardias que le habían descubierto y lanzar sus cuerpos aún calientes al pie del muro. Tres segundos después, aún demasiado alterado como para moverse en silencio, se perdía tras una esquina especialmente oscura. Su estado de nerviosismo le impidió descubrir a Lis, una niña pequeña que había salido muy temprano de su casa a hurtadillas para encontrarse con Lucy, su compañera de juegos…

La pequeña Lis no volvió a escaparse de casa para jugar, regresó aterrorizada, asegurando que una criatura del Bosque había entrado en Sarberk sin detenerse ante la muralla. Nadie la creyó hasta que se descubrió que faltaban tres miembros de la Orden y se encontraron sus cuerpos al pie del muro, entonces todos pusieron mucha atención a las palabras de la niña…

Noches más tarde. Los aullidos de una loba mantuvieron en vilo a toda la Orden. Sarberk se estremeció ante el dolor y la locura que emanaban de aquellos aullidos lastimeros.

En el subsuelo de Sarberk, en las catacumbas de la Catedral, una figura siniestra se frotaba las manos, aún no había limpiado sus guantes oscuros, aún sentía en sus extremidades la sangre caliente de sus últimas víctimas. La guerra se acercaba. Estaba impaciente.

Nadie pudo dormir durante semanas en la Ciudad de la Frontera. Las leyendas hablaban de un ser oscuro y siniestro que asesinaba con una crueldad extrema. El gran problema de aquellas historias era que nadie desde entonces podía afirmar que aquella sombra, que aquel ser terrible y sobrenatural, estaba solo en uno de los dos lados de la Muralla…