12 de febrero de 2012

Comida de Gato

La anciana deambulaba cada noche por las callejas empedradas del pueblo abandonado. Ella era la única que había decidido seguir habitando aquel lugar lleno de malos recuerdos y casas derruidas. La acompañaban en su soledad los gatos, a los que alimentaba bajo la atenta mirada de las estrellas con la comida acumulada en las bodegas pertenecientes a su vieja mansión olvidada por el paso del tiempo...

Los gatos se ocultaban por la mañana, dejándola sola con sus pensamientos y sus hondos recuerdos. Al caer la noche abandonaban sus escondrijos para dar cuenta de la comida que la mujer depositaba puntualmente en lugares estratégicos del pueblo. Los felinos renunciaban a su habitual elegancia para disponer de los alimentos de la anciana, empujándose y amontonándose ante cada gramo de sustento. No había mucho que comer en ese pueblo, incluso las ratas lo habían abandonado hacía meses…

Una noche especialmente fría y ventosa, la anciana cayó a los pies de un nutrido grupo de gatos que la esperaban ansiosos. Ya no pudo levantarse. Había muerto. Los gatos se acercaron en tropel, maullaron durante horas, gimieron, tristes ánimas en pena bajo la tormenta. Estaban hambrientos. Podrían alimentarse durante algunos días con la carne marchita de la anciana… y sin embargo, por respeto, cariño, o quién sabe si por lo poco apetitosa que parecía la carne de la mujer, decidieron morir junto a ella esa misma noche, dejando el pueblo en el más absoluto de los abandonos, con un misterioso conjunto de esqueletos que nadie descubriría jamás.

1 comentarios :

Quanta dijo...

Inesperado, curioso y empático final.