20 de febrero de 2012

Criaturas del Bosque (1)

No era un tipo demasiado prudente, pero de todas las imprudencias que había cometido a lo largo de su vida, esta era la peor. A medida que se le iba pasando la borrachera y sentía la garganta más y más seca, se percataba de la idiotez que estaba cometiendo. Tenía sed, mucha sed y entregaría gustosamente sus armas a cambio de encontrarse en una taberna mugrienta ante una buena jarra de cerveza. La nube que había gobernado en su cabeza comenzaba a disiparse y con ella su arrogancia, estaba asustado. Nunca en toda su vida lo había estado más.

Algo le hizo recordar la piel tersa de Thiara, la fulana del antro en el que se había dejado hasta su última moneda, el calor de su cuerpo, su sonrisa abierta y sugerente, la rotundez de sus formas… pero ni siquiera la lujuria conseguía ahuyentar el terror que crecía en su interior. Estaba en el Bosque, ¡Maldita sea! ¡En el Bosque! El miedo hizo que aferrase la empuñadura de la espada con más fuerza, como si el mero hecho de sentir el frío metal entre los dedos fuese a insuflarle de algo de calor y valor para afrontar el tiempo que restaba hasta la llegada del alba… se descubrió temblando de puro terror y se odió por ello, por temblar como un niño bajo el sobrecogedor abrazo de la arboleda.

No era ningún cobarde. Llevaba años dedicándose a la guerra, bajo las órdenes del mejor postor y en ninguna de las escaramuzas y batallas en las que había participado se había mostrado como tal, más bien todo lo contrario, era un guerrero audaz y decidido, había salvado la vida en muchas ocasiones gracias a su arrojo y decisión, a la sangre fría con la que afrontaba cada lucha, a sus músculos y destreza con las armas. Era un guerrero formidable y sin embargo temblaba como una damisela al amparo de la noche.

Algo crujió a su espalda y el guerrero se giró sobresaltado, incapaz de reprimir un gemido angustiado, estuvo cerca de perder el asidero de su espada. Escudriñó la oscuridad en busca de la criatura que había provocado aquel crujido, pero no fue capaz de ver nada y eso fue lo peor, el miedo a lo desconocido es un terror que crece exponencialmente en nuestro interior y nos hace sufrir hasta límites inciertos e indefinidos. Decidió moverse, de nada serviría quedarse allí parado como un estúpido, tenía que moverse… y entonces lo vio claro, supo cómo podría sobrevivir a la noche en el Bosque… llegando a Dureilad, la Catedral Blanca. Aquel era terreno neutral, si lograba alcanzarlo estaría a salvo. Sí, quizás ganaría la apuesta después de todo, quizás aquella noche de borrachera había servido para algo más que ponerse en peligro y pasar un miedo de mil demonios.

Además –se dijo- ya llevaba deambulando por entre los árboles un tiempo más que suficiente y aún no se había topado con criatura alguna, quizá el Bosque solo fuese un gran refugio de leyendas y cuentos de viejas… eso no explicaban los alaridos nocturnos ni las desapariciones, cierto, pero podrían existir muchas explicaciones además de las criaturas monstruosas que jamás se dejaban ver. Se decidió. Si corría rápido estaría en Dureilad en muy poco tiempo, alcanzaría la Catedral ames de la llegada del alba y ganaría la apuesta, ¡sería rico!

Comenzó a correr y le pareció ver por el rabillo del ojo a una niña vestida de negro con la cara llena de pecas, una niña de unos siete u ocho años… se detuvo y miró al lugar en el que creía haber visto a la pequeña pero no logró ver a la pequeña… quizá hubiese sido una alucinación. Además ¿qué pintaba una niña tan pequeña sola y en el Bosque? Probablemente su imaginación desbordada por el miedo le había jugado una mala pasada...

2 comentarios :

oscura forastera dijo...

Me gusta mucho, ya espero leer pronto más... felicidades, es muy bueno... un beso.

Javi dijo...

Gracias Oscura.

Espero poder continuarlo esta noche. Besos.