16 de febrero de 2012

De Noche en el Bosque


Pit corría a través de la hojarasca a la mayor velocidad posible, apenas veía a causa de la niebla y el miedo impregnado en sus pupilas. Nunca había estado más asustado en toda su vida. La noche estaba llegando, incluso los árboles lo percibían, su propia sangre se alarmaba ante el momento en el que el sol terminaría de ocultarse por completo y él se encontraría bajo la oscuridad de la noche… Y estaba en el Bosque.

No era un niño que se asustase con facilidad, a sus apenas diez años de vida había visto y vivido más que muchos adultos, además era de corazón bravo y no le temía a casi nada, pero el Bosque era algo que ningún humano era capaz de dejar de temer. Todos sabían que los hombres no eran bien recibidos en la arboleda durante la noche, cuando la Gente gobernaba.

La Gente… solo de pensar en las temibles y diabólicas criaturas que deambulaban entre los árboles hacía que se estremeciese y temblase de la cabeza a los pies. No se percató de que estaba llorando hasta que la brisa nocturna no comenzó a indicarle el frescor de las lágrimas recorriendo sus mejillas. Hacía frío, el invierno se acercaba. Cualquier ruido sobresaltaba la carrera del chiquillo. El corazón le latía desbocado y sus piernas, pesadas y cansadas como nunca, saltaban mecánicamente sobre el firme lodoso cubierto de hojas marchitas.

Pit se maldecía a sí mismo, en silencio, maldecía el instante en el que había tenido la brillante idea de abandonar sus labores diarias para acercarse al río y espiar a las chicas que bajaban allí a lavarse. Aún recordaba la piel sonrosada y desnuda de las mujeres que había vislumbrado a lo lejos, pero la excitación que había sentido en ese momento estaba completamente olvidada. De hecho, se decía mientras corría, si llegaba a la ciudad sano y salvo, jamás volvería a mirar la piel desnuda de una mujer.

La niebla era cada vez más espesa y más fría. Notaba la humedad adentrándose más allá de sus ropas y alcanzando sus huesos, su alma aterrada. Sollozó. Había sido un imprudente y ahora… ahora tendría suerte si no terminaba siendo víctima del Bosque. Recordaba las historias que se contaban alrededor de las hogueras sobre lo que les ocurría a los hombres que se adentraban en el Bosque cuando el sol se ocultaba por el horizonte y temblaba, uniendo el terror más absoluto e irracional al frío creciente.

Era incapaz de saber a qué distancia estaba de la muralla, según sus cálculos ya debería estar cerca. Si seguía a ese ritmo de carrera, pronto vería la llama de la Distancia, la que indicaba a los viajeros perdidos en la arboleda que aún debían mantener la esperanza. Además, si estaba en lo cierto, no tardaría en escuchar las campanas que anunciaban el cierre del portón del muro. Las campanas se tocaban una treintena de veces al caer la noche, para alertar a la ciudad de la llegada de la Gente y para dar una última oportunidad a los imprudentes que se adentraban en el Bosque demasiado tarde. Debía darse prisa, una vez se cerrase el portón no volvería a abrirse hasta la llegada del alba. Esa era la ley de Sarberk y Pit sabía que era una ley inquebrantable.

En su carrera a través de los árboles y la niebla creyó escuchar risas infantiles a su alrededor. Pensó que eran imaginaciones suyas, pero las risas se hicieron más audibles y evidentes. Alguien le acompañaba en su huida, alguien que reían sin cesar, niños… Pit sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral, la Gente…

A través del sonido de las risas infantiles creyó escuchar otro sonido más, un sonido amortiguado que, poco a poco, fue evidenciándose más y más, al poco logró identificar el sonido de metal contra metal. La campana. No estaba demasiado lejos.

Aceleró el ritmo de su carrera y escuchó nuevas risas que se sumaban a las primeras y sonaban mucho más cercanas que las anteriores, ni siquiera miró, sabía que varias criaturas corrían a su lado. Se sentía como una presa acechada por una manada de lobos juguetones y risueños. Aún no habían intentado atacarle o frenarle, de momento se limitaban a acecharle y divertirse, pero Pit no podía evitar sentirse como un cordero al que pronto alguien decidiría lanzar la primera dentellada que diese paso a una carnicería brutal, despiadada.

Las campanas estaban más cerca.

Y fue en ese momento cuando la vio, una niña preciosa, sentada sobre una piedra, sonriente. Tan frágil como una florecilla. La niña le vio llegar al momento y su rostro dibujó una sonrisa en la que bailaron las pecas que lo adornaban. Pit se fijó en los bucles de la pequeña, relucientes cobrizos que irrumpían en el espesor de la niebla. Sabía que no debía detenerse, que el Bosque no era un lugar para entablar una conversación con un desconocido, ni siquiera con una niña pequeña y hermosa como la que tenía ante él, que la Gente podría estar dándole caza… y sin embargo, al ver a la niña, tuvo que detenerse junto a ella.

-Hola.
-Hola.
-No deberías estar aquí de noche…
-Ya lo sé, pero…
-Tranquilo, no pasa nada. Si quieres podemos jugar juntos.
-¿Jugar? ¡No! Tenemos… tenemos que ir a la ciudad, traspasar las murallas, rápido. Mis padres… mis padres estarán preocupados por mí.
-No debiste salir al atardecer de la ciudad, no debiste espiar a las chicas…
-Yo…
-Ssssh. Tranquilo, no pasa nada, lo comprendo, el Bosque lo comprende, tranquilo. Juguemos juntos.
-Pero…
-Ssssh… ha llegado el momento pequeño, ha llegado la hora de dormir.

Las risas se hicieron más evidentes. Una jauría de bestias alcanzó el claro en el que los niños habían estado conversando segundos antes. Una jauría de pequeñas bestezuelas ansiosas de sangre humana que esa noche había descubierto una víctima en el Bosque… un humano que había roto las reglas.

Pero al llegar se encontraron con el cuerpo inerte del chiquillo. Aún estaba caliente, por lo que dedujeron que acababa de morir, quizá de miedo. No importaba, sería menos divertido, pero esa noche, la manada comería carne humana y se saciaría con la sangre de un chiquillo.

Sobre la copa de un pino frondoso, Muerte oteó el odio con el que los jóvenes lobos destrozaban el cuerpo inerte del niño. La sonrisa se perdió de su rostro y las pecas parecieron oscurecerse. Al menos el pequeño había muerto sin dolor. Al menos esa noche lo había conseguido…