19 de febrero de 2012

El Caballero Ancante - Capítulo 6. Un castillo sitiado

Tras rememorar el relato de Sir Johann, mientras avanzaba lentamente por el vado montañoso, en silencio, detrás del joven caballero, el antiguo adalid de Tedium sintió que aquel joven muchacho rubio que vivía protegido por los robustos muros del Castillo Gris había desaparecido para siempre, la terrible descripción de la guerra y la muerte realizada por su guía habían penetrado poderosamente en su corazón, enroscándose fuerte en el interior de su alma, del mismo modo que la madreselva salvaje atrapa un tronco y no ceja en su empeño hasta dominarlo por completo.

El caballero asustadizo que había soñado con pasar el resto de sus días realizando apacibles guardias inservibles en el salón del trono de su antiguo hogar, había desaparecido por el camino hasta aquel inhóspito paraje sobre el río Raudo, cuyo cauce venía acompañando sus pasos desde Tedium, siempre a su derecha.

No sabía qué era lo que él podía hacer en una situación tan desesperada como en la que los dos se hallaban, con un ejército rodeando el núcleo amurallado del reino de Oblectatium, repleto de las mujeres y los niños del lugar y otro aun más poderoso y sanguinario reteniendo al mismísimo rey en otro continente, en la ciudad de Nudicus, junto con todos aquellos que habían jurado servir y defender al reino que habían abandonado a su suerte.

Por primera vez, Sir Wilfredo se preguntó el por qué, si todos los hombres de Oblectatium se habían lanzado a la guerra, el propio Sir Johann había permanecido en la ciudad amurallada. Quizás por ser demasiado joven para acudir a la batalla –razonó en silencio. También, por primera vez cayó en la cuenta de la juventud de su compañero de viaje, Johann tenía al menos dos años menos que él y sin embargo parecía todo un experto en el arte de la caballería y las armas.

Sir Wilfredo habría continuado divagando de no ser por la súbita parada del caballo de Sir Johann, el caballero de morado se acercó a su homólogo y señaló hacia un lugar situado por encima de sus cabezas.

-¿Ves algo? –Interrogó el muchacho concisamente, con lo que nuestro héroe enfocó la mirada todo lo que pudo en la dirección señalada por el chico.

-No –fue su respuesta- solo hay otra montaña agujereada –expresó, haciendo visera con las manos sobre sus ojos para no ser molestado por el implacable fulgor del sol.

-¿Ningún brillo?, ¿ningún color extraño?, ¿nada? –Se interesó Sir Johann, que parecía muy contento por algo que el caballero de Tedium no era capaz de discernir.

-No, nada.

-¡Bien! Eso es muy bueno –exclamó el joven, que parecía haber confirmado algo que él mismo sospechara momentos antes. La sonrisa que se formó en su rostro trajo algo de esperanza al corazón de Wilfredo, sintió rejuvenecer su alma al contemplar aquel amago de alegría en el  gesto de su amigo.

-¿Qué es lo que sucede? –Demandó, intrigado al ver tan contento a su colega. Sir Johann, por toda respuesta desmontó de un ágil salto de su corcel negro.

-Son los vigías –respondió alegremente Johann al cabo de unos segundos- No están.

-¿No están?, ¿los vigías?, ¿qué vigías? –Se interesó sobremanera el caballero de Tedium, al comprobar que no tenía ni idea de la causa de la satisfacción del caballero de Oblectatium. Aun así no pudo menos que sentirse aliviado por ese pequeño suspiro dado a su desasosiego.

-Lo siento –se disculpó Johann- claro, tú no sabes dónde se encuentran las cuevas en las que nuestros vigías se esconden habitualmente para guardar este camino. Cuando el rey está en el castillo, no hay manera de llegar hasta él sin que el monarca se entere, es imposible alcanzar Oblectatium sin ser visto.

Wilfredo seguía sin entender nada. Y se alarmó al ver que Johann empezaba a toquetear frenéticamente la pared rocosa junto a la que habían detenido su camino. Por un instante pensó que su colega acababa de perder la cordura, aunque al poco se percató de que estaba buscando algo en la pared y se animó a reanudar la conversación.

-¿Y eso por qué? –Preguntó un poco dubitativo aún. No podía creer totalmente eso de que nadie pudiese llegar a la fortaleza sin ser visto desde allí, si ni siquiera se veían aún las murallas de Oblectatium.

-Debido a nuestro sistema de vigilancia –fue la escueta respuesta de Johann-. Todas estas montañas están horadadas por dentro desde hace siglos. Su interior es un laberinto de galerías que en su momento sirvieron a los enanos como minas de oro y plata. Cuando dejaron de ser útiles para ellos, los enanos las abandonaron y se marcharon hacia el sur, a Reginsulae creo. Hace cincuenta años, el padre de Lord Eduard, nuestro monarca, las encontró y acondicionó para nuestro uso. Desde entonces, el reino de Oblectatium las ha utilizado como una forma de vigilar sus caminos. Muchas de las galerías excavadas acaban en una cornisa sobre el vado, otras simplemente en pequeños agujeros destinados a la ventilación que nos sirven de ventanas. En fin, toda una red de espionaje y vigilancia en el único paso por tierra que lleva a nuestra fortaleza.

-Pero ahora están vacías –aclaró Sir Wilfredo que no acertaba a comprender todavía la causa de la alegría del moreno caballero.

-¡Claro que están vacías! –Gritó entusiasmado Johann- ¿Sabes lo que eso significa?

-No –repitió el dubitativo caballero, seguía sin comprender la repentina alegría del chico.

-Significa esperanza –terció el caballero de morado- para los que aún están en el castillo y para nosotros mismos. Quiere decir que nuestros enemigos aún no se han aventurado más allá de los dominios del Castillo de Colores, que todavía es un ejército demasiado pequeño e incompleto el que permanece alrededor de la fortaleza.

Mientras departía, el joven no había parado de buscar algo en la pared, aparentemente vacía, que pareció encontrar en ese mismo instante. Con un “clack”, la pared pareció abrirse ligeramente, dejando ver una delgada línea de luz que la atravesaba casi por completo.

Los dos amigos y sus tres monturas penetraron en una estancia bastante amplia, iluminada por una extraordinaria luz solar reflejada en más de cien espejos distribuidos galería por galería. La caverna estaba repleta de estalactitas y estalagmitas desperdigadas por doquier, rodeadas por un liquen luminoso que unía su luminiscencia a la de la reflejada en los centenares de espejos situados en el sin fin de pasillos que parecían nacer en aquella gruta en el interior de la montaña, la luz que desprendía el conjunto era esplendorosa.

Cuando los cinco hubieron atravesado por completo el umbral abierto a su paso por el mecanismo activado por Sir Johann, la invisible puerta se cerró tras ellos con un seco retumbo semejante al provocado por una losa de piedra golpeando contra el suelo.

El borriquillo rebulló inquieto y Sir Johann se acercó hasta donde rebuznaba asustado y le dio unas afectuosas palmaditas en el flanco mientras le rascaba por detrás de sus alargadas orejas y le susurraba palabras cariñosas y agradables, del mismo modo que solía hacer con Viento. El asno se calmó pronto con lo que sus roznidos lastimeros dejaron de resonar en la cueva y de provocar fuertes ecos que podrían haber delatado su presencia al enemigo.

Viento y Flecha Negra, los corceles de los dos caballeros también tuvieron que ser tranquilizados, aunque no tanto como el pobre burrito y cuando ambos caballos se hubieron calmado, Sir Johann condujo al grupo por un corredor que llegaba hasta un pequeño establo. Allí acomodaron a las tres monturas. Después condujo a Sir Wilfredo a otras dependencias situadas por encima de sus cabezas.


Los dos caballeros se asomaron por una diminuta abertura situada en lo más alto de la montaña. 

Johann afirmaba que desde allí podía divisarse el Castillo de Colores y sus pequeñas aldeas adyacentes, los dos muchachos contemplaron la ladera que bajaba suavemente hasta los pueblos colindantes al castillo erigido en el centro de un hermoso y fértil valle. La visión desplegada ante sus ojos les dejó petrificados de puro espanto: los cuatro núcleos de edificios que circundaban la fortaleza estaban arrasados completamente, derruidos por una violenta invasión que había culminado con el incendio de las viviendas. Algunas de las casitas desprendían aún un abrumador humo negro. Sir Johann no pudo reprimir unas apasionadas lágrimas, cuando huyó en busca de ayuda, aquellas aldeas aún se mantenían en pie e intactas, vacías a causa de la aterrada huida de sus habitantes al interior de las murallas, mas incólumes, aguardando el regreso de sus propietarios. El impresionado héroe de Tedium tampoco fue capaz de contener el llanto.

Para cuando se recuperaron del estupor de ver aquella destrucción, aquellas pequeñas casitas y fraguas convertidas en cascotes y cenizas, los dos caballeros, ataviados con sus armaduras de batalla, comenzaron a evaluar las numerosas tropas enemigas.

En un principio contabilizaron su número aproximado, que debía ser de al menos unos trescientos miembros, divididos en tres facciones muy bien definidas que incluso parecían acampar por separado. Tanto Sir Johann como Sir Wilfredo se percataron de esa distinción en aquel ejército monstruoso, a pesar de ser aliados frente a los humanos y de tener guardias y deberes conjuntos, los miembros de los tres ejércitos procuraban mezclarse lo menos posible y solo se reunían para entablar conversación de tanto en tanto, obligados por alguna orden precisa o cualquier asunto que requiriera un previo acuerdo entre los tres grupos, por lo demás procuraban no mezclarse para nada.

Aunque Sir Wilfredo no conocía apenas nada del mundo exterior, no tuvo ningún problema para distinguir a las razas a las que pertenecían aquellos seres de pesadilla: por un lado se encontraban los gigantescos y peludos trolls, armados con gruesos garrotes de madera y con bastones de acero formados con el de las espadas de aquellos incautos que habían osado enfrentarse a ellos, su aspecto era temible y podían llegar a medir más de dos metros y medio; por el otro los orcos, semejantes en tamaño a los humanos pero con cuerpos y rostros deformados por la propia maldad de la raza, dentro de los orcos los había de razas más corpulentas que otras e incluso repletas de pelaje al igual que los trolls, sin embargo la que aquí se encontraba se parecía más a la del sur de Regnivum, totalmente calvos, con la piel oscura y dientes torcidos, armados con todo tipo de armas y ataviados con ropas hechas jirones y retales de armaduras robadas; por último estaban los trasgos, más pequeños que los orcos, eran los antagonistas de los enanos, delgados y escurridizos, de piel verdosa y azulada, en ocasiones con pequeños cuernos de chivo sobresaliendo de sus cabezas de pelo corto y poco aseado, vestidos con cueros curtidos y armados por lo general con dagas oxidadas y puntas de todo tipo, con la malicia pintada continuamente en los pequeños ojillos dorados que poseían.

Mientras continuaban calibrando las fuerzas de sus oponentes, los dos compañeros de armas hicieron un descubrimiento que heló la sangre de sus venas: se trataba de tres figuras corpulentas que salieron de la única tienda que poseía el campamento, el alojamiento de los generales, seres que ambos jóvenes creían que solo existían en las aterradoras narraciones de los juglares más siniestros, los generales de aquel maligno ejército eran gárgolas.

El joven caballero de Oblectatium había oído hablar de  aquellas tres gárgolas que comandaban a sus enemigos, había sido de labios de los mensajeros enviados por el rey Eduard para advertirles sobre el ataque al Castillo de Colores por dichas tropas, pero Sir Johann no había imaginado que aquellos seres viniesen también a sitiar la fortaleza dejando en Nudicus a su peor enemigo, aquello era muy extraño.

Las tres monstruosas criaturas aladas parecían discutir acaloradamente entre ellas, aunque si alguno de los dos caballeros hubiera sabido algo sobre el verdadero carácter de dichos seres, habrían sabido que esa era la forma habitual de comunicarse de las gárgolas, tranquilas en apariencia cuando se hallaban inmóviles en sus guaridas o en las almenas de algunos tenebrosos castillos de los oscuros lugares del Reino sin Nombre, eran en realidad muy irascibles y violentas, se comunicaban entre sí  con un extraño dialecto de alaridos y gruñidos y no dudaban en empujar a sus contertulios si creían que estos no les prestaban la suficiente atención. Lo cual era un problema y había ocasionado numerosas bajas inesperadas en el ejército que comandaban por la vehemencia con la que los tres generales impartían las órdenes a sus subordinados, por lo que ahora los miembros de los tres ejércitos procuraban no acercarse demasiado a la hora de recibir las instrucciones de sus superiores.

Sir Wilfredo entornó los ojos alrededor de la silueta de la gárgola que tenía más cerca, de espaldas a él y notó que se estremecía al contemplar las robustas alas coriáceas que sobresalían de una musculosa espalda un tanto combada hacia delante, con una incipiente chepa que brillaba espeluznantemente con la incisión del sol. A pesar de lo encorvado de la figura, aquel monstruo debía de medir cerca de los dos metros, aumentados aproximadamente unos treinta centímetros por dos cuernos curvos que coronaban su horrenda cabeza calva; la cola, rematada en una afilada punta de lanza, se bamboleaba tras él de manera airada, las fuertes piernas arqueadas estaban en tensión y marcaban cada fibra de los músculos de las que estaban compuestas. Sir Wilfredo desvió la mirada y contempló con un gesto de horror el feo rostro de una de las criaturas situada de perfil: un prominente hocico repleto de colmillos se abría y cerraba furiosamente, dejando entrever una lengua verdosa llena de abundante saliva. Sin embargo, lo que más sorprendió al inexperto caballero de Tedium de las tres gárgolas, ataviadas apenas con un taparrabos, fue la chispa de maligna inteligencia que descubrió en los ojos de la tercera de las criaturas.

Su cuerpo era gris, de un tono acerado que semejaba al granito, el joven caballero se lo imaginó en cuclillas, aferrado a una de las cornisas más altas de un castillo derruido y pensó que sería incapaz de discernir si se trataba de una escultura tallada en la roca o un ser vivo, era mucho más alta que sus otros dos congéneres y sonreía burlonamente mientras miraba de soslayo a las almenas vacías del Castillo de Colores, descubriendo de ese modo su sonrisa retorcida de colmillos anaranjados. A diferencia de sus dos compañeras, poseía algunos mechones de pelo negro que caían sucios y grasientos por detrás de su cabeza, también difería de sus colegas en el porte de su figura, sin un ápice de curvatura en la espalda, la criatura se mantenía en posición de firmes continuamente, sacando más de medio metro de altura a los otros dos generales. Así mismo, la cabeza de la gárgola grisácea poseía cuatro cuernos en vez de dos. Sir Wilfredo tembló de manera convulsiva sin poder evitarlo, aquel ser parecía la mismísima encarnación del mal.

Lentamente abandonó su posición junto a la abertura de la montaña que permitía la entrada de luz en la estancia a la que Sir Johann lo había conducido. Estaba temblando. Los dos caballeros se encontraban cabizbajos, con la moral por los suelos, sabían que era improbable, por no decir imposible, entrar en el Castillo de Colores sin ser vistos. Atravesar los tres ejércitos que lo rodeaban era un suicidio y encima de eso, estaban las tres gárgolas...

-Ese de ahí debe de ser Lord Griskan –comentó con un hilo de voz el joven Sir Johann, apesadumbrado. Su tono era el más bajo que el caballero de Tedium recordaba haberle escuchado hasta la fecha- el general del ejército que sitió Nudicus.

Johann había adivinado el foco de los pensamientos de Wilfredo. Este temblaba de miedo, procuraba apartar de sí el temor que le inspiraba la criatura alada, pero era un imposible. El Caballero Andante Oficial del Reino de Tedium alzó la cabeza desapasionadamente, como si no quisiera mirar a su amigo, esperando de ese modo que sus noticias no fueran reales, tan impresionado que parecía un recién despertado tras varios días de un sueño desapacible.

Sir Johann no sabía qué hacer ni qué decir pues él mismo estaba siendo subyugado por el más doloroso de los terrores, había escuchado a los mensajeros venidos de Regnivum hablar del terrible comandante de los ejércitos aliados frente a los humanos, Lord Griskan, una terrible gárgola que asesinaba a los caballeros como si fuesen poco más que moscas molestas. La crueldad de sus actos era censurada con desprecio incluso entre sus propias tropas, donde se decía que el mismísimo Infierno no acogería de buen grado a un ser tan macabro y despiadado. De todos los enemigos que podría haber imaginado esperando a la puerta de su hogar, aquel era el último en el que habría pensado. ¿Significaba eso que Nudicus había caído? ¡No! No podía ser eso. Las tropas de Sir Eduard y Sir Ricard todavía aguantaban el asedio, se dijo sin estar plenamente convencido.

Pasados unos minutos, en los que ambos guerreros permanecieron en silencio, los sentidos de Sir Johann se despejaron en su temblorosa mente y el joven caballero comenzó a idear el modo de penetrar en el castillo, atravesando sin ser vistos el grueso de las líneas enemigas, por la luz que se adentraba por el agujero desde el que habían contemplado a los sitiadores, supo que estaba atardeciendo y el muchacho sabía que la noche sería el mejor momento para intentar alcanzar la amurallada fortaleza. Tenía que idear un plan rápidamente y lo más difícil, conseguir que Wilfredo aceptase llevarlo a cabo.

Como siempre hacía de niño, cuando buscaba la mejor manera de fastidiar a Sedar, su tutor desde la cuna, ideando macabros planes que casi siempre terminaban con el maestro empapado de los pies a la cabeza o con su túnica habitualmente pulcra y aseada, totalmente chamuscada, Sir Johann comenzó a pasearse de uno al otro lado de la estancia rocosa, hablando en voz alta sobre las ideas que se le venían a la cabeza e incluso debatiendo consigo mismo cuando la ocasión lo requería. Estuvo así más de media hora mientras que Sir Wilfredo contemplaba en silencio el sol que desaparecía completamente tras el horizonte, sin prestar atención a su compañero de viaje.

-¡Ya lo tengo! –Gritó de pronto Sir Johann, sobresaltando a Sir Wilfredo y sacándolo de golpe de su estupor- Ya sé cómo vamos a llegar hasta el Castillo de Colores.

-¿Ah, sí? –Preguntó desafiante el antiguo habitante de Tedium que sufría escalofríos cada vez que recordaba la imponente figura de Lord Griskan. Johann narró su plan y Wilfredo le miró con los ojos desorbitados por el miedo, como si estuviera contemplando a un criminal cometiendo su delito más cruento.

-¿Y bien? –Demandó el joven caballero con evidente entusiasmo.

-¿Acaso estás completamente loco? –Explotó Wilfredo, al que el miedo tenía fuera de sí y al que la cara se le había hinchado por la exaltación, jamás había estado tan estupefacto por algo- ¿Pretendes qué atravesemos el campamento de esos... monstruos? ¿Así, sin más?

-Sí –contestó llanamente el joven, con la decisión en la cara, sin pestañear- eso es precisamente lo que tengo planeado que hagamos.

-Pues ya puedes ir saliendo tú solito de esta maravillosa gruta –gritó Wilfredo presa del pánico- ni que fuéramos elfos para volvernos invisibles ante las miradas indiscretas –protestó airado el caballero. El joven de Oblectatium se quedó parado un instante, mirando al caballero de Tedium de manera alarmante, con los ojos brillando de emoción. ¿Cómo no lo había recordado antes? ¡Eso era! Se harían invisibles, tal y como sugería Sir Wilfredo, del mismo modo con el que lo conseguían los elfos de Rextellaea.

De ese modo llegarían al interior de la rodeada fortaleza.

-¡Wilfredo eres un genio! –Exclamó con los ojos grises iluminados por la agitación, dejando al antiguo caballero de Tedium mudo de asombro y sin ningún tipo de argumento que poder esgrimir ante aquella inverosímil afirmación, sentado, aguardando con un temor insoportable aquello que el imprudente Sir Johann tuviese en su alocada mente.    
   

Allí, tras las sensaciones aliviadas de un primer instante y el terror provocado por la certeza de la enormidad del ejército de sus enemigos, los dos jóvenes caballeros comenzaron a idear un plan de ataque, tan descabellado, que podía tener éxito.