13 de febrero de 2012

El Caballero Andante - Capítulo 1 - Sir Wilfredo

Sir Wilfredo era el caballero más corriente del más corriente de los reinos de Telluón: Tedium, el rincón más tranquilo y sosegado de todos los lugares del mundo. Sus gentes eran simples aldeanos pacíficos y ejemplares, nunca había grandes disturbios y los ladrones y criminales pronto se aburrían de deambular por unas calles tan aburridas en las que no sucedía nada fuera de lo normal. Esa era la razón de que Tedium fuera un reino que carecía de un ejército de acuerdo a los estándares de la época, entre sus filas no se encontraban aguerridos guerreros deseosos de lucha y aventuras sino más bien todo lo contrario, caballeros esmirriados y estirados que buscaban una vida tranquila y apacible tal y como era posible hallar en aquellos parajes.

El nombre de la inexpugnable fortaleza que coronaba el reino (lo de inexpugnable es un decir, ya que nunca nadie había intentado conquistarla) y en la que vivía el rey de aquel aburrido reino, era el Castillo Gris, aunque la monotonía y el aburrimiento eran los verdaderos reyes de aquel reino sin par en el que desde su más tierna niñez residía Sir Wilfredo, que pronto pasaría a los anales de la historia como uno de los más grandes aventureros y caballeros de todos los tiempos, aunque poco podía sospechar aquel desgarbado joven de pelo rubio pajizo, de más de un metro ochenta de estatura y rostro poco agraciado lo que el destino le tenía preparado.

Los padres de Wilfredo habían sido mercaderes comunes y corrientes que al no poder hacerse cargo de la manutención de un muchacho tan espigado y enfermizo, lo habían llevado a la fortaleza de Tedium para que se convirtiera en caballero. Ni que decir tiene que los padres de Wilfredo lo querían tanto como un labrador puede amar a su burro más útil, pero a la vista del cuerpo de aquel niño, los padres comprendieron que en el reino en el que vivían, su hijo solo serviría para ocupar un puesto no muy difícil y que no requiriera mucho esfuerzo físico y únicamente había un trabajo con esas características en Tedium, caballero del rey.

Cierto es que he dicho ya que la paz reinaba en Tedium y es verdad, pero los caballeros, ataviados con sus brillantes armaduras plateadas y relucientes, poseedores de un grandilocuente porte recio y marcial, quedaban muy elegantes sobre las almenas del Castillo Gris y custodiando el salón del trono.

Nunca sucedía nada extraño en Tedium o sus alrededores.

Wilfredo fue adiestrado durante años en el manejo de todo tipo de armas (sobre todo en lo relativo a desfilar con elegancia o bien a posar con ellas delante de los nobles y reyes de Tedium o incluso de sus vecinos de los reinos más cercanos), en el paso militar y en todas las artes de la caballería. Jamás destacó por encima de sus compañeros y siempre se conformó con ir pasando los exámenes y pruebas que le permitieran continuar su aprendizaje con lo justo. Sin embargo, finalmente, al igual que el resto de sus compañeros, consiguió finalizar su formación hasta lograr ser nombrado e investido caballero.

El día en el que Wilfredo debía haber sido condecorado como caballero por el rey, junto a sus noventa y siete compañeros, se resfrió a causa de su constitución más bien débil y la noche que había pasado velando las armas, así que se tuvo que conformar con unas palmaditas en la espalda de su capitán, que incluso le hizo entrega de su primera espada propia la tarde siguiente. Aunque se tuvo que conformar con una espadita corta y mellada de segunda mano, pues en la forja solo habían realizado noventa y siete magníficas tizonas, olvidándose de él por completo.

A su nombramiento pues no acudió el rey para felicitarle, ni la princesa para enamorarse de él a primera vista, ni un hada que le otorgase alguna virtud mágica, ni tan siquiera sus compañeros que ya habían empezado con las guardias... solo hubo dos asistentes: él y su capitán, bueno y noventa y ocho caballos, pues fue investido en las cuadras de su compañía, que acababa de acoger los nuevos caballos de los recién nombrados caballeros.

Una vez que su capitán le dio aquellas palmaditas, le hizo entrega de su espada mellada (y ligeramente doblada) y le comunicó que ya era todo un caballero de Tedium, Sir Wilfredo, a pesar de estar más contento que en toda su vida pidió a su capitán un último favor, quería conocer ya a su caballo, estaba seguro de que resultaría ser el más maravilloso de cuantos dormitaban en aquel establo.

El capitán asintió, sonriente aunque ligeramente preocupado. Esperaba alguna protesta por parte del caballero. Es más, estaba seguro de que aquel joven protestaría enérgicamente al ver el animal que le había tocado en gracia… y todo por ser el último en ser nombrado caballero. Apesadumbrado por la suerte de aquel infeliz, comenzó a recorrer el establo con Sir Wilfredo pisándole los talones, pasaron entre negros purasangres traídos del sur, magníficos corceles de pelaje marrón, ideales para cargar a caballo, hermosos jamelgos pulcramente aseados y cepillados... Finalmente llegaron hasta un pequeño establito situado en el fondo. El flamante caballero se asomó por la portezuela y vio entre las sombras del recinto una silueta negra y delgada que apenas se distinguía en la negrura de lo fino que era.
Antes de que el capitán fuera capaz de mediar excusa alguna, el joven abrió la diminuta portezuela de madera penetrando en la oscurecida caballeriza. El caballo, presa de la agitación al descubrir un humano invadiendo impetuosamente su espacio vital, se levantó de un brinco, piafando nervioso. No obstante, unas suaves caricias en el lomo, acompañadas por palabras tiernas murmuradas por el chico, resultaron suficientes para calmar al delgado alazán.

Mientras rascaba distraídamente detrás de las orejas al delgado rocín, el caballero percibió que el animal de blanco pelaje era tan delgado como había supuesto al entreverlo a través de la puertecilla, pasó su mano por la suave, despeinada y amarillenta crin del cuadrúpedo y escuchó en silencio la tranquilizada respiración de su nuevo amigo. Al hacerlo, aunque el capitán no pudo ver su rostro, sonrió con ganas.

Wilfredo miró su espadita, su esmirriada montura y después a su alrededor, a los lustrosos caballos de sus compañeros repartidos por todo el establo y a la magnífica espada de su capitán... su mente estalló de pronto, fue incapaz de aguantar más...

-Señor –expresó en tono alterado transcurridos unos segundos... el capitán se preparó para enarbolar cualquier excusa, pero se llevó una tremenda sorpresa al escuchar la felicidad que destilaba la voz de su subordinado- ¿cómo se llama mi caballo?

El capitán le miró desconcertado, entrecerrando los ojos, como si no se creyera que aquel joven caballero no protestara por tan injusta situación. Durante unos segundos sostuvo la mirada del mozo, buscando en sus pupilas algún resquicio de mordacidad o ironía, mas no la encontró en ningún momento, hallando en cambio una enorme satisfacción manifestada en el rostro del muchacho.

-Eso es algo que deberás decidir tú- contestó tras la examinadora mirada y tras relajarse, aquel chico le caía bien, no había en él ni una pizca de malicia- tu caballo se llamará como tú dispongas. Mírale bien –aconsejó- cierra tus ojos y evoca su figura galopando bajo un cielo estrellado o bajo un sol reluciente, siente su carrera sobre una inmensa pradera verde y dime... ¿cómo se llama tu caballo?

Un tanto sorprendido por la apasionada recomendación de su superior, Wilfredo acometió los pasos enumerados por su capitán, viendo exactamente lo que este le había comunicado y lo sintió, como si de verdad se hallase cabalgando a lomos de su corcel, el aire acariciando su rostro y pronto tuvo claro cual sería el nombre de su nuevo compañero de fatigas.

-Viento, mi capitán, lo llamaré Viento –afirmó entusiasmado.

-Excelente elección –manifestó el oficial con una abierta sonrisa, definitivamente aquel chico le caía muy bien- será un buen caballo, veloz como el viento, seguro.

Y con estas palabras se alejó del entusiasmado caballero de Tedium recién nombrado, preguntándose para sus adentros el por qué aquel jovenzuelo que tenía el mismo derecho que los demás a reclamar un portentoso caballo de guerra o un enorme espadón de doble filo, capaz de partir en dos a u ogro de un único mandoble, se limitaba a sonreír, mudo de puro contento. Por qué aquel chico que había superado las pruebas como el resto, no había sido honrado por el rey de igual modo que los otros caballeros... por un segundo se sintió tentado de instarle a reclamar esos derechos, pero al mirarle de nuevo y descubrir la ternura de la mirada con la que el joven contemplaba su montura, con qué cariño cepillaba suavemente su pelaje, se dijo que quizás el destino había decidido que aquel caballero corriente tuviera la más corriente de las espadas y el más corriente de los corceles.

A veces el destino es así de travieso, ya se sabe.

Pasaron unos meses y Wilfredo, bueno es cierto, Sir Wilfredo ya, vivía plácidamente en el Castillo de Tedium con su continua e inalterable monotonía, tal y como él había soñado desde que llegó de niño a aquella fortaleza: hacía una guardia de almena cada dos días, a veces alguna de puerta, de tanto en tanto cabalgaba por las afueras del baluarte a lomos de Viento (aunque no demasiado lejos) y otros días, las mejores y más aburridas guardias, las del salón de audiencias, donde jamás ocurría nada fuera de lo habitual. Wilfredo continuaba sin destacar en nada y nadie le tenía en cuenta a la hora de decidir cualquier cosa, a pesar de ser ya todo un Caballero Real.

En fin, uno más, qué feliz era...

Mas a menudo el destino nos juega malas pasadas y hace que nuestro hermoso y monótono mundo se desmorone de pronto, más o menos eso fue lo que le ocurrió a nuestro feliz protagonista.

Aquella mañana había salido temprano de su pabellón. A pesar de que todos los caballeros podían disponer de una habitación propia, Sir Wilfredo había preferido continuar viviendo junto a otros caballeros en aquel barracón donde pasaba desapercibido, tal y como a él le gustaba. Tenía guardia en la Sala de Audiencias en la que el rey atendía las peticiones de algunos de sus vasallos (aquellos que consiguieran llegar antes de que su majestad se durmiera en el mismísimo trono), pero antes de ir a aquella aburrida prestación, se encaminó al establo para “conversar” con Viento. Su delgado caballito blanco era el único ser que le escuchaba sin pedirle que se callara y claro, Sir Wilfredo le consideraba algo más que una simple montura, para el satisfecho paladín de Tedium, Viento representaba a su único amigo.

Cierto era que Viento no le respondía nunca, pues no dejaba de ser un simple rocín, sin embargo era precisamente por eso por lo que Sir Wilfredo se atrevía a contarle tanto, el caballo era como un diario donde osaba decir aquello que había callado durante todo el día o un lugar donde aportar ideas que nadie escucharía nunca, así como donde expresar pensamientos propios que Wilfredo no habría osado comentar en ningún otro lugar.

Tras cepillar y narrar a Viento los últimos rumores llegados a Tedium sobre una enorme batalla ocurrida en Oblectatium (un reino lejano, que parecía ser muy diferente de Tedium, si se tenían en cuenta las noticias de los juglares y viajeros más osados) en la que habían resultado heridos dos guerreros. No cabe decir que Sir Wilfredo sintió un tremendo escalofrío recorriéndole la espalda al pensar en aquellos dos héroes terriblemente heridos al chocar entre ellos mismos y abrirse una pequeña brecha en la cabeza. Nuestro amigo se aseó y encaminó a su puesto de guardia, donde como siempre no fue ni el primero ni el último en llegar.

Antes de que entrase el rey, terminó de ajustar las grebas de la inmaculada armadura plateada que vestía, al igual que sus once compañeros de guardia iba ataviado con la pesada armadura ceremonial de audiencias, que chirriaba al caminar, una capa azul marino y un hermoso yelmo, coronado con tres enormes plumas de pavo real, completaban el cuadro, todo pulcramente aseado y brillante.

Cuando sonó la cerradura del salón, Sir Wilfredo asió su imponente alabarda, que como la de sus compañeros tenía el filo romo para que no pudiera ocasionar ningún accidente grave en caso de caerse.

Por la alargada alfombra roja que recorría el salón rectangular, circundado por columnas con hermosos labrados en sus capiteles, desfiló el rey de Tedium: un hombre de mediana edad, de complexión robusta y rostro rubicundo, llevaba el pelo castaño bastante corto y lucía una cuidada barba, sus ropas quedaban ocultas bajo una capa granate que lo envolvía por completo y en su cabeza brillaba con los rayos solares que se colaban por las hermosas vidrieras de colores existentes entre las columnas del salón que representaban escenas del pasado “glorioso” del reino, la corona del reino de Tedium que era de oro corriente, en definitiva... un rey como otro cualquiera.

Bajo la alta bóveda hemisférica de piedra gris que cubría el recinto, el rey atravesó el corredor, que le llevó hasta el lugar sobre el que reposaba el trono real, un simple sillón de cuero, pasando entre sus doce leales caballeros que sostenían las alabardas en alto, el soberano ascendió los tres escalones que llevaban hasta el sillón y bostezó largamente, a lo que los guardias retrasaron su posición hasta situarse detrás de las columnas.

La puerta sonó una vez más y por ella penetró el típico chambelán espigado y malhumorado que hay en todas las cortes palaciegas. El sirviente miró con gesto adusto a los caballeros y al salón en general y cuando pareció estar completamente conforme con la disposición de todo, miró al rey de soslayo, este volvió a bostezar ligeramente, realizando un aburrido e impaciente gesto de asentimiento con la mano.

El chambelán carraspeó, desplegando un pergamino de casi un metro de largo, del que leyó en voz alta al primero de los vasallos que solicitaba audiencia, un campesino que había extraviado una vaca...

Sir Wilfredo sonrió, no era la primera vez que hacía guardia en aquel mismo lugar y en la misma postura, se sabía de memoria todas las peticiones y preguntas de los siervos, hasta el punto de pensar que de ser él el sentado en aquel trono le sería muy fácil dar contestación a tantas cuestiones, ya que había oído aquellas preguntas y respuestas más de mil veces.

Siempre era igual...

2 comentarios :

Yosu Rc! dijo...

Ostras, recuperas a Sir Wilfredo.
Lo que más recuerdo es lo del estornudo, me pareció genial...
Pero, oye, ¿por qué te gustan tanto estas historias de antihéores que tienen que hacer viajes en los que les haces sufrir tanto?

Castillos en el Aire dijo...

La verdad Josué, es que es un misterio insondable, no sé por qué, pero me suelen salir libros así, tendría que psicoanalizarme para averiguar el motivo...