13 de febrero de 2012

El Caballero Andante - Capítulo 2 - Una petición desesperada

Wilfredo contuvo como pudo un estornudo insolente que luchaba con él para salir al exterior, bostezó bajo el yelmo, aburrido. Por la luz que se colaba por las vidrieras calculó que era casi medio día, quedaba ya muy poco para que concluyera la sesión de audiencias así como aquella guardia especialmente aburrida.

Por la lisa y estirada alfombra roja que conducía de la puerta al trono del rey, habían deambulado todo tipo de campesinos tediosos con sus asuntos triviales, como la pugna de dos herreros que discutían acerca de cuál de los dos había forjado la mejor espada de todo Tedium. Para demostrar que la suya era la mejor, cada uno de ellos trajo una muestra de cada una de las que habían forjado. El rey las cogió, las sopesó y como no tenía ni la más remota idea de armas, no fue capaz de discernir cuál de las dos era la mejor.

-Están muy afiladas, ¿no? –Inquirió temeroso el monarca ante la atónita mirada de los dos herreros, que se quedaron boquiabiertos-. Volved la semana que viene con las puntas limadas, la espada que tenga menos punta será la mejor –sentenció su graciosa majestad. Los dos herreros se miraron entre sí, desconcertados, asieron sus espadas, envainándolas en cuero trabajado por los mejores curtidores del castillo y caminaron juntos por la alfombra hasta la puerta, dialogando entre sí ante la loca perspectiva de quitar el filo a tan magníficas armas, olvidada ya toda disputa entre ellos, se fueron sonrientes en dirección a la taberna de la aldea, sin caer en la cuenta de que el uno portaba la espada del otro.

Nuestro caballero asintió feliz cuando los dos herreros hubieron abandonado la sala, pensando que una mañana más de guardia había concluido sin novedad... cuando entró en el salón un chiquillo ataviado con una armadura de color púrpura, con una enredadera grabada en el pecho, que le quedaba demasiado grande, lo que dificultaba gravemente sus movimientos. Con un sonido estrepitoso se encaminó hacia la figura del rey, mientras este lo observaba aguardando con mirada impasible.

A pesar de estar prohibido, todos los custodios de la guardia se movieron nerviosos ante el ruido y el ímpetu inusual de aquel caballero recién llegado, incluido Wilfredo y giraron al unísono el cuello para contemplar asombrados, con ojos abiertos como platos, la manera en la que aquel chiquillo conseguía enturbiar y cambiar el siempre apacible rostro del rey.

-... necesitamos vuestra ayuda... –fue la parte del diálogo que llegó a oídos de nuestro caballero Wilfredo. El pobre casi sufre un vahído ante tal afrenta. ¡Todos los reinos sabían que no se podía pedir ayuda a Tedium!

Sin moverse, enfocó la mirada hacia el estrafalario caballero vestido de morado, que hacía aspavientos ante el rey y hablaba acaloradamente mientras el monarca permanecía aburrido y recostado contra el trono. Wilfredo recorrió la sala con la vista y halló la descompuesta mirada de disgusto del chambelán, cuyo rostro parecía una pasa amarga, con su afilada nariz alzada un tanto.

El caballero podía presentir la inquietud de sus compañeros de guardia, así como la suya propia, ninguno de ellos había vivido jamás un episodio semejante en aquel lugar y no sabían cómo reaccionar. Sir Wilfredo se alteró al descubrir que el caballero morado llevaba una mano enguantada a la empuñadura de su espada, que brillaba con un fulgor inaudito y supo que si aquel caballero atacaba a su señor, ninguno de ellos sería capaz de evitar el desastre.
Pero el chico soltó la empuñadura del arma y el rey se incorporó por fin levemente hasta acabar por levantarse ante el trono, se estiró sin hacer aparente caso a su interlocutor y le ordenó guardar silencio con un gesto tajante de la mano.

-Bueno, bueno, muchacho, no te aceleres –tranquilizó el rey, manteniendo un tono apaciguador- eres joven e impetuoso y mi reino es tranquilo, dices que un gran mal azota a tu pueblo y que no podéis defenderos solos, y bien, ¿qué pretendes que yo haga?

-Ayudarnos a defendernos, majestad –respondió el caballero de morado al que la armadura quedaba demasiado grande.

-¿Ayuda dices? –Sonrió el rey- ¿y qué me dices de los valerosos guerreros de Oblectatium?, ¿acaso mi primo no tiene una hueste de nobles guerreros que lo defiendan de esa terrible amenaza que os ataca?

-No señor –respondió apesadumbrado el chico- las tropas del rey se encuentran ayudando al reino de Nudicus en feroz batalla frente a los orcos y a los trolls llegados del norte que querían invadirlos.

-Mi primo siempre fue muy amigo de las guerras propias o ajenas, si no fuera por sus ansias de pelea no se vería indefenso ahora, que lo solucione él mismo –sentenció el monarca.

-Si no fuera por el rey Eduard y el rey de Nudicus, el rey Ricard, ahora todos estos reinos estarían inundados de orcos y trolls, así como otros seres abominables que prefiero no nombrar, ellos os defienden, pagan con sus vidas por la seguridad de todos y así se lo pagáis –gritó preso de una súbita cólera el guerrero de morado.

-¡Silencio! –tronó el chambelán, agarrando al muchacho por el hombro- estás hablando con el rey de Tedium, no lo olvides o el verdugo te lo recordará, además todos saben que aquí, tan al interior, no hay orcos... ni nada que se le parezca –terció asqueado.

Wilfredo temió por un instante lo que el verdugo del reino podría hacerle a ese muchacho... y al poco cayó en la cuenta de que en Tedium no había ningún verdugo.

El joven envuelto en la aparatosa armadura, apartó de un empellón al agrio chambelán e introdujo una mano enguantada en un zurrón que colgaba de su hombro, extrajo una bolsa de cuero curtido, ahora todos los guardias estaban prácticamente asomados, vigilando al chiquillo sin que nadie les prestara atención. Nunca, ¡nunca! Nunca había ocurrido un hecho similar ante el trono de Tedium en todos sus años de existencia, algo tan raro y poco corriente. Mas las sorpresas de aquel día no habían concluido para todos los Caballeros Reales.

El caballero de morado hurgó en el interior de la bolsa de cuero y extrajo... ¡Una maloliente garra de orco! Tanto el rey como todos los presentes en el salón, incluido el chambelán, exhalaron un gemido de puro terror ante la espantosa contemplación del apéndice negruzco, ninguno de ellos había vislumbrado jamás un horror semejante a aquella garra de orco que ese chico mostraba con entusiasmo. El muchacho les narró que pertenecía al dedo de una de esas bestias, que lo había atacado en el paso del río Longos, a poco menos de un día de viaje de Tedium y a la que, afortunadamente, consiguió vencer en combate. (En realidad había sido un regalo de un mercenario que había conocido en una taberna de Osam, a más de un mes de allí, hacía ya diez años, aunque no era necesario que aquellos desagradecidos conociesen ese detalle sin importancia).

Tras unos segundos de muda angustia y ensombrecidos pensamientos, el rey de Tedium levantó la mirada en dirección al caballero de morado y le habló profundamente acongojado. Nunca había estado tan asustado en toda su vida de monarca.

-De acuerdo –concedió- te ayudaré. Escoge a uno de mis caballeros, el que tú prefieras y él te acompañará hasta tu reino para protegerlo, mis caballeros son guerreros experimentados –mintió- cualquiera de ellos te servirá para amedrentar a todo un ejército.

El muchacho lo miró con escepticismo, en primer lugar porque no se creía eso de que los caballeros de Tedium fueran guerreros experimentados y en segundo lugar porque no esperaba recibir ayuda alguna de ese reino en particular, nadie había pedido jamás en la historia ayuda al reino del aburrimiento y sin embargo, el rey de Tedium le concedía su auxilio... aunque fuese un auxilio algo exiguo. Sin embargo pronto comprendió que aun a pesar de ser una ayuda con la que no contaba, sería insuficiente.

-¿Y qué haremos con solo un caballero? –Protestó el muchacho enfadado.

-No puedo prescindir de ningún otro soldado ¿quién iba a proteger mis murallas si todos se fuesen a la otra punta del continente contigo? –Espetó el rey- y da gracias a que lo hago, Tedium nunca va a la guerra ni ayuda en las guerras que hacen los demás.

-¡Pero esta guerra también es vuestra, majestad! –Recriminó el muchacho cada vez más irritado- todos los reinos luchan en ella.

-Y a partir de ahora Tedium también lo hará –enunció el soberano- con uno de sus súbditos más aguerridos. Puedes recorrer todo mi castillo hasta dar con tu hombre, él participará en nuestro nombre en esa guerra tuya.