13 de febrero de 2012

El Caballero Andante - Capítulo 3 – Llamado por el destino


El chico de la armadura morada se giró, abrumado, asombrado y muy enfadado. Sabía que el rey de Tedium tenía fama de egoísta y de tozudo, pero ahora sabía que lo era realmente. Estaba ofendido por su limitada oferta de ayuda. ¿Cómo podía ser tan estúpido? No sabía si estaba más enfadado con el rey por su tozudez o consigo mismo por su necedad, ¡todo el mundo sabía que Tedium jamás prestaba su ayuda!

Al escuchar la oferta del rey, los asombrados guardias presentes procuraron recuperar pronto la compostura y pasar lo más desapercibidos posible, por miedo a ser elegidos por aquel joven. En menos de un segundo, todos ellos estaban correctamente alineados en el lugar que tenían asignado para hacer guardia, con la vista al frente y totalmente inmóviles, algunos ni siquiera se atrevían a respirar. Procuraron eludir la mirada del muchacho, totalmente inmóviles y en un silencio absoluto. Lentamente el delgado caballero se paseó entre todos los guardias hasta llegar al puesto ocupado por Wilfredo, perdón Sir Wilfredo.

El inmóvil caballero miró al chiquillo por entre las rejillas de protección del yelmo y descubrió un hermoso rostro anguloso y repleto de pecas, coronado por un cabello largo y ligeramente ondulado, de brillantes tonalidades negras, Wilfredo sudaba bajo la armadura y las piernas le temblaban.

-Que no me elija a mi, que no me elija a mí, que no me elij... –pensaba desesperado nuestro caballero mientras cerraba los ojos con fuerza.

Al abrirlos se encontró ante una escrutadora mirada de ojos grises como un cielo nublado, pero a la vez tan relucientes como el más despejado de los amaneceres, intentando penetrar por las aberturas su yelmo. Nuestro amigo cerró los puños con fuerza cuando el muchacho se giró y comenzó a hablar con aquella voz suave y melosa que amenazaba con embaucar al incauto que la escuchara.

-Preferiría que fuera un voluntario el que se ofreciera para esta peligrosa aventura –argumentó el chico, resignado ante la perspectiva de contar con un único hombre como ayuda en su misión de salvar su reino.

-No pondré ninguna objeción a ese deseo tuyo, jovencito –concedió el monarca- preguntaremos a todos los apacibles caballeros de Tedium, tan bien alimentados y confortablemente instalados en las más lujosas estancias del castillo, cual de ellos se ofrece voluntario para partir en busca de pelea y enfrentamientos directos con las espantosas criaturas que dices que hay en esa lejana guerra tuya, ¿quieres que empecemos ahora mismo? –Se ofreció el rey con una malvada sonrisa llena de satisfacción en los labios.

-Sí –dijo el chico con gran entusiasmo- algo me dice que en esta sala se encuentra nuestro próximo héroe.

Desde lo más profundo de su ser, Wilfredo supo que algo de él estaba a punto de salir al exterior, ¿quizás era que quería dejar de ser un caballero normal y corriente para convertirse en héroe? Un hormigueo en su interior comenzó a recorrerle de arriba a abajo...

-Así sea –zanjó el monarca frotándose las manos, más que seguro de la fidelidad y la ausencia de ganas de aventuras y peligros de sus caballeros reales- veamos ¿alguno de vosotros, mi leal guardia real, está interesado en ser un gran héroe? –preguntó en tono burlón el rey. El silencio resultó sepulcral, parecía que nadie de los presentes estaba interesado en convertirse en héroe, pero...

El cosquilleo creció en el interior de Sir Wilfredo nada más hablar el rey y en ese preciso instante, averiguó de dónde procedía aquel temblorcillo, no era su deseo de ser héroe el que le hormigueaba, sino el estornudo ahogado momentos antes, que luchaba por salir de allí. ¿Cómo podía tener tan mala suerte? El temor le invadió cuando supo que esta vez sería imposible retenerlo.

El chico de morado dejó que el silencio se prolongase unos segundos mientras esperaba alguna voz que le indicara que tenía a su voluntario. Pero tras casi dos minutos de silencio, la desilusión se pintó en su rostro, pidió al rey permiso para ir en busca de un voluntario que de verdad quisiera ayudarlo y se dispuso a salir del salón del trono ante la divertida mirada del rey y el profundo alivio de todos los presentes, cuando...

-¡Atchís! –Un tremendo estornudo retumbó en toda la sala y Wilfredo no tuvo más remedio que dar un paso hacia delante para mantener el equilibrio sobre el pulido suelo del gran salón de audiencias.

-¡Ahí lo tienes! –Habló el rey, que se encontraba ahora tremendamente contrariado y al que la sonrisa burlona se le había borrado veloz de la boca. Nadie querría estar frente a la mirada llameante del monarca en ese instante, cuando la cólera amenazaba con brotar en toda su extensión. No es que el rey se enfadara mucho, pero cuando lo hacía, incluso las mismas columnas del salón temblaban de pavor-. Tu voluntario –continuó en tono despectivo, incapaz de contener un profundo sentimiento de rencor hacia aquel desagradecido caballerucho.

Sir Wilfredo se quedó estupefacto al escuchar la afirmación de lo que empezaba a sospechar de labios del mismísimo rey. Miró a su alrededor, buscando algún gesto de comprensión entre sus compañeros. No sabía qué hacer no qué decir, estaba aturdido por lo azaroso de la situación, ¿cómo iba a salir de aquel embrollo? ¿Cómo iba a explicar que él solo acababa de estornudar? Pero nadie le miró o le dedicó una mirada comprensiva. Se encontró con una docena de miradas adustas que parecían observarlo como si de un loco se tratase, igual que se contempla a un niño travieso que se ha excedido en su travesura. Se tambaleó mareado, sintiendo que todos los músculos de su cuerpo se quedaban rígidos de estupor, la garganta se le secó completamente debido al nudo formado en ella; sus compañeros de la guardia, que tan solo unos instantes antes habían permanecido tan inmóviles e imperturbables como él mismo, le señalaban, incrédulos, murmurando entre sí, impresionados ante tamaña temeridad. Corrían malos tiempos en aquellos reinos extranjeros amigos de las guerras y las batallas, sin embargo, aquel infeliz al que habían considerado como uno más de los suyos, estaba deseoso de lanzarse a la aventura y se presentaba voluntario así, sin más, presto para embarcarse en un peligroso viaje a extrañas tierras remotas.

Comenzaron a pensar en Sir Wilfredo como en un ser temerario, gustoso del peligro innecesario y las diferencias con sus semejantes, no tardaron en comenzar a murmurar rumores sobre aquel caballero rubio que siendo un don nadie, había exigido una espada diferente a la del resto y que no había sido nombrado caballero junto a ellos, sino aparte, como si se considerara especial. Sin duda, un halo de misterio envolvía a aquel Sir Wilfredo, que incluso había solicitado un caballo especial, totalmente diferente al del resto de los caballeros pertenecientes al reino de Tedium.

El rey estaba impresionado y confundido, además de visiblemente enfadado. No esperaba que el extranjero encontrara un solo voluntario de entre todo su reino para acudir en su ayuda, mas que lo hubiera hecho en su mismísimo salón de audiencias y de entre su propia guardia real, era algo que le había dejado mudo de asombro, totalmente de piedra. Intentó descubrir quién era el desagradecido que había debajo de aquella armadura ceremonial, pero fue incapaz de hacerlo. Aquellas armaduras de gala tenían un carácter igualitario que hacía que no importara quién había debajo de ellas (había ocasiones en las que incluso permanecían vacías), siempre parecían iguales. Y aunque no lo fueran y el rey hubiera sido capaz de distinguir nítidamente el rostro y el cuerpo de aquel caballero, no habría sido capaz de saber de quién se trataba, nunca, en todo su largo reinado, se había tomado la molestia de conocer personalmente a ninguno de sus leales caballeros, a excepción, claro está, del capitán de la guardia.

El monarca sin embargo, a pesar de la conmoción inicial causada por la indignación y la sorpresa, se repuso pronto y bajó con brío, casi con violencia, los escalones que descendían desde el trono hasta situarse delante del caballero voluntario, con los ojos brillantes de furia apenas contenida, empezaba a enfadarse de verdad...

-¡Sir Bilgen¡ ¡Sir Bilgen! –Llamó el rey con toda la fuerza de sus pulmones, sobresaltando a los presentes. Sir Wilfredo casi se desmaya del susto y un estruendoso repiqueteo a su derecha le indicó que uno de sus compañeros no había podido evitar caerse debido al repentino susto.

El chambelán de gesto adusto, salió de la habitación con un portazo, él estaba aún más enfadado y conmovido que el mismísimo rey, al momento regresó con Sir Bilgen, el capitán de la guardia, arrastrándole tras él.

-¿Majestad? –Inquirió el capitán sumisamente, muy sorprendido por la escena que se desarrollaba ante sus veteranos ojos, acostumbrados a toda suerte de hechos extraordinarios.
-¿Quién es este caballero? –demandó sin más el rey, sin molestarse en intentar ocultar el tono de desprecio y alzando la voz más de lo necesario.

-Lo desconozco, alteza –respondió Sir Bilgen avanzando un paso- si me permite. Wilfredo tragó saliva, intentando recordar una vez más si existía verdugo en Tedium, pues estaba seguro de que el monarca ordenaría que le cortaran la cabeza por su insensatez, por un segundo pensó en explicarse, pero tras tanto revuelo lo veía imposible.

El Capitán agarró su yelmo con las dos manos, lo levantó... y entrecerró los ojos como si no creyera lo que estaba contemplando, al momento reconoció a aquel desgraciado caballero de pelo rubio pajizo, ojos azules y aspecto demacrado, aquel que poseía una espada mellada, rescatada de entre las de segunda mano, con un caballo aún más esmirriado que él y que había sido nombrado caballero en las caballerizas un día después que sus compañeros. Con los impresionantes caballos de guerra de sus camaradas de armas y su pequeño caballito como únicos testigos. Él había presentido que tantas injusticias harían mella en la voluntad de su alumno, pero hasta tal punto... negó con la cabeza, pero no pudo menos que enorgullecerse de la valentía del joven (aunque lo mantenía en secreto, él mismo era un veterano de guerra curtido en mil batallas, aunque en Tedium no lo hubiera confesado jamás, tenía que mantener una reputación).

-Majestad, os presento al caballero... ¿cómo te llamas, hijo? –Preguntó por lo bajo al anonadado muchacho.

-Wilfredo, señor… me, me llamo Wilfredo –susurró el joven, que no podía reaccionar a causa de la sorpresa, engullido por aquel inesperado giro que el destino le había deparado.

-... el caballero Sir Wilfredo,... Sir Wilfredo de... Montesquiau –se inventó el capitán para dar más rimbombancia al asunto.

El rey se mesó la barba –Sir Wilfredo de Montesquiau, el nombre de un noble. ¿Te valdrá como voluntario? –preguntó de improviso, sobresaltando al caballero de morado con su vehemencia.

El caballero de morado le miró de hito en hito, era evidente que no le consideraba un guerrero experimentado ni nada semejante. No parecía nada fuera de lo común, la verdad, pero también lo era el hecho de que allí, entre aquellas murallas, no encontraría más ayuda, tenía que conformarse.

-Me valdrá –expresó el chico, un tanto desconsolado ante la “gallarda” figura y rostro asustado que le ojeaba apenado.

Sir Wilfredo pudo haberse explicado o por lo menos haberlo intentado, pero estaba aterrado, más de lo que nunca lo había estado en toda su vida, ni siquiera el día que había llegado a aquel castillo con sus padres y había observado, medio asustado medio fascinado, las orgullosas tropas del reino más corriente de todo el mundo, había estado tan atemorizado. Ni en sus peores pesadillas se imaginó nunca saliendo de Tedium en busca del peligro y de la guerra. Él, que llevaba una vida tan plácida y agradable, oculto entre filas de caballeros, uno más entre el resto, escondido entre la multitud sin destacar en nada.

El resto de los acontecimientos sucedieron para él como si se desarrollaran entre nebulosas tinieblas, cualquiera de sus sueños eran más claros que esta serie de ensoñaciones en las que se había transformado su vida real. No se dio cuenta de que el rey apretó su hombro con firmeza, casi tanto como para hacerle daño y le dijo que marchara a la batalla como un hijo de Tedium, como su caballero andante y que cuando regresara, cubierto de aventuras y prodigios, no dudara en desandar sus pasos y regresar al humilde castillo en el que se había forjado su alma de guerrero, pues su ciudad lo recibiría con los brazos abiertos, (hay que acarar que estas palabras pertenecían a un discurso preparado para una ocasión como esta por un bardo, que entregó un pliego igual a cuantos reinos visitó, como pago por su estancia allí y no un deseo real del monarca).

Sir Wilfredo no se percató de que le cambiaron de armadura por una de color púrpura (similar a la del extranjero), con un emblema irreconocible en el pecho debido a una gran abolladura que lo había hundido (el golpe había propiciado la muerte de su antiguo poseedor), que estaba algo oxidada en las articulaciones y que crujía al andar. No protestó, como de costumbre. Mas aun así, el capitán de la guardia, Sir Bilgen, que había sido encargado de, para lo que él era un ultraje perpetrado a un verdadero caballero, intentó explicar la afrenta, diciendo a Wilfredo que el reino de Tedium tenía las armaduras de caballeros contadas y que un reino tan importante no podía prescindir de una indumentaria tan valiosa, por lo que le entregaba a cambio la armadura oficial de caballero andante del reino de Tedium, (al capitán aquel título tan sonoro le pareció de lo más apropiado); al decir esto, el capitán se apartó ligeramente del caballero agraviado, aguardando una vez más su justa réplica; pero como siempre, Sir Wilfredo se calló y aceptó de buen grado aquella absurda justificación.

Tampoco se dio cuenta de lo que aconteció el día de la partida. Cuando el caballero de morado intentó por todos los medios que Sir Wilfredo montase en un verdadero caballo de guerra de los que abundaban en la cuadra en vez de su pequeño y delgado rocín, mas el encargado de los establos no se dejó convencer y el recién nombrado Caballero Andante Oficial del Reino de Tedium, montó casi sin notarlo en su pequeño caballo, Viento.

El caballero cargó sus pertenencias en un pequeño asno esmirriado que casi no podía ni caminar (porque no quería) y junto al caballero de morado, que iba a su vez a lomos de un impresionante alazán negro, partió hacia la lejana guerra del norte, donde le aguardaban peligros inimaginables.

En el momento de la partida, desde las más altas almenas del castillo, el capitán de la guardia, el único habitante de Tedium que guardaba un verdadero afecto por Sir Wilfredo, permaneció largo tiempo asomado en la terraza a merced del viento desatado. Ni el rey ni ninguno de los compañeros del joven se habían asomado para despedirlo.

-Buena suerte –musitó antes de perderse en el interior de la torre. Echaría de menos a ese chico.