13 de febrero de 2012

El Caballero Andante - Capítulo 4 – Un viaje accidentado

Sir Wilfredo no se percató realmente de nada por completo hasta la quinta jornada de viaje, cuando estaban ya muy lejos ya de su querida Tedium. Fue una noche, alrededor de una hoguera temblorosa, cuando la mente del nuevo aventurero no tuvo más remedio que hacerse por fin a la idea de que su vida había sido transformada para siempre.

El caballero de morado hablaba, con su voz melodiosa y cantarina, sobre su hogar, acerca de los altos y robustos muros del castillo que dominaba la ciudad, sobre sus valerosos habitantes, sobre las verdes praderas de Oblectatium, las colinas colindantes por las que corrían decenas de frescos arroyos de aguas puras y traviesas... Sir Wilfredo escuchaba a su compañero sin verlo siquiera, ensimismado con el baile relampagueante de la fogata, recordando su propio hogar, nostálgico. Desde que habían salido de Tedium había sido así, el joven caballero hablando sin parar, buscando entablar conversación con él, que estaba como hipnotizado y aún no había dirigido la palabra al muchacho.

Sir Wilfredo no hacía caso al joven de forma inconsciente, simplemente su mente estaba perdida en una bruma infinita y constante. El joven caballero de Oblectatium se había ocupado de todo durante esos días; encendía las hogueras, ensillaba a los caballos y los cepillaba con amor, e intentaba resultar simpático todo el tiempo, pero su paciencia comenzaba a agotarse y Wilfredo no ofrecía nada a cambio de todo el trabajo que hacía el joven, por lo que la perpetua sonrisa ofrecida por este hasta entonces comenzaba a transmutarse en otra cosa...

Los caballos estaban atados y cepillados, la hoguera crepitaba y la cena olía a las mil maravillas, la noche estrellada era perfecta y la quietud del lugar, tranquilizadora. A lo lejos se oía el ulular de una lechuza y más lejos aún, tanto que era innecesario el alterarse, se escuchó el triste aullido de un lobo solitario.

El caballero de morado contempló a su compañero de viaje, el “voluntario” de Tedium y le vio con la mirada perdida en el interior de las llamas. Pensó que observando detenidamente el rostro de su compañero, se descubría en él cosas que a primera vista pasaban desapercibidas; para empezar la profundidad de su mirada, una mirada azul y acuosa que envolvía como un abrazo al calor de las llamas que consumían voraces los troncos de encina prendidos entre las ascuas. Después se fijó en el rostro anguloso y firme, con pómulos algo duros y que de mirar con seriedad podría parecer muy resuelto, el pelo rubio y atolondrado era hermoso y al brillo del fuego despedía destellos áureos, tan brillantes como las mismas llamas del hogar.

El caballero de morado miró embobado a su colega y se descubrió a sí mismo admirando una belleza que pasaba totalmente desapercibida... se pellizcó la mano y despertó, recriminándose el estar pensando en la hermosura de un compañero caballero en vez de estar ideando el itinerario que recorrerían al día siguiente y que los haría adentrarse en un terreno que comenzaba a resultar un tanto peligroso.

Un chasquido alertó al joven de Oblectatium. El chico se despertó sobresaltado, pero no vio nada antinatural en el improvisado campamento, el caballero de Tedium dormía plácidamente, tumbado hecho un ovillo, los caballos y el burro, también descansaban y de la hoguera solo quedaban pequeños rescoldos. Cuando se disponía a tumbarse de nuevo, escuchó un débil crujido y no le cupo la menor duda de que el sonido provenía de un paso, alguien merodeaba por los alrededores. Pensó en despertar a Wilfredo, pero pronto descartó la idea, sin duda aquel caballero era un novato en situaciones azarosas como esa en la que se encontraban, lo único que conseguiría sería alertar al que acechaba sobre que estaban despiertos. Así que, tal y como había aprendido siendo escudero, se mantuvo acostado, simulando que dormía. Esperando...

Tres figuras oscuras se deslizaron en dirección al campamento sin hacer ningún ruido; no obstante, el caballero de morado seguía todos y cada uno de los movimientos que estos realizaban, aguardando la ocasión oportuna para atacar. A pesar de superarlo en número, el joven supuso que su entrenamiento y destreza serían suficientes para dar cuenta de esos malhechores de tres al cuarto.

Cuando sintió que los merodeadores estaban a su espalda, se levantó como un rayo y en ese fugaz movimiento desenvainó su brillante espada, no era un acto muy honorable y no sería una acción que los bardos narraran en las lejanas cortes de los reinos del este y sur, mas equilibraría un tanto la desfavorable balanza de tres a uno al pillarlos desprevenidos, con un centelleo de desafío en los ojos, levantó el filo plateado de su arma por encima de su cabeza y... un enorme brazo repleto de pelos le sujetó por el cuello, tirando fuertemente hacia atrás, lo que unido al impulso impelido en su frustrado ataque, hizo que un dolor insoportable irrumpiera en el joven, que dejó escapar un gemido extrañamente femenino antes de caer inconsciente en el duro suelo de tierra y hierbajos.

Un cuarto individuo había pasado inadvertido para el caballero de morado y consiguió situarse cerca de él sin que este se percatara en ningún momento de ello, tomándole por sorpresa. Los otros tres se abalanzaron sobre el desmayado joven y en un instante le tenían bien sujeto y amordazado, por si despertaba de pronto.

Sin embargo, a pesar de haber pasado por encima de él, ninguno de los cuatro ladrones se había enterado de la presencia de Sir Wilfredo, oculto bajo su manta y las sombras de la noche, que dormía apaciblemente sin advertir nada de lo ocurrido.

Mientras los cuatro asaltantes se ocupaban de atar al caballero de morado, Wilfredo rebulló bajo la manta de grueso algodón, incómodo por algo. Todas las noches, desde la más tierna infancia, se levantaba en medio de la noche a vaciar la vejiga y claro, durante el viaje no iba a ser una excepción, máxime cuando dormían al raso en un bosque donde ni el calor de la hoguera era suficiente para paliar el frío reinante. A pesar de lo incómodo que era abandonar el escaso refugio que representaba la manta en aquella estrellada noche, se levantó sin mirar y se desperezó ruidosamente, estirándose y bostezando.

Gracias a un milagro, los cuatro individuos, ocupados como estaban en atar al caballero de morado, no descubrieron la presencia del Caballero Andante Oficial del Reino de Tedium, que se dirigió tranquilamente junto a los caballos y se desahogó a gusto, al volverse, satisfecho y con una ligera sonrisa en su adormilado rostro, detectó por fin la escena que se desarrollaba junto al moribundo hogar humeante y se agachó justo detrás del burro, con tan mala suerte, que despertó al asno y este empezó a rebuznar asustado.

Los ladrones se giraron al unísono, alterados al creerse descubiertos, todos con las armas a punto y mirando en la dirección en la que se encontraban los equinos, escudriñando la oscuridad y buscando el menor signo de movimiento. Al no detectar nada extraño ni de interés para ellos, a excepción de un maravilloso caballo de guerra y dos monturas más, aunque terriblemente delgadas, decidieron continuar divirtiéndose con el atado caballero. La diversión consistía en despojar al guerrero de su ostentosa armadura, aunque como ninguno de ellos había poseído jamás algo semejante, eran incapaces de hacerlo. No querían herir al joven inconsciente, al menos si no era realmente necesario, pero querían aquel acero que tantas monedas les reportaría en las tabernas de la costa a la que se dirigían, así que decidieron arrancarla a su modo. Uno de los ladrones, agarró una daga que tenía atada en su cinturón y la levantó con parsimoniosa velocidad, como el que está acostumbrado a realizar un movimiento que para él es casi reflejo.

Sir Wilfredo vislumbró, agazapado, el destello de la luna llena reflejado en el arma esgrimida por el que parecía ser el cabecilla del grupo de asaltantes, sintió deseos de levantarse y atacar a la banda de malhechores, de defender al joven que tan amablemente lo había tratado y hablado con aquella melodiosa y cantarina voz que poseía sobre su lejano y hermoso reino, su casa, sus padres... en ese momento se percató de lo poco que él mismo había hablado, de lo tremendamente descortés que había sido; se irguió veloz, con la decisión pintada en el rostro, su abollada armadura despidiendo tenues brillos de la luna que dominaba aquel firmamento oscuro y estrellado, solo tenía que decir algo, una sola palabra y aquella gente dejaría de acosar al chico y se lanzarían hacia donde él se encontraba, con sus armas en ristre. Los cuatro.

La decisión de Sir Wilfredo murió antes siquiera de tambalearse, los dientes le castañeaban y las piernas le temblaban bajo la armadura, cuatro ladrones curtidos en más de mil escaramuzas y felonías contra él, que a pesar de su entrenamiento, nunca había entrado en verdadero combate... sintiéndose terriblemente desdichado y humillado ante sí mismo, volvió a ocultarse entre los caballos, que ahora estaban totalmente despiertos y parecían observarle con ojos desaprobadores.

-Seguramente no le harán ningún daño –susurró en dirección a los dos caballos y el burro, intentando convencer tanto a ellos como a sí mismo- solo quieren la armadura y el dinero, nos robarán y se irán sin más –expresó nuevamente ante el bufido de inconformidad que lanzó Viento.

Con los ojos azules desorbitados por el terror, Sir Wilfredo contempló, cuando volvió a mirar al grupo de asaltantes, cómo la afilada hoja del cuchillo centelleaba en dirección al caballero de morado. En la quietud del bosque, el caballero de Tedium pudo apreciar nítidamente las risas de los salteadores y un ahogado gemido que estaba seguro pertenecía al chico. Una rabia tan profunda como oscura invadió su corazón, no tanto contra aquellos ladrones por atacar a su amigo, como por él mismo, por resultar tan cobarde como para permitir que se desarrollase una acción semejante, por su culpa, el agradable caballero de morado estaría herido... o peor aún, muerto.

La hoja volvió a brillar al ser izada de nuevo... el caballero de Tedium cayó en la cuenta de que desconocía incluso el nombre de su compañero de viaje y la ira creció en su interior, haciéndole saltar como un resorte en dirección a los cuatro bandoleros ocupados en desvalijar al joven.

Tremendamente desolado, Sir Wilfredo gritó más fuerte de lo que jamás lo había hecho, con la furia y el dolor a flor de piel por su colega herido. Los cuatro ladrones se levantaron al punto, muy asustados al contemplar el enloquecido rostro de un caballero corriendo hacia ellos bajo la luz de la luna llena, con una mano enguantada asiendo la empuñadura de la que presumían una magnífica espada y ataviado con una reluciente armadura purpúrea, un tanto abollada, fruto –dilucidaron- de las más de mil batallas en las que seguramente habría participado el guerrero.

Sir Wilfredo corría con la sangre hirviéndole en las venas, su corazón se envalentonó al ver cómo reculaban sus enemigos, intentó desenvainar su espada, mas esta, insolente, no quiso salir de la vaina y el joven recordó la lluvia de hacía unos días, en su última guardia en las almenas. Se maldijo por no ocuparse de engrasar su arma antes de la partida. Seguramente estaría oxidada, aun así continuó corriendo en pos de los ladrones. Ya no había modo de evitar la confrontación con ellos.

Ante la mirada enfurecida del caballero, los asaltantes siguieron reculando, ninguno de ellos se percató de los enconados intentos con los que el guerrero procuraba desenvainar su arma e incluso tuvieron más miedo si cabe al verle desarmado. Supusieron que aquel caballero no veía ninguna necesidad de utilizar su arma para enfrentarse a ellos cuatro, a los que, seguramente, consideraba una pequeña molestia sin importancia. Uno de ellos, el más esmirriado de los cuatro, se resbaló a mitad de la huida y cayó de bruces, muy asustado.

Sir Wilfredo estaba ciego de furia, por lo que no recordó la ubicación de la humeante hoguera que apenas un par de horas antes había compartido en grato silencio con el caballero yaciente. Sin percatarse de ello, se acercó peligrosamente a las brasas moribundas, con la mirada de arrojo dibujada en el rostro fija en los cuatro asaltantes y tropezó con las ascuas, con lo que a punto estuvo de caer sobre ellas. No obstante, consiguió mantener el equilibrio a duras penas, lo que no impidió que las brasas candentes salieran despedidas en todas direcciones, perdiéndose entre la abundante maleza del bosque.

Los aterrados rateros no se percataron del tropezón sufrido por el héroe y menos aún cuando uno de los tizones fue a colarse por el sudado y harapiento cuello de la camisa del bandido que pretendía marcharse gateando. Este se encontró gritando de dolor y dando saltos, intentando asir la diminuta brasa, que finalmente cayó por un agujero que produjo en la zurcida ropa del ladrón.

Tremendamente asustados ante la pericia de aquel caballero que los atacaba incluso sin acercarse, el miedoso cuarteto huyó a todo correr hacia el bosque, olvidando en el camino cuanto poseían de valor, así como todo tipo de armas y enseres que llevaban en las manos. Corrían trazando extraños signos en el aire, como si pretendieran protegerse de alguna magia esgrimida por aquel valiente paladín para enfrentarse con ellos. Habían tomado el tropezón de Wilfredo por un poderoso hechizo digno de un mago o un brujo.

El Caballero Andante Oficial del Reino de Tedium, envalentonado ante la acobardada huída de sus enemigos, pensó en seguirlos para pelear, mas un nuevo gemido le hizo recordar la reluciente daga cayendo hacia el caballero de morado y se dirigió veloz hasta el lugar donde reposaba su compañero de viaje. Tembló ante la idea de que este pudiese estar herido de gravedad.

Al llegar hasta la inmóvil figura, el caballero se temió lo peor, buscó desesperado las heridas producidas por el cuchillo con la finalidad de taponarlas, si bien solo encontró unas cuantas cintas de cuero partidas. Suspiró aliviado al descubrir que el arma del bandolero no iba dirigida a herir al joven que descansaba a sus pies, sino a cortar las ataduras de la coraza de metal para poder robarla.

La oscuridad reinante se fue diluyendo poco a poco, merced a una luz, tenue al principio, que fue haciéndose más brillante con el paso de los minutos, hasta el punto de permitir a Sir Wilfredo contemplar toda la distribución del campamento que él y el durmiente montaran por la noche. Mas no se percató de ese fenómeno antinatural, pues aún era de noche, estaba ensimismado contemplando el hermoso rostro de su colega caballero. Quizás se recriminara por ello más tarde, por mirar a un compañero, hombre y caballero. Y encima considerarlo hermoso, sin embargo, en ese instante, aquel rostro fue su única razón para existir.

El caballero de morado, con su pelo moreno y sus ojos grises, ahora cerrados, debía de haberse desmayado en algún punto del ataque de los cuatro escurridizos asaltantes, quizás debido a algún golpe en la cabeza. El pecho, cubierto por la coraza, subía y bajaba acompasadamente. Wilfredo le tomó el pulso y lo encontró pausado y rítmico, el caballero de morado dormía apaciblemente, pero nuestro hidalgo no advertía nada, absorto como estaba en la contemplación del muchacho, hipnotizado por la suave piel nacarada de su rostro sin yelmo.

Empezó a hacer mucho calor en el claro y los caballos protestaron con bufidos inquietos, mientras que los lamentosos rebuznos asustados del asno eran aumentados por un lejano eco.

La piel del joven era lisa y blanquecina, como la de las orquídeas en primavera, con la textura del terciopelo más suave y la belleza de las rosas primerizas, los sobresalientes pómulos invitaban al beso, al igual que los ligeros labios sonrosados que se le antojaban apetitosamente carnosos, seductores. El negro cabello del chico caía en bucles azabaches por detrás del firme y delgado cuello nacarado...

-¡Wilfredo!, ¡despierta! –Aulló temblorosamente una voz firme y grave que el caballero no había escuchado jamás, pero que tuvo el efecto de sacarle de su estado de ensimismamiento. Sir Wilfredo se abroncó interiormente por perderse de semejante forma en aquellos pensamientos que además... debía de haberlos soñado, sí, estaba seguro de ello. Pensar él en la belleza de un hombre, qué estupidez. Sí, eso debía de ser, un horrible sueño. Pero... ¿quién le había gritado? –pensó durante al menos dos segundos antes de desechar la idea por lo comprometido de su situación de la que ahora se percataba.

Bajo la abollada armadura comenzó a sentir un agobiante calor, insoportable, sudaba copiosamente y creyó que de seguir así se abrasaría por dentro, miró a su alrededor y vio el fuego propagándose velozmente por el claro que había servido de campamento. El humo le cegó y entró por su garganta, procurando ahogarle con su atenazadora garra, provocándole una fuerte tos. Entonces recordó la hoguera con la que había tropezado, las brasas volando en todas direcciones, el fuego… y se maldijo de nuevo por su estúpido ensimismamiento de hacía unos instantes.

Avergonzado por su actitud ante el joven desmayado, Wilfredo decidió que era hora de despertarle y tras zarandearle un par de veces lo consiguió.

Cuando el joven abrió los ojos y le miró interrogante, Wilfredo se apartó, imaginando que el chico le había descubierto mirándolo. Estaba tan avergonzado. Al sentir el incendio antes que verlo, el muchacho se levantó de un salto y con una hombrera de la armadura un tanto descolgada, se apresuró a dirigirse al lugar en el que piafaban nerviosos los equinos, los desató y lanzó una mirada que buscaba la situación del caballero de Tedium. Se llevó una agradable sorpresa al verle en movimiento y de un activo inusual. Había corrido a su lado para desatar a los caballos.

Recogieron cuantas cosas pudieron antes de que el fuego devorara por completo el claro y montaron en los agitados caballos, alejándose de aquel devastador fuego provocado sin querer por Sir Wilfredo (aunque este jamás se lo confesó a nadie, ni siquiera al caballero de morado). El caballero de Tedium narró a su acompañante todo lo que recordaba de lo sucedido, por cuya narración recibió las alabanzas de su interlocutor. Le contó todo... bueno casi todo, nunca, nunca, le confesó que él le había mirado embobado durante unos interminables minutos, ni que su torpeza había sido la verdadera causa del inicio de aquel incendio.

-Gracias –volvió a reiterar, por milésima vez el caballero de morado. El sol despuntaba ya por el horizonte y atrás quedaba el asalto de los cuatro bandidos, aunque a este no se le olvidaba que le habían sorprendido en el asalto. A partir de ahora tendrían más cuidado aún-

-No tienes por qué dármelas –Sir Wilfredo respondió con calma, pero se puso un tanto nervioso al recordar que aún no conocía el nombre de su compañero-. Solo cumplí con mi deber, Sir...

-Lady... ¡Sir! Sir Johann –rectificó apresuradamente el joven guerrero de Oblectatium, poniendo demasiado énfasis a la palabra Sir, percatándose entonces de que su compañero de viaje no se había interesado por su nombre hasta ese instante. Claro que él había evitado por todos los medios dárselo. Algo que, por otro lado, era una soberana estupidez. El viaje hasta su reino era largo, en algún momento le tendría que decir su identidad. Además, la aventura de la que había salido ileso gracias a él bien valía aquella concesión. Quizás la achaparrada figura, aparentemente débil, de Sir Wilfredo ocultaba en su interior una verdadera alma de luchador audaz. Quizá el destino no hubiese sido tan cruel con su misión, quizás llevara a un verdadero guerrero a defender su nación. La noche anterior así lo demostraba. Después de todo, a lo mejor el viaje a Tedium no resultara una total pérdida de tiempo, como creyese al comienzo de encontrarse allí, frente al desagradable chambelán y su acobardado rey. Restaban aún más de tres semanas para alcanzar Oblectatium, si bien estas eran las más duras y peligrosas de todo el trayecto, pues estaban a punto de penetrar en territorio enemigo.

Había ocultado parte de la verdad, tanto frente al rey de Tedium como ante Sir Wilfredo: realmente, los caballeros de Oblectatium se habían lanzado a cientos de kilómetros de distancia en busca de la guerra, resultando finalmente sitiados en la ciudad de Núdicus, en el lejano Regnivum, pero además, las mujeres y los niños dejados por estos atrás en la Fortaleza de Ámbar, en la capital de Oblectatium, habían sido víctimas de una emboscada perpetrada por parte de una sección del maléfico ejército al que se enfrentaban los valerosos hombres en el crudo invierno permanente del reino de las nieves. Los habitantes de la Fortaleza se habían visto obligados a refugiarse entre las murallas de su ciudadela amurallada, donde la reina y sus siervas permanecían sitiadas a su vez por todo tipo de seres horribles: orcos, gárgolas, trolls... y toda una larga serie de criaturas oscuras. Ahora que se encontraban tan cerca de su destino, la ciudadela de Oblectatium, el caballero de morado se percató de lo descabellado de la misión que su reina le había encomendado cumplir, la búsqueda de la ayuda necesaria para defender a las gentes de su pueblo y de ese modo, impedir que el numeroso ejército que los tenía acorralados consiguiera desplegar todo su poder y se abatiera sobre los reinos vecinos. Pensó con tristeza que al confesárselo a Wilfredo este lo tacharía de loco y lo abandonaría allí donde estuviera. Por lo tanto, decidió aguardar un poco más y no confesar su verdadera misión hasta estar mucho más cerca de su nación.

Tras la aventura con los cinco ladrones y el comienzo de la nueva relación entre Wilfredo y Johann, el viaje se convirtió en algo casi agradable. De no ser por el carácter urgente de la misión de Johann, este habría caminado sin ningún tipo de prisa en la dirección de las murallas entre las que los súbditos del reino de Oblectatium se cobijaban, alargando todo lo posible la travesía realizada junto al antiguo caballero de Tedium. Este, totalmente fascinado por la personalidad y encanto de su guía, comenzaba a pensar que el abandonar su monótona ciudad no era algo tan espantoso como en un principio se había imaginado; además, su joven compañero de viaje conocía muchas narraciones sobre aventuras en todo el mundo conocido y era un excelente orador, por lo que Sir Wilfredo lo bombardeaba constantemente con preguntas que parecían las realizadas por un niño a su padre sobre las maravillas y sorpresas que deparaba el mundo. Un mundo antes desconocido para él.

El joven Sir Johann no se cansaba en absoluto de contar más y más historias, pues disfrutaba con sus propias leyendas y tenía mucha paciencia con su interlocutor, quien no paraba de cortar las narraciones para interrogarle sobre todas las dudas que tenía del mundo en general, sobre cualquier cosa que no perteneciera al interior de las murallas del castillo de Tedium.

Tantas fueron las cosas sobre las que Sir Johann habló, que Wilfredo tuvo la extraña sensación de haber aprendido en compañía de aquel muchacho más acerca del mundo en aquellos soleados días de tránsito, montado en la grupa de su caballo, que en toda su vida anterior.

Siguiendo siempre el curso del Río Raudo, atravesaron valles cruzados por extensos afluentes a veces y otras por simples arroyuelos de aguas casi inexistentes, bordearon algunas escarpadas montañas rocosas y transitaron incluso por entre dos pueblos de casitas bajas de madera y adobe, que permanecieron misteriosamente en una calma absoluta, desprovista de todo tipo de ruido y movimiento mientras transitaban por ellos... a Sir Wilfredo aquello le intranquilizo sobremanera, mas su acompañante le apaciguó, indicándole que, probablemente, sus habitantes hubieran huido a tierras más seguras ante el menor rumor de peligro por los alrededores.

Dormían bien y tranquilos, sobresaltadas las guardias alguna vez por furtivos y lejanos aullidos que provocaban escalofríos en los dos amigos. Sin embargo, desde el episodio con los ladrones, no se encontraron con ningún problema hasta llegar a las tierras pertenecientes a Oblectatium, donde Sir Johann advirtió que debían atravesar un empedrado camino sinuoso que bordeaba la falda de un altísimo conjunto montañoso, a más de dos centenares de metros por encima del caudaloso río de aguas espumosas que atravesaba veloz un fértil valle por debajo de sus pies y que había sido su compañero de viaje desde su partida allá en el apacible Tedium.