15 de febrero de 2012

El Caballero Andante - Capítulo 5. En territorio enemigo

 
Antes de atravesar el peligroso paso de montaña, Sir Johann supo que había llegado el momento de comunicar a Sir Wilfredo parte de la apurada situación en la que realmente se hallaban. Tenía muchas ganas de volver a su casa y su estado de agitación era evidente, pero conocía el peligro que comenzaban a correr, el caballero de Tedium se merecía saber dónde se metía. Decidió buscar un refugio para pasar la noche que ya pronto se les vendría encima y dejar que llegase la mañana para aproximarse con cautela a la fortaleza que él llamaba hogar.

Con gesto decidido, tiró de las riendas de su caballo de guerra, con lo que el alazán, negro como el azabache y de porte regio y marcial, se detuvo en seco, siendo imitado por Viento, que parecía haber ganado en el mes de viaje algo de peso y robustez, aunque era incuestionable que jamás podría compararse con el majestuoso rocín de Johann. Ambos caballeros desmontaron y tiraron de las riendas de sus caballos, internándose en la espesura de un bosque de eucaliptos que parecía no tener fin.

Entre crujidos llegaron hasta un claro en el que se emplazaba una pequeña poza de agua, rodeada de redondeadas piedras de granito vestidas con una espesa capa de musgo azulado. Aquel lugar le pareció a Sir Wilfredo un abrevadero para ganado y sus sospechas fueron confirmadas al descubrir una menuda cerca de madera, un tanto ruinosa, que debía de utilizarse para que los ganaderos atasen a sus cabalgaduras.

Sir Johann llegó hasta la pequeña orilla verdosa que bajaba en suave pendiente hasta el borde de la lagunilla y se agachó grácilmente  para beber agua del embalse, haciendo cuenco con las manos. Sir Wilfredo contemplaba embelesado al joven guerrero que bebía agua en el abrevadero y notó un vuelco en el estómago, fue peor que si hubiera recibido un puñetazo en el mismo y por poco no lo hizo irse al suelo, ¿qué era lo que le ocurría con aquel caballero?, él era incapaz de dilucidarlo, a pesar de saber que había algo muy raro en aquel joven de pelo moreno que no conseguía descifrar.

Cuando Johann levantó levemente la mirada y se encontró con Wilfredo mirándole fijamente, se incorporó de un brinco. Tenía las mejillas visiblemente sonrosadas y sus ojos grises recorrieron el paisaje, mirando insistentemente a cualquier lugar en el que no estuviera su compañero de viaje. Parecía avergonzado o descubierto en un secreto guardado con sumo celo. Tras dejar que su caballo bajara hasta el agua y bebiera hasta saciarse, se preparó para pasar la noche con las palabras que quería pronunciar  muertas en su cabeza, con los pensamientos en otra cosa.

No se encontraba con ánimos suficientes como para hablar con Wilfredo en ese momento y menos para contarle que acababa de llevarle a una más que probable misión suicida.

Aquella noche no hubo hoguera. Sir Johann dijo que podría ser peligroso. Esas fueron sus únicas palabras durante toda la noche. El súbdito de Tedium no lograba comprender qué le pasaba a su compañero, pero este parecía ahora tremendamente incómodo. Wilfredo se preocupó y se estrujó la cabeza para saber si había cometido algún error o falta en su trato hacia el joven. Quizá le hubiera formulado demasiadas preguntas en su última conversación o... o aquel joven se había molestado al descubrirle espiándolo mientras bebía agua –expresó una voz malintencionada en el interior de su cabeza... pero por más vueltas que le dio, no consiguió descubrir realmente cuál era la causa del repentino distanciamiento del joven caballero.

Al acabar su guardia e irse a dormir miró a Johann en silencio hasta que el sueño terminó venciéndole.


A la mañana siguiente, Wilfredo despertó alumbrado por las primeras luces del alba, antes de levantarse miró por entre las pobladas ramas de los altos eucaliptos, percibiendo que aquel día sería soleado a pesar de la tenue neblina que parecía flotar en el interior del aromático bosque.

Escudriñando a su alrededor, vislumbró la figura de Sir Johann en el mismo lugar donde unas tres horas antes lo dejara al cambiar el turno de guardia: sentado sobre una granítica piedra de un metro de alto que parecía dominar todo el claro, muy cerca de la pequeña poza de agua. Sin embargo, empero de ver al chico en la misma posición en la que lo había dejado antes de adormecerse, se percató levemente de que algo no cuadraba, quizás un pequeño cambio experimentado por la escena que él era incapaz de descifrar.

El Caballero Oficial del Reino de Tedium se levantó perezosamente, rascándose la coronilla y despeinando de ese modo su ya de por sí desorganizado cabello rubio pajizo. Al tocar su pelo, corto y descuidado, cayó por fin en la cuenta de qué era lo que no cuadraba en el caballero de Oblectatium. ¡Se había cortado su melena ondulada!

Cuando Sir Johann vio acercarse al caballero recién levantado, realizó una leve inclinación de su cabeza a modo de saludo. Su gesto era frío y serio, la perpetua sonrisa que dominaba su marfileño rostro borrada como por arte de magia, sustituida por una expresión de adusta firmeza. Sus ojos parecían atravesar el cuerpo de Sir Wilfredo sin mirarlo directamente.

Wilfredo se asustó, temiendo haber herido de alguna forma a su amigo, pensó disculparse de lo que pudiera haber hecho para causar tal malestar pero no tuvo tiempo para ello, Sir Johann comenzó a hablar con un monótono tono mesurado, tan diferente de su jovial y melodiosa cadencia habitual, que asustó aún más a nuestro héroe. 

El caballero de Oblectatium departía con una potente pero cautelosa voz, grave y acompasada, más varonil que nunca, demasiado varonil –pensó por un instante Sir Wilfredo, aunque, como siempre, guardó su opinión para sí mismo.

Johann estaba demasiado nervioso como para enfocar la mirada en los ojos de su oponente. 

Finalmente había ocurrido lo que tenía que suceder tarde o temprano, aquello que tanto temiera antes de su partida de la ciudad amurallada de Oblectatium. Sospechaba que su aliado había descubierto su gran secreto y que ello repercutiría de algún modo en su acuerdo. Pensaba que si Sir Wilfredo conocía todos los detalles de las desesperadas circunstancias sobre las que se encontraban en esos instantes, correría sin parar hasta encontrarse de nuevo cobijado entre las murallas de Tedium, en el interior del viejo Castillo Gris. Era imperioso que ese caballero, aunque fuera solo él, penetrara en el interior de su castillo para ayudar en su defensa y otorgar una ligera carga de moral a las asediadas mujeres que esperaban su ayuda. 

Durante sus horas de guardia, había pensado en la mejor manera de informar al caballero de la desesperada situación en la que se hallaban en esos instantes, omitiendo algunos detalles que una vez en el interior de la fortaleza serían imposibles de ocultar. Solo esperaba que no fuese aún demasiado tarde. Y ahora, sin estar totalmente listo para ello, se disponía a informar a Wilfredo de todo lo que necesitaba conocer. 

A pesar de lo que había supuesto en un primer momento, aquel caballero de figura delgada y aparentemente débil era más perspicaz de lo que él mismo admitía y comprendía, el subconsciente del paladín lo había avisado sin que este se percatara de ello, del gran secreto que guardaba... por eso había sido necesario el corte de pelo.

Con el caballero de Tedium totalmente absorto en sus pupilas, Sir Johann narró el devenir de la guerra que había propiciado su desesperada huida de Oblectatium en busca de toda la ayuda que pudiera reunir. La narración estaba llena de momentos de dolor y sufrimiento, por lo que el joven caballero de morado no pudo reprimir algún que otro sollozo y el efecto de las lágrimas recorriendo su piel nacarada era para Sir Wilfredo como el que un arma de filo candente le provocaría en su ser. El desgarbado campeón de Tedium nunca había sentido en sus carnes la devastación de la guerra, la repentina pérdida de un ser querido... nunca había sido dañado con las afiladas garras de la muerte. 

Tampoco había sido afectado por el cruel abrazo de las desgarradoras historias sobre sangrientas batallas, en su querido Tedium no se hablaba nunca de aquellas crueldades. Allí se era feliz en la ignorancia. En ese momento, mientras escuchaba el aterrador relato de Johann, recordó el rumor desatado en Tedium sobre dos caballeros heridos por un choque entre ellos en Oblectatium y se dio verdadera cuenta de lo infantil de aquellas murmuraciones. 

La guerra no era eso, ahora podía entenderlo.

La brutalidad de la verdad le golpeó de lleno en el cerebro, provocando en su mente una profunda cicatriz que nunca conseguiría cerrarse por completo. Era capaz de recordar su vida anterior, la que llevaba hacia apenas unas semanas y sabía, con una certeza que iba más allá de toda lógica, que jamás volvería a ser el de antes, que su percepción del mundo, ahora que la burbuja que lo protegía en Tedium se había resquebrajado por completo, había sido remodelada de manera eficaz e irrevocable. 

Sin saber por qué, se descubrió a sí mismo llorando desconsoladamente, no por su atroz descubrimiento, ni por el destino que le había sacado de la protección de su antiguo hogar. Sino por todas las víctimas que la más pequeña de las guerras podía causar. Guerras, en la mayoría de los casos, iniciadas por trivialidades entre dos hombres con ideas diferentes, que arrastraban a naciones enteras a combatir por ideales que a veces ni tan siquiera compartían. Desolado, sintió vergüenza de ser hombre, pues la historia de Johann no hablaba sobre la guerra que se abatía sobre el reino de Oblectatium, ni sobre la que mantenía atrapados en Regnivum a las fieles tropas del rey de aquel desgraciado reino y a sus aliados. No, el relato de Sir Johann trascendía más allá de esa contienda puntual, era una narración que enmarcaba todas las guerras entre todos los reinos y razas que pudieran existir sobre la faz de Telluón. 

El relato de Johann hablaba de la guerra, sin más.

Sir Wilfredo percibía claramente, acompañado por las palabras ahogadas de su amigo, las guerras perpetradas entre hermanos, los ríos de sangre, los lamentos de los niños abandonados tras la contienda, el gemir de los moribundos, la muerte... y la desolación que traía la derrota, no más grande que la traída por la victoria más flagrante, no había ninguna satisfacción en la guerra. Ni al perderlas ni al vencerlas. Siempre, tras una guerra, había pérdidas que lamentar, y no se trataba solamente de mermas materiales o personales. La misma inocencia era la primera víctima de la más pequeña de las contiendas. 

En la guerra siempre se pierde.

A pesar de andar perdido en sus propias divagaciones, Sir Wilfredo consiguió escuchar parte de la exposición de Sir Johann. El joven caballero le contó que una ingente hueste de orcos había acorralado en el continente de Regnivum a la ciudad de Nudicus, regentada por el hermano del rey de Oblectatium. Este había enviado a varios mensajeros en busca de la ayuda de su pariente. De los doce mensajeros enviados por el monarca, solo uno fue capaz de llegar hasta Regensis, lo hizo a bordo de un barco mercante para posteriormente abrirse camino hasta Oblectatium, una vez allí, exhausto y gravemente herido, expuso ante el rey el asedio al que Nudicus estaba siendo sometido. Al conocer la peligrosa situación en la que se hallaba su hermano, el rey de Oblectatium no dudo ni por un instante el ir en su ayuda.

Así, a los tres días de la llegada del mensajero venido desde el continente de las nieves, las tropas del rey Eduard de Oblectatium partieron rumbo al norte para socorrer a sus aliados, dejando a las mujeres y los niños a salvo en su propia fortaleza.

Los veloces barcos de la flota marítima del rey de Oblectatium llegaron rápidamente a Regnivum y bajo una fuerte nevada se adentraron hasta el lugar en el que la ciudad de Nudicus resistía el asedio. A pesar de la enorme cantidad de orcos, los hombres del rey Eduard, apoyados desde dentro de las murallas por las tropas del rey Ricard, atacaron ferozmente, venciendo y ahuyentando a las asustadas filas de desorganizados orcos.

Mientras celebraban la victoria, una nueva oleada de enemigos salió de la nada, como si siempre hubieran estado guardando esa nueva batalla. Esta vez no se trataba únicamente de orcos, pues la nueva riada de adversarios estaba compuesta por toda una serie de abominables criaturas, algunas de ellas hacía largo tiempo que no aparecían sobre la faz del mundo, al menos en un número alarmante. 

Así, a las tropas de orcos se unieron más de dos centenares de trolls de las montañas y gárgolas, criaturas que parecían extintas en Telluón y un sin fin de trasgos y lobos grises, la oleada de enemigos parecía no tener fin y al ser cogidos por sorpresa, los guerreros de Nudicus y Oblectatium no tuvieron ninguna posibilidad. Más de la mitad de su numeroso número de combatientes fue aniquilado en aquella acometida, aunque fueron muchas también las pérdidas en las filas de las tropas oscuras.

Tras la primera embestida, las malignas entidades se retiraron, dejando a los humanos supervivientes la posibilidad de cobijarse bajo las murallas de Nudicus. Después de ese inciso, rodearon la ciudad completamente, impidiendo la salida o entrada de ningún ser, vivo o muerto. Comenzado el sitio, el comandante de las tropas de la oscuridad desplegó su ejército por toda la costa del reino de Nudicus, evitando de ese modo que nadie pudiera acudir a socorrer a los humanos atrapados. 

Pero el plan de las fuerzas oscuras iba más allá. Con Eduard, Ricard y el grueso de sus ejércitos retenidos en la capital del Reino de las Nieves su ambicioso plan se puso en marcha. Un ejército monstruoso navegó hacia el sur, a bordo de los  propios barcos del rey Eduard en dirección a Regensis, donde, sin la oposición de las huestes de Oblectatium, pudieron comenzar su conquista. Sin embargo, sus filas aún eran pequeñas y podrían ser fácilmente repelidas por  un ejército de hombres valerosos. Una fuerza que después podría lanzarse a la reconquista de Nudicus, para intentar salvar a los valientes desplazados allí... a los valientes que luchaban en nombre de todos los hombres y mujeres de Telluón.

Al finalizar la narración, la voz de Sir Johann se quebró, perdiendo la serenidad demostrada hasta el momento, con la grave voz perdiendo sonoridad poco a poco... –Hace ya más de dos meses que están allí retenidos, con temperaturas increíblemente bajas... sin comida, mi padre...

Sir Wilfredo sintió una punzada en el corazón al darse cuenta de lo que el muchacho había querido decir con aquella frase incompleta y se sintió terriblemente desdichado, lo que el chico necesitaba era un verdadero y gigantesco ejército y no un... bueno un... pues eso un cobarde espigado y débil como él, que había permanecido en silencio mientras contemplaba cómo una afilada daga descendía hacia su joven amigo... se sintió inútil del todo y lloró de dolor al saberse incapaz de ayudar en una guerra de tales proporciones.

¿Qué iba a hacer él ante todo un ejército?

Sin saber que otra cosa hacer, Sir Wilfredo se acercó hasta la figura llorosa de Sir Johann y le abrazó, temiendo provocar aún más dolor y rechazo en el joven. Al sentir el contacto, el caballero de Oblectatium encontró el consuelo que había necesitado durante todo el mes de viaje consumido desde que partiera de su casa en busca de ayuda y no pudo aguantar más, comenzó a llorar desconsoladamente coreado por Sir Wilfredo, incapaz de contener tanta desesperación, llorando al unísono con su compañero. El consuelo del abrazo mutuo fue lo único que les unía en ese instante y afianzó un vínculo que había comenzado a forjarse en el momento mismo de conocerse.

Pasaron cerca de diez minutos en aquella postura tras los que los dos jóvenes se separaron muy lentamente, como si hacerlo les costara un dolor indescriptible, ambos sabían que a partir de ahora les unía un lazo más fuerte que el del compañerismo, el consuelo que se habían proporcionado el uno al otro actuó como un bálsamo que les fortaleció por dentro, ambos sabían que la labor que les aguardaba era prácticamente imposible de realizar pero la misma desesperación de esa afirmación les reafirmó en su decisión.

Recogieron el campamento y se encaminaron al paso montañoso que les conduciría hasta la frontera de Oblectatium, a dos horas de viaje del Castillo de Colores, la fortaleza del reino del rey Eduard.


Era mediodía, un sol justiciero deslumbraba en lo más alto de un firmamento de color azul, tan claro que semejaba el tono de las cortinas del salón del trono del Castillo Gris. Atravesaban el estrecho camino rocoso que rodeaba la falda de dos pequeñas montañas repletas de cuevas y pequeños saltos de agua que caían en cascada, perdiéndose doscientos metros más abajo, uniendo su dulce y refrescante líquido al transportado por la corriente del río Raudo, que desembocaba en el mar del Comercio, al norte de Oblectatium, tras recorrer de este a oeste toda la práctica totalidad de la geografía de Regensis.    

A ras del estrecho camino, caía bruscamente un barranco, que hacía que Sir Wilfredo cerrara los ojos continuamente para no marearse al mirar hacia abajo. Unos pasos por delante, Sir Johann parecía llevar a su corcel animosamente por  el sendero, desde pequeño había deambulado por aquella senda por lo que para él no resultaba más que un paseo rutinario. El fuerte ruido provocado por la caudalosa corriente de agua ensordecía al caballero de Tedium que nunca había cabalgado (ni caminado) por un lugar semejante, el burrito trotaba alegremente tras ellos, pegado a la pared repleta de estratos que se mantenía a su mano izquierda, poniendo mucho cuidado en no acercarse demasiado a la cornisa de la derecha.


Bulbuig se relamió con su alargada lengua carnosa, tapando momentáneamente los amarillentos colmillos que sobresalían de su boca, permanecía agazapado en las sombras, aguardando... escuchaba nítidamente, detrás de la furia del río, el traqueteo de cascos de tres monturas y estaba seguro de que estarían ocupadas por tres distraídos comerciantes como los que pasaron por allí la semana anterior y cuyos restos ocupaban el fondo de la cueva que consideraba su hogar. Había llegado allí tras escuchar rumores sobre un asedio contra humanos y había acertado de pleno, la inexistencia de caballeros humanos era más que suficiente para alegrar al verdoso trasgo que desde infante había sido perseguido por malolientes adalides del bien. Pero es que además, aquel camino era la única ruta que unía Oblectatium con Nouportu y ello hacía que más de un comerciante aventurero, desconocedor de la situación por la que atravesaba el asediado fuerte, intentara llegar hasta el Castillo de Colores para comerciar con sus habitantes. Desde que llevaba viviendo allí, hacía ya tres semanas, seis habían sido los incautos mercaderes caídos en sus garras. Cuando sintió a los dos primeros caballos pasando por debajo de la repisa sobre la que se escondía del camino, se preparó para saltar, era insultantemente sencillo dar caza a aquellos comerciantes estúpidos y torpes, bastaba con ir saltando de uno en uno, empezando siempre por el último, con lo que con un poco de suerte ninguno se enteraba del ataque hasta que era demasiado tarde...

Escuchó y aguardó, escuchó y aguardo... y al notar la tercera montura bajo sus pies, saltó con un feo puñal manchado de sangre seca en sus retorcidas manos, con una expresión de triunfo dibujada en sus ojos saltones y su pelo grasiento meciéndose en el aire. Pero mientras caía, descubrió que ningún jinete montaba a aquella montura, el duro pelaje pardo del animal le pareció una roca sobre la que podía estrellarse, todo había resultado demasiado fácil hasta entonces, tanto que le había vuelto descuidado. 

Su mirada triunfal se tornó en otra de pánico y gritó muy asustado, cayó hecho un revoltijo sobre la grupa del asno y este, tremendamente agitado por el bulto inesperado, se revolvió presa del terror; el trasgo llamado Bulbuig, azote de comerciantes en el Vado de Sinus durante casi un mes, cayó detrás del burro. Misteriosamente cayó de pie y con el arma asida en su mano derecha. El trasgo, muy contrariado, se miró de arriba abajo, no pudiendo contener un suspiro de alivio por no haberse caído al río y permanecer de pie. Miró al burro con ansia asesina y sus ojos inyectados en sangre, sonrió, dejando ver sus amarillentos colmillos, alzó la daga para atacar al asno y... recibió una coz del borrico, que al sentir una presencia en su espalda, a la que pronto había relacionado con el fuerte golpe que había sufrido en la grupa, no pudo controlarse.

El golpe fue brutal y en esta ocasión Bulbuig no tuvo tanta fortuna, un espeluznante alarido escapó de su gran boca al verse lanzado hacia el exterior del sendero, perdido totalmente el equilibrio, cayó entre fuertes gritos doscientos metros hasta el agua, perdiéndose en el caudal del río.


Sir Johann se volvió al creer escuchar algo y preguntó al caballero de Tedium con la mirada. Pero este le observó con cara de no saber nada y miró a su vez hacia atrás, para descubrir al borriquillo trotando alegremente tras él, como hacía un minuto, sin ninguna novedad. Miró al joven de Oblectatium e hizo un gesto negativo con la cabeza con lo que el muchacho moreno se encogió de hombros, volvió la vista al frente y continuó la tranquila travesía que llevaba hasta la frontera de su reino. 

Ninguno de los dos caballeros supo nunca que Bulbuig, el trasgo come comerciantes más insaciable de todo el Vado de Sinus, había sido derrotado por su apacible burrito que, con el viaje desde Tedium, parecía cada día más dispuesto y feliz para seguir caminando allá donde fueran.