16 de febrero de 2012

El Muro de las Lamentaciones

Pepe llegó frente al Muro de las Lamentaciones, no era demasiado religioso, pero en aquel lugar parecía indispensable rezar ante las piedras sagradas que habían atravesado con sus oraciones tantas y tantas personas, de casi cualquier religión imaginable. Así que decidió dejar su propia oración, aunque para ello tuviese que atravesar un mar de judíos ortodoxos, cristianos pedigüeños, musulmanes y turistas armados con su verdadera fe: la cámara de fotos y el plano de la ciudad... 

Buscó y rebuscó entre sus ropas hasta encontrar un bolígrafo mordisqueado que guardaba en su bolsillo desde tiempos inmemoriales, después se apañó para coger una hoja de papel del cuaderno de un hindú un poco trasnochado y se apoyó en la espalda de un budista capaz de poner la otra mejilla cual católico de ostia consagrada y vino moscatel. A la hora de escribir su mensaje recordó a los suyos, su larga trayectoria profesional, su pasado y el futuro que le aguardaba. Pensó unos minutos y al final escribió su mensaje en el papel, lo enrolló y afrontó la travesía a través del océano de culturas, idiomas y creencias… 

Le costó casi una hora alcanzar el Muro. En un par de momentos pensó en desistir de su deseo, pero el impulso de dejar su mensaje en aquel lugar ancestral era demasiado insistente, no podía cejar en sus intenciones. Al final lo consiguió, atravesó el gentío de oraciones y peticiones diversas. Se detuvo un par de minutos frente al Muro, sin saber si obraba bien. Suponía que no, pero se dijo que poco importaba. Dejó el mensaje con un suspiro de alivio y se marchó… horas después Dios recibió su mensaje “me cago en…” y no pudo evitar sonreír, al menos había uno capaz de decirle a la cara lo que otros muchos pensaban. 


Dedicado a Pepe y, a pesar de lo que pueda parecer, con todo mi respeto ante cualquier Dios y cualquier religión. Un microrrelato escrito con cariño.