10 de febrero de 2012

La Página en Blanco I

Abrió el maltratado cuaderno por la primera página en blanco que encontró, le dio igual que fuera por el medio, el principio o el final mientras tuviese por delante el número de páginas suficientes como para soltar el torrente desbordado de ideas que se le venían a la cabeza en un segundo. Siempre era igual, las palabras se agolpaban en un atasco monumental de frases, las frases se apresuraban a formar párrafos que a primera vista o a primer pensamiento le parecían impresionantes, colosales, magníficos, dignos de estar presentes en cualquier gran libro clásico… enseguida necesitaba anotarlos en su cuaderno, por miedo a que se perdiesen en el polvo del olvido, por temor a no ser capaz de rememorarlos en el futuro y eternizarlos en el papel… aunque después, al escribirlos y releerlos nunca le pareciesen tan buenos y originales como al principio. No importaba demasiado, aquello era algo que estaba asumido gracias a la experiencia y al paso de los años, ya sabía que nunca sería un gran escritor y que no pasaría más allá de escribir con la corrección adecuada como para ganarse algunos halagos y elogios menores o algún diminuto premio en lugares diminutos donde apenas escribía nadie.

Cogió su bolígrafo de siempre, el que tenía la punta desgastada y hacía un ruido de mil demonios al recorrer atropellado la celulosa cosida en espiral y marcada con cuadros, la que tenía señales de sus bocados instintivos y algunas marcas de mordiscos algo más osados y cerró los ojos, aspiró profundamente una vez, dos veces, otra más… dejando que su mente airease todas las sensaciones recogidas durante el día, almacenadas en su cerebro, dispuestas a servirle en la escritura… después se dejó llevar, simplemente permitió que su diestra cobrase vida propia y bailase al son marcado por su bolígrafo, siguiendo el compás de sus recuerdos.

Enseguida pobló aquella página vacía de ideas, frases, sentimientos, delirios y congojas, dejados allí al albur del destino, dibujados en trazos ilegibles y azulados, esperando que se permitiese unos segundos para recobrar el dominio de su mente y de traducirse a sí mismo.
 
Ninguna de aquellas frases solía valer nunca para mucho. Soltarse, despejar su mente y dejar que su bolígrafo recorriese el desierto de cuadros de su cuaderno era como un calentamiento para antes de emprender una ardua tarea física, como el trotar antes de lanzarse a la carrera… aunque era mucho más, era vaciarse, era poblar el papel de experiencias y extraerlas de su mente, era dejarse llevar, ahí era en el único lugar del mundo en el que se dejaba llevar por completo. De tanto en tanto conseguía extraer una palabra o una frase que le diese una idea, que le inspirase lo suficiente como para ponerse a escribir un relato o un poema… o el inicio de una novela, ya había perdido la cuenta de las novelas que había empezado… aunque las veces en las que aquel gesto servía para algo podrían contarse con los dedos de las manos. No sabía de qué le servía pero se sentía muy bien dejando que su mano le dictase a su mente qué tenía que escribir, por qué extraño planeta tenía que pasear, qué estrellas tenía que recoger del cielo.
 
Inspiró otra vez y volvió a cerrar los ojos, y en esta ocasión sintió un nudo insistente en el estómago, doloroso, no supo por qué… pero al fijarse en la hoja garabateada, repleta de renglones torcidos y palabras inconexas descubrió que sí lo sabía, es más, siempre lo había sabido, aunque aquella certeza hubiese nacido de una ligera sospecha sólo unos días antes.
 
Allí estaba Ella, dibujada y descrita de mil y una formas diferentes. Cada palabra, cada frase, cada pensamiento reflejado en el papel hablaba de Ella, la ladrona que se había llevado su corazón sin reparo alguno, ocultándose bajo el deslumbrante brillo castaño de sus ojos.
 
Lo intentó otra vez, pues se había hecho a sí mismo la promesa de no volver a escribir jamás sobre una mujer, dolía demasiado hacerlo, siempre dolía hablar de amor. Cada vez que lo había hecho en el pasado se había dejado matar en sus escritos, secándose en líneas y líneas de palabras dedicadas a alguien, a Ella, quienquiera que fuese. No, no lo haría más, no volvería a vaciarse en un papel para nadie, prefería contar cuentos para niños o idear historias lejanas que no le dolían nada, no dejar en sus narraciones ni un ligero retazo de lo que él era en realidad.
 
Además, sólo quería escribir un buen relato, se había prometido escribir algo bueno de verdad para variar, algo con lo que ganar un buen premio, en metálico a ser posible –buena falta le hacía-, y quizás, en el mejor de los casos, también algo de prestigio.
 
Arrancó la hoja del cuaderno, hizo con ella un ovillo y la lanzó lejos, todo lo lejos que puede uno enviar sus sentimientos…
 
Entonces volvió a cerrar los ojos y se dejó llevar, inspiró una vez más, profundo, lento y relajado por un segundo y dejó correr las palabras desprendidas por la tinta de su bolígrafo mordisqueado. Y al leer lo que había escrito no pudo atajar un jadeo de desconsuelo, allí, escondida entre palabras, frases, ideas, párrafos… estaba Ella, otra vez, maliciosa e insistente, mirándole traviesa con esos ojos incitadores e hirientes, suave como el roce de la hierba bañada en el rocío de la mañana, grácil como la rama mecida por el viento, oscura como la noche y tentadora, susurradora de locuras imprevistas… estaba en cada línea, en cada renglón escrito o vacío, en cada centímetro, en cada palabra dejada impresa para siempre en el papel, en cada verso inspirado por una musa juguetona, estaba y eso era lo más grave, en cada uno de sus pensamientos.
 
No quería escribir sobre Ella, se lo había prometido a sí mismo, aunque fuese la luz que iluminaba su día cada mañana y estuviese presente en cada nuevo segundo de su vida… no quería escribir sobre Ella ni para Ella, no quería sufrir… pero sabía que si no lo hacía, al menos una vez más, nunca podría escribir sobre nada más. No había escapatoria, se sentía como Ícaro viendo derretir sus alas artificiales o como Ulises deseando arrancarse de la presa del mástil ante el canto de las Sirenas, no podía renunciar a su dolor…
 
Furioso, lanzó el bolígrafo y el cuaderno lejos de sí, queriendo espantar los recuerdos arremolinados en su alma, sin saber que no se puede escapar así como así de los sueños. Se negó a escribir nada y se tumbó en la cama de 80 de su pequeño cuarto, provocando el angustioso lamento de su somier de segunda mano. Cerró los ojos y los tuvo que abrir al instante, pues allí, en la soledad de sus pensamientos lo miraban insistentes sus ojos hipnotizadores, profundos, eternos…