10 de febrero de 2012

La Página en Blanco II

Sacudió la cabeza aturdido y se sumió en el claustrofóbico paisaje compuesto por la estrecha habitación en la que vivía desde su llegada a Madrid, desde que lo había dejado todo atrás en busca de un sueño y se había topado de bruces con la realidad.
 
La habitación estaba repleta de estanterías de madera, recicladas de contenedores varios y colgadas de mala manera, a su vez, dichas estanterías estaban repletas de libros mal colocados, conseguidos de mil y una manera diferentes, de tamaños diversos y ediciones heterogéneas, apenas había dos del mismo tamaño. No había ningún orden en aquella ominosa biblioteca escondida en el insignificante cuarto de un fracasado sin más aspiraciones que ganarse el sustento diario.
 
En aquel maremagno de saberes agolpados podía uno encontrarse un clásico de siempre junto a un ensayo de historia o un tebeo de lo más comercial, o con algunas revistas menos… culturales, cualquier tipo de publicación tenía cabida en aquel desguace de papel amontonado. Suspiró y se dejó caer más profundamente en el colchón de muelles que se dejaba notar cada mañana en su espalda o en su pecho, según la postura.
 
Intentó recordar el número de libros que tenía, como hacía de pequeño de tanto en tanto cuando contaba una y otra vez sus ejemplares, los ordenaba por orden alfabético o por autores, según el día y siempre llevaba un catálogo mental de su colección, lo que le había granjeado algún que otro enfrentamiento familiar por algún libro prestado a la fuerza, secuestrado por ladrones que nunca se planteaban el retornar su adquisición. Ahora rememoraba con nostalgia aquellas discusiones, hacía mucho que no veía a nadie de su familia, recordó aquella terrible discusión con su padre y el portazo que le había llevado a Madrid como un tren sin billete de vuelta o un avión en picado… se desentendió de los recuerdos y volvió a prestar atención a sus libros, como alguien había dicho en algún rincón, peldaños de sabiduría que ascendían al lugar en el que los sabios extrajeron en el pasado sus saberes… ya no sabía cuántos libros tenía, hacía mucho tiempo que no los contaba, el número de peldaños de su escalera cultural arracimada en estantes de contenedor, como muebles de Ikea sin instrucciones, crecía día a día, desmesuradamente, compraba libros como otros compraban tabaco, por impulsos. 

Eran su auténtico vicio, y su orgullo, aunque un orgullo un tanto deslucido… ni siquiera podía vanagloriarse ante sí mismo de haberlos leído todos, de haber atracado en sus puertos e invadido las fronteras de sus páginas finales… ni siquiera para eso habían servido sus días de ocio obligado en Madrid, resopló. Era un auténtico profesional de la pérdida de tiempo, podía tirarse días y días sin hacer absolutamente nada, tirado en la cama, pensando en ponerse algún día a leer y a escribir, aunque sin tomarse a sí mismo nunca en serio.
 
Y ahora que se había decidido por fin a escribir algo realmente bueno, una novela o un gran relato, una verdadera ópera prima con la que darse a conocer… ahora aparecía Ella, como si de un mástil roto en una tormenta se tratara, aquella despiadada ladrona de anhelos que había atrapado su corazón para siempre.
 
Decidió abandonarse, dejarse llevar por los recuerdos y llorar, llorar como no lo hacía desde niño, desde antes que su corazón se acorazase para no estar siempre lamentando su suerte, había escuchado que llorar venía realmente bien en ocasiones y que era una manera excelente de desterrar pensamientos malsanos… pero no estaba hecho para llorar, ya no, para eso tampoco valía, a veces pensaba que era un auténtico farsante deambulando por un mundo al que no pertenecía. Sí, respiraba, comía, ansiaba y hacía cuanto se supone que hacen los hombres, pero había cosas que le parecían incompatibles para poder llamarse hombre ante sus propios ojos, detalles que para los demás no parecían existir, pero que para él eran tan ciertos como que no había sido capaz aún de terminar una sola novela.
 
¡Maldita sea!
 
Cerró los ojos al notar que se quedaba sin aire. Aquella habitación podía parecer opresiva y claustrofóbica, para él no, por supuesto, pero lo sabía por aquellos compañeros de juerga que subían a buscarlo a veces, con la pertinente reprimenda de su casera, a la que no le gustaba que recibiese visitas en su casa o por aquella ocasión en la que coló a escondidas a una chica que conoció una noche, la primera chica que se ligó en Madrid y que accedió a entrar y salir a hurtadillas de su cuarto, con la firme promesa de no hacer ruido… ni antes, ni durante, ni después. Tras su ansioso encuentro con ella en el camastro, que por cierto, estaba aquella noche más sonoro que de costumbre, lo que les obligó a trasladarse de un salto poco cuidadoso al suelo para acabar la faena, aquella desconocida llamada Ruth o Laura o Rosa… le era imposible recordarlo. Aquella chica estuvo a punto de gritar al verse literalmente rodeada de libros. No la había importado subir al cuarto alquilado de un desconocido que apenas la había invitado a un par de copas para acostarse con ella, pero el verse rodeada de tanto saber había sido demasiado para ella, casi se desmaya. Tanta fue su turbación y sus deseos de salir de allí que ni siquiera se quedó a dormir aquella noche en el cuartucho y se marchó corriendo y sin apenas vestirse, como si la esposa inexistente de su conquista nocturna acabase de llegar a casa tras un duro día de trabajo…