10 de febrero de 2012

La Página en Blanco y 3

Este mundo le era de lo más extraño, los chavales del parque le miraban risueños cuando le veían escribiendo, les parecía divertido y por las tardes, cuando salía a correr o a practicar un poco de deporte se reían abiertamente de él, tomándole por un bufón por cuidar su cuerpo y su mente… y lo hacían mientras devoraban cajetillas ingentes de tabaco, mezcladas de tanto en tanto con sustancias voladoras, capaces de elevarlos por encima de las nubes o llevarles al hospital sin avisar. Un mundo raro, sí, en el que los que se estropean sin sentido sonríen ante aquellos que se cuidan…
 
Se sentía fuera de sitio, lejos de su patria, de su familia y amigos. Estaba allí, sí, pero no debería estarlo. Era un forastero en todas partes, lo sabía desde siempre. Encima del estrecho escritorio estaba su cuchilla de afeitar gastada, la que usaba de domingo en domingo y le duraba meses… todo sería tan sencillo. Con un ligero movimiento podría acabar de un plumazo con la nostalgia, el dolor, las discusiones, los desvaríos, con Ella… podría acabar con todo sólo usando la cuchilla para realizar un último viaje. Había escuchado que desangrase era una forma de morir casi placentera… sólo notaría el primer corte, después, volaría, como lo hacían esos chavales del parque, aunque él no usaría ninguna sustancia extraña… así no tendría que pedir perdón a su padre, como sabía debería haber hecho hacía mucho tiempo, tampoco tendría que esconder el rabo entre las piernas y regresar a casa a dar el beso y el abrazo que tanto se moría por dar a su madre, no tendría que buscar trabajos cutres para pagar el alquiler de su mísero cuarto, no tendría que tragarse el dolor por verla, y no ser capaz de decirla que la amaba, no tendría que leer todos los libros de sus estanterías, no tendría que comenzar y concluir su tan ansiada novela… nada, no tendría que hacer nada más, sólo un simple gesto… quizá al día siguiente se leyese en los periódicos, “prometedor escritor aparece muerto en un cuarto de la calle…”
 
Y fue entonces cuando la vio, estaba allí mismo, a su lado, revoloteando en la habitación, camuflada entre los lomos de sus compañeros de cuarto. Descubrió entonces, al verla lacia y macilenta junto al escritorio, como una flor sin agua, que las musas también son capaces de llorar por no alcanzar su inspiración, de derramar tormentas en la noche y mirar con ensueño a la luna. Que son capaces de llorar y de sufrir por amor, de echar de menos a la persona que aman… contemplándola borró de su mente la torpe idea, desafortunada en todo caso, de la cuchilla y se levantó de un salto, provocando que algún que otro muelle saltara a su lado, sobresaltando a la ninfa desnuda. Su sonrisa fue como ese gesto cariñoso que aparta con ternura las lágrimas furtivas de una mejilla, su decisión como el coraje necesario para susurrar unos versos. Los ojos de la musa se tornaron ardientes y voraces, incitadores, susurrantes. Se cambió de ropa, eligiendo con cuidado qué ponerse y sin apenas percatarse de ello escribió más de cien poemas de amor en su cabeza, además de uno o dos que quedaron plasmados para siempre en su cuaderno.
 
Cogió el teléfono, tenía su número, podía hacerlo. No había momento oportuno que buscar, ¡era el momento! En ese mismo instante, ahora mismo. Lo sabía. Estaba plenamente convencido de su acierto. La sonrisa taimada de la musa, su mirada juguetona le impelió a marcar los números con determinación. Muchas veces transcurre toda una vida sin que llegue ese momento oportuno que esperamos y dejamos correr el tren que nos llevaría a la felicidad sin detenerlo, sin correr tras él siquiera. La vida es muy corta como para dejarla correr sin más, sin perseguirla, hay que ser más rápido que la vida, ahora lo sabía.
 
Antes de marcar el botón de llamada se preparó para el rechazo, no le importaba, estaba totalmente decidido a parar el tren en ese instante, poniéndose de frente en la vía si era necesario, estaba preparado para todo. ¿Y si ella, por la que tanto sufría, también sufría por él? ¿Y si estaba esperando su llamada, su gesto, su beso, su abrazo? No se lo pensó más.
 
Aquella noche, mientras se preparaba para ir de visita a casa de sus padres y terminaba de escribir el segundo capítulo de la que sería su primera novela, por cierto, un gran éxito de crítica y público, miró a los ojos de su musa y le agradeció su dedicación y su compañía, porque siempre había estado allí y siempre lo estaría. Después cogió todos sus ahorros, un par de hojas en las que había escrito dos nuevos poemas y se despidió de sus libros hasta la mañana siguiente, había quedado con Ella y no podía llegar tarde.
 
Al salir de su cuarto se volvió, sin hacer caso a la metódica regañina de su casera, miró el resquicio de su vida pasada en penumbra y sonrió, ahí, en ese preciso instante empezaba su vida. Besó a su casera en la frente y pagó su última mensualidad sin preocuparse por el mañana, bajó las escaleras a saltos y corrió feliz en busca de su nueva musa.