17 de febrero de 2012

La pequeña perdida


La ruidosa apacibilidad de la taberna se quebró en el mismo instante en el que el extranjero irrumpió violentamente en la rutina habitual. Todas las miradas se posaron durante más segundos de lo acostumbrado en el recién llegado, indagando en silencio el por qué de su agitada entrada. Algunos de los parroquianos se percataron del nerviosismo destilado por los movimientos y el rostro convulso del hombretón, otros dudaron si dar una lección de modales al extraño o continuar con aquello que estuviesen haciendo, hubo dos o tres que evaluaron sus ropas, estudiando si merecería la pena o no el asaltarle en la oscuridad de la noche. Nada fuera de lo común. Lo verdaderamente extraño fue que el extranjero, que según se decía venía del lejano oriente para entablar relaciones comerciales con los mercaderes de Sarberk, pidiese la atención de todos los presentes.

Jack, el tabernero, era un hombre voluminoso y dócil que no solía encararse jamás con sus clientes, ni siquiera cuando estos se dedicaban halagos más que sospechosos o iniciaban una pelea por cualquier tontería que bien podía acabar en una fuerte reyerta, sin embargo, aquellos que le habían visto moverse y espantar a la carroña o los que conocían sus andanzas y correrías de juventud, le temían y respetaban. Por eso, cuando el emisario oriental gritó para atraer la atención de los habitantes de la taberna, todos los rostros se giraron hacia Jack, que se lavaba las manos con parsimonia, sin dejar de mirar fijamente al extranjero. Nadie sabía qué pasaba por la mente del tabernero, nadie lo había sabido nunca, pero cuando hablaba hacía ley en su taberna. Corrían dichos y chismes que afirmaban que ni el rey ni el mismísimo obispo de la ciudad fronteriza tendrían valor para enfrentarse al hombretón en el interior de sus posesiones.

El recién llegado no sabía nada sobre la ciudad, sus chismes o sus habitantes, apenas sabía nada de lo que se vivía en la Frontera, solo era un señorito de ciudad que alguien había decidido enviar a Sarberk. No era alguien que pareciese merecer el respeto del pueblo de la frontera, era barrigón y tenía las manos más cuidadas que cualquiera de las mujeres de la ciudad, su porte era altivo y orgulloso, o al menos eso era lo que afirmaban los que habían tratado con él o se lo habían cruzado por la calle y sin embargo… en ese instante parecía alguien fuera de sus cabales. Apenas podía contenerse, estaba completamente despeinado y sus ropas estaban descompuestas y puestas de mala manera, no dejaba de gritar y de lanzar miradas nerviosas a uno u otro lado, buscando a alguien o a algo que nadie era capaz de comprender.

Al final fue el propio Jack quien llegó hasta donde el extranjero se encontraba y le conminó a tranquilizarse, hubo quienes se estremecieron, cuando Jack hablaba de ese modo, sus puños no tardaban en salir a pasear. Sin embargo, esta vez fue diferente, escuchó al comerciante con serenidad, en silencio y asintió en un par de ocasiones. Al final, los absortos espectadores de aquella conversación, notaron cómo los anchos hombros del tabernero se encogían. Aquello, lo que alteraba al extranjero, debía de ser algo terrible. Hubo quienes recordaron que el oriental había llegado a Sarberk en compañía de su hija, una hermosa niña de unos diez años con el cabello rubio y liso que sonreía a todo aquel que se cruzara en su camino. Una niña tan cuidada y tan hermosa que muchos habían llegado a afirmar que parecía una de esas elfas de las que hablaban los cuentos infantiles.

Jack dio dos pasos hacia atrás, como si algo de lo que el comerciante hubiese dicho lo aterrase sobremanera. La taberna contuvo el aliento, nadie hablaba, hubo quien dejó de respirar, el mismo fuego que caldeaba el lugar pareció detener su llama. El tabernero se repuso y posó sus dos manos sobre los hombros del extraño. Dijo algo despacio, con cuidado, como si seleccionase cuidadosamente todo lo que decía.

-¡Noooooooo! No puede ser, ¡alguien tiene que ayudarme!
-Nadie te ayudará extranjero. Esta es la frontera, no hay en todo el mundo hombres más valientes y acostumbrados al peligro que los nuestros, pero no habrá una sola alma que te acompañe. Si decides salir, estarás solo.

El extranjero apartó de un empellón a Jack y este le dejó hacer, cualquier otro habría recibido un par de puñetazos antes de salir a empujones de la taberna. Todo el mundo contemplaba la escena con atención.

-Por el amor de Dios, necesito ayuda. Mi niña… mi niña se ha perdido, no soy capaz de encontrarla. Creo… creo que salió al pasear por el bosque mientras yo negociaba, necesito… necesito que alguien me ayude a encontrarla, no conozco el bosque. Pero hoy hay luna llena, hoy…

Jack se acercó con prudencia, hacía muchos años, tantos que eran pocos quienes lo recordaban, él mismo había perdido a dos de sus hijos en el bosque. Conocía demasiado bien cómo se sentía el extranjero, podía comprender su dolor y sus intenciones, él también había intentado conseguir ayuda para buscar a sus pequeños durante la noche, por fortuna no la había encontrado…

-No habrá quien te ayude. La noche es para la Gente, los humanos no somos bienvenidos en el Bosque cuando las estrellas dominan el firmamento.
-Pero… pero algo tengo que hacer ¿Es que no hay nadie que quiera ayudarme a salvar a una chiquilla? Estará perdida, sola… tengo que ir… pero me perderé, yo… ¡tengo dinero! Mucho dinero. Quien me ayude a encontrarla será recompensado con creces, no tendrá que trabajar nunca más en toda su vida, por larga que sea…
-No lo comprende señor. La noche en el Bosque es una muerte segura, nadie regresa de allí, la Gente…
-¡Vosotros sois los que no lo comprendéis! ¡Es mi hija! ¡Mi pequeña!

El extranjero salió violentamente de la taberna. La mayoría de los presentes habían visto su llanto y su rabia, algunos incluso habían vislumbrado su bolsa de oro. Todos habían comprendido su dolor. Un dolor que nada podría sanar jamás. Muchos habían perdido seres queridos en el Bosque. La noche era infranqueable. La Gente gobernaba la arboleda. Nadie regresaba después de la caída del sol…

Jack salió a los pocos segundos. Vio al extranjero perderse a través de las estrechas callejas del barrio de los comerciantes y supuso que se dirigiría a la Puerta, intentando que alguien le dejase salir. Él lo había intentado hacía muchos años, pero por fortuna no había tenido con qué sobornar a los guardias y nadie le había ayudado, ni familia, ni amigos, ni soldados, ni siquiera la Iglesia lo había hecho… la noche en el Bosque era un problema personal que nadie podía ayudar a superar. Cerró los ojos y respiró profundamente hasta que logró contener sus propias lágrimas antes de regresar a la taberna. Al menos su vida junto a Mary y las niñas había sido feliz, aunque cada noche, al acostarse, se maldecía por no haber tenido el valor de correr tras sus hijos y morir junto a ellos ante la Gente. Haber dado hasta la última gota de su sangre por ellos.

-Suerte extranjero. Ojalá tú encuentres el valor que yo no tuve.

Dorm, el comerciante, llevó su orondo cuerpo hasta la Puerta, el lugar que daba acceso al Bosque, estaba custodiado por una docena de guerreros, pertrechados con armaduras y armas contundentes. Sobre las murallas también había custodios que vigilaban que lo que hubiese en el interior del Bosque no saliese de allí. Sarberk era la frontera y sus ciudadanos tenían un pacto no escrito con la Gente, ellos transitaban la arboleda por el día, pero la noche… la noche era de las criaturas.

El comerciante lloró, suplicó y lo intentó todo para que la guardia lo acompañase a buscar a su pequeña, pero nadie quiso hacerle caso, además de la pena de muerte que pendía sobre los soldados que faltasen a su guardia estaba el terror atávico hacia el Bosque y todo lo que albergaba. Ninguno de aquellos aguerridos combatientes habrían pisado el Bosque durante la noche, ni por todo el oro del mundo.

Al final, el extranjero logró sobornar al capitán de la guardia para que le dejase salir a él en busca de su pequeña. Le entregó una pequeña espada y una daga retorcida a cambio de todo el oro que el comerciante llevaba encima y después de procurar convencerle de que aguardase a la mañana y a un posible milagro que le devolviese a su pequeña, aceptó abrir la puerta lo suficiente como para que saliese solo en busca de la niña…

Los soldados observaron estremecidos cómo el comerciante se adentraba en la floresta. Era un hombre débil y cobarde, un extranjero que apenas sabía aferrar una espada, pero mientras ellos continuaban a salvo tras las murallas, el oriental se adentraba en la espesura en busca de su pequeña. Algunos le desearon suerte, otros, una muerte lo más rápida posible…

Nunca se volvió a saber nada en Sarberk ni del comerciante ni de su pequeña…