28 de febrero de 2012

Locura y Muerte - cuento "La noche del cetrero"

El alba estaba a punto de despuntar cuando la comitiva del Duque abandonó Bidem. Nadie en la aldea que circundaba Dureilad, la Catedral Blanca, esperaba la repentina marcha del noble y su numeroso séquito de guerreros, ni siquiera la venerable Asheida lo había pronosticado. Nadie osaba hollar el territorio perteneciente al Bosque mientras que el sol no gobernaba en los cielos. La Ley era inquebrantable. La Gente gobernaba durante la noche, hacía siglos que acontecía de ese modo, la inestable paz entre el Cónclave y los humanos de Sarberk se mantenía gracias al pacto sellado en la antigüedad entre el señor de la Frontera de entonces y las siniestras criaturas del Bosque.

Pero el Duque se aburría. Hacía meses que no luchaba, que no participaba en una buena batalla. La paz se había firmado y no había nada que hacer en la Frontera salvo ahuyentar el tedio y las moscas veraniegas. Ya había destilado cuanto alcohol había en las bodegas de aquella ciudad mugrienta y los placeres que le proporcionaban las mujeres y el sexo hacía tiempo que le eran indiferentes. Estaba aburrido. No era un hombre hecho para permanecer ocioso. Los hombres necesitaban guerra, acción, sangre. Por eso había ideado aquella argucia de la que nadie se había percatado. Idiotas. Él era un guerrero. La guerra era su vida, si alguien pensaba que se convertiría en un viejo barrigudo borracho que contara a las putas batallitas de tiempos mejores, era un necio. Él moriría en batalla, como sus antepasados, como debía ser. Derramaría sangre antes de morir bajo el hierro o los cascos de un caballo encabritado.

Miró a su derecha para contemplar el terror en los ojos de su abanderado y sonrió con maldad. Aquellos idiotas tenían miedo de la Gente. ¿Cómo podían temer a unas criaturas que ni siquiera sabían si eran reales? Le habían acompañado en la batalla en las circunstancias más peligrosas, se habían lanzado a su lado a una muerte segura de la que solo Dios sabía cómo se habían salvado… lo habían hecho en decenas de ocasiones y ahora se meaban en los pantalones por atravesar unos kilómetros de bosque justo antes del alba. Cobardes.

Ajustó su montura, comprobó que sus armas estuviesen preparadas para el caso de que se diese algún enfrentamiento y gritó, despertando ecos siniestros en el follaje y alguna pesadilla en los sueños de los aldeanos. Bidem continuaba muda e inmóvil. El Duque lanzó una mirada despreciativa y  socarrona a los muros blancos de la catedral y escupió al pasar junto a su puerta. Él no necesitaba de ningún Dios o de dioses, tenía sus armas, su valentía y su destreza en la batalla. No necesitaba palabras simplonas ni promesas de paz y vida eterna… él quería morir como un valiente, como el guerrero que era desde siempre.


En el interior de Dureilad, una figura ataviada de blanco se arrodilló junto al altar y musitó una plegaria. Asheida caminaba encorvada bajo el peso de la responsabilidad y la pena. En la catedral resonaron los ecos de su llanto. “Perdónalos” –fue la única palabra que surgió de una garganta rota por un dolor indescriptible.


Antes de gritar la orden de partida miró al cielo despejado, quizás por última vez y buscó una señal del cielo, algo que le indicase la existencia de algo más, alguien que le pidiese parar su marcha… Nada. La tropa del Duque se internó en el Bosque al galope, entre ruidos metálicos, maldiciones y gritos de batalla. Buscaban enemigos que enfrentar, leyendas que abatir, historias que inspirar. Cincuenta hombres y caballos partieron de Bidem con el odio impregnado en sus retinas, con las armas a punto. Eran un grupo compacto y orgulloso, un puñal lanzado al Bosque con furia y decisión.

Muchos no tardaron en caer. Antes de saber qué les estaba atacando ya había muchos de ellos agonizando junto a los cadáveres destripados de sus monturas. Pocos pudieron ver qué criaturas les atacaban. Parecía que la propia noche lo hacía. El Duque lanzaba órdenes inconexas a diestro y siniestro mientras enviaba mandobles a la misma oscuridad. De pronto se escuchó un rugido ensordecedor, dolorido. El noble sonrió de gozo. Había herido a una de las criaturas. Eran de carne y hueso, no meras leyendas. Eran de piel, de carne y de sangre, se podían herir, ¡se podían matar!

Sus hombres se repusieron del desconcierto inicial y comenzaron a masacrar a sus enemigos. Eran guerreros curtidos, entrenados en mil contiendas. No había criatura capaz de oponérseles. Muchos caían, pero también cercenaban miembros, segaban vidas y provocaban gemidos y bramidos de dolor en sus enemigos.

El alba estaba más y más cerca. La Noche cedía…

Las criaturas se alejaban de ellos. Sabían que con la llegada del alba tendrían todas las de perder. La Gente gobernaba durante la noche, los humanos durante el día.

Pero el Duque no estaba dispuesto a dejarles marchar. Estaba ansioso de sangre. De guerra. Llevaría una victoria a Sarberk. Quizá después de su gloriosa hazaña el rey decidiese al fin arrasar el Bosque y masacrar a sus habitantes. Dejaría de atender las arrogantes demandas del Cónclave. La Frontera dejaría de temer a la floresta que había más allá de sus murallas…

El sol apareció sobre las copas de los árboles. Al mirar a su alrededor el Duque no vio a ninguno de sus hombres, tampoco vio enemigo alguno. Estaba solo, estaba solo en el Bosque, era de día. Había perdido a sus hombres, pero él lo había conseguido, había derrotado a la Gente durante la noche. Sería aclamado en Sarberk como un héroe, se cantarían canciones sobre su valor y su osadía. Después de esa primera victoria era solo cuestión de tiempo que el rey cediese de una maldita vez y declarase la guerra a las criaturas del diablo…

Un ruido le sacó de sus reflexiones. Algo se ocultaba tras unos arbustos. Con la espada preparada, el Duque se acercó en silencio y se asomó. Allí, acobardados y muy juntos, se escondían tres bestezuelas muy pequeñas, cubiertas de pelo, como si fuesen animales. Las tres temblaban de puro pavor, tenían miedo, ¡le temían! El Duque dibujó una sonrisa siniestra. Sería él quien le declarase la guerra al Bosque, no necesitaba a ese idiota de Oerges, él se bastaba para declarar una guerra. Iba a dejar un claro mensaje a la Gente. Un mensaje imposible de obviar.

Uno de los pequeños intentó recular. El Duque comprobó con una mueca de asco que parecía un niño con pelaje de lobo. Un engendro. No parecía para nada un ser aterrador. Parecía llorar, gemir, temerle… Sonrió. Sonrió al ver cómo intentaba alejarse mientras los otros dos lobeznos permanecían abrazados bajo el árbol, temblando.

El Duque afianzó la empuñadura de su espada. No había nadie a su alrededor, ni amigo ni enemigo. Con una mueca de satisfacción, atravesó los corazones de las dos criaturas que se abrazaban y se dirigió a la que lloraba y procuraba escapar.

No tenía escapatoria…

Se acercó despacio, disfrutando del momento… mientras observaba a la extraña criatura que reculaba ante él. Si no fuese un engendro –pensó- podría decirse que es un niño pequeño. Un pequeño lobo que camina sobre dos piernas… tenía que ser a la fuera una bestia del Infierno. La Gente. No eran más que monstruos despiadados.

El pequeño notó la piedra en la espalda. La frontera entre la vida y la muerte estaba en el metal esgrimido por el humano. Dejó de llorar y de gemir, aunque fue incapaz de lograr que sus piernas no temblaran. Saltó en un último intento de escapar, pero el Duque fue más rápido y atravesó su estómago con la espada.

Antes de morir, el pequeño lobo rugió y se acercó a un sorprendido Duque, provocando que el metal se incrustara más profundamente en su pequeño cuerpecito. El noble quiso apartarse del cachorro, pero este fue más rápido. El cachorro solo tuvo que hacer un simple gesto de sus zarpas para seccionarle la yugular al humano.

El Bosque quedó repleto de muertos. Del Duque y su séquito nunca más se supo.

En Dureilad la sacerdotisa seguía llorando…