2 de febrero de 2012

Sentada en la cama

La anciana continuaba sentada sobre la cama. Llevaba tanto tiempo en el mismo sitio que ni recordaba cuándo había sido la primera vez que se dejó caer sobre el mullido y castigado colchón de aquella pequeña habitación. Tampoco recordaba por qué había decidido precisamente aquel punto en concreto para esperar ni sabía qué estaba esperando. Y sin embargo continuaba allí, aguardando, paciente, inamovible. Un testigo mucho del paso del tiempo y de la historia.

Ante ella habían deambulado muchos familiares y amigos que ni siquiera la habían visto y mucho menos, saludado. Muchos habían muerto ya, pero ni siquiera ellos se habían detenido a charlar con ella unos minutos y habían partido hacia el otro mundo que a ella aún se le resistía. ¿Por qué no podía marcharse? ¿Por qué seguía allí? Suponía que tenía que existir un propósito para continuar anclada a aquella habitación o, se estremecía al pensarlo, había sido castigada por algún pecado que no recordaba haber cometido.

Y de repente llegó aquel día. Los niños jugaban en esa habitación, ajenos a su presencia. Antoñito, de dos años, y sus dos primas ni siquiera sabían que hacía muchos años esa estancia había sido el último hogar de una anciana marchita. Las niñas se marcharon, alertadas por una voz de sus padres, dejando al pequeño sobre el quicio de la ventana abierta, por la que entraba una brisa cálida de verano con olor a azahar. Y de repente, la mujer pudo levantarse del colchón, supo por qué había permanecido en aquella sala durante tantos años. Nadie pudo explicarse cómo Antoñito llegó sano y salvo al suelo de la calle, varios metros de dura caída, donde jugaba cuando sus primas volvieron a buscarlo. El niño se limitó a decir entre sonrisas que una mujer mayor con un moño le había cogido en brazos para que no se cayese. Una mujer como la que, años después, descubrió Antonio en el viejo álbum de fotos de la casa del pueblo.

1 comentarios :

Ciencia dijo...

Gran relato amigo Javier. felicidades