24 de febrero de 2012

Vaya Día...


Procurando olvidar la pesadilla de aquella madrugada infernal, en la que me había visto a mí mismo en calzoncillos corriendo atropelladamente delante de un puñado incontable de señoras que me amenazaban con agujas de punto y labores de calceta, me levanté, desayuné, lavé, bajé a la calle, cogí el coche, renegué a causa del tráfico, del frío, de la suciedad, de la crisis y de cuanto me pareció y, como siempre, llegué más de diez minutos tarde al curro.

Mi jefe, como siempre, me esperaba con cara de pocos amigos y se señalaba el reloj con esa sonrisilla malévola que acostumbraba poner cuando estaba cabreado, algo cada vez más normal. No vendíamos una mierda, la gente venía a contarnos sus penas, a llorar por y despotricar contra los bancos… enseñábamos pisos y teníamos que discutir con los dueños para poder lograr un mísero alquiler… al mirar a María, la hija de mi jefe (que estaba buenísima y me tenía loco, pero a la que no me atrevía a acercarme por miedo a engrosar la lista de la empresa más grande de mi país y a sus curvas imposibles, con las que soñaba cada atardecer de regreso al cuchitril que me atrevía a llamar hogar) recordé la pesadilla, no sé si a causa de la mirada que me lanzó o la sonrisa traviesa que dibujó en su cara. No sabía por qué, pero su mirada verde era ese día más apreciativa e  intensa de lo habitual.

Mi jefe volvió a renegar a mi espalda, urgiéndome a correr a mi primera cita, un piso enorme por el que nadie se había interesado hasta el momento y que una señora quería ver con muchas prisas. Al llegar conocí a Doña Marisa, fundadora de T.J.E., una asociación cultural sin ánimo de lucro que había logrado una subvención para comprar una sede social. Subí con la buena mujer (que no me quitaba ojo de encima y parecía relamerse…) y accedí casi sin pensar cuando me preguntó si sus compañeras podían subir a ver el inmueble. Mientras el resto de la asociación subía las escaleras, le pregunté a Doña Marisa qué significaban las siglas T.J.E. Ella me miró con una sonrisa ladina y murmuró: “Tejedoras Españolas”. De pronto, mientras el piso se llenaba de señoras de avanzada edad, me di cuenta de que estaba en calzoncillos…

1 comentarios :

Bela Marbel dijo...

Muy bueno Javier, muy bueno.