26 de marzo de 2012

Bodas de Plata

Llegaba tarde a casa, como siempre. Aceleró. Esa noche quería llegar pronto, lo había prometido, lo había programado. Había trabajado a un ritmo vertiginoso, pero ni por esas... y tenía tantas ganas de estar en casa. Cumplía Bodas de Plata. Había prometido llegar pronto a casa... y había vuelto a fallar a su mujer. Además, ni siquiera tenía un regalo preparado. Aceleró. Noche, lluvia y niebla se habían aliado en su contra. Aceleró aún más. Quería llegar a casa. Abrazar a su mujer. Contarla que había decidido dejar el trabajo y que por fin sería completamente para ella. No tenía regalo. Escuchó un anuncio en la radio, una voz femenina y musical y un teléfono... anotó mentalmente los números. Por lo menos tendría un detalle. Llamó mientras aceleraba aún más bajo el espesor de la noche grisácea.

No pudo llegar a casa, ni pronto ni tarde. Una luz frontal, demasiado cercana, invisible a través de la niebla. Un frenazo brusco y un volantazo lo convirtieron en parte de un conjunto de restos metálicos desperdigados bajo la noche. No llegó a casa.

A la mañana siguiente su mujer recibió una llamada. Una voz risueña y cantarina le comunicó que tenía un mensaje de su marido para ella. Un regalo inusual de aniversario. Una llamada a la radio. Te quiero, siempre te he querido y siempre lo haré… –fueron las últimas palabras que le escuchó a su compañero de tantos y tantos años. Lo escuchó con una sonrisa, los ojos envueltos en lágrimas. No tuvo valor para decir a la audiencia que estaba en el funeral de su marido.