4 de marzo de 2012

En la Batalla...


La flecha llegó desde atrás, como un fogonazo de dolor que atravesó el cuerpo de Rud, doblando sus rodillas y desgarrando un gemido quedo de su garganta rugiente. No tuvo que mirar para saber que estaba envenenada y que seguía allí, como una cicatriz de hierro, veneno y madera. Se levantó con un odio renovado hacia las criaturas que le rodeaban y desató el metal reluciente de su espada en un giro inaudito. Tres enemigos cayeron a sus pies antes de percatarse de su movimiento repentino. Escupió. Aborrecía a los trasgos. Ni siquiera pudo permitirse un segundo de respiro. Tenía ante él media docena de dagas herrumbrosas.

Notaba el corazón palpitando en su costado, la vida corría veloz por la herida abierta, la muerte rondando… y aun así embistió a las criaturas. Trastabilló a causa del veneno y estuvo a punto de caer. Alguien rió a su alrededor, pero se encargó de que las risas se tornasen gritos de dolor y gorjeos moribundos. Estaban venciendo. Estaban derrotando las defensas enemigas.

Y él no vería el nuevo amanecer. No disfrutaría de la victoria.

Resopló indiferente. Recordó a sus compañeros de viaje ¿dónde estaban? Los había perdido de vista en el curso de la batalla. Al menos le gustaría despedirse de ellos antes de caer. Habían sido buenos compañeros de aventuras. Estaba orgulloso de haberlos acompañado en un buen trecho de su vida. Supo que no podría despedirse. Algo le dijo que no los volvería a ver, a ninguno de ellos.

Escuchó la estridencia de armaduras a la carrera y se preparó, los caballeros no eran enemigos tan frágiles como los trasgos. Afianzó las botas en el barro y obvió el dolor que fruncía su ceño y conseguía que respirase con dificultad. Estaba débil y enfermizo, el veneno obraba su trabajo. Aun así bramó una amenaza. No se rendiría tan pronto.

La Noche crecía. Hacía meses que todo era noche y muerte y sangre y amaneceres humeantes. La guerra recrudecía y se extendía a lo largo y ancho del mundo. Habían soñado con detenerla… qué idiotas habían sido.

Cerró los ojos un segundo y deseó estar lejos de allí, ser de nuevo un niño con ansias de aventuras, un pequeño holgazán con pecas juguetonas sobre la nariz y una espada de madera en el regazo. Levantó el arma justo en el último momento, lo suficiente para desviar el metal negro del caballero y encontrar el hueco con el que rebanar su vida y ofrecérsela a la Muerte. Alguien gritó. Seguramente aquel caballero tuviese seres queridos entre las filas enemigas. Eso era algo que había aprendido en sus años de soldado, cualquiera contaba con amistades y seres queridos, fuese del bando que fuese. El día que comprendió ese detalle empezó a odiar la batalla. Al morir uno dejaba un hueco que hacía más difícil la vida de los demás.

Se enfureció. Rud desató su ira con violencia y mientras su hoja lamía y arrebataba vidas entre las filas enemigas, él no dejaba de llorar. Lloraba por su inocencia perdida hacía tanto tiempo, por sus pecas embadurnadas de sangre y barro, por su espada de madera olvidada bajo la colcha de invierno de sus padres y por los seres queridos de aquellos a los que derrotaba en combate. Odiaba la guerra.

Alguien cantaba una canción a su derecha. Una voz firme y melodiosa. Irsha. No podía ser nadie más, tenía que ser ella la que dedicara sus esfuerzos a cantar en un momento semejante, nadie más lo haría. Un recuerdo pugnó por abrirse paso en su mente y al momento, tan solo un par de segundos después de haber escuchado la voz de su amiga, recordó que la muchacha había prometido regalar su voz a quien la derrotase en batalla. Irsha cantaba, eso quería decir… que estaba muerta. Rud notó un nudo en la garganta, un fuego colérico que invadía sus entrañas. Ella había muerto. La más inocente de todos, la mejor… muerta, como su propia niñez adulterada.

Rugió de dolor.

Intentó despegar el velo que cubría sus ojos, limpiar el dolor que empalidecía sus entrañas, pero fue incapaz de hacerlo. No podía ver más allá, ni siquiera sabía si corría en la dirección correcta. Detuvo su carrera para retomar el aliento e intentar comprobar si los muros continuaban allá delante. Pero no pudo ver nada, pues la hoja de una espada enemiga se incrustó en su abdomen, haciendo que se doblase a causa del dolor. Bajo él se formó un charco de sangre en el que resbalaron varios guerreros en una alocada carrera de retirada.

Aun antes de caer, Rud escuchó el cuerno de la derrota que indicaba que habían sido vencidos y que la fortaleza continuaba en manos del enemigo. No sintió dolor, ni ira, ni decepción… ya no sentía nada. Escuchó la voz de Irsha a su lado. Cantaba.

Una sonrisa se dibujó por fin en los labios del guerrero.