19 de marzo de 2012

Un hombre enamorado


Ángel nunca llegó a casarse, aunque de niño se soñaba con dos o tres pequeños correteando a su alrededor y una bonita sonrisa asomada a la ventana de un hogar dichoso. Se enamoró muy joven de una de sus vecinas y ya no pudo desenamorarse. Quizá fue demasiado pronto, quizá su amor fuese demasiado grande o él demasiado tierno, el caso es que jamás fue capaz de olvidar a María. No pudo olvidarla nunca, aunque intentó hacerlo, intentó arrancarse el corazón del pecho, se engañó con mil mujeres, mil viajes, mil y un horizontes diferentes, pero María siempre estuvo en sus pupilas, grabada a fuego en sus entrañas, imperecedera, inolvidable.

Al estallar la guerra marchó a filas, obligado, vinieron a buscarle el día que había fijado en el calendario para declarar su amor. Ni soldados ni armas entienden de asuntos novelescos ni de destinos inviolables. No pudo declararse. Apenas tuvo tiempo suficiente de recibir el llanto inconsolable de su madre, el abrazo de su padre y dos consejos lanzados al aire, sobre la marcha. Dos consejos que aferró con las dos manos y se llevó en el bolsillo de la zamarra de pana.

No supo que luchaba con los nacionales hasta que no le entregaron el uniforme. Sabía por cartas que Damián, su primo hermano, luchaba con la República y mientras recibía la instrucción rezaba para no toparse cara a cara con él en el frente. Escuchaba por todas partes que se combatían las ideas, que era una lucha de ideales, pero él supo pronto que era una guerra de fortunas. Luchabas donde te tocaba y eras buen soldado, pues de ello dependía tu vida.

Acabó la guerra. Venció… su bando había ganado. No se encontró con su primo, aunque fue un milagro, pues muchos años después, en una cena familiar, supieron que habían coincidido en dos cruentas batallas a las que, para alivio de sus madres, ambos habían sobrevivido. Finalizada la contienda, con la libertad en las botas y una buena renta a sus espaldas, Ángel decidió regresar al pueblo, buscar a María y declarar el amor tanto tiempo aplazado. Sabía que debía sentirse vencedor, sonreír abiertamente, mostrarse orgulloso de sus galones, de su cresta de gallo victorioso… pero no podía sonreír, la sonrisa se la había dejado en las trincheras, en los oscuros búnkeres, en los campos repletos de sangre y de barro, en los llantos de los vencidos, fuesen del bando que fuesen. Se sentía derrotado. La guerra lo había vencido.

Llegó al pueblo un día soleado, al alcanzar la plaza y escuchar los gritos y correrías de los niños cerró los ojos y aspiró con fuerza. Lo había hecho. Había regresado. Había superado la más dura de las pruebas. Tenía derecho a ser feliz. Al encaminarse hacia su casa se permitió una de sus últimas sonrisas y mientras caminaba descubrió que se celebraba una boda. Notó un molesto pinchazo en el estómago. Antes de alcanzar la puerta de la iglesia, antes de ver a los novios lo supo, supo que su amor se había quedado colgando de las campanas, apresado bajo el peso de la cruz, emparedado en los adoquines de la plaza. La que se casaba era María. Lo hacía con Andrés, no con Ángel.

Su sonrisa murió en ese instante y tardó muchos años en recuperarla.
 
Solo tardó quince días en volver a marcharse del pueblo. Esta vez por voluntad propia. Durante la guerra había conocido a gente que sería muy importante. Gracias a sus contactos viajó de corresponsal a través de una Europa cada vez más convulsa. No era periodista ni fotógrafo, pero era valiente y hacía amigos en todas partes. Al estallar la nueva Gran Guerra se unió a la resistencia holandesa y más tarde luchó en Francia y en Italia. Los que le conocían afirmaban que no sentía apego por la vida, que se enfrentaba a la muerte como si no la temiese, como si morir resultase un alivio. También afirmaban que nunca sonreía y que escribía cartas a una amante desconocida que nunca enviaba.

La nueva y terrible guerra, la más cruenta que la vieja Europa recordaba, también concluyó y como la otra vez, Ángel regresó a casa, donde le aguardaban unos padres ancianos que casi no recordaban tener un hijo al que besar o abrazar. Al llegar supo que María y Andrés eran padres de tres hijos. Por las noches, cuando todo el pueblo dormitaba, recorría las calles a solas, a oscuras, imaginando que Andrés vivía la vida que él había elegido vivir, pero que nadie le había dejado disfrutar. Seguía enamorado ciegamente de María, siempre la quiso, pero nunca odió a Andrés ni le deseó mal alguno, solo se recriminó una vez el haberse marchado sin declararse, solo una.

Nunca fue feliz del todo, al menos durante la mayor parte de su vida, pero no por ello envidió jamás la que Andrés, María y sus pequeños habían forjado para disfrutar de una tranquila felicidad rural.

Un buen día supo que María y su familia pasaban por dificultades económicas, tan acuciantes eran esos problemas que ni siquiera podían comprar una hogaza de pan diario con la que alimentarse. Ángel iba a viajar de nuevo, esta vez mucho más lejos, pues visitaría La India junto a una delegación de miembros del gobierno, pero antes de hacerlo, antes de besar a su madre por última vez y de escuchar dos nuevos consejos de su padre, que moriría durante ese verano con el nombre de su hijo en los labios, antes de cerrar la puerta de su casa con un suspiro de despedida, se acercó a la panadería con una buena suma de dinero.

    -No quiero que a María ni a sus hijos les falte jamás el pan en casa. Este dinero es más que suficiente como para que todo el pueblo coma pan durante años. Solo quiero que, cada día, le lleves una hogaza a la puerta de su casa y que jamás le digas quién lo paga. ¿Podrás hacerlo? ¿Me harás ese favor?

Esas fueron las palabras con las que Ángel se despidió para siempre de su pueblo. Se las dijo a Pedro, un amigo de la infancia, que ante tal cantidad de dinero se atragantó y solo pudo asentir con la cabeza. No fallaría ni un solo día de su vida y en el lecho de muerte mantuvo la promesa de no decir a nadie, ni siquiera a su bisnieta querida, quién le había pedido que entregase cada día una hogaza de pan caliente en la casa de María y Andrés.

Ángel vivió en la India, después marchó a Japón y finalmente regresó a España, viejo y cansado de un larguísimo viaje. No fue feliz hasta la vejez. Con el dinero y la sabiduría acumulados en sus viajes decidió fundar un orfanato. Creó un hogar hermoso para treinta pequeños. Contrató a la mujer más cálida y hermosa que pudo encontrar, una mujer que se desvivía por los pequeños que llegaban al hospicio y allí, por fin, fue feliz, aunque jamás pudo olvidar a María.

Una tarde, minutos antes de morir, saludó a la sonrisa que le dedicaba la maestra desde la venta, a sus pies correteaban varios pequeños, felices, sanos, sonrientes…