5 de abril de 2012

Héroe de Leyenda


Nadie supo nunca de dónde llegó el Extranjero, nadie se lo preguntó ni él lo dijo jamás. Era un errante, un ser solitario llegado de un país desconocido y misterioso. Pocos son los que recuerdan su rostro o sus sombríos ojos de azabache. Yo sí lo recuerdo. Recuerdo el filo de su mirada, el acero de su piel, su fuego, una ira incapaz de calmarse en la batalla. Nadie supo nunca de dónde vino, pero llegó en el momento en el que más lo necesitábamos. Pocos recordarán la cicatriz de su mejilla. Recuerdo incluso el dragón tatuado en su brazo izquierdo, el brazo con el que blandía la espada más certera que he visto en mi vida. Son pocos los que recuerdan la llegada del Extranjero en mitad de la niebla, bajo el manto negro de una noche sin luna, bajo la atenta mirada de los lobos huidizos y los espíritus perdidos.

Llegó de madrugada, solitario, en silencio. Golpeó tres veces la puerta de la cabaña y Tarn, el Druida, me dijo que abriese. Recuerdo el pavor con el que me acerqué a la madera, el temblor de mis piernas. Estábamos en Samheim y pensé que era un espíritu, un ancestro en busca de venganza, pero el Druida había dado una orden directa, no podía desobedecer y abrí, topándome con dos pupilas siniestras, rugientes. El extranjero irrumpió en la estancia y preguntó por Loräl, todos callamos, Loräl había muerto durante el invierno pasado.

Nadie puso en duda su llegada, nadie le preguntó la procedencia, solo mi alma aterrada se lo preguntó a lo largo de los meses que estuvo con nosotros en la aldea. Le temía. Quizá por eso Tarn me convirtió en su lacayo, en su sirviente. Recuerdo el tatuaje que recorría su espalda, un lobo aullando a la luna. Recuerdo su silencio apacible, la serenidad de su gesto en la paz y el odio desmesurado que esgrimía en la batalla. Recuerdo la sangre chorreando por su cuerpo, nunca suya, siempre de sus enemigos.

Llegó cuando más lo necesitábamos, como si Loräl lo hubiese convocado. Los norteños atacaron por sorpresa, habríamos sido masacrados, pero él nos ayudó. Recuerdo verle solo frente al enemigo, imponente, implacable. En el pueblo todos lo consideraban un héroe, para mí nunca dejó de ser un espíritu, un diablo. Un diablo que ayudó a mi aldea a sobrevivir a aquel verano.

Al marchar se convirtió en una leyenda, en un cuento que se contaba a los pequeños. El paso del tiempo hizo que  pocos recordaran su paso por la aldea, yo nunca lo olvidé. Nunca olvidaré sus ojos negros, su espada bañada en la sangre de los enemigos, el dragón rugiendo en su brazo y el lobo saltando de su espalda para unirse a la batalla. Nunca supimos de dónde procedía, ni si era un héroe, un dios o un diablo…

Pero el extranjero nos salvó y nunca podré olvidar la única sonrisa que me dedicó antes de partir, antes de abandonar la realidad para convertirse en leyenda.

1 comentarios :

oscura forastera dijo...

Muy bueno, que bien relatado, sabes los escoceses llaman a los extranjeros sassenach(en gaélico) o forastero, me gusta mucho, enhorabuena, un beso.