15 de mayo de 2012

Sangre Caliente - Cuento La Noche del Cetrero

Llovía sobre Sarberk.

La figura embozada se movía con una agilidad inimaginable para la mente de un humano. Semejaba una sombra difusa, una irrealidad del paisaje, una argucia de la mente. Cualquiera podría imaginar que su vista le gastaba una broma pesada, que el susurro en su nuca era solo eso, un escalofrío. Pero Derlén era real, siniestramente real, muchos ya lo habían comprobado con una mueca de dolor y de sorpresa antes de morir.

Un trueno lejano indicó la llegada de la tormenta.

Derlén seguía deslizándose vertiginoso, invisible, indescriptible a cualquier mirada, la misma lluvia parecía alejarse precipitadamente a su paso. Tenía una misión que cumplir. Ay del que se interpusiera en su camino.

El cielo nocturno se iluminó en un relámpago.

Las murallas de Sarber aparecieron como por arte de magia ante los ojos del asesino.  La solidez de aquellas murallas era legendaria, eran inexpugnables, nadie había logrado conquistarlas en toda la historia del mundo. Se decía que el mismísimo Orgom, el Dios de la Guerra, tendría que pedir permiso si pretendiese franquearlas durante la noche… cuentos para tranquilizar las mentes de la Capital, de los mal llamados Pueblos Libres de Gelth, regidos por el bastón de mando castrense de Mir, un rey déspota e injusto.

La lluvia arreció y Derlén escupió una maldición.

Desde muy pequeño había ansiado conocer el último enclave civilizado, el bastión que defendía el mundo libre, la frontera entre la civilización y el Bosque, cuyos misterios, criaturas y peligros poblaban la mente y las pesadillas de los pobres ilusos que vivían dentro de las murallas. Llevaba tanto tiempo visitando las tierras prohibidas que sabía que estaban en un gran error, los verdaderamente libres eran los habitantes del Bosque.

Derlén sonrió divertido ante su credulidad infantil, entonces no era más que un borrego más, un peón en la partida de los Señores, ahora… ahora, quizás, pertenecía a la casta más libre de todo Gelth. Desde muy joven había soñado con viajar a Sarberk, armarse Caballero de la Orden y defender la Muralla. Había ansiado ser un héroe. Pertenecer a esos hombres valerosos y leales capaces de sacrificar su existencia por el bien común. Se había imaginado en muchas ocasiones con un Azote del Bosque. Eran infinitas las leyendas que hablaban de la sobrehumanidad de las filas de la Orden, de su valentía. Los cuentos que escuchaba de niño, cuando las pesadillas acudían a su mente y amenazaban con arrebatarle la cordura, decían que no había un solo ser capaz de atravesar la muralla si la defendía un solo hombre de la Orden, era una ley impuesta por los dioses.

Y en realidad esas leyendas se hacían necesarias en un mundo como Gelth, donde los niños nacían con el miedo a las criaturas en la mente, donde cualquier viaje se convertía en un peligro mortal, donde no había un rincón donde vivir en paz más allá de la capital… pero Derlén sabía que eran falsas, que no eran más que cuentos de viejas para apaciguar los corazones de los pusilánimes y los cobardes. Hacía mucho tiempo que se dejaba abrazar por las pesadillas, que invitaba a la noche a atacarle, que derrotaba a la locura en cada nueva ensoñación.
Las murallas volvieron a aparecer ante su vista tras un nuevo relámpago. El granito grabado de símbolos arcanos se destacó a más de seis metros de altura.

Bajo la sombra violácea de su rostro se adivinó una sonrisa despectiva. Llevaba viviendo en la Frontera tiempo suficiente como para saber que la Orden era un nido de cobardes y necios, un agujero donde iban a parar los criminales y asesinos de buena parte de Gelth, un pozo oscuro donde pagar, un infierno antes de alcanzar la liberación de la muerte. Y lo peor es que aquellos hombres eran simples alfeñiques, guerreros sin futuro en una lucha cara a cara, ilusos incapaces de combatir a las bestias que habitaban en el interior de la oscuridad, cobardes atemorizados ante el ruido más nimio. Bazofia humana que no podía compararse con la fuerza de élite que él comandaría en muy poco tiempo. Una misión. Si lograba realizar el trabajo encomendado sería ascendido. Monseñor Laundrat por fin le convertiría en el comandante de los Guardianes de la Fe…

Ascendió a lo más alto de la muralla cobijado por la noche y la tormenta. Una vez más, como llevaba tantos años haciendo, ninguneó la solidez de la Muralla. Ni siquiera tuvo que moverse demasiado veloz para eludir a sus custodios. Debería matar a todos esos ineptos, obligar a la Orden a convertirlos en algo más que vigilantes atemorizados ante cualquier gemido de la arboleda como niñas pequeñas. Debería dejarse llevar por su odio… pero tenía una misión que cumplir. No podía entretenerse. La hoja de su espada oscura debería saciarse más tarde.

Como una sombra alcanzó el pie del muro. Estaba al otro lado, una vez más. Se encontraba en terreno prohibido para los humanos. Durante la noche el Bosque de la Gente, los humanos no podían hollar la arboleda cuando las estrellas gobernaban el cielo nocturno. Derlén sonrió, ¿cuántas veces había desobedecido esa prohibición? ¿En cuántas ocasiones había pisoteado esa patética tregua? Recordó la primera vez que saltó el muro durante la noche. El miedo a lo desconocido, el terror ante lo inhumano, el poder que parecía desplegar cada hoja del Bosque… había sido un idiota. El Bosque era como cualquier otro lugar en el mundo, allí se imponía la ley del más fuerte y él era muy fuerte, había pocos seres capaces de enfrentarse a él. Era un superviviente, un asesino, el único Dios estaba de su lado. Sus múltiples victorias así lo confirmaban. Dios lo protegía de las criaturas. Tenía la bendición de Monseñor Laundrat. Su misión llenaría de gloria a la Iglesia y a Dios. Se convertiría en el libertador de Gelth. Era el Elegido, nada podía dañarle.

Un rayo cayó a apenas cien metros de distancia, partiendo un roble centenario y provocando un pequeño incendio. ¿Qué mayor prueba quería? Dios estaba de su lado. Era un rayo para el Bosque. Pronto no habría Bosque que temer, pronto Gelth sería un lugar mejor. Pronto Dios gobernaría sobre todas las criaturas.

Tenía una misión que cumplir.

Escuchó un crujido seguido de un pequeño gruñido gutural. Se sabía protegido por las sombras de la muralla, ni siquiera las criaturas podrían descubrirlo mientras continuase allí, protegido por su embozo oscuro y por la noche.

El crujido se repitió. Algo pequeño huía precipitadamente mientras el fuego se extendía rápidamente a pesar de la lluvia y la tormenta. Se puso en marcha. Un pálpito le obligó a perseguir ese crujido. Dios le había hablado.

Se internó en la arboleda sin más precauciones que tener los sentidos alerta y la espada a punto. No era la primera vez que se internaba bajo el opresor manto de aquella cúpula oscura. Tampoco sería la última.

El Bosque se protegía de su paso fulminante, intentaba retenerlo con arañazos y tirones de las ramas, hacía que las raíces sobresaliesen de la tierra para hacerle tropezar. Pero Derlén era un experto y no se detendría ante aquellos trucos inofensivos. Conocía historias de hombres devorados por sauces asesinos, de niños perdidos de los que solo se habían encontrado ropas ensangrentadas, de doncellas mutiladas por criaturas indescriptibles… pero él se había enfrentado entre aquellos árboles con lobos, arpías, brujas, ojáncanos… y aquí estaba. No eran seres sobrenaturales, no había que temerles, solo eran despojos de la Creación, errores de Dios. Monseñor Laundrat se lo había explicado, lo hizo después de encontrarle con la sangre de Brok entre las manos, después de que hubiese consumado su venganza… lo había aleccionado desde entonces, le había enseñado el camino, le había convertido en el Elegido.

De niño había temido al Bosque, había temblado ante la mera mención de la más nimia de las criaturas que lo habitaban. Ya no era un niño. Había dejado de serlo en el mismo momento en el que sus padres murieron por robar una pieza de fruta con la que alimentar a su hijo moribundo. Habían tenido la osadía de robar a Lady Jane, la hija del Duque. El propio Duque les había degollado ante la sonrisa de su hija por tamaña insensatez y el pequeño Derlén había sido arrojado al Orfanato de la Iglesia. El terror había sido indescriptible entonces, cada noche, cada momento de oscuridad, cada instante se había convertido en una pesadilla siniestra, en una amenaza. Y al miedo lo habían acompañado las palizas y humillaciones de los niños que llevaban más tiempo en aquel antro… había sido débil y enfermizo, había sido un cobarde… hasta que el propio Dios le susurró en el oído. Le escuchó y perpetró la venganza. Una mañana, tres de aquellos niños mayores aparecieron desangrados, alguien, un niño con los dedos delgados y las uñas endurecidas les había arrancado a dos de ellos la nuez con las manos desnudas, dejando que se ahogasen en su propia sangre. Una muerte lenta y agónica que había disfrutado con una sonrisa. La muerte del tercero, del niño más fuerte y grande del orfanato, aún había sido peor. Esas mismas manos asesinas le habían atado a su catre, le habían abierto en canal y le habían arrancado las costillas una a una.

La investigación fue rápida, la Iglesia hizo llegar al orfanato a uno de sus policías internos, un sacerdote ambicioso y colérico que respondía al nombre de Padre Laundrat. Pronto había descubierto toda la verdad acerca de la historia de Derlén, que incluso le había confesado que el mismísimo Dios le había sugerido la venganza… Laundrat le había contemplado entonces con un brillo siniestro en los ojos que Derlén más tarde supo que había sido esperanza. La investigación concluyó que los niños habían sido masacrados mientras recogían leña en el bosque por una manada de lobos. A nadie le importó que el bosque estuviese a más de dos horas de distancia del orfanato, que los tres asesinados hubiesen aparecido en el interior del orfanato ni que no hubiese chimeneas en las que usar leña.

Tras la investigación, el sacerdote fue enviado a la Catedral de Sarberk y éste decidió llevarse con él a aquel muchacho tan especial. Allí se convirtió en el Elegido, allí empezó a ser poderoso, allí, junto a Laundrat, se había convertido en el mejor sicario de los Guardianes de la Fe.

Atravesó follaje, árboles y ramas punzantes hasta llegar a un claro del Bosque. Tenía la piel de la cara amoratada por el frío y el esfuerzo de atravesar la arboleda a la carrera, tenía decenas de arañazos en el rostro. Se detuvo para encontrar indicios sobre la criatura que perseguía. Allí dentro no caía ni una gota de agua, la densa cúpula oscura que cubría el suelo lo impedía, pero empezaba a crecer una niebla espesa.

Derlén gruñó. No tenía tiempo. Tenía que cumplir la misión. Pero sabía que estaba cerca de su objetivo. Dios le había susurrado que siguiese a ese crujido.

Y entonces lo escuchó, una respiración débil, contenida. Una respiración infantil. ¿Se habría perdido un niño durante la noche? ¿Quizá ese día Dios quería que salvase a un inocente?

Se acercó despacio, calibrando cada paso y poniendo especial cuidado en su espalda y sus costados. No era la primera vez que intentaban emboscarlo en el Bosque. No podía fiarse de aquellas bestias inmundas.

Atravesó el claro y allí, junto al tronco retorcido de una encina descubrió a dos pequeños encogidos y temblorosos. Aireó una maldición y escupió una herejía. Lo que allí tenía era un insulto a la Creación. Con un movimiento veloz aferró a los dos pequeños llorosos y los arrojó al interior del claro. Estaba muy oscuro, pero incluso así notó que el odio le invadía. Eran seres del averno. Criaturas inmundas que no merecían existir, más bestias que criaturas. Lo que tenía ante sí eran dos crías de hombre lobo. Estaban cubiertas completamente por un pelaje grisáceo. Eran insultos a Dios. Los dos niños se abrazaban, encogidos de terror ante el asesino. Esperaban que su pesadilla, que el humano, se marchase de allí y los dejase tranquilos. Solo querían jugar. De día tenían que esconderse de los hombres, sus miedos entonces los mantenían escondidos en sus hogares. Por la noche intentaban olvidar el terror que les tenían a los hombres, a sus murallas y sus espadas, pata salir a correr, para ser felices y libres.

-Por favor señor, no nos haga daño. Por favor, deje que mi hermana pequeña se vaya…

Derlén miró a las criaturas, asombrado. Se había cruzado en decenas de ocasiones con criaturas del Bosque, nunca se había detenido, las había asesinado sin piedad. No habría imaginado que hablasen… ante él tenía a dos criaturas inmundas, dos cachorros de lobo que no podrían hacer daño a nadie, que solo querían ser libres… que le temían. Le temían sí. Dios estaría orgulloso. Las Criaturas del Bosque temían a su Elegido.

Miró a los dos cachorros.

Y los mató. Poniendo especial cuidado en que su muerte fuese dolorosa.

Entonces escuchó un gemido ahogado y descubrió a un tercer cachorro, este aún más pequeño que los otros dos. No tuvo piedad. Lo golpeó en la cabeza una y otra vez hasta que sus guantes estuvieron envueltos en su sangre.

Antes de marcharse a cumplimentar su misión se tomó su tiempo en dejar un mensaje al Bosque. Un mensaje de odio y de guerra. Un mensaje que comenzaría una espiral de violencia que convertiría la Frontera en un auténtico Infierno… tras colgar a los tres pequeños de una rama retorcida, partió hacia la espesura, tenía muy poco margen de tiempo para encontrar a los Cuervos e iniciar una guerra.

Regresó horas después, poco antes del alba, estaba agotado, pero satisfecho, Laundrat estaría orgulloso de él, la rueda había comenzado a girar y él era el eje a través del que todo se movía. Al llegar al claro, comprobó que los tres cachorros seguían colgados en la rama y se permitió una sonrisa sedienta de sangre, pronto tendría a su disposición muchas criaturas para su disfrute personal. Se relamió, la guerra se acercaba, la guerra más cruenta que Gelth hubiese albergado jamás y él era su instigador, era el Elegido, Dios acogería su alma valerosa con orgullo, pues él era el Azote del Bosque.

Llegó al pie de la muralla y se deslizó a través de sus rocas como una sombra, una siniestra forma protegida por la oscuridad, pero estaba demasiado absorto en su victoria como para resultar todo lo silencioso que debía ser. La voz de alarma le devolvió a la realidad. Le habían descubierto…

Solo tardó diez segundos en descerrajar la garganta de los tres guardias que le habían descubierto y lanzar sus cuerpos aún calientes al pie del muro. Tres segundos después, aún demasiado alterado como para moverse en silencio, se perdía tras una esquina especialmente oscura. Su estado de nerviosismo le impidió descubrir a Lis, una niña pequeña que había salido muy temprano de su casa a hurtadillas para encontrarse con Lucy, su compañera de juegos…

La pequeña Lis no volvió a escaparse de casa para jugar, regresó aterrorizada, asegurando que una criatura del Bosque había entrado en Sarberk sin detenerse ante la muralla. Nadie la creyó hasta que se descubrió que faltaban tres miembros de la Orden y se encontraron sus cuerpos al pie del muro, entonces todos pusieron mucha atención a las palabras de la niña…

Noches más tarde. Los aullidos de una loba mantuvieron en vilo a toda la Orden. Sarberk se estremeció ante el dolor y la locura que emanaban de aquellos aullidos lastimeros.

En el subsuelo de Sarberk, en las catacumbas de la Catedral, una figura siniestra se frotaba las manos, aún no había limpiado sus guantes oscuros, aún sentía en sus extremidades la sangre caliente de sus últimas víctimas. La guerra se acercaba. Estaba impaciente.

Nadie pudo dormir durante semanas en la Ciudad de la Frontera. Las leyendas hablaban de un ser oscuro y siniestro que asesinaba con una crueldad extrema. El gran problema de aquellas historias era que nadie desde entonces podía afirmar que aquella sombra, que aquel ser terrible y sobrenatural, estaba solo en uno de los dos lados de la Muralla…