2 de junio de 2012

El Mago de París. 02

La historia de la literatura está repleta de infancias terribles, enfermedades duraderas, orfandades y soledad. Dicen que buena parte de los grandes genios de las letras proceden de orígenes señalados, de pérdidas irreparables y de experiencias capaces de marcar a una persona para siempre.

No era el caso de Marcel.

Su infancia había sido feliz, completa. Hijo único de dos honrados taberneros del Barrio Latino de París, sus primeros años transcurrieron entre las estrechas callejas repletas de bohemias y artistas y la apacible taberna, siempre repleta, de sus padres. Allí, entre parroquianos poetas, músicos callejeros, estudiantes soñadores y personas humildes, transcurrió la infancia de un temprano amante de las letras.

Fue con tres o cuatro años cuando un cuentacuentos pasó por “Le Chat Noir” y pidió un vaso de vino y un pedazo de queso a cambio de una tarde de cuentos para el pequeño y el resto de fieles de la taberna. Fue con tres o cuatro años cuando Marcel sintió en su corazón que amaba los relatos, las palabras y los viajes.

Fue con tres o cuatro años…

Tiempo después aún sería capaz de recordar la sonrisa del humilde cuentacuentos, el destello travieso de sus ojos al narrar, el movimiento fulgurante de sus brazos, la pasión… Marcel nunca olvidó aquel día y mucho menos los cuentos que escuchó en la garganta quebrada de un cuentero demasiado mayor para seguir con su viaje.

Fue a esa edad, nunca sabría demasiado bien si con tres o con cuatro años, cuando Marcel decidió que sería escritor y que algún día, gentes de todo el mundo se admirarían ante su arte de contar cuentos, sueños inventados, viajes imposibles…

La infancia de Marcel fue feliz. Era el sobrino afectuoso de cuanto cliente consumía en la taberna, el rayo de luz de quien llegaba con problemas, la sonrisa divertida de quien se sentía un extraño, la calurosa bienvenida a los forasteros.

La infancia de Marcel fue feliz, dichosa, completa. Y pronto, muy pronto, comenzó a imaginar historias para tantos y tantos rostros, para ese París mágico que veía deambular ante él cada mañana.

Apenas tardó tres o cuatro años más en contar sus propios cuentos… en sentirse creador. En ser un escritor que aún no había escrito nada.