7 de junio de 2012

Empezar de Nuevo

El anciano miró por última vez su casa. Había sido feliz allí. Sin duda, en el interior de aquellas paredes había disfrutado de los años más dichosos con los que un hombre podía soñar. Sonrió mientras se enjugaba las lágrimas rebeldes que jugaban entre los pliegues apergaminados de sus mejillas. Se llevó el nudillo del índice de la mano derecha a los labios y se lo mordió en un gesto habitual. Casi creyó escuchar la voz de Irina regañándole por morderse… pero ella ya no estaba, solo era un recuerdo, un aroma fresco que le atormentaba cada mañana, una fotografía en blanco y negro, un hasta pronto susurrado en el lecho de muerte… no, Irina ya no estaba.

Volvió a sonreír y por fin fue capaz de derrotar a las lágrimas tramposas. Miró a la ventana donde siempre habían colgado los geranios de Irina y su puño izquierdo aferró con fuerza el bastón. Ella ya no estaba. Tenía que marcharse de allí. Vivir. Era una promesa. Tenía que vivir por ella, para un día, en el futuro, poder contarle allí arriba, junto a macetas repletas de coloridos geranios, las aventuras que había vivido mientras ella estuvo ausente, para narrarle los libros que había leído y hablarle durante horas de las personas con las que se había topado en su nuevo camino. Era una promesa…

Jamás había roto una promesa. Se volvió, dejando la casa a sus espaldas y se marchó para siempre a un lugar donde nadie conociese quién era y donde pudiese empezar de nuevo. Irina estaría feliz por él. Lo sabía. Se besó el nudillo, pensando que, como ella solía, era la mano calma de su mujer la que apartaba sus dedos de sus labios y por una vez, por una última vez, supo que ella estaba allí, junto a él, despidiéndose de una repleta vida en común. En aquel momento, Óscar fue feliz y su sonrisa despejó cualquier duda, tenía un nuevo camino que recorrer.