5 de octubre de 2012

La petición



El reflejo plateado de las escamas fue lo primero que pudo avistar del dragón, un plateado intensamente luminoso que reflejaba el sol de mediodía. No era el primer dragón que contemplaba, ni siquiera era el más grande, pero el escarlata de su coraza natural, el orgullo de su semblante, conmovieron al anciano. Como había aprendido de su maestro hacía ya tanto tiempo, no miró directamente a los ojos del leviatán y humilló su propia mirada ante su imponente presencia. No se movió. Ni siquiera cuando las garras del dragón horadaron la piedra a sus pies y la propia montaña se estremeció ante el aterrizaje osó moverse, había acudido hasta allí, a la cima más elevada de la tierra conocida para realizar una petición al soberano de los cielos, todo estaba calculado, cualquier error sería fatal.

El dragón se mantuvo inmóvil en aquella posición imposible, las alas extendidas, las fauces abiertas, la mirada reluciente… todo en él destilaba poder. Jacob contuvo la respiración, su vida estaba en manos del gigante escarlata. No pronunció una sola palabra, no era necesario, el dragón ya sabía por qué estaba allí. Un golpe de viento estuvo cerca de enviar al anciano montaña abajo pero este no emitió ni el más leve sonido de queja o impaciencia y el dragón continuaba en silencio, curioseando cuanto hacía el humano… se preguntaba si sería capaz de superar la prueba… pasaron las horas, comenzó a nevar… la noche sería muy larga sobre la montaña.

Si alguien hubiese contemplado la cima del mundo desde un punto alejado, habría visto en cierto momento de la noche un inmenso destello rojo, un destello que arrancó retazos de la noche durante casi una hora. Esa era la única prueba del poder del dragón.

Pero nadie vio el prodigio realizado sobre la montaña y por tanto, nadie fue testigo de la magia… tal y como Jacob había previsto. Cuando llegó el alba, un joven imberbe abandonó la cima del mundo con un misterioso destello rojizo en los ojos. Del anciano nadie más supo nada jamás.