23 de noviembre de 2012

Sola


Mario llegó a casa borracho, como siempre. Ya era de noche. Le costó meter la llave en el bombín de la cerradura del portal, a pesar de que el ayuntamiento se había dignado a arreglar la farola que iluminaba su puerta. El llavero tintineó ruidosamente. Eructó y maldijo en voz alta, sin importarle lo más mínimo que alguien pudiese escucharle. Esa noche estaba enfadado. Enfadado de verdad. Manolo no le había querido servir más copas y había terminado por echarle del bar con cajas destempladas… necesitaba desahogarse, que se jodieran los vecinos.

Le costó más del doble de lo habitual el subir las escaleras que llevaban hasta el tercer piso, arrastrando los pies y apoyándose en la barandilla, volvió a maldecir en voz alta y a rugir su disgusto. Estaba harto de todos. Al llegar a su puerta la golpeó con furia, gritando el nombre de su mujer. No le importaba lo más mínimo que Quique, su hijo de cinco años, estuviese acostado ya. Si él había soportado esas cosas de pequeño, Quique también sabría hacerlo. Además, a él no le había ido tan mal…

Marta le abrió la puerta y él sintió un acceso de ira al contemplarla. Allí estaba, tan perfecta, tan sobrada de sí misma, tan insultantemente odiosa… le dio un empujón a la puerta con todas sus fuerzas, aunque su mujer pudo apartarse a tiempo y alejarse por el pasillo hasta el salón. Mario la maldijo e insultó a gritos. No aguantaba que le diesen la espalda, no aguantaba su superioridad ni sus calladas lecciones de comportamiento. 

Cerró de un portazo. Esa noche Marta iba a saber quién era él. Se iba a llevar hostias hasta que se cansara de dárselas. Se tambaleó hasta el salón, donde Marta esperaba, encogida en el sillón, silenciosa y atemorizada, casi como si estuviese esperando su ración de bofetadas. Se acercó dando voces, como siempre, por el rabillo del ojo le pareció ver a Quique, apoyado en el quicio de la puerta de su habitación, con lágrimas en los ojos… 

Levantó la mano para golpear a su mujer. Ella tenía la culpa de todo. La tenía, ¡maldita sea! Y entonces, una fuerza inesperada detuvo su brazo y le lanzó hacia atrás. Mario cayó de espaldas y el golpe le despejó levemente. ¿Qué coño…? Desde el suelo pudo ver a casi todos sus vecinos mirándole con odio indisimulado. Y volvió a gritar, aunque esta vez fue de miedo y su garganta sólo pudo escupir un gemido acobardado. Esta vez Marta no estaba sola en casa…