#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

Microrrelatos en 3 Capítulos

Disfruta de más de cien historias cortas

La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

28 de febrero de 2012

Oye, que salgo en Editando!!!

La gente de Ediciones AContracorriente tiene un blog chulísimo en el que salen escritores y escritoras de todo tipo, todos buena gente y todos con un talento indiscutible para esto de juntar letras. Tenían el listón muy alto en la calidad de sus escritores y, sobre todo (y que nadie se me enfade) de sus escritoras. Pero bueno, han decidido bajarlo con servidor, ¿qué se le va a hacer? No todo van a ser aciertos ¿no?

El caso es que la última entrada del blog es mía, así que, yo os invito a pasaros por Editando, pasar de largo por mi entrada y ver las estupendísimas entradas realizadas por un montón de buenos escritoress (vale, algunas de las chicas que aparecen en el blog también son dignas de mención, sean escritoras o no... que lo son ¡y muy buenas!).

Como os digo, que me enrollo como las persianas, que si queréis pasar un buen rato, no podéis dejar de pasaros por Editando. Os dejo lo que la gente de AContracorriente dicen de mí en la entrada, es para estar contento ¿no?

Aprendiz de todo, maestro de nada, pero que sirve para un roto y para un descosido. Javier Fernández Jiménez deja el micro que suele usar en Radio 21 y nos escribe estas líneas. Carta de presentación y memorias además de fotos sexys. Más salaó que las anchoas en salmuera.

Simple cuestión de suerte...

Mi pesadilla comenzó con aquella patada a un bote retorcido de refresco... o puede que fuese algo antes, con la mirada de desprecio del tipo de la ventanilla del INEM... o antes, con ese jefe barrigudo que me miraba por encima del hombro y olía a tabaco y a cerveza... espera, puede que fuese algo antes, con esa profesora maniática que nos decía que no llegaríamos a nada en la vida mientras nos dictaba puntos y comas de apuntes realizados quince años antes... o, a lo mejor, con esos amigos del colegio que me tacharon de idiota y rarito por tener un libro entre las manos y no querer fumar un porro...

Puede también que todo viniese de algo antes, cuando un entrenador inepto y mal pagado hizo de mí un jugador mediocre… o de antes incluso, cuando en casa veía cosas poco adecuadas para un niño de mi edad… no estoy seguro, pero puede ser incluso de un poco antes, cuando en la cuna notaba el ambiente cargado del tabaco que se fumaba en mi casa… o antes, cuando mi madre embarazada se echaba los lingotazos de anís a escondidas… puede que de antes, cuando me escapé de caer al vacío de pura chiripa al ser el último de la fila y tuve que esperar una nueva oportunidad que fue la buena…

En realidad no sé cuándo empezó todo en realidad. El caso es que tuve la desgracia de dar a aquel bote mugriento la mejor patada que había dado en toda mi desastrosa carrera de futbolista frustrado, con tan mala suerte que fue a dar al pobre policía que vigilaba que los manifestantes no se pasaran de la raya. Juro que no fue un hecho premeditado, simple mala suerte y desgraciada casualidad, lo juro. El caso es que le hice una brecha al buen hombre, con la parte oxidada del bote. El grito de dolor del policía alertó a sus compañeros, estos se lanzaron a la carga y la manifestación a favor del Nobel de la Paz para los bebés envueltos en sedas y jabones aromáticos de Japón se convirtió en un evento caótico que acabó con doscientos detenidos, cargas de antidisturbios y medio millar de señoras de mediana edad fichadas por la policía y en comisaría…

Locura y Muerte - cuento "La noche del cetrero"

El alba estaba a punto de despuntar cuando la comitiva del Duque abandonó Bidem. Nadie en la aldea que circundaba Dureilad, la Catedral Blanca, esperaba la repentina marcha del noble y su numeroso séquito de guerreros, ni siquiera la venerable Asheida lo había pronosticado. Nadie osaba hollar el territorio perteneciente al Bosque mientras que el sol no gobernaba en los cielos. La Ley era inquebrantable. La Gente gobernaba durante la noche, hacía siglos que acontecía de ese modo, la inestable paz entre el Cónclave y los humanos de Sarberk se mantenía gracias al pacto sellado en la antigüedad entre el señor de la Frontera de entonces y las siniestras criaturas del Bosque.

Pero el Duque se aburría. Hacía meses que no luchaba, que no participaba en una buena batalla. La paz se había firmado y no había nada que hacer en la Frontera salvo ahuyentar el tedio y las moscas veraniegas. Ya había destilado cuanto alcohol había en las bodegas de aquella ciudad mugrienta y los placeres que le proporcionaban las mujeres y el sexo hacía tiempo que le eran indiferentes. Estaba aburrido. No era un hombre hecho para permanecer ocioso. Los hombres necesitaban guerra, acción, sangre. Por eso había ideado aquella argucia de la que nadie se había percatado. Idiotas. Él era un guerrero. La guerra era su vida, si alguien pensaba que se convertiría en un viejo barrigudo borracho que contara a las putas batallitas de tiempos mejores, era un necio. Él moriría en batalla, como sus antepasados, como debía ser. Derramaría sangre antes de morir bajo el hierro o los cascos de un caballo encabritado.

Miró a su derecha para contemplar el terror en los ojos de su abanderado y sonrió con maldad. Aquellos idiotas tenían miedo de la Gente. ¿Cómo podían temer a unas criaturas que ni siquiera sabían si eran reales? Le habían acompañado en la batalla en las circunstancias más peligrosas, se habían lanzado a su lado a una muerte segura de la que solo Dios sabía cómo se habían salvado… lo habían hecho en decenas de ocasiones y ahora se meaban en los pantalones por atravesar unos kilómetros de bosque justo antes del alba. Cobardes.

Ajustó su montura, comprobó que sus armas estuviesen preparadas para el caso de que se diese algún enfrentamiento y gritó, despertando ecos siniestros en el follaje y alguna pesadilla en los sueños de los aldeanos. Bidem continuaba muda e inmóvil. El Duque lanzó una mirada despreciativa y  socarrona a los muros blancos de la catedral y escupió al pasar junto a su puerta. Él no necesitaba de ningún Dios o de dioses, tenía sus armas, su valentía y su destreza en la batalla. No necesitaba palabras simplonas ni promesas de paz y vida eterna… él quería morir como un valiente, como el guerrero que era desde siempre.


En el interior de Dureilad, una figura ataviada de blanco se arrodilló junto al altar y musitó una plegaria. Asheida caminaba encorvada bajo el peso de la responsabilidad y la pena. En la catedral resonaron los ecos de su llanto. “Perdónalos” –fue la única palabra que surgió de una garganta rota por un dolor indescriptible.


Antes de gritar la orden de partida miró al cielo despejado, quizás por última vez y buscó una señal del cielo, algo que le indicase la existencia de algo más, alguien que le pidiese parar su marcha… Nada. La tropa del Duque se internó en el Bosque al galope, entre ruidos metálicos, maldiciones y gritos de batalla. Buscaban enemigos que enfrentar, leyendas que abatir, historias que inspirar. Cincuenta hombres y caballos partieron de Bidem con el odio impregnado en sus retinas, con las armas a punto. Eran un grupo compacto y orgulloso, un puñal lanzado al Bosque con furia y decisión.

Muchos no tardaron en caer. Antes de saber qué les estaba atacando ya había muchos de ellos agonizando junto a los cadáveres destripados de sus monturas. Pocos pudieron ver qué criaturas les atacaban. Parecía que la propia noche lo hacía. El Duque lanzaba órdenes inconexas a diestro y siniestro mientras enviaba mandobles a la misma oscuridad. De pronto se escuchó un rugido ensordecedor, dolorido. El noble sonrió de gozo. Había herido a una de las criaturas. Eran de carne y hueso, no meras leyendas. Eran de piel, de carne y de sangre, se podían herir, ¡se podían matar!

Sus hombres se repusieron del desconcierto inicial y comenzaron a masacrar a sus enemigos. Eran guerreros curtidos, entrenados en mil contiendas. No había criatura capaz de oponérseles. Muchos caían, pero también cercenaban miembros, segaban vidas y provocaban gemidos y bramidos de dolor en sus enemigos.

El alba estaba más y más cerca. La Noche cedía…

Las criaturas se alejaban de ellos. Sabían que con la llegada del alba tendrían todas las de perder. La Gente gobernaba durante la noche, los humanos durante el día.

Pero el Duque no estaba dispuesto a dejarles marchar. Estaba ansioso de sangre. De guerra. Llevaría una victoria a Sarberk. Quizá después de su gloriosa hazaña el rey decidiese al fin arrasar el Bosque y masacrar a sus habitantes. Dejaría de atender las arrogantes demandas del Cónclave. La Frontera dejaría de temer a la floresta que había más allá de sus murallas…

El sol apareció sobre las copas de los árboles. Al mirar a su alrededor el Duque no vio a ninguno de sus hombres, tampoco vio enemigo alguno. Estaba solo, estaba solo en el Bosque, era de día. Había perdido a sus hombres, pero él lo había conseguido, había derrotado a la Gente durante la noche. Sería aclamado en Sarberk como un héroe, se cantarían canciones sobre su valor y su osadía. Después de esa primera victoria era solo cuestión de tiempo que el rey cediese de una maldita vez y declarase la guerra a las criaturas del diablo…

Un ruido le sacó de sus reflexiones. Algo se ocultaba tras unos arbustos. Con la espada preparada, el Duque se acercó en silencio y se asomó. Allí, acobardados y muy juntos, se escondían tres bestezuelas muy pequeñas, cubiertas de pelo, como si fuesen animales. Las tres temblaban de puro pavor, tenían miedo, ¡le temían! El Duque dibujó una sonrisa siniestra. Sería él quien le declarase la guerra al Bosque, no necesitaba a ese idiota de Oerges, él se bastaba para declarar una guerra. Iba a dejar un claro mensaje a la Gente. Un mensaje imposible de obviar.

Uno de los pequeños intentó recular. El Duque comprobó con una mueca de asco que parecía un niño con pelaje de lobo. Un engendro. No parecía para nada un ser aterrador. Parecía llorar, gemir, temerle… Sonrió. Sonrió al ver cómo intentaba alejarse mientras los otros dos lobeznos permanecían abrazados bajo el árbol, temblando.

El Duque afianzó la empuñadura de su espada. No había nadie a su alrededor, ni amigo ni enemigo. Con una mueca de satisfacción, atravesó los corazones de las dos criaturas que se abrazaban y se dirigió a la que lloraba y procuraba escapar.

No tenía escapatoria…

Se acercó despacio, disfrutando del momento… mientras observaba a la extraña criatura que reculaba ante él. Si no fuese un engendro –pensó- podría decirse que es un niño pequeño. Un pequeño lobo que camina sobre dos piernas… tenía que ser a la fuera una bestia del Infierno. La Gente. No eran más que monstruos despiadados.

El pequeño notó la piedra en la espalda. La frontera entre la vida y la muerte estaba en el metal esgrimido por el humano. Dejó de llorar y de gemir, aunque fue incapaz de lograr que sus piernas no temblaran. Saltó en un último intento de escapar, pero el Duque fue más rápido y atravesó su estómago con la espada.

Antes de morir, el pequeño lobo rugió y se acercó a un sorprendido Duque, provocando que el metal se incrustara más profundamente en su pequeño cuerpecito. El noble quiso apartarse del cachorro, pero este fue más rápido. El cachorro solo tuvo que hacer un simple gesto de sus zarpas para seccionarle la yugular al humano.

El Bosque quedó repleto de muertos. Del Duque y su séquito nunca más se supo.

En Dureilad la sacerdotisa seguía llorando…



27 de febrero de 2012

Origen...

Estaba ultimando los detalles del rotor de uno de los engranajes del satélite cuando estornudó con violencia. Uno, dos, tres... cuatro estruendosos estornudos en los que su pañuelo de papel quedó empapado, asqueroso y, por supuesto, inservible. Tenía un gripazo como para estar en cama, pero tenía prisa, tenía que terminar de ensamblar su panel en una hora como máximo. Si hubiese sido en otros tiempos, podría estar en la cama, acompañado por sus mocos y su gripazo, pero tras la última reforma laboral... en fin, que no había Dios que se cogiese una baja por enfermedad... 

Al final, con los enrojecidos y la piel ardiendo entre perlas de sudores fríos que provocaban un musical castañeteo de dientes terminó su pieza, la ensambló y dejó todo cerrado y preparado para el lanzamiento de la mañana. Pensó en irse a casa a dormir las dos horas que le quedaban de madrugada, pero al final decidió tirarse en el sillón mugriento del almacén, que le regaló un par de dolores de espalda y miembros varios que se adhirieron a su malestar general y roncó durante dos horas, hasta que Phill le despertó de un empujón poco amistoso. 

Se limpió la baba, se restregó los ojos y buscó su pañuelo. No lo encontró. Encogiéndose de hombros fue al baño a sonarse mientras se escuchaba la cuenta atrás. Salía del aseo cuando se escuchó la explosión. Dos tornillos mal puestos y un error de cálculos. Dos millones de Euros a la mierda… a él le despidieron, por supuesto. Lo que nadie supo jamás es que su parte estaba perfectamente ensamblada. Era tan perfecta que sobrevivió a la explosión y deambuló por el espacio durante siglos, hasta que la atrapó la gravedad de un planeta y cayó estruendosamente a su suelo terroso. Un pañuelo lleno de microbios quedó abandonado en el suelo… eras después, aún hay quien se pregunta cuál fue el origen de la vida en su planeta… 


24 de febrero de 2012

Vaya Día...


Procurando olvidar la pesadilla de aquella madrugada infernal, en la que me había visto a mí mismo en calzoncillos corriendo atropelladamente delante de un puñado incontable de señoras que me amenazaban con agujas de punto y labores de calceta, me levanté, desayuné, lavé, bajé a la calle, cogí el coche, renegué a causa del tráfico, del frío, de la suciedad, de la crisis y de cuanto me pareció y, como siempre, llegué más de diez minutos tarde al curro.

Mi jefe, como siempre, me esperaba con cara de pocos amigos y se señalaba el reloj con esa sonrisilla malévola que acostumbraba poner cuando estaba cabreado, algo cada vez más normal. No vendíamos una mierda, la gente venía a contarnos sus penas, a llorar por y despotricar contra los bancos… enseñábamos pisos y teníamos que discutir con los dueños para poder lograr un mísero alquiler… al mirar a María, la hija de mi jefe (que estaba buenísima y me tenía loco, pero a la que no me atrevía a acercarme por miedo a engrosar la lista de la empresa más grande de mi país y a sus curvas imposibles, con las que soñaba cada atardecer de regreso al cuchitril que me atrevía a llamar hogar) recordé la pesadilla, no sé si a causa de la mirada que me lanzó o la sonrisa traviesa que dibujó en su cara. No sabía por qué, pero su mirada verde era ese día más apreciativa e  intensa de lo habitual.

Mi jefe volvió a renegar a mi espalda, urgiéndome a correr a mi primera cita, un piso enorme por el que nadie se había interesado hasta el momento y que una señora quería ver con muchas prisas. Al llegar conocí a Doña Marisa, fundadora de T.J.E., una asociación cultural sin ánimo de lucro que había logrado una subvención para comprar una sede social. Subí con la buena mujer (que no me quitaba ojo de encima y parecía relamerse…) y accedí casi sin pensar cuando me preguntó si sus compañeras podían subir a ver el inmueble. Mientras el resto de la asociación subía las escaleras, le pregunté a Doña Marisa qué significaban las siglas T.J.E. Ella me miró con una sonrisa ladina y murmuró: “Tejedoras Españolas”. De pronto, mientras el piso se llenaba de señoras de avanzada edad, me di cuenta de que estaba en calzoncillos…

22 de febrero de 2012

Criaturas del Bosque (2)

Decidió caminar entre la floresta, siempre con el camino a la vista. Conocía terribles historias sobre viajeros descuidados que se habían alejado del sendero… incluso durante el día era peligroso deambular por el Bosque. Reafirmó el metal entre sus dedos y comenzó a caminar lo más rápido que el sigilo le permitía hacerlo. Y entonces la escuchó, la sonrisa cristalina de una mujer. Antes de verla fue capaz de apreciar la sensualidad de su voz. Una voz interior le gritó que se marchase de allí, que se olvidase de su honor, de su coraje y de su belicosidad habitual y fuese de nuevo un simple muchacho asustadizo, que corriese con todas sus fuerzas, sin prestar atención a los arañazos o los moratones que los golpes y las ramas provocarían en su piel, que se alejase todo lo posible… pero no lo hizo.

Olvidando toda precaución, atraído por la limpia y atrayente llamada de aquella risa, el guerrero se alejó del camino y se adentró en la arboleda. A los pocos pasos la oscuridad era casi impenetrable, total, apenas veía más allá de la longitud de su brazo, pero el poder de aquella risa cantarina era demasiado fuerte como para obviarlo.

Por el rabillo del ojo percibió un movimiento a su derecha y se giró veloz a pesar del abotargamiento de sus sentidos, como el guerrero experimentado que era, no sería la primera vez que se enfrentaba a un peligro algo mareado por el alcohol, había perdido la cuenta de las batallas en las que se había emborrachado hasta el extremo antes de lanzarse a una muerte segura. Seguía siendo tan veloz como cuando era joven. Por eso volvió a verla. Inmóvil, muy seria y más negra que la propia noche. Su piel era tan clara que relucía en la oscuridad, sus ojos eran dos pozos insondables en los que llameaba un poder inescrutable. Allí estaba de nuevo la niña, mirándole fijamente con esos ojos irreales. Era una criatura extraña esa pequeña. Quiso decirle algo, pero la niña se limitó a mirarle con tristeza antes de desaparecer sin dejar rastro.

Se juró que aquella sería su última borrachera. La risa volvió a captar toda su atención. Ni siquiera vio que la maleza se cerraba a su paso, ocultando para siempre el camino de regreso al sendero que comunicaba Dureilad con Sarberk.

Y entonces, al atravesar el tronco especialmente arrugado y retorcido de un árbol vetusto como la misma historia del mundo, la vio. Bañándose en el estanque. Vio a la mujer más hermosa que la Creación había tenido a bien regalar a su vista. El soldado se quedó sin aliento y cuando la muchacha se giró y exclamó un gritito de sorpresa y terror, dejó caer el metal de su espada, que apenas hizo ruido en la caída, amortiguada por la hierba y por la oscuridad.

Ante él se exhibía, completamente desnuda y perfecta, una mujer alta y de formas bien contorneadas, como si el Creador se hubiese esmerado a conciencia en su realización. Una cabellera de bucles oscuros y alargados era su único atavío bajo el amparo de la oscuridad de la noche. No sabía cómo era posible que la viese tan bien en la negrura, pero distinguía perfectamente cada una de sus formas, cada palmo de piel desnuda. Descubrió un tatuaje sugerente que recorría el vientre y el pecho de la mujer hasta perderse en su brazo derecho y ramificar en su cuello. Fue capaz incluso de apreciar la belleza de sus pupilas claras. El deseo prendió rápidamente en él.

Repuesta de la sorpresa, la mujer volvió a sonreír y con gestos le pidió al guerrero que se acercase a ella.

El guerrero olvidó toda prudencia. Toda su atención, todo su ser, estaban prendados de la piel desnuda de la mujer y de su cálida invitación que prometía una velada intensa e inesperada. No tardó en estar desnudo junto a ella en el estanque. Más borracho que nunca.

Los dedos suaves de la desconocida se pasearon por los músculos y las cicatrices del guerrero. Él no podía dejar de contemplarla. Se abrazaron… el beso fue la sensación más intensa que el mercenario había experimentado en toda su existencia, creía que iba a estallar de deseo.

Y al abrir los ojos se descubrió bajo la superficie del estanque. Ella estaba a su lado, pero su belleza había sido reemplazada por un cuerpo escamoso y arrugado. Quiso gritar, huir, volver a la superficie, a la noche… pero su existencia se tornó sangre y colmillos y dolor y terror y muerte…

El carmín de la sangre del guerrero se unió a la de las decenas de víctimas de la ondina.

20 de febrero de 2012

Criaturas del Bosque (1)

No era un tipo demasiado prudente, pero de todas las imprudencias que había cometido a lo largo de su vida, esta era la peor. A medida que se le iba pasando la borrachera y sentía la garganta más y más seca, se percataba de la idiotez que estaba cometiendo. Tenía sed, mucha sed y entregaría gustosamente sus armas a cambio de encontrarse en una taberna mugrienta ante una buena jarra de cerveza. La nube que había gobernado en su cabeza comenzaba a disiparse y con ella su arrogancia, estaba asustado. Nunca en toda su vida lo había estado más.

Algo le hizo recordar la piel tersa de Thiara, la fulana del antro en el que se había dejado hasta su última moneda, el calor de su cuerpo, su sonrisa abierta y sugerente, la rotundez de sus formas… pero ni siquiera la lujuria conseguía ahuyentar el terror que crecía en su interior. Estaba en el Bosque, ¡Maldita sea! ¡En el Bosque! El miedo hizo que aferrase la empuñadura de la espada con más fuerza, como si el mero hecho de sentir el frío metal entre los dedos fuese a insuflarle de algo de calor y valor para afrontar el tiempo que restaba hasta la llegada del alba… se descubrió temblando de puro terror y se odió por ello, por temblar como un niño bajo el sobrecogedor abrazo de la arboleda.

No era ningún cobarde. Llevaba años dedicándose a la guerra, bajo las órdenes del mejor postor y en ninguna de las escaramuzas y batallas en las que había participado se había mostrado como tal, más bien todo lo contrario, era un guerrero audaz y decidido, había salvado la vida en muchas ocasiones gracias a su arrojo y decisión, a la sangre fría con la que afrontaba cada lucha, a sus músculos y destreza con las armas. Era un guerrero formidable y sin embargo temblaba como una damisela al amparo de la noche.

Algo crujió a su espalda y el guerrero se giró sobresaltado, incapaz de reprimir un gemido angustiado, estuvo cerca de perder el asidero de su espada. Escudriñó la oscuridad en busca de la criatura que había provocado aquel crujido, pero no fue capaz de ver nada y eso fue lo peor, el miedo a lo desconocido es un terror que crece exponencialmente en nuestro interior y nos hace sufrir hasta límites inciertos e indefinidos. Decidió moverse, de nada serviría quedarse allí parado como un estúpido, tenía que moverse… y entonces lo vio claro, supo cómo podría sobrevivir a la noche en el Bosque… llegando a Dureilad, la Catedral Blanca. Aquel era terreno neutral, si lograba alcanzarlo estaría a salvo. Sí, quizás ganaría la apuesta después de todo, quizás aquella noche de borrachera había servido para algo más que ponerse en peligro y pasar un miedo de mil demonios.

Además –se dijo- ya llevaba deambulando por entre los árboles un tiempo más que suficiente y aún no se había topado con criatura alguna, quizá el Bosque solo fuese un gran refugio de leyendas y cuentos de viejas… eso no explicaban los alaridos nocturnos ni las desapariciones, cierto, pero podrían existir muchas explicaciones además de las criaturas monstruosas que jamás se dejaban ver. Se decidió. Si corría rápido estaría en Dureilad en muy poco tiempo, alcanzaría la Catedral ames de la llegada del alba y ganaría la apuesta, ¡sería rico!

Comenzó a correr y le pareció ver por el rabillo del ojo a una niña vestida de negro con la cara llena de pecas, una niña de unos siete u ocho años… se detuvo y miró al lugar en el que creía haber visto a la pequeña pero no logró ver a la pequeña… quizá hubiese sido una alucinación. Además ¿qué pintaba una niña tan pequeña sola y en el Bosque? Probablemente su imaginación desbordada por el miedo le había jugado una mala pasada...

19 de febrero de 2012

El Caballero Ancante - Capítulo 6. Un castillo sitiado

Tras rememorar el relato de Sir Johann, mientras avanzaba lentamente por el vado montañoso, en silencio, detrás del joven caballero, el antiguo adalid de Tedium sintió que aquel joven muchacho rubio que vivía protegido por los robustos muros del Castillo Gris había desaparecido para siempre, la terrible descripción de la guerra y la muerte realizada por su guía habían penetrado poderosamente en su corazón, enroscándose fuerte en el interior de su alma, del mismo modo que la madreselva salvaje atrapa un tronco y no ceja en su empeño hasta dominarlo por completo.

El caballero asustadizo que había soñado con pasar el resto de sus días realizando apacibles guardias inservibles en el salón del trono de su antiguo hogar, había desaparecido por el camino hasta aquel inhóspito paraje sobre el río Raudo, cuyo cauce venía acompañando sus pasos desde Tedium, siempre a su derecha.

No sabía qué era lo que él podía hacer en una situación tan desesperada como en la que los dos se hallaban, con un ejército rodeando el núcleo amurallado del reino de Oblectatium, repleto de las mujeres y los niños del lugar y otro aun más poderoso y sanguinario reteniendo al mismísimo rey en otro continente, en la ciudad de Nudicus, junto con todos aquellos que habían jurado servir y defender al reino que habían abandonado a su suerte.

Por primera vez, Sir Wilfredo se preguntó el por qué, si todos los hombres de Oblectatium se habían lanzado a la guerra, el propio Sir Johann había permanecido en la ciudad amurallada. Quizás por ser demasiado joven para acudir a la batalla –razonó en silencio. También, por primera vez cayó en la cuenta de la juventud de su compañero de viaje, Johann tenía al menos dos años menos que él y sin embargo parecía todo un experto en el arte de la caballería y las armas.

Sir Wilfredo habría continuado divagando de no ser por la súbita parada del caballo de Sir Johann, el caballero de morado se acercó a su homólogo y señaló hacia un lugar situado por encima de sus cabezas.

-¿Ves algo? –Interrogó el muchacho concisamente, con lo que nuestro héroe enfocó la mirada todo lo que pudo en la dirección señalada por el chico.

-No –fue su respuesta- solo hay otra montaña agujereada –expresó, haciendo visera con las manos sobre sus ojos para no ser molestado por el implacable fulgor del sol.

-¿Ningún brillo?, ¿ningún color extraño?, ¿nada? –Se interesó Sir Johann, que parecía muy contento por algo que el caballero de Tedium no era capaz de discernir.

-No, nada.

-¡Bien! Eso es muy bueno –exclamó el joven, que parecía haber confirmado algo que él mismo sospechara momentos antes. La sonrisa que se formó en su rostro trajo algo de esperanza al corazón de Wilfredo, sintió rejuvenecer su alma al contemplar aquel amago de alegría en el  gesto de su amigo.

-¿Qué es lo que sucede? –Demandó, intrigado al ver tan contento a su colega. Sir Johann, por toda respuesta desmontó de un ágil salto de su corcel negro.

-Son los vigías –respondió alegremente Johann al cabo de unos segundos- No están.

-¿No están?, ¿los vigías?, ¿qué vigías? –Se interesó sobremanera el caballero de Tedium, al comprobar que no tenía ni idea de la causa de la satisfacción del caballero de Oblectatium. Aun así no pudo menos que sentirse aliviado por ese pequeño suspiro dado a su desasosiego.

-Lo siento –se disculpó Johann- claro, tú no sabes dónde se encuentran las cuevas en las que nuestros vigías se esconden habitualmente para guardar este camino. Cuando el rey está en el castillo, no hay manera de llegar hasta él sin que el monarca se entere, es imposible alcanzar Oblectatium sin ser visto.

Wilfredo seguía sin entender nada. Y se alarmó al ver que Johann empezaba a toquetear frenéticamente la pared rocosa junto a la que habían detenido su camino. Por un instante pensó que su colega acababa de perder la cordura, aunque al poco se percató de que estaba buscando algo en la pared y se animó a reanudar la conversación.

-¿Y eso por qué? –Preguntó un poco dubitativo aún. No podía creer totalmente eso de que nadie pudiese llegar a la fortaleza sin ser visto desde allí, si ni siquiera se veían aún las murallas de Oblectatium.

-Debido a nuestro sistema de vigilancia –fue la escueta respuesta de Johann-. Todas estas montañas están horadadas por dentro desde hace siglos. Su interior es un laberinto de galerías que en su momento sirvieron a los enanos como minas de oro y plata. Cuando dejaron de ser útiles para ellos, los enanos las abandonaron y se marcharon hacia el sur, a Reginsulae creo. Hace cincuenta años, el padre de Lord Eduard, nuestro monarca, las encontró y acondicionó para nuestro uso. Desde entonces, el reino de Oblectatium las ha utilizado como una forma de vigilar sus caminos. Muchas de las galerías excavadas acaban en una cornisa sobre el vado, otras simplemente en pequeños agujeros destinados a la ventilación que nos sirven de ventanas. En fin, toda una red de espionaje y vigilancia en el único paso por tierra que lleva a nuestra fortaleza.

-Pero ahora están vacías –aclaró Sir Wilfredo que no acertaba a comprender todavía la causa de la alegría del moreno caballero.

-¡Claro que están vacías! –Gritó entusiasmado Johann- ¿Sabes lo que eso significa?

-No –repitió el dubitativo caballero, seguía sin comprender la repentina alegría del chico.

-Significa esperanza –terció el caballero de morado- para los que aún están en el castillo y para nosotros mismos. Quiere decir que nuestros enemigos aún no se han aventurado más allá de los dominios del Castillo de Colores, que todavía es un ejército demasiado pequeño e incompleto el que permanece alrededor de la fortaleza.

Mientras departía, el joven no había parado de buscar algo en la pared, aparentemente vacía, que pareció encontrar en ese mismo instante. Con un “clack”, la pared pareció abrirse ligeramente, dejando ver una delgada línea de luz que la atravesaba casi por completo.

Los dos amigos y sus tres monturas penetraron en una estancia bastante amplia, iluminada por una extraordinaria luz solar reflejada en más de cien espejos distribuidos galería por galería. La caverna estaba repleta de estalactitas y estalagmitas desperdigadas por doquier, rodeadas por un liquen luminoso que unía su luminiscencia a la de la reflejada en los centenares de espejos situados en el sin fin de pasillos que parecían nacer en aquella gruta en el interior de la montaña, la luz que desprendía el conjunto era esplendorosa.

Cuando los cinco hubieron atravesado por completo el umbral abierto a su paso por el mecanismo activado por Sir Johann, la invisible puerta se cerró tras ellos con un seco retumbo semejante al provocado por una losa de piedra golpeando contra el suelo.

El borriquillo rebulló inquieto y Sir Johann se acercó hasta donde rebuznaba asustado y le dio unas afectuosas palmaditas en el flanco mientras le rascaba por detrás de sus alargadas orejas y le susurraba palabras cariñosas y agradables, del mismo modo que solía hacer con Viento. El asno se calmó pronto con lo que sus roznidos lastimeros dejaron de resonar en la cueva y de provocar fuertes ecos que podrían haber delatado su presencia al enemigo.

Viento y Flecha Negra, los corceles de los dos caballeros también tuvieron que ser tranquilizados, aunque no tanto como el pobre burrito y cuando ambos caballos se hubieron calmado, Sir Johann condujo al grupo por un corredor que llegaba hasta un pequeño establo. Allí acomodaron a las tres monturas. Después condujo a Sir Wilfredo a otras dependencias situadas por encima de sus cabezas.


Los dos caballeros se asomaron por una diminuta abertura situada en lo más alto de la montaña. 

Johann afirmaba que desde allí podía divisarse el Castillo de Colores y sus pequeñas aldeas adyacentes, los dos muchachos contemplaron la ladera que bajaba suavemente hasta los pueblos colindantes al castillo erigido en el centro de un hermoso y fértil valle. La visión desplegada ante sus ojos les dejó petrificados de puro espanto: los cuatro núcleos de edificios que circundaban la fortaleza estaban arrasados completamente, derruidos por una violenta invasión que había culminado con el incendio de las viviendas. Algunas de las casitas desprendían aún un abrumador humo negro. Sir Johann no pudo reprimir unas apasionadas lágrimas, cuando huyó en busca de ayuda, aquellas aldeas aún se mantenían en pie e intactas, vacías a causa de la aterrada huida de sus habitantes al interior de las murallas, mas incólumes, aguardando el regreso de sus propietarios. El impresionado héroe de Tedium tampoco fue capaz de contener el llanto.

Para cuando se recuperaron del estupor de ver aquella destrucción, aquellas pequeñas casitas y fraguas convertidas en cascotes y cenizas, los dos caballeros, ataviados con sus armaduras de batalla, comenzaron a evaluar las numerosas tropas enemigas.

En un principio contabilizaron su número aproximado, que debía ser de al menos unos trescientos miembros, divididos en tres facciones muy bien definidas que incluso parecían acampar por separado. Tanto Sir Johann como Sir Wilfredo se percataron de esa distinción en aquel ejército monstruoso, a pesar de ser aliados frente a los humanos y de tener guardias y deberes conjuntos, los miembros de los tres ejércitos procuraban mezclarse lo menos posible y solo se reunían para entablar conversación de tanto en tanto, obligados por alguna orden precisa o cualquier asunto que requiriera un previo acuerdo entre los tres grupos, por lo demás procuraban no mezclarse para nada.

Aunque Sir Wilfredo no conocía apenas nada del mundo exterior, no tuvo ningún problema para distinguir a las razas a las que pertenecían aquellos seres de pesadilla: por un lado se encontraban los gigantescos y peludos trolls, armados con gruesos garrotes de madera y con bastones de acero formados con el de las espadas de aquellos incautos que habían osado enfrentarse a ellos, su aspecto era temible y podían llegar a medir más de dos metros y medio; por el otro los orcos, semejantes en tamaño a los humanos pero con cuerpos y rostros deformados por la propia maldad de la raza, dentro de los orcos los había de razas más corpulentas que otras e incluso repletas de pelaje al igual que los trolls, sin embargo la que aquí se encontraba se parecía más a la del sur de Regnivum, totalmente calvos, con la piel oscura y dientes torcidos, armados con todo tipo de armas y ataviados con ropas hechas jirones y retales de armaduras robadas; por último estaban los trasgos, más pequeños que los orcos, eran los antagonistas de los enanos, delgados y escurridizos, de piel verdosa y azulada, en ocasiones con pequeños cuernos de chivo sobresaliendo de sus cabezas de pelo corto y poco aseado, vestidos con cueros curtidos y armados por lo general con dagas oxidadas y puntas de todo tipo, con la malicia pintada continuamente en los pequeños ojillos dorados que poseían.

Mientras continuaban calibrando las fuerzas de sus oponentes, los dos compañeros de armas hicieron un descubrimiento que heló la sangre de sus venas: se trataba de tres figuras corpulentas que salieron de la única tienda que poseía el campamento, el alojamiento de los generales, seres que ambos jóvenes creían que solo existían en las aterradoras narraciones de los juglares más siniestros, los generales de aquel maligno ejército eran gárgolas.

El joven caballero de Oblectatium había oído hablar de  aquellas tres gárgolas que comandaban a sus enemigos, había sido de labios de los mensajeros enviados por el rey Eduard para advertirles sobre el ataque al Castillo de Colores por dichas tropas, pero Sir Johann no había imaginado que aquellos seres viniesen también a sitiar la fortaleza dejando en Nudicus a su peor enemigo, aquello era muy extraño.

Las tres monstruosas criaturas aladas parecían discutir acaloradamente entre ellas, aunque si alguno de los dos caballeros hubiera sabido algo sobre el verdadero carácter de dichos seres, habrían sabido que esa era la forma habitual de comunicarse de las gárgolas, tranquilas en apariencia cuando se hallaban inmóviles en sus guaridas o en las almenas de algunos tenebrosos castillos de los oscuros lugares del Reino sin Nombre, eran en realidad muy irascibles y violentas, se comunicaban entre sí  con un extraño dialecto de alaridos y gruñidos y no dudaban en empujar a sus contertulios si creían que estos no les prestaban la suficiente atención. Lo cual era un problema y había ocasionado numerosas bajas inesperadas en el ejército que comandaban por la vehemencia con la que los tres generales impartían las órdenes a sus subordinados, por lo que ahora los miembros de los tres ejércitos procuraban no acercarse demasiado a la hora de recibir las instrucciones de sus superiores.

Sir Wilfredo entornó los ojos alrededor de la silueta de la gárgola que tenía más cerca, de espaldas a él y notó que se estremecía al contemplar las robustas alas coriáceas que sobresalían de una musculosa espalda un tanto combada hacia delante, con una incipiente chepa que brillaba espeluznantemente con la incisión del sol. A pesar de lo encorvado de la figura, aquel monstruo debía de medir cerca de los dos metros, aumentados aproximadamente unos treinta centímetros por dos cuernos curvos que coronaban su horrenda cabeza calva; la cola, rematada en una afilada punta de lanza, se bamboleaba tras él de manera airada, las fuertes piernas arqueadas estaban en tensión y marcaban cada fibra de los músculos de las que estaban compuestas. Sir Wilfredo desvió la mirada y contempló con un gesto de horror el feo rostro de una de las criaturas situada de perfil: un prominente hocico repleto de colmillos se abría y cerraba furiosamente, dejando entrever una lengua verdosa llena de abundante saliva. Sin embargo, lo que más sorprendió al inexperto caballero de Tedium de las tres gárgolas, ataviadas apenas con un taparrabos, fue la chispa de maligna inteligencia que descubrió en los ojos de la tercera de las criaturas.

Su cuerpo era gris, de un tono acerado que semejaba al granito, el joven caballero se lo imaginó en cuclillas, aferrado a una de las cornisas más altas de un castillo derruido y pensó que sería incapaz de discernir si se trataba de una escultura tallada en la roca o un ser vivo, era mucho más alta que sus otros dos congéneres y sonreía burlonamente mientras miraba de soslayo a las almenas vacías del Castillo de Colores, descubriendo de ese modo su sonrisa retorcida de colmillos anaranjados. A diferencia de sus dos compañeras, poseía algunos mechones de pelo negro que caían sucios y grasientos por detrás de su cabeza, también difería de sus colegas en el porte de su figura, sin un ápice de curvatura en la espalda, la criatura se mantenía en posición de firmes continuamente, sacando más de medio metro de altura a los otros dos generales. Así mismo, la cabeza de la gárgola grisácea poseía cuatro cuernos en vez de dos. Sir Wilfredo tembló de manera convulsiva sin poder evitarlo, aquel ser parecía la mismísima encarnación del mal.

Lentamente abandonó su posición junto a la abertura de la montaña que permitía la entrada de luz en la estancia a la que Sir Johann lo había conducido. Estaba temblando. Los dos caballeros se encontraban cabizbajos, con la moral por los suelos, sabían que era improbable, por no decir imposible, entrar en el Castillo de Colores sin ser vistos. Atravesar los tres ejércitos que lo rodeaban era un suicidio y encima de eso, estaban las tres gárgolas...

-Ese de ahí debe de ser Lord Griskan –comentó con un hilo de voz el joven Sir Johann, apesadumbrado. Su tono era el más bajo que el caballero de Tedium recordaba haberle escuchado hasta la fecha- el general del ejército que sitió Nudicus.

Johann había adivinado el foco de los pensamientos de Wilfredo. Este temblaba de miedo, procuraba apartar de sí el temor que le inspiraba la criatura alada, pero era un imposible. El Caballero Andante Oficial del Reino de Tedium alzó la cabeza desapasionadamente, como si no quisiera mirar a su amigo, esperando de ese modo que sus noticias no fueran reales, tan impresionado que parecía un recién despertado tras varios días de un sueño desapacible.

Sir Johann no sabía qué hacer ni qué decir pues él mismo estaba siendo subyugado por el más doloroso de los terrores, había escuchado a los mensajeros venidos de Regnivum hablar del terrible comandante de los ejércitos aliados frente a los humanos, Lord Griskan, una terrible gárgola que asesinaba a los caballeros como si fuesen poco más que moscas molestas. La crueldad de sus actos era censurada con desprecio incluso entre sus propias tropas, donde se decía que el mismísimo Infierno no acogería de buen grado a un ser tan macabro y despiadado. De todos los enemigos que podría haber imaginado esperando a la puerta de su hogar, aquel era el último en el que habría pensado. ¿Significaba eso que Nudicus había caído? ¡No! No podía ser eso. Las tropas de Sir Eduard y Sir Ricard todavía aguantaban el asedio, se dijo sin estar plenamente convencido.

Pasados unos minutos, en los que ambos guerreros permanecieron en silencio, los sentidos de Sir Johann se despejaron en su temblorosa mente y el joven caballero comenzó a idear el modo de penetrar en el castillo, atravesando sin ser vistos el grueso de las líneas enemigas, por la luz que se adentraba por el agujero desde el que habían contemplado a los sitiadores, supo que estaba atardeciendo y el muchacho sabía que la noche sería el mejor momento para intentar alcanzar la amurallada fortaleza. Tenía que idear un plan rápidamente y lo más difícil, conseguir que Wilfredo aceptase llevarlo a cabo.

Como siempre hacía de niño, cuando buscaba la mejor manera de fastidiar a Sedar, su tutor desde la cuna, ideando macabros planes que casi siempre terminaban con el maestro empapado de los pies a la cabeza o con su túnica habitualmente pulcra y aseada, totalmente chamuscada, Sir Johann comenzó a pasearse de uno al otro lado de la estancia rocosa, hablando en voz alta sobre las ideas que se le venían a la cabeza e incluso debatiendo consigo mismo cuando la ocasión lo requería. Estuvo así más de media hora mientras que Sir Wilfredo contemplaba en silencio el sol que desaparecía completamente tras el horizonte, sin prestar atención a su compañero de viaje.

-¡Ya lo tengo! –Gritó de pronto Sir Johann, sobresaltando a Sir Wilfredo y sacándolo de golpe de su estupor- Ya sé cómo vamos a llegar hasta el Castillo de Colores.

-¿Ah, sí? –Preguntó desafiante el antiguo habitante de Tedium que sufría escalofríos cada vez que recordaba la imponente figura de Lord Griskan. Johann narró su plan y Wilfredo le miró con los ojos desorbitados por el miedo, como si estuviera contemplando a un criminal cometiendo su delito más cruento.

-¿Y bien? –Demandó el joven caballero con evidente entusiasmo.

-¿Acaso estás completamente loco? –Explotó Wilfredo, al que el miedo tenía fuera de sí y al que la cara se le había hinchado por la exaltación, jamás había estado tan estupefacto por algo- ¿Pretendes qué atravesemos el campamento de esos... monstruos? ¿Así, sin más?

-Sí –contestó llanamente el joven, con la decisión en la cara, sin pestañear- eso es precisamente lo que tengo planeado que hagamos.

-Pues ya puedes ir saliendo tú solito de esta maravillosa gruta –gritó Wilfredo presa del pánico- ni que fuéramos elfos para volvernos invisibles ante las miradas indiscretas –protestó airado el caballero. El joven de Oblectatium se quedó parado un instante, mirando al caballero de Tedium de manera alarmante, con los ojos brillando de emoción. ¿Cómo no lo había recordado antes? ¡Eso era! Se harían invisibles, tal y como sugería Sir Wilfredo, del mismo modo con el que lo conseguían los elfos de Rextellaea.

De ese modo llegarían al interior de la rodeada fortaleza.

-¡Wilfredo eres un genio! –Exclamó con los ojos grises iluminados por la agitación, dejando al antiguo caballero de Tedium mudo de asombro y sin ningún tipo de argumento que poder esgrimir ante aquella inverosímil afirmación, sentado, aguardando con un temor insoportable aquello que el imprudente Sir Johann tuviese en su alocada mente.    
   

Allí, tras las sensaciones aliviadas de un primer instante y el terror provocado por la certeza de la enormidad del ejército de sus enemigos, los dos jóvenes caballeros comenzaron a idear un plan de ataque, tan descabellado, que podía tener éxito.


17 de febrero de 2012

La pequeña perdida


La ruidosa apacibilidad de la taberna se quebró en el mismo instante en el que el extranjero irrumpió violentamente en la rutina habitual. Todas las miradas se posaron durante más segundos de lo acostumbrado en el recién llegado, indagando en silencio el por qué de su agitada entrada. Algunos de los parroquianos se percataron del nerviosismo destilado por los movimientos y el rostro convulso del hombretón, otros dudaron si dar una lección de modales al extraño o continuar con aquello que estuviesen haciendo, hubo dos o tres que evaluaron sus ropas, estudiando si merecería la pena o no el asaltarle en la oscuridad de la noche. Nada fuera de lo común. Lo verdaderamente extraño fue que el extranjero, que según se decía venía del lejano oriente para entablar relaciones comerciales con los mercaderes de Sarberk, pidiese la atención de todos los presentes.

Jack, el tabernero, era un hombre voluminoso y dócil que no solía encararse jamás con sus clientes, ni siquiera cuando estos se dedicaban halagos más que sospechosos o iniciaban una pelea por cualquier tontería que bien podía acabar en una fuerte reyerta, sin embargo, aquellos que le habían visto moverse y espantar a la carroña o los que conocían sus andanzas y correrías de juventud, le temían y respetaban. Por eso, cuando el emisario oriental gritó para atraer la atención de los habitantes de la taberna, todos los rostros se giraron hacia Jack, que se lavaba las manos con parsimonia, sin dejar de mirar fijamente al extranjero. Nadie sabía qué pasaba por la mente del tabernero, nadie lo había sabido nunca, pero cuando hablaba hacía ley en su taberna. Corrían dichos y chismes que afirmaban que ni el rey ni el mismísimo obispo de la ciudad fronteriza tendrían valor para enfrentarse al hombretón en el interior de sus posesiones.

El recién llegado no sabía nada sobre la ciudad, sus chismes o sus habitantes, apenas sabía nada de lo que se vivía en la Frontera, solo era un señorito de ciudad que alguien había decidido enviar a Sarberk. No era alguien que pareciese merecer el respeto del pueblo de la frontera, era barrigón y tenía las manos más cuidadas que cualquiera de las mujeres de la ciudad, su porte era altivo y orgulloso, o al menos eso era lo que afirmaban los que habían tratado con él o se lo habían cruzado por la calle y sin embargo… en ese instante parecía alguien fuera de sus cabales. Apenas podía contenerse, estaba completamente despeinado y sus ropas estaban descompuestas y puestas de mala manera, no dejaba de gritar y de lanzar miradas nerviosas a uno u otro lado, buscando a alguien o a algo que nadie era capaz de comprender.

Al final fue el propio Jack quien llegó hasta donde el extranjero se encontraba y le conminó a tranquilizarse, hubo quienes se estremecieron, cuando Jack hablaba de ese modo, sus puños no tardaban en salir a pasear. Sin embargo, esta vez fue diferente, escuchó al comerciante con serenidad, en silencio y asintió en un par de ocasiones. Al final, los absortos espectadores de aquella conversación, notaron cómo los anchos hombros del tabernero se encogían. Aquello, lo que alteraba al extranjero, debía de ser algo terrible. Hubo quienes recordaron que el oriental había llegado a Sarberk en compañía de su hija, una hermosa niña de unos diez años con el cabello rubio y liso que sonreía a todo aquel que se cruzara en su camino. Una niña tan cuidada y tan hermosa que muchos habían llegado a afirmar que parecía una de esas elfas de las que hablaban los cuentos infantiles.

Jack dio dos pasos hacia atrás, como si algo de lo que el comerciante hubiese dicho lo aterrase sobremanera. La taberna contuvo el aliento, nadie hablaba, hubo quien dejó de respirar, el mismo fuego que caldeaba el lugar pareció detener su llama. El tabernero se repuso y posó sus dos manos sobre los hombros del extraño. Dijo algo despacio, con cuidado, como si seleccionase cuidadosamente todo lo que decía.

-¡Noooooooo! No puede ser, ¡alguien tiene que ayudarme!
-Nadie te ayudará extranjero. Esta es la frontera, no hay en todo el mundo hombres más valientes y acostumbrados al peligro que los nuestros, pero no habrá una sola alma que te acompañe. Si decides salir, estarás solo.

El extranjero apartó de un empellón a Jack y este le dejó hacer, cualquier otro habría recibido un par de puñetazos antes de salir a empujones de la taberna. Todo el mundo contemplaba la escena con atención.

-Por el amor de Dios, necesito ayuda. Mi niña… mi niña se ha perdido, no soy capaz de encontrarla. Creo… creo que salió al pasear por el bosque mientras yo negociaba, necesito… necesito que alguien me ayude a encontrarla, no conozco el bosque. Pero hoy hay luna llena, hoy…

Jack se acercó con prudencia, hacía muchos años, tantos que eran pocos quienes lo recordaban, él mismo había perdido a dos de sus hijos en el bosque. Conocía demasiado bien cómo se sentía el extranjero, podía comprender su dolor y sus intenciones, él también había intentado conseguir ayuda para buscar a sus pequeños durante la noche, por fortuna no la había encontrado…

-No habrá quien te ayude. La noche es para la Gente, los humanos no somos bienvenidos en el Bosque cuando las estrellas dominan el firmamento.
-Pero… pero algo tengo que hacer ¿Es que no hay nadie que quiera ayudarme a salvar a una chiquilla? Estará perdida, sola… tengo que ir… pero me perderé, yo… ¡tengo dinero! Mucho dinero. Quien me ayude a encontrarla será recompensado con creces, no tendrá que trabajar nunca más en toda su vida, por larga que sea…
-No lo comprende señor. La noche en el Bosque es una muerte segura, nadie regresa de allí, la Gente…
-¡Vosotros sois los que no lo comprendéis! ¡Es mi hija! ¡Mi pequeña!

El extranjero salió violentamente de la taberna. La mayoría de los presentes habían visto su llanto y su rabia, algunos incluso habían vislumbrado su bolsa de oro. Todos habían comprendido su dolor. Un dolor que nada podría sanar jamás. Muchos habían perdido seres queridos en el Bosque. La noche era infranqueable. La Gente gobernaba la arboleda. Nadie regresaba después de la caída del sol…

Jack salió a los pocos segundos. Vio al extranjero perderse a través de las estrechas callejas del barrio de los comerciantes y supuso que se dirigiría a la Puerta, intentando que alguien le dejase salir. Él lo había intentado hacía muchos años, pero por fortuna no había tenido con qué sobornar a los guardias y nadie le había ayudado, ni familia, ni amigos, ni soldados, ni siquiera la Iglesia lo había hecho… la noche en el Bosque era un problema personal que nadie podía ayudar a superar. Cerró los ojos y respiró profundamente hasta que logró contener sus propias lágrimas antes de regresar a la taberna. Al menos su vida junto a Mary y las niñas había sido feliz, aunque cada noche, al acostarse, se maldecía por no haber tenido el valor de correr tras sus hijos y morir junto a ellos ante la Gente. Haber dado hasta la última gota de su sangre por ellos.

-Suerte extranjero. Ojalá tú encuentres el valor que yo no tuve.

Dorm, el comerciante, llevó su orondo cuerpo hasta la Puerta, el lugar que daba acceso al Bosque, estaba custodiado por una docena de guerreros, pertrechados con armaduras y armas contundentes. Sobre las murallas también había custodios que vigilaban que lo que hubiese en el interior del Bosque no saliese de allí. Sarberk era la frontera y sus ciudadanos tenían un pacto no escrito con la Gente, ellos transitaban la arboleda por el día, pero la noche… la noche era de las criaturas.

El comerciante lloró, suplicó y lo intentó todo para que la guardia lo acompañase a buscar a su pequeña, pero nadie quiso hacerle caso, además de la pena de muerte que pendía sobre los soldados que faltasen a su guardia estaba el terror atávico hacia el Bosque y todo lo que albergaba. Ninguno de aquellos aguerridos combatientes habrían pisado el Bosque durante la noche, ni por todo el oro del mundo.

Al final, el extranjero logró sobornar al capitán de la guardia para que le dejase salir a él en busca de su pequeña. Le entregó una pequeña espada y una daga retorcida a cambio de todo el oro que el comerciante llevaba encima y después de procurar convencerle de que aguardase a la mañana y a un posible milagro que le devolviese a su pequeña, aceptó abrir la puerta lo suficiente como para que saliese solo en busca de la niña…

Los soldados observaron estremecidos cómo el comerciante se adentraba en la floresta. Era un hombre débil y cobarde, un extranjero que apenas sabía aferrar una espada, pero mientras ellos continuaban a salvo tras las murallas, el oriental se adentraba en la espesura en busca de su pequeña. Algunos le desearon suerte, otros, una muerte lo más rápida posible…

Nunca se volvió a saber nada en Sarberk ni del comerciante ni de su pequeña…


16 de febrero de 2012

De Noche en el Bosque


Pit corría a través de la hojarasca a la mayor velocidad posible, apenas veía a causa de la niebla y el miedo impregnado en sus pupilas. Nunca había estado más asustado en toda su vida. La noche estaba llegando, incluso los árboles lo percibían, su propia sangre se alarmaba ante el momento en el que el sol terminaría de ocultarse por completo y él se encontraría bajo la oscuridad de la noche… Y estaba en el Bosque.

No era un niño que se asustase con facilidad, a sus apenas diez años de vida había visto y vivido más que muchos adultos, además era de corazón bravo y no le temía a casi nada, pero el Bosque era algo que ningún humano era capaz de dejar de temer. Todos sabían que los hombres no eran bien recibidos en la arboleda durante la noche, cuando la Gente gobernaba.

La Gente… solo de pensar en las temibles y diabólicas criaturas que deambulaban entre los árboles hacía que se estremeciese y temblase de la cabeza a los pies. No se percató de que estaba llorando hasta que la brisa nocturna no comenzó a indicarle el frescor de las lágrimas recorriendo sus mejillas. Hacía frío, el invierno se acercaba. Cualquier ruido sobresaltaba la carrera del chiquillo. El corazón le latía desbocado y sus piernas, pesadas y cansadas como nunca, saltaban mecánicamente sobre el firme lodoso cubierto de hojas marchitas.

Pit se maldecía a sí mismo, en silencio, maldecía el instante en el que había tenido la brillante idea de abandonar sus labores diarias para acercarse al río y espiar a las chicas que bajaban allí a lavarse. Aún recordaba la piel sonrosada y desnuda de las mujeres que había vislumbrado a lo lejos, pero la excitación que había sentido en ese momento estaba completamente olvidada. De hecho, se decía mientras corría, si llegaba a la ciudad sano y salvo, jamás volvería a mirar la piel desnuda de una mujer.

La niebla era cada vez más espesa y más fría. Notaba la humedad adentrándose más allá de sus ropas y alcanzando sus huesos, su alma aterrada. Sollozó. Había sido un imprudente y ahora… ahora tendría suerte si no terminaba siendo víctima del Bosque. Recordaba las historias que se contaban alrededor de las hogueras sobre lo que les ocurría a los hombres que se adentraban en el Bosque cuando el sol se ocultaba por el horizonte y temblaba, uniendo el terror más absoluto e irracional al frío creciente.

Era incapaz de saber a qué distancia estaba de la muralla, según sus cálculos ya debería estar cerca. Si seguía a ese ritmo de carrera, pronto vería la llama de la Distancia, la que indicaba a los viajeros perdidos en la arboleda que aún debían mantener la esperanza. Además, si estaba en lo cierto, no tardaría en escuchar las campanas que anunciaban el cierre del portón del muro. Las campanas se tocaban una treintena de veces al caer la noche, para alertar a la ciudad de la llegada de la Gente y para dar una última oportunidad a los imprudentes que se adentraban en el Bosque demasiado tarde. Debía darse prisa, una vez se cerrase el portón no volvería a abrirse hasta la llegada del alba. Esa era la ley de Sarberk y Pit sabía que era una ley inquebrantable.

En su carrera a través de los árboles y la niebla creyó escuchar risas infantiles a su alrededor. Pensó que eran imaginaciones suyas, pero las risas se hicieron más audibles y evidentes. Alguien le acompañaba en su huida, alguien que reían sin cesar, niños… Pit sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral, la Gente…

A través del sonido de las risas infantiles creyó escuchar otro sonido más, un sonido amortiguado que, poco a poco, fue evidenciándose más y más, al poco logró identificar el sonido de metal contra metal. La campana. No estaba demasiado lejos.

Aceleró el ritmo de su carrera y escuchó nuevas risas que se sumaban a las primeras y sonaban mucho más cercanas que las anteriores, ni siquiera miró, sabía que varias criaturas corrían a su lado. Se sentía como una presa acechada por una manada de lobos juguetones y risueños. Aún no habían intentado atacarle o frenarle, de momento se limitaban a acecharle y divertirse, pero Pit no podía evitar sentirse como un cordero al que pronto alguien decidiría lanzar la primera dentellada que diese paso a una carnicería brutal, despiadada.

Las campanas estaban más cerca.

Y fue en ese momento cuando la vio, una niña preciosa, sentada sobre una piedra, sonriente. Tan frágil como una florecilla. La niña le vio llegar al momento y su rostro dibujó una sonrisa en la que bailaron las pecas que lo adornaban. Pit se fijó en los bucles de la pequeña, relucientes cobrizos que irrumpían en el espesor de la niebla. Sabía que no debía detenerse, que el Bosque no era un lugar para entablar una conversación con un desconocido, ni siquiera con una niña pequeña y hermosa como la que tenía ante él, que la Gente podría estar dándole caza… y sin embargo, al ver a la niña, tuvo que detenerse junto a ella.

-Hola.
-Hola.
-No deberías estar aquí de noche…
-Ya lo sé, pero…
-Tranquilo, no pasa nada. Si quieres podemos jugar juntos.
-¿Jugar? ¡No! Tenemos… tenemos que ir a la ciudad, traspasar las murallas, rápido. Mis padres… mis padres estarán preocupados por mí.
-No debiste salir al atardecer de la ciudad, no debiste espiar a las chicas…
-Yo…
-Ssssh. Tranquilo, no pasa nada, lo comprendo, el Bosque lo comprende, tranquilo. Juguemos juntos.
-Pero…
-Ssssh… ha llegado el momento pequeño, ha llegado la hora de dormir.

Las risas se hicieron más evidentes. Una jauría de bestias alcanzó el claro en el que los niños habían estado conversando segundos antes. Una jauría de pequeñas bestezuelas ansiosas de sangre humana que esa noche había descubierto una víctima en el Bosque… un humano que había roto las reglas.

Pero al llegar se encontraron con el cuerpo inerte del chiquillo. Aún estaba caliente, por lo que dedujeron que acababa de morir, quizá de miedo. No importaba, sería menos divertido, pero esa noche, la manada comería carne humana y se saciaría con la sangre de un chiquillo.

Sobre la copa de un pino frondoso, Muerte oteó el odio con el que los jóvenes lobos destrozaban el cuerpo inerte del niño. La sonrisa se perdió de su rostro y las pecas parecieron oscurecerse. Al menos el pequeño había muerto sin dolor. Al menos esa noche lo había conseguido…



El Muro de las Lamentaciones

Pepe llegó frente al Muro de las Lamentaciones, no era demasiado religioso, pero en aquel lugar parecía indispensable rezar ante las piedras sagradas que habían atravesado con sus oraciones tantas y tantas personas, de casi cualquier religión imaginable. Así que decidió dejar su propia oración, aunque para ello tuviese que atravesar un mar de judíos ortodoxos, cristianos pedigüeños, musulmanes y turistas armados con su verdadera fe: la cámara de fotos y el plano de la ciudad... 

Buscó y rebuscó entre sus ropas hasta encontrar un bolígrafo mordisqueado que guardaba en su bolsillo desde tiempos inmemoriales, después se apañó para coger una hoja de papel del cuaderno de un hindú un poco trasnochado y se apoyó en la espalda de un budista capaz de poner la otra mejilla cual católico de ostia consagrada y vino moscatel. A la hora de escribir su mensaje recordó a los suyos, su larga trayectoria profesional, su pasado y el futuro que le aguardaba. Pensó unos minutos y al final escribió su mensaje en el papel, lo enrolló y afrontó la travesía a través del océano de culturas, idiomas y creencias… 

Le costó casi una hora alcanzar el Muro. En un par de momentos pensó en desistir de su deseo, pero el impulso de dejar su mensaje en aquel lugar ancestral era demasiado insistente, no podía cejar en sus intenciones. Al final lo consiguió, atravesó el gentío de oraciones y peticiones diversas. Se detuvo un par de minutos frente al Muro, sin saber si obraba bien. Suponía que no, pero se dijo que poco importaba. Dejó el mensaje con un suspiro de alivio y se marchó… horas después Dios recibió su mensaje “me cago en…” y no pudo evitar sonreír, al menos había uno capaz de decirle a la cara lo que otros muchos pensaban. 


Dedicado a Pepe y, a pesar de lo que pueda parecer, con todo mi respeto ante cualquier Dios y cualquier religión. Un microrrelato escrito con cariño.

15 de febrero de 2012

Triste historia de amor

Erase una vez un micrófono enamorado, pero la locutora nunca le hacía caso y él se pasaba las horas rojo como un tomate...

El Caballero Andante - Capítulo 5. En territorio enemigo

 
Antes de atravesar el peligroso paso de montaña, Sir Johann supo que había llegado el momento de comunicar a Sir Wilfredo parte de la apurada situación en la que realmente se hallaban. Tenía muchas ganas de volver a su casa y su estado de agitación era evidente, pero conocía el peligro que comenzaban a correr, el caballero de Tedium se merecía saber dónde se metía. Decidió buscar un refugio para pasar la noche que ya pronto se les vendría encima y dejar que llegase la mañana para aproximarse con cautela a la fortaleza que él llamaba hogar.

Con gesto decidido, tiró de las riendas de su caballo de guerra, con lo que el alazán, negro como el azabache y de porte regio y marcial, se detuvo en seco, siendo imitado por Viento, que parecía haber ganado en el mes de viaje algo de peso y robustez, aunque era incuestionable que jamás podría compararse con el majestuoso rocín de Johann. Ambos caballeros desmontaron y tiraron de las riendas de sus caballos, internándose en la espesura de un bosque de eucaliptos que parecía no tener fin.

Entre crujidos llegaron hasta un claro en el que se emplazaba una pequeña poza de agua, rodeada de redondeadas piedras de granito vestidas con una espesa capa de musgo azulado. Aquel lugar le pareció a Sir Wilfredo un abrevadero para ganado y sus sospechas fueron confirmadas al descubrir una menuda cerca de madera, un tanto ruinosa, que debía de utilizarse para que los ganaderos atasen a sus cabalgaduras.

Sir Johann llegó hasta la pequeña orilla verdosa que bajaba en suave pendiente hasta el borde de la lagunilla y se agachó grácilmente  para beber agua del embalse, haciendo cuenco con las manos. Sir Wilfredo contemplaba embelesado al joven guerrero que bebía agua en el abrevadero y notó un vuelco en el estómago, fue peor que si hubiera recibido un puñetazo en el mismo y por poco no lo hizo irse al suelo, ¿qué era lo que le ocurría con aquel caballero?, él era incapaz de dilucidarlo, a pesar de saber que había algo muy raro en aquel joven de pelo moreno que no conseguía descifrar.

Cuando Johann levantó levemente la mirada y se encontró con Wilfredo mirándole fijamente, se incorporó de un brinco. Tenía las mejillas visiblemente sonrosadas y sus ojos grises recorrieron el paisaje, mirando insistentemente a cualquier lugar en el que no estuviera su compañero de viaje. Parecía avergonzado o descubierto en un secreto guardado con sumo celo. Tras dejar que su caballo bajara hasta el agua y bebiera hasta saciarse, se preparó para pasar la noche con las palabras que quería pronunciar  muertas en su cabeza, con los pensamientos en otra cosa.

No se encontraba con ánimos suficientes como para hablar con Wilfredo en ese momento y menos para contarle que acababa de llevarle a una más que probable misión suicida.

Aquella noche no hubo hoguera. Sir Johann dijo que podría ser peligroso. Esas fueron sus únicas palabras durante toda la noche. El súbdito de Tedium no lograba comprender qué le pasaba a su compañero, pero este parecía ahora tremendamente incómodo. Wilfredo se preocupó y se estrujó la cabeza para saber si había cometido algún error o falta en su trato hacia el joven. Quizá le hubiera formulado demasiadas preguntas en su última conversación o... o aquel joven se había molestado al descubrirle espiándolo mientras bebía agua –expresó una voz malintencionada en el interior de su cabeza... pero por más vueltas que le dio, no consiguió descubrir realmente cuál era la causa del repentino distanciamiento del joven caballero.

Al acabar su guardia e irse a dormir miró a Johann en silencio hasta que el sueño terminó venciéndole.


A la mañana siguiente, Wilfredo despertó alumbrado por las primeras luces del alba, antes de levantarse miró por entre las pobladas ramas de los altos eucaliptos, percibiendo que aquel día sería soleado a pesar de la tenue neblina que parecía flotar en el interior del aromático bosque.

Escudriñando a su alrededor, vislumbró la figura de Sir Johann en el mismo lugar donde unas tres horas antes lo dejara al cambiar el turno de guardia: sentado sobre una granítica piedra de un metro de alto que parecía dominar todo el claro, muy cerca de la pequeña poza de agua. Sin embargo, empero de ver al chico en la misma posición en la que lo había dejado antes de adormecerse, se percató levemente de que algo no cuadraba, quizás un pequeño cambio experimentado por la escena que él era incapaz de descifrar.

El Caballero Oficial del Reino de Tedium se levantó perezosamente, rascándose la coronilla y despeinando de ese modo su ya de por sí desorganizado cabello rubio pajizo. Al tocar su pelo, corto y descuidado, cayó por fin en la cuenta de qué era lo que no cuadraba en el caballero de Oblectatium. ¡Se había cortado su melena ondulada!

Cuando Sir Johann vio acercarse al caballero recién levantado, realizó una leve inclinación de su cabeza a modo de saludo. Su gesto era frío y serio, la perpetua sonrisa que dominaba su marfileño rostro borrada como por arte de magia, sustituida por una expresión de adusta firmeza. Sus ojos parecían atravesar el cuerpo de Sir Wilfredo sin mirarlo directamente.

Wilfredo se asustó, temiendo haber herido de alguna forma a su amigo, pensó disculparse de lo que pudiera haber hecho para causar tal malestar pero no tuvo tiempo para ello, Sir Johann comenzó a hablar con un monótono tono mesurado, tan diferente de su jovial y melodiosa cadencia habitual, que asustó aún más a nuestro héroe. 

El caballero de Oblectatium departía con una potente pero cautelosa voz, grave y acompasada, más varonil que nunca, demasiado varonil –pensó por un instante Sir Wilfredo, aunque, como siempre, guardó su opinión para sí mismo.

Johann estaba demasiado nervioso como para enfocar la mirada en los ojos de su oponente. 

Finalmente había ocurrido lo que tenía que suceder tarde o temprano, aquello que tanto temiera antes de su partida de la ciudad amurallada de Oblectatium. Sospechaba que su aliado había descubierto su gran secreto y que ello repercutiría de algún modo en su acuerdo. Pensaba que si Sir Wilfredo conocía todos los detalles de las desesperadas circunstancias sobre las que se encontraban en esos instantes, correría sin parar hasta encontrarse de nuevo cobijado entre las murallas de Tedium, en el interior del viejo Castillo Gris. Era imperioso que ese caballero, aunque fuera solo él, penetrara en el interior de su castillo para ayudar en su defensa y otorgar una ligera carga de moral a las asediadas mujeres que esperaban su ayuda. 

Durante sus horas de guardia, había pensado en la mejor manera de informar al caballero de la desesperada situación en la que se hallaban en esos instantes, omitiendo algunos detalles que una vez en el interior de la fortaleza serían imposibles de ocultar. Solo esperaba que no fuese aún demasiado tarde. Y ahora, sin estar totalmente listo para ello, se disponía a informar a Wilfredo de todo lo que necesitaba conocer. 

A pesar de lo que había supuesto en un primer momento, aquel caballero de figura delgada y aparentemente débil era más perspicaz de lo que él mismo admitía y comprendía, el subconsciente del paladín lo había avisado sin que este se percatara de ello, del gran secreto que guardaba... por eso había sido necesario el corte de pelo.

Con el caballero de Tedium totalmente absorto en sus pupilas, Sir Johann narró el devenir de la guerra que había propiciado su desesperada huida de Oblectatium en busca de toda la ayuda que pudiera reunir. La narración estaba llena de momentos de dolor y sufrimiento, por lo que el joven caballero de morado no pudo reprimir algún que otro sollozo y el efecto de las lágrimas recorriendo su piel nacarada era para Sir Wilfredo como el que un arma de filo candente le provocaría en su ser. El desgarbado campeón de Tedium nunca había sentido en sus carnes la devastación de la guerra, la repentina pérdida de un ser querido... nunca había sido dañado con las afiladas garras de la muerte. 

Tampoco había sido afectado por el cruel abrazo de las desgarradoras historias sobre sangrientas batallas, en su querido Tedium no se hablaba nunca de aquellas crueldades. Allí se era feliz en la ignorancia. En ese momento, mientras escuchaba el aterrador relato de Johann, recordó el rumor desatado en Tedium sobre dos caballeros heridos por un choque entre ellos en Oblectatium y se dio verdadera cuenta de lo infantil de aquellas murmuraciones. 

La guerra no era eso, ahora podía entenderlo.

La brutalidad de la verdad le golpeó de lleno en el cerebro, provocando en su mente una profunda cicatriz que nunca conseguiría cerrarse por completo. Era capaz de recordar su vida anterior, la que llevaba hacia apenas unas semanas y sabía, con una certeza que iba más allá de toda lógica, que jamás volvería a ser el de antes, que su percepción del mundo, ahora que la burbuja que lo protegía en Tedium se había resquebrajado por completo, había sido remodelada de manera eficaz e irrevocable. 

Sin saber por qué, se descubrió a sí mismo llorando desconsoladamente, no por su atroz descubrimiento, ni por el destino que le había sacado de la protección de su antiguo hogar. Sino por todas las víctimas que la más pequeña de las guerras podía causar. Guerras, en la mayoría de los casos, iniciadas por trivialidades entre dos hombres con ideas diferentes, que arrastraban a naciones enteras a combatir por ideales que a veces ni tan siquiera compartían. Desolado, sintió vergüenza de ser hombre, pues la historia de Johann no hablaba sobre la guerra que se abatía sobre el reino de Oblectatium, ni sobre la que mantenía atrapados en Regnivum a las fieles tropas del rey de aquel desgraciado reino y a sus aliados. No, el relato de Sir Johann trascendía más allá de esa contienda puntual, era una narración que enmarcaba todas las guerras entre todos los reinos y razas que pudieran existir sobre la faz de Telluón. 

El relato de Johann hablaba de la guerra, sin más.

Sir Wilfredo percibía claramente, acompañado por las palabras ahogadas de su amigo, las guerras perpetradas entre hermanos, los ríos de sangre, los lamentos de los niños abandonados tras la contienda, el gemir de los moribundos, la muerte... y la desolación que traía la derrota, no más grande que la traída por la victoria más flagrante, no había ninguna satisfacción en la guerra. Ni al perderlas ni al vencerlas. Siempre, tras una guerra, había pérdidas que lamentar, y no se trataba solamente de mermas materiales o personales. La misma inocencia era la primera víctima de la más pequeña de las contiendas. 

En la guerra siempre se pierde.

A pesar de andar perdido en sus propias divagaciones, Sir Wilfredo consiguió escuchar parte de la exposición de Sir Johann. El joven caballero le contó que una ingente hueste de orcos había acorralado en el continente de Regnivum a la ciudad de Nudicus, regentada por el hermano del rey de Oblectatium. Este había enviado a varios mensajeros en busca de la ayuda de su pariente. De los doce mensajeros enviados por el monarca, solo uno fue capaz de llegar hasta Regensis, lo hizo a bordo de un barco mercante para posteriormente abrirse camino hasta Oblectatium, una vez allí, exhausto y gravemente herido, expuso ante el rey el asedio al que Nudicus estaba siendo sometido. Al conocer la peligrosa situación en la que se hallaba su hermano, el rey de Oblectatium no dudo ni por un instante el ir en su ayuda.

Así, a los tres días de la llegada del mensajero venido desde el continente de las nieves, las tropas del rey Eduard de Oblectatium partieron rumbo al norte para socorrer a sus aliados, dejando a las mujeres y los niños a salvo en su propia fortaleza.

Los veloces barcos de la flota marítima del rey de Oblectatium llegaron rápidamente a Regnivum y bajo una fuerte nevada se adentraron hasta el lugar en el que la ciudad de Nudicus resistía el asedio. A pesar de la enorme cantidad de orcos, los hombres del rey Eduard, apoyados desde dentro de las murallas por las tropas del rey Ricard, atacaron ferozmente, venciendo y ahuyentando a las asustadas filas de desorganizados orcos.

Mientras celebraban la victoria, una nueva oleada de enemigos salió de la nada, como si siempre hubieran estado guardando esa nueva batalla. Esta vez no se trataba únicamente de orcos, pues la nueva riada de adversarios estaba compuesta por toda una serie de abominables criaturas, algunas de ellas hacía largo tiempo que no aparecían sobre la faz del mundo, al menos en un número alarmante. 

Así, a las tropas de orcos se unieron más de dos centenares de trolls de las montañas y gárgolas, criaturas que parecían extintas en Telluón y un sin fin de trasgos y lobos grises, la oleada de enemigos parecía no tener fin y al ser cogidos por sorpresa, los guerreros de Nudicus y Oblectatium no tuvieron ninguna posibilidad. Más de la mitad de su numeroso número de combatientes fue aniquilado en aquella acometida, aunque fueron muchas también las pérdidas en las filas de las tropas oscuras.

Tras la primera embestida, las malignas entidades se retiraron, dejando a los humanos supervivientes la posibilidad de cobijarse bajo las murallas de Nudicus. Después de ese inciso, rodearon la ciudad completamente, impidiendo la salida o entrada de ningún ser, vivo o muerto. Comenzado el sitio, el comandante de las tropas de la oscuridad desplegó su ejército por toda la costa del reino de Nudicus, evitando de ese modo que nadie pudiera acudir a socorrer a los humanos atrapados. 

Pero el plan de las fuerzas oscuras iba más allá. Con Eduard, Ricard y el grueso de sus ejércitos retenidos en la capital del Reino de las Nieves su ambicioso plan se puso en marcha. Un ejército monstruoso navegó hacia el sur, a bordo de los  propios barcos del rey Eduard en dirección a Regensis, donde, sin la oposición de las huestes de Oblectatium, pudieron comenzar su conquista. Sin embargo, sus filas aún eran pequeñas y podrían ser fácilmente repelidas por  un ejército de hombres valerosos. Una fuerza que después podría lanzarse a la reconquista de Nudicus, para intentar salvar a los valientes desplazados allí... a los valientes que luchaban en nombre de todos los hombres y mujeres de Telluón.

Al finalizar la narración, la voz de Sir Johann se quebró, perdiendo la serenidad demostrada hasta el momento, con la grave voz perdiendo sonoridad poco a poco... –Hace ya más de dos meses que están allí retenidos, con temperaturas increíblemente bajas... sin comida, mi padre...

Sir Wilfredo sintió una punzada en el corazón al darse cuenta de lo que el muchacho había querido decir con aquella frase incompleta y se sintió terriblemente desdichado, lo que el chico necesitaba era un verdadero y gigantesco ejército y no un... bueno un... pues eso un cobarde espigado y débil como él, que había permanecido en silencio mientras contemplaba cómo una afilada daga descendía hacia su joven amigo... se sintió inútil del todo y lloró de dolor al saberse incapaz de ayudar en una guerra de tales proporciones.

¿Qué iba a hacer él ante todo un ejército?

Sin saber que otra cosa hacer, Sir Wilfredo se acercó hasta la figura llorosa de Sir Johann y le abrazó, temiendo provocar aún más dolor y rechazo en el joven. Al sentir el contacto, el caballero de Oblectatium encontró el consuelo que había necesitado durante todo el mes de viaje consumido desde que partiera de su casa en busca de ayuda y no pudo aguantar más, comenzó a llorar desconsoladamente coreado por Sir Wilfredo, incapaz de contener tanta desesperación, llorando al unísono con su compañero. El consuelo del abrazo mutuo fue lo único que les unía en ese instante y afianzó un vínculo que había comenzado a forjarse en el momento mismo de conocerse.

Pasaron cerca de diez minutos en aquella postura tras los que los dos jóvenes se separaron muy lentamente, como si hacerlo les costara un dolor indescriptible, ambos sabían que a partir de ahora les unía un lazo más fuerte que el del compañerismo, el consuelo que se habían proporcionado el uno al otro actuó como un bálsamo que les fortaleció por dentro, ambos sabían que la labor que les aguardaba era prácticamente imposible de realizar pero la misma desesperación de esa afirmación les reafirmó en su decisión.

Recogieron el campamento y se encaminaron al paso montañoso que les conduciría hasta la frontera de Oblectatium, a dos horas de viaje del Castillo de Colores, la fortaleza del reino del rey Eduard.


Era mediodía, un sol justiciero deslumbraba en lo más alto de un firmamento de color azul, tan claro que semejaba el tono de las cortinas del salón del trono del Castillo Gris. Atravesaban el estrecho camino rocoso que rodeaba la falda de dos pequeñas montañas repletas de cuevas y pequeños saltos de agua que caían en cascada, perdiéndose doscientos metros más abajo, uniendo su dulce y refrescante líquido al transportado por la corriente del río Raudo, que desembocaba en el mar del Comercio, al norte de Oblectatium, tras recorrer de este a oeste toda la práctica totalidad de la geografía de Regensis.    

A ras del estrecho camino, caía bruscamente un barranco, que hacía que Sir Wilfredo cerrara los ojos continuamente para no marearse al mirar hacia abajo. Unos pasos por delante, Sir Johann parecía llevar a su corcel animosamente por  el sendero, desde pequeño había deambulado por aquella senda por lo que para él no resultaba más que un paseo rutinario. El fuerte ruido provocado por la caudalosa corriente de agua ensordecía al caballero de Tedium que nunca había cabalgado (ni caminado) por un lugar semejante, el burrito trotaba alegremente tras ellos, pegado a la pared repleta de estratos que se mantenía a su mano izquierda, poniendo mucho cuidado en no acercarse demasiado a la cornisa de la derecha.


Bulbuig se relamió con su alargada lengua carnosa, tapando momentáneamente los amarillentos colmillos que sobresalían de su boca, permanecía agazapado en las sombras, aguardando... escuchaba nítidamente, detrás de la furia del río, el traqueteo de cascos de tres monturas y estaba seguro de que estarían ocupadas por tres distraídos comerciantes como los que pasaron por allí la semana anterior y cuyos restos ocupaban el fondo de la cueva que consideraba su hogar. Había llegado allí tras escuchar rumores sobre un asedio contra humanos y había acertado de pleno, la inexistencia de caballeros humanos era más que suficiente para alegrar al verdoso trasgo que desde infante había sido perseguido por malolientes adalides del bien. Pero es que además, aquel camino era la única ruta que unía Oblectatium con Nouportu y ello hacía que más de un comerciante aventurero, desconocedor de la situación por la que atravesaba el asediado fuerte, intentara llegar hasta el Castillo de Colores para comerciar con sus habitantes. Desde que llevaba viviendo allí, hacía ya tres semanas, seis habían sido los incautos mercaderes caídos en sus garras. Cuando sintió a los dos primeros caballos pasando por debajo de la repisa sobre la que se escondía del camino, se preparó para saltar, era insultantemente sencillo dar caza a aquellos comerciantes estúpidos y torpes, bastaba con ir saltando de uno en uno, empezando siempre por el último, con lo que con un poco de suerte ninguno se enteraba del ataque hasta que era demasiado tarde...

Escuchó y aguardó, escuchó y aguardo... y al notar la tercera montura bajo sus pies, saltó con un feo puñal manchado de sangre seca en sus retorcidas manos, con una expresión de triunfo dibujada en sus ojos saltones y su pelo grasiento meciéndose en el aire. Pero mientras caía, descubrió que ningún jinete montaba a aquella montura, el duro pelaje pardo del animal le pareció una roca sobre la que podía estrellarse, todo había resultado demasiado fácil hasta entonces, tanto que le había vuelto descuidado. 

Su mirada triunfal se tornó en otra de pánico y gritó muy asustado, cayó hecho un revoltijo sobre la grupa del asno y este, tremendamente agitado por el bulto inesperado, se revolvió presa del terror; el trasgo llamado Bulbuig, azote de comerciantes en el Vado de Sinus durante casi un mes, cayó detrás del burro. Misteriosamente cayó de pie y con el arma asida en su mano derecha. El trasgo, muy contrariado, se miró de arriba abajo, no pudiendo contener un suspiro de alivio por no haberse caído al río y permanecer de pie. Miró al burro con ansia asesina y sus ojos inyectados en sangre, sonrió, dejando ver sus amarillentos colmillos, alzó la daga para atacar al asno y... recibió una coz del borrico, que al sentir una presencia en su espalda, a la que pronto había relacionado con el fuerte golpe que había sufrido en la grupa, no pudo controlarse.

El golpe fue brutal y en esta ocasión Bulbuig no tuvo tanta fortuna, un espeluznante alarido escapó de su gran boca al verse lanzado hacia el exterior del sendero, perdido totalmente el equilibrio, cayó entre fuertes gritos doscientos metros hasta el agua, perdiéndose en el caudal del río.


Sir Johann se volvió al creer escuchar algo y preguntó al caballero de Tedium con la mirada. Pero este le observó con cara de no saber nada y miró a su vez hacia atrás, para descubrir al borriquillo trotando alegremente tras él, como hacía un minuto, sin ninguna novedad. Miró al joven de Oblectatium e hizo un gesto negativo con la cabeza con lo que el muchacho moreno se encogió de hombros, volvió la vista al frente y continuó la tranquila travesía que llevaba hasta la frontera de su reino. 

Ninguno de los dos caballeros supo nunca que Bulbuig, el trasgo come comerciantes más insaciable de todo el Vado de Sinus, había sido derrotado por su apacible burrito que, con el viaje desde Tedium, parecía cada día más dispuesto y feliz para seguir caminando allá donde fueran.