#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

Microrrelatos en 3 Capítulos

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La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

26 de marzo de 2012

Bodas de Plata

Llegaba tarde a casa, como siempre. Aceleró. Esa noche quería llegar pronto, lo había prometido, lo había programado. Había trabajado a un ritmo vertiginoso, pero ni por esas... y tenía tantas ganas de estar en casa. Cumplía Bodas de Plata. Había prometido llegar pronto a casa... y había vuelto a fallar a su mujer. Además, ni siquiera tenía un regalo preparado. Aceleró. Noche, lluvia y niebla se habían aliado en su contra. Aceleró aún más. Quería llegar a casa. Abrazar a su mujer. Contarla que había decidido dejar el trabajo y que por fin sería completamente para ella. No tenía regalo. Escuchó un anuncio en la radio, una voz femenina y musical y un teléfono... anotó mentalmente los números. Por lo menos tendría un detalle. Llamó mientras aceleraba aún más bajo el espesor de la noche grisácea.

No pudo llegar a casa, ni pronto ni tarde. Una luz frontal, demasiado cercana, invisible a través de la niebla. Un frenazo brusco y un volantazo lo convirtieron en parte de un conjunto de restos metálicos desperdigados bajo la noche. No llegó a casa.

A la mañana siguiente su mujer recibió una llamada. Una voz risueña y cantarina le comunicó que tenía un mensaje de su marido para ella. Un regalo inusual de aniversario. Una llamada a la radio. Te quiero, siempre te he querido y siempre lo haré… –fueron las últimas palabras que le escuchó a su compañero de tantos y tantos años. Lo escuchó con una sonrisa, los ojos envueltos en lágrimas. No tuvo valor para decir a la audiencia que estaba en el funeral de su marido.

19 de marzo de 2012

Un hombre enamorado


Ángel nunca llegó a casarse, aunque de niño se soñaba con dos o tres pequeños correteando a su alrededor y una bonita sonrisa asomada a la ventana de un hogar dichoso. Se enamoró muy joven de una de sus vecinas y ya no pudo desenamorarse. Quizá fue demasiado pronto, quizá su amor fuese demasiado grande o él demasiado tierno, el caso es que jamás fue capaz de olvidar a María. No pudo olvidarla nunca, aunque intentó hacerlo, intentó arrancarse el corazón del pecho, se engañó con mil mujeres, mil viajes, mil y un horizontes diferentes, pero María siempre estuvo en sus pupilas, grabada a fuego en sus entrañas, imperecedera, inolvidable.

Al estallar la guerra marchó a filas, obligado, vinieron a buscarle el día que había fijado en el calendario para declarar su amor. Ni soldados ni armas entienden de asuntos novelescos ni de destinos inviolables. No pudo declararse. Apenas tuvo tiempo suficiente de recibir el llanto inconsolable de su madre, el abrazo de su padre y dos consejos lanzados al aire, sobre la marcha. Dos consejos que aferró con las dos manos y se llevó en el bolsillo de la zamarra de pana.

No supo que luchaba con los nacionales hasta que no le entregaron el uniforme. Sabía por cartas que Damián, su primo hermano, luchaba con la República y mientras recibía la instrucción rezaba para no toparse cara a cara con él en el frente. Escuchaba por todas partes que se combatían las ideas, que era una lucha de ideales, pero él supo pronto que era una guerra de fortunas. Luchabas donde te tocaba y eras buen soldado, pues de ello dependía tu vida.

Acabó la guerra. Venció… su bando había ganado. No se encontró con su primo, aunque fue un milagro, pues muchos años después, en una cena familiar, supieron que habían coincidido en dos cruentas batallas a las que, para alivio de sus madres, ambos habían sobrevivido. Finalizada la contienda, con la libertad en las botas y una buena renta a sus espaldas, Ángel decidió regresar al pueblo, buscar a María y declarar el amor tanto tiempo aplazado. Sabía que debía sentirse vencedor, sonreír abiertamente, mostrarse orgulloso de sus galones, de su cresta de gallo victorioso… pero no podía sonreír, la sonrisa se la había dejado en las trincheras, en los oscuros búnkeres, en los campos repletos de sangre y de barro, en los llantos de los vencidos, fuesen del bando que fuesen. Se sentía derrotado. La guerra lo había vencido.

Llegó al pueblo un día soleado, al alcanzar la plaza y escuchar los gritos y correrías de los niños cerró los ojos y aspiró con fuerza. Lo había hecho. Había regresado. Había superado la más dura de las pruebas. Tenía derecho a ser feliz. Al encaminarse hacia su casa se permitió una de sus últimas sonrisas y mientras caminaba descubrió que se celebraba una boda. Notó un molesto pinchazo en el estómago. Antes de alcanzar la puerta de la iglesia, antes de ver a los novios lo supo, supo que su amor se había quedado colgando de las campanas, apresado bajo el peso de la cruz, emparedado en los adoquines de la plaza. La que se casaba era María. Lo hacía con Andrés, no con Ángel.

Su sonrisa murió en ese instante y tardó muchos años en recuperarla.
 
Solo tardó quince días en volver a marcharse del pueblo. Esta vez por voluntad propia. Durante la guerra había conocido a gente que sería muy importante. Gracias a sus contactos viajó de corresponsal a través de una Europa cada vez más convulsa. No era periodista ni fotógrafo, pero era valiente y hacía amigos en todas partes. Al estallar la nueva Gran Guerra se unió a la resistencia holandesa y más tarde luchó en Francia y en Italia. Los que le conocían afirmaban que no sentía apego por la vida, que se enfrentaba a la muerte como si no la temiese, como si morir resultase un alivio. También afirmaban que nunca sonreía y que escribía cartas a una amante desconocida que nunca enviaba.

La nueva y terrible guerra, la más cruenta que la vieja Europa recordaba, también concluyó y como la otra vez, Ángel regresó a casa, donde le aguardaban unos padres ancianos que casi no recordaban tener un hijo al que besar o abrazar. Al llegar supo que María y Andrés eran padres de tres hijos. Por las noches, cuando todo el pueblo dormitaba, recorría las calles a solas, a oscuras, imaginando que Andrés vivía la vida que él había elegido vivir, pero que nadie le había dejado disfrutar. Seguía enamorado ciegamente de María, siempre la quiso, pero nunca odió a Andrés ni le deseó mal alguno, solo se recriminó una vez el haberse marchado sin declararse, solo una.

Nunca fue feliz del todo, al menos durante la mayor parte de su vida, pero no por ello envidió jamás la que Andrés, María y sus pequeños habían forjado para disfrutar de una tranquila felicidad rural.

Un buen día supo que María y su familia pasaban por dificultades económicas, tan acuciantes eran esos problemas que ni siquiera podían comprar una hogaza de pan diario con la que alimentarse. Ángel iba a viajar de nuevo, esta vez mucho más lejos, pues visitaría La India junto a una delegación de miembros del gobierno, pero antes de hacerlo, antes de besar a su madre por última vez y de escuchar dos nuevos consejos de su padre, que moriría durante ese verano con el nombre de su hijo en los labios, antes de cerrar la puerta de su casa con un suspiro de despedida, se acercó a la panadería con una buena suma de dinero.

    -No quiero que a María ni a sus hijos les falte jamás el pan en casa. Este dinero es más que suficiente como para que todo el pueblo coma pan durante años. Solo quiero que, cada día, le lleves una hogaza a la puerta de su casa y que jamás le digas quién lo paga. ¿Podrás hacerlo? ¿Me harás ese favor?

Esas fueron las palabras con las que Ángel se despidió para siempre de su pueblo. Se las dijo a Pedro, un amigo de la infancia, que ante tal cantidad de dinero se atragantó y solo pudo asentir con la cabeza. No fallaría ni un solo día de su vida y en el lecho de muerte mantuvo la promesa de no decir a nadie, ni siquiera a su bisnieta querida, quién le había pedido que entregase cada día una hogaza de pan caliente en la casa de María y Andrés.

Ángel vivió en la India, después marchó a Japón y finalmente regresó a España, viejo y cansado de un larguísimo viaje. No fue feliz hasta la vejez. Con el dinero y la sabiduría acumulados en sus viajes decidió fundar un orfanato. Creó un hogar hermoso para treinta pequeños. Contrató a la mujer más cálida y hermosa que pudo encontrar, una mujer que se desvivía por los pequeños que llegaban al hospicio y allí, por fin, fue feliz, aunque jamás pudo olvidar a María.

Una tarde, minutos antes de morir, saludó a la sonrisa que le dedicaba la maestra desde la venta, a sus pies correteaban varios pequeños, felices, sanos, sonrientes…

Seduciendo una hoja en blanco


Hay veces en las que te miro
y me siento irremediablemente espeso,
distraído, extraviado en la espesura ignota
de tu aurora, lejano, cual horizonte vislumbrado
desde lo más alto del monte más alzado,
remoto, como barco a la deriva en alta mar,
incapaz de virar un rumbo equivocado
y me opongo y me enfado y me enrabieto
como un niño consentido sin juguetes,
y me dejo llevar por tu desierto amordazado
y seco y vacío
        y yermo…

No sé cómo poblarte de vida,
llenarte de pasiones y deseos,
demostrar cuánto te anhelo
cuánto te amo
y te necesito y te quiero…
y te ambiciono
sin saber cómo quererte sin pasión
cómo adorarte,
cómo construirte con mis manos
y levantar ciudades enteras con mis sueños
o pagar el rescate ilimitado de tu encierro,
o perderme para siempre en tu regazo,
abrazado por tu calma desolada,
por tu fuerza,
por tu empeño,
y ser nada más
que un espíritu a ti por siempre entrelazado.


Me encadenas, me besas, me rozas,
me tocas… me agotas,
atándome a tus vacíos neblinosos,
infinitos,
incordiándome con argucias y con juegos
pasionales o caricias menos dulces,
más semejantes al fuego
en el que muere con gusto un hombre enamorado,
calcinado por delirios, espejismos,
desvaríos y visiones,
por ideas,
y es entonces que zozobro sin remedio
en tus océanos remotos y me atrapas,
encerrado en un abismo custodiado por cerbero
sin pasaje de vuelta
sin moneda deslenguada que entregar al barquero,
irremediablemente perdido, vacío,
muerto.

Pero otras veces me quieres y yo sé
por qué te quiero,
y es en esas que soy capaz de recorrerte veloz
como fugaz lucero incandescente
y en apenas un minuto te he besado
y en apenas un segundo te he resuelto,
y crear en tus pupilas me has dejado
reflejando mi figura en cada verso,
y perderme en tu piel me has permitido,
recorriendo tus labios sinuosos, tus secretos,
dibujando en ti mis universos,
mis deseos más furtivos,
mis más tenaces argumentos.


Mundo trivial, imaginario,
página en blanco en la que escribo
asomando en ti mi mirada curiosa y extraviada,
deja que te surque con mi barco
y te seduzca,
déjame viajar a tus secretos con mis alas emplumadas
sin que la cera que en los cielos me sostienen
se derrita y me arrojen a una muerte asegurada,
deja que te escriba y te cree y te gobierne
y te crezca y me acomode
entre tus brazos
y te llene de ideas imposibles y quimeras,
deja que te encuentre,
hagamos juntos el viaje
que nos permita irrumpir en tus abismos
y derrotar por siempre la blancura innata de tu nada,
de tu infinito.

Y después de que me invites a morarte
y te colonice
y te pueble
y te ame,
ambos podremos afirmar
cuánto amaré,
cuánto amo,
cuánto amaba,
qué significa nuestro amor,
cuán difícil fue enamorarte
cuánto tiempo transcurrió
antes de que ardiese nuestra llama.

12 de marzo de 2012

Esos valientes poetas - Vídeo


Me han regalado un vídeo con un poema que escribí hace un par de años y claro, estoy como un niño con zapatos nuevos, jeje. Os lo dejo aquí, a ver qué os parece, a mí, claro, me encanta, espero vuestros comentarios.

9 de marzo de 2012

Mujer

Ana sonrió al levantarse. Aún estaba oscuro, nada se movía por la casa. Era su momento, su único tiempo de ocio, esa media hora que le ganaba cada día al despertador para, simplemente, ser ella misma. En esos instantes no existían los hijos, las preocupaciones, su marido… solo Ana. 

Se preparó el desayuno sin dejar de sonreír como una niña. Se sentó en la mesa y disfrutó de su momento. Solo disponía de unos minutos antes de que el mundo despertase y su casa se convirtiese en un oficio mudo a jornada completa. Esa noche, antes de acostarse, había escuchado en su diminuta radio que el 8 de marzo se celebraba el día de la mujer… Ana sonrió con más ganas, sabía que nadie la felicitaría esa mañana. 

El despertador la sorprendió saboreando unos minutos en silencio. No había perdido la sonrisa ni un instante. Abrió la ventana y dejó que la luz bañase su piel, que el frescor de la mañana la azotase suavemente. Notó el olor a humo y su sonrisa comenzó a desvanecerse, al escuchar el estruendo de un disparo lejano su gesto adoptó ese rictus estoico que no dejaba ver sus emociones. Suspiró. Empezaba otra jornada agotadora en el infierno. 


4 de marzo de 2012

En la Batalla...


La flecha llegó desde atrás, como un fogonazo de dolor que atravesó el cuerpo de Rud, doblando sus rodillas y desgarrando un gemido quedo de su garganta rugiente. No tuvo que mirar para saber que estaba envenenada y que seguía allí, como una cicatriz de hierro, veneno y madera. Se levantó con un odio renovado hacia las criaturas que le rodeaban y desató el metal reluciente de su espada en un giro inaudito. Tres enemigos cayeron a sus pies antes de percatarse de su movimiento repentino. Escupió. Aborrecía a los trasgos. Ni siquiera pudo permitirse un segundo de respiro. Tenía ante él media docena de dagas herrumbrosas.

Notaba el corazón palpitando en su costado, la vida corría veloz por la herida abierta, la muerte rondando… y aun así embistió a las criaturas. Trastabilló a causa del veneno y estuvo a punto de caer. Alguien rió a su alrededor, pero se encargó de que las risas se tornasen gritos de dolor y gorjeos moribundos. Estaban venciendo. Estaban derrotando las defensas enemigas.

Y él no vería el nuevo amanecer. No disfrutaría de la victoria.

Resopló indiferente. Recordó a sus compañeros de viaje ¿dónde estaban? Los había perdido de vista en el curso de la batalla. Al menos le gustaría despedirse de ellos antes de caer. Habían sido buenos compañeros de aventuras. Estaba orgulloso de haberlos acompañado en un buen trecho de su vida. Supo que no podría despedirse. Algo le dijo que no los volvería a ver, a ninguno de ellos.

Escuchó la estridencia de armaduras a la carrera y se preparó, los caballeros no eran enemigos tan frágiles como los trasgos. Afianzó las botas en el barro y obvió el dolor que fruncía su ceño y conseguía que respirase con dificultad. Estaba débil y enfermizo, el veneno obraba su trabajo. Aun así bramó una amenaza. No se rendiría tan pronto.

La Noche crecía. Hacía meses que todo era noche y muerte y sangre y amaneceres humeantes. La guerra recrudecía y se extendía a lo largo y ancho del mundo. Habían soñado con detenerla… qué idiotas habían sido.

Cerró los ojos un segundo y deseó estar lejos de allí, ser de nuevo un niño con ansias de aventuras, un pequeño holgazán con pecas juguetonas sobre la nariz y una espada de madera en el regazo. Levantó el arma justo en el último momento, lo suficiente para desviar el metal negro del caballero y encontrar el hueco con el que rebanar su vida y ofrecérsela a la Muerte. Alguien gritó. Seguramente aquel caballero tuviese seres queridos entre las filas enemigas. Eso era algo que había aprendido en sus años de soldado, cualquiera contaba con amistades y seres queridos, fuese del bando que fuese. El día que comprendió ese detalle empezó a odiar la batalla. Al morir uno dejaba un hueco que hacía más difícil la vida de los demás.

Se enfureció. Rud desató su ira con violencia y mientras su hoja lamía y arrebataba vidas entre las filas enemigas, él no dejaba de llorar. Lloraba por su inocencia perdida hacía tanto tiempo, por sus pecas embadurnadas de sangre y barro, por su espada de madera olvidada bajo la colcha de invierno de sus padres y por los seres queridos de aquellos a los que derrotaba en combate. Odiaba la guerra.

Alguien cantaba una canción a su derecha. Una voz firme y melodiosa. Irsha. No podía ser nadie más, tenía que ser ella la que dedicara sus esfuerzos a cantar en un momento semejante, nadie más lo haría. Un recuerdo pugnó por abrirse paso en su mente y al momento, tan solo un par de segundos después de haber escuchado la voz de su amiga, recordó que la muchacha había prometido regalar su voz a quien la derrotase en batalla. Irsha cantaba, eso quería decir… que estaba muerta. Rud notó un nudo en la garganta, un fuego colérico que invadía sus entrañas. Ella había muerto. La más inocente de todos, la mejor… muerta, como su propia niñez adulterada.

Rugió de dolor.

Intentó despegar el velo que cubría sus ojos, limpiar el dolor que empalidecía sus entrañas, pero fue incapaz de hacerlo. No podía ver más allá, ni siquiera sabía si corría en la dirección correcta. Detuvo su carrera para retomar el aliento e intentar comprobar si los muros continuaban allá delante. Pero no pudo ver nada, pues la hoja de una espada enemiga se incrustó en su abdomen, haciendo que se doblase a causa del dolor. Bajo él se formó un charco de sangre en el que resbalaron varios guerreros en una alocada carrera de retirada.

Aun antes de caer, Rud escuchó el cuerno de la derrota que indicaba que habían sido vencidos y que la fortaleza continuaba en manos del enemigo. No sintió dolor, ni ira, ni decepción… ya no sentía nada. Escuchó la voz de Irsha a su lado. Cantaba.

Una sonrisa se dibujó por fin en los labios del guerrero.