#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

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La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

27 de abril de 2012

El primer beso

Ramiro nunca olvidaría su primer beso de amor, se lo entregó a Cristina, la chica más bonita de su clase. Tenían doce años y se conocían desde siempre y desde siempre supieron que se querrían y que ese día llegaría al fin, el día de su primer beso, el momento en el que el destino irrefutable los uniese para siempre. Fue en el barrio del mercado, detrás de un puesto de frutas, ocultos de miradas indiscretas tras los cajones y un pequeño carro vacío. Nunca olvidaría aquel tímido beso, el temblor de las mejillas sonrosadas, sus piernas bailonas, el rubor. Fue un beso repentino, fugaz, casi más un golpe de pieles que el roce suave que siempre había soñado.

Ramiro nunca olvidaría su primer beso de amor, pues fue el último que pudo dar. Las manos entrelazadas, el temblor, el miedo, un nudo en el estómago imposible de describir. Estaban allí, los dos, juntos, como el destino siempre había planeado… y entonces ocurrió. Las sirenas, los primeros rumores, los gritos de terror, las carreras atemorizadas, la gente buscando a sus seres queridos, el miedo. La primera explosión…

Solo fue un beso fugaz, apenas un golpe repentino de sus pieles… Ramiro se despertó casi un mes más tarde en un hospital, tenía un brazo roto y las costillas doloridas, además de algunos rasguños sin importancia y el recuerdo de un beso depositado a escondidas. Su primer beso de amor… Cristina había muerto en el bombardeo, aunque eso no lo supo hasta mucho tiempo después.



Se cumplía ayer el 75 aniversario del bombardeo de Guernica por parte de la Legión Cóndor del ejército Nazi durante la Guerra Civil Española. Un aniversario terrible que he querido homenajear con este pequeño relato. Aunque también me gustaría recordar a toda esa gente que ha sufrido bombardeos y que, aún hoy, vive atemorizada por la muerte que otros hombres deciden lanzar sobre sus cabezas. 

Para todos ellos, este pequeño homenaje.

15 de abril de 2012

Llegó al Alba

Llegó con el alba.

A través de la niebla y la tormenta,
el mar embravecido y la montaña,
la rugiente tempestad y la batalla.

Muchos intentaron detenerle en su regreso
desde el Oeste,
donde la guerra, hacía tanto tiempo,
había reclamado su espada,
pugnó con hombres, criaturas y dioses,
con su propio corazón,
con los recuerdos,
muchos fenecieron y quedaron allí,
donde la muerte pugnó por llevarse su alma,
en el camino de vuelta,
cuando la derrota se dibujaba en su armadura
y la victoria no era más que un estandarte ensangrentado
fue enfrentado por ejércitos, dragones,
epidemias, magias insondables y salvajes criaturas,
por traiciones.

La propia locura quiso arrancarlo de la tierra.
Y él continuó siempre hacia delante,
imperturbable,
siempre adelante,
azotado por los recuerdos,
sin demora,
atravesando enemigos con su espada,
rugiente,
decidido,
deslumbrante en su coraza.

Las canciones trajeron la noticia,
dijeron que tras la guerra,
tras el dolor y la muerte,
tras la victoria
ganada a sangre y fuego,
tras la batalla
por fin regresaba.

¡Lo esperé por tanto tiempo!

Caminaba despacio,
se sabía vencedor de su destino,
pero no había orgullo en él
solo derrota,
el alma dolida,
era alguien diferente,
silencioso,
solitario,
su sombra lloraba
y a cada paso
los ejércitos, aliados o enemigos, retrocedían,
se apartaban de su armadura, de su mirada,
su imagen evidenciaba la tristeza,
el amor perdido,
la batalla,
el dolor contenido
la muerte.

La inutilidad,
el dolor de la batalla.

Le miré desde la torre,
me presintió y me miró con una triste sonrisa,
nunca volvió a sonreír como solía,
la alegría la dejó en el Oeste,
pero él,
el héroe,
al fin había vuelto a casa.

13 de abril de 2012

El Planeta Oidem

En el planeta Oidem el clima y la naturaleza eran crueles y bondadosos al mismo tiempo. El año completo duraba 300 días. Durante 150 días, la lluvia, el calor y el clima contribuían a que el hemisferio norte viviese cómodamente, con toda clase de alimentos entregados por la propia tierra. En esa mitad del año, los habitantes del hemisferio sur vivían en un árido desierto en el que apenas se podía subsistir.

Sin embargo, al pasar esos primeros 150 días todo cambiaba de la noche a la mañana. El norte se secaba por completo y la naturaleza parecía desaparecer como por arte de magia para viajar al sur. Eran muchas las gentes del norte de Oidem que morían en aquellos días de penuria, acostumbrados como estaban a ser ricos y a vivir con toda suerte de comodidades y muchas las gentes del sur que no sabía qué hacer con tantos bienes recibidos de golpe.

Durante milenios esto fue así y nadie luchó por evitarlo. Si ocurría era que los dioses así lo estimaban oportuno. Fue un niño que vivía en la frontera entre ambos hemisferios quien tuvo la ocurrencia de llevar bienes del norte al sur o del sur al norte según crecían para que unos amigos de cada lado del mundo no sufriesen calamidades. Por suerte para Oidem, las autoridades se enteraron de estos hurtos y decidieron imitar al muchacho. Hoy, Oidem es un pueblo donde el norte trabaja en tiempo de bonanza para dar de comer al sur y el sur lo hace en su momento para dar de comer al norte. Un mundo feliz al fin y al cabo, donde todos se esfuerza por el bien de los demás.

5 de abril de 2012

Héroe de Leyenda


Nadie supo nunca de dónde llegó el Extranjero, nadie se lo preguntó ni él lo dijo jamás. Era un errante, un ser solitario llegado de un país desconocido y misterioso. Pocos son los que recuerdan su rostro o sus sombríos ojos de azabache. Yo sí lo recuerdo. Recuerdo el filo de su mirada, el acero de su piel, su fuego, una ira incapaz de calmarse en la batalla. Nadie supo nunca de dónde vino, pero llegó en el momento en el que más lo necesitábamos. Pocos recordarán la cicatriz de su mejilla. Recuerdo incluso el dragón tatuado en su brazo izquierdo, el brazo con el que blandía la espada más certera que he visto en mi vida. Son pocos los que recuerdan la llegada del Extranjero en mitad de la niebla, bajo el manto negro de una noche sin luna, bajo la atenta mirada de los lobos huidizos y los espíritus perdidos.

Llegó de madrugada, solitario, en silencio. Golpeó tres veces la puerta de la cabaña y Tarn, el Druida, me dijo que abriese. Recuerdo el pavor con el que me acerqué a la madera, el temblor de mis piernas. Estábamos en Samheim y pensé que era un espíritu, un ancestro en busca de venganza, pero el Druida había dado una orden directa, no podía desobedecer y abrí, topándome con dos pupilas siniestras, rugientes. El extranjero irrumpió en la estancia y preguntó por Loräl, todos callamos, Loräl había muerto durante el invierno pasado.

Nadie puso en duda su llegada, nadie le preguntó la procedencia, solo mi alma aterrada se lo preguntó a lo largo de los meses que estuvo con nosotros en la aldea. Le temía. Quizá por eso Tarn me convirtió en su lacayo, en su sirviente. Recuerdo el tatuaje que recorría su espalda, un lobo aullando a la luna. Recuerdo su silencio apacible, la serenidad de su gesto en la paz y el odio desmesurado que esgrimía en la batalla. Recuerdo la sangre chorreando por su cuerpo, nunca suya, siempre de sus enemigos.

Llegó cuando más lo necesitábamos, como si Loräl lo hubiese convocado. Los norteños atacaron por sorpresa, habríamos sido masacrados, pero él nos ayudó. Recuerdo verle solo frente al enemigo, imponente, implacable. En el pueblo todos lo consideraban un héroe, para mí nunca dejó de ser un espíritu, un diablo. Un diablo que ayudó a mi aldea a sobrevivir a aquel verano.

Al marchar se convirtió en una leyenda, en un cuento que se contaba a los pequeños. El paso del tiempo hizo que  pocos recordaran su paso por la aldea, yo nunca lo olvidé. Nunca olvidaré sus ojos negros, su espada bañada en la sangre de los enemigos, el dragón rugiendo en su brazo y el lobo saltando de su espalda para unirse a la batalla. Nunca supimos de dónde procedía, ni si era un héroe, un dios o un diablo…

Pero el extranjero nos salvó y nunca podré olvidar la única sonrisa que me dedicó antes de partir, antes de abandonar la realidad para convertirse en leyenda.

4 de abril de 2012

Las Sonrisas Perdidas


En el pueblo de Amín, la Abuela Vieja contaba todas las noches cuentos que hablaban de niños que perdían la sonrisa y debían salir en su busca. Todos la miraban asombrados, porque, a pesar de su vejez y su piel repleta de arrugas, profundas como valles y montañas, su voz era capaz de agitar los corazones de cuantos tuviese alrededor. Cada atardecer, cuando el sol se perdía tras los Montes del Olvido y del Encuentro, la aldea se sentaba en torno a la abuela, que hablaba de otros tiempos, cuando la lluvia no quemaba, cuando había Esperanza y los niños correteaban y jugueteaban sin parar, como si fuesen ríos desbordados o caballos al galope.

Los cuentos de la Abuela Vieja eran maravillosos, claro que nadie se los creía, aunque ella afirmaba con el ceño fruncido que eran reales, que hubo un tiempo, no demasiado lejano, en el que los niños sonreían, en el que los poblados estaban repletos de alimentos, juegos, agua y diversión. En el que las tribus no guerreaban por la caza y el mundo era un lugar agradable para vivir. Amín la observaba cada noche, absorto ante sus palabras. Soñaba que lo que contaba la anciana era real, que realmente hubo un tiempo en el que los niños reían y vivían en paz, en el que la comida abundaba y los desiertos eran grandes sabanas repletas de vida y color.

Pero era imposible creer a la Abuela Vieja, a sus más de treinta años era ya una criatura extraña y caduca en el poblado. Nadie sabía con exactitud cuántos años tenía ni de dónde procedía. Su piel no era negra, parecía cubierta de leche y a través de los surcos de su cara se podían apreciar unos divertidos puntitos más oscuros que revoloteaban junto a su nariz. Amín la quería y la respetaba, se esforzaba por creerla, pero por más que lo intentaba era incapaz de hacerlo.

Un día llovió. Todos corrieron a refugiarse de la lluvia, pues hacía mucho tiempo que la lluvia era corrosiva, ardiente. Pero la Abuela Vieja no se ocultó con el resto de la tribu al amparo de la Roca del Agua, el refugio natural en el que se cobijaban todos. Por primera vez en mucho tiempo se puso en pie, saltó, cantó y bailó bajo la lluvia, ante las miradas aterradas de los aldeanos.

Las nubes se marcharon, la lluvia cesó. Amín corrió hacia la vieja, esperando verla abrasada y moribunda, pero se encontró con una hermosa joven de cabellos de oro, piel blanca y sonrosaba y una sonrisa como las que describían los cuentos de sonrisas perdidas de la Abuela Vieja.

Amín pensó que estaba ante un ángel, pero ella habló y él se dio cuenta, era la Abuela Vieja, sus arrugas habían desaparecido, su piel era distinta. Todos los niños de la aldea se reunieron en torno a la joven, asombrados. Ella les miró con amor, desprendía luz en su mirada, algo había cambiado en el interior de su alma.

-El momento ha llegado pequeños –dijo y su sonrisa fue aún más amplia y deslumbrante-. Podéis salir de viaje y traer de vuelta las sonrisas. Los próximos cuentos de las aldeas de todo el mundo hablarán de vosotros, los pequeños que devolvieron la esperanza a la Tierra y recuperaron las sonrisas.


Este cuento está dedicado a todos los niños que han perdido su sonrisa o a aquellos que aún no saben que existe, para que algún dia las encuentren.