#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

Microrrelatos en 3 Capítulos

Disfruta de más de cien historias cortas

La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

21 de junio de 2012

La Ex...


Fue una casualidad, un encuentro inoportuno a la salida del trabajo, bajo la luz reflejada por una luna encogida bajo un buen puñado de nubes oscuras… hacía dos o tres años que no la veía, me había quedado tirado con el coche esa mañana y por primera vez en meses había venido andando a currar. La farola parpadeaba, los coches dejaban su estela, el autobús aún tardaría media hora en llegar… y me miró.

Cuando el castaño de mis ojos se topó con el verde de los suyos supe instantáneamente qué iba a ocurrir a continuación. Yo había cambiado muy poco y ella… ella seguía estando tan buena como siempre, podría decir que incluso más y es que todos nuestros amigos comunes me contaban –supongo que para hurgar en mi herida y para seguirse riendo de mí por cortar con ella- lo feliz que era desde que no estaba conmigo. La sonrisa en su cara, la felicidad en su caminar, le decisión en sus pupilas… ahora sí que era una princesa. Y yo… yo seguía siendo el idiota que curraba y estudiaba a la vez, el idiota que la había dejado, el idiota que solo pensaba en lo buena que estaba, el idiota que aún la quería sin saberlo.

Ahora, al tenerla tan lejos, lo sabía.

Se acercó a mí, más resuelta de lo que la recordaba y sin perder la sonrisa me besó en los labios. Sabía que era un error dejarse llevar bajo la mortecina luz de aquella noche, a través del parpadeo de la farola, irrumpiendo en su felicidad… pero fue la noche más fantástica de mi vida y al amanecer, al despertar satisfecho y orgulloso de mi comportamiento nocturno, solo encontré una nota en la cama, en el hueco abandonado por aquella chica a la que una vez había dejado por inmadura...

“Espero que la noche y el polvo te hayan gustado. Esto es lo que perdiste aquella tarde gilipollas. No me llames.”

Nunca volví a verla…

13 de junio de 2012

Prueba de Hombría


El suelo retumbó bajo los pies de Arac y el niño tembló de los pies a la cabeza, se aproximaba algo muy grande a la aldea, algo tan enorme que parecía una fuerza de la naturaleza. El terror le impulsaba a salir corriendo de su refugio entre los árboles y correr hasta la seguridad de su cabaña. Allí estarían todos, para protegerle, como siempre. La luna llena le miró, reprobadora y se sintió pequeño, más pequeño que nunca. Tenía que demostrar que era un hombre, tenía que superar aquella noche a la intemperie para ser adulto. Si corría a la aldea con el rabo entre las piernas, sería el hazmerreír de todo el pueblo.

Ya podía venir el más fiero de los dragones. Él se mantendría firme en su puesto.

La decisión estaba tomada y aun así, notó el corazón latiendo desbocado al ver la primera de las moles. Un bulto negro y enorme que avanzaba bajo la luz de la luna. Un ser indescriptible, de aspecto fiero y con dos colmillos tan grandes como la falcata de su padre… o más. El bosque tronó cuando alguien gritó una orden y la comitiva se detuvo. Arac sintió que su pecho saltaba de miedo cuando escuchó el poderoso bramido de la bestia, que fue coreado por decenas de respuestas. No había una bestia, ¡era un ejército de bestias!

Y ya no hubo vergüenza que detuviese su carrera.

Había visto monstruos, ¡monstruos reales! Y venían acompañados de hombres… estaba seguro, los demonios venían a destruir la aldea, como en la leyenda que la Anciana había narrado en la hoguera. ¡Tenía que avisar a la aldea! No sería un hombre, sería la vergüenza de sus padres, todo el pueblo se reiría de él por no haber alcanzado la hombría… y sin embargo, tenía que regresar. Aquella fue la primera acción valerosa de un gran guerrero. Gracias a su aviso, el pueblo pudo huir a tiempo del ejército de ocupación cartaginés. Aquella fue la primera vez que Arac vio a los elefantes de Cartago, pero no fue la última y años más tarde sería capaz de luchar frente a ellos. Aquella noche, Arac se ganó la hombría salvando a su pueblo de una muerte segura. Días después, su padre le entregó su propia falcata en agradecimiento por su valor.

A veces no hace falta ser valiente para demostrar la hombría.


La estupenda imagen que acompaña al texto pertenece al pintor Ernest Descals.

7 de junio de 2012

Empezar de Nuevo

El anciano miró por última vez su casa. Había sido feliz allí. Sin duda, en el interior de aquellas paredes había disfrutado de los años más dichosos con los que un hombre podía soñar. Sonrió mientras se enjugaba las lágrimas rebeldes que jugaban entre los pliegues apergaminados de sus mejillas. Se llevó el nudillo del índice de la mano derecha a los labios y se lo mordió en un gesto habitual. Casi creyó escuchar la voz de Irina regañándole por morderse… pero ella ya no estaba, solo era un recuerdo, un aroma fresco que le atormentaba cada mañana, una fotografía en blanco y negro, un hasta pronto susurrado en el lecho de muerte… no, Irina ya no estaba.

Volvió a sonreír y por fin fue capaz de derrotar a las lágrimas tramposas. Miró a la ventana donde siempre habían colgado los geranios de Irina y su puño izquierdo aferró con fuerza el bastón. Ella ya no estaba. Tenía que marcharse de allí. Vivir. Era una promesa. Tenía que vivir por ella, para un día, en el futuro, poder contarle allí arriba, junto a macetas repletas de coloridos geranios, las aventuras que había vivido mientras ella estuvo ausente, para narrarle los libros que había leído y hablarle durante horas de las personas con las que se había topado en su nuevo camino. Era una promesa…

Jamás había roto una promesa. Se volvió, dejando la casa a sus espaldas y se marchó para siempre a un lugar donde nadie conociese quién era y donde pudiese empezar de nuevo. Irina estaría feliz por él. Lo sabía. Se besó el nudillo, pensando que, como ella solía, era la mano calma de su mujer la que apartaba sus dedos de sus labios y por una vez, por una última vez, supo que ella estaba allí, junto a él, despidiéndose de una repleta vida en común. En aquel momento, Óscar fue feliz y su sonrisa despejó cualquier duda, tenía un nuevo camino que recorrer.

2 de junio de 2012

El Mago de París. 02

La historia de la literatura está repleta de infancias terribles, enfermedades duraderas, orfandades y soledad. Dicen que buena parte de los grandes genios de las letras proceden de orígenes señalados, de pérdidas irreparables y de experiencias capaces de marcar a una persona para siempre.

No era el caso de Marcel.

Su infancia había sido feliz, completa. Hijo único de dos honrados taberneros del Barrio Latino de París, sus primeros años transcurrieron entre las estrechas callejas repletas de bohemias y artistas y la apacible taberna, siempre repleta, de sus padres. Allí, entre parroquianos poetas, músicos callejeros, estudiantes soñadores y personas humildes, transcurrió la infancia de un temprano amante de las letras.

Fue con tres o cuatro años cuando un cuentacuentos pasó por “Le Chat Noir” y pidió un vaso de vino y un pedazo de queso a cambio de una tarde de cuentos para el pequeño y el resto de fieles de la taberna. Fue con tres o cuatro años cuando Marcel sintió en su corazón que amaba los relatos, las palabras y los viajes.

Fue con tres o cuatro años…

Tiempo después aún sería capaz de recordar la sonrisa del humilde cuentacuentos, el destello travieso de sus ojos al narrar, el movimiento fulgurante de sus brazos, la pasión… Marcel nunca olvidó aquel día y mucho menos los cuentos que escuchó en la garganta quebrada de un cuentero demasiado mayor para seguir con su viaje.

Fue a esa edad, nunca sabría demasiado bien si con tres o con cuatro años, cuando Marcel decidió que sería escritor y que algún día, gentes de todo el mundo se admirarían ante su arte de contar cuentos, sueños inventados, viajes imposibles…

La infancia de Marcel fue feliz. Era el sobrino afectuoso de cuanto cliente consumía en la taberna, el rayo de luz de quien llegaba con problemas, la sonrisa divertida de quien se sentía un extraño, la calurosa bienvenida a los forasteros.

La infancia de Marcel fue feliz, dichosa, completa. Y pronto, muy pronto, comenzó a imaginar historias para tantos y tantos rostros, para ese París mágico que veía deambular ante él cada mañana.

Apenas tardó tres o cuatro años más en contar sus propios cuentos… en sentirse creador. En ser un escritor que aún no había escrito nada.

1 de junio de 2012

Sentimiento de Fracaso


Firmó la cartilla del Paro y deambuló por la ciudad durante toda la mañana. Se sentía un fracasado. No tenía nada que hacer y mientras enumeraba mentalmente las decenas de currículos entregados en mano y las centenas de enviados por internet, se dedicó a pasearse y a mirar escaparates, sin ánimo real de comprar nada. Estaba aturdido y lo peor de todo es que llevaba así un par de meses. Parecía mantenerse a la espera de algo, no sabía demasiado bien de qué, pero seguía esperando, como si un sexto sentido le advirtiese que el cambio estaba cerca.

Pero la paciencia se le estaba empezando a terminar. Llegó a su piso de alquiler sin hambre. Encendió sus 299 € de televisor plano y se alimentó con crisis absurdas, delitos sin culpable, timos mundiales y estafas consentidas. Escuchó con total atención el tema de "Bampia", esa amalgama de tramposos, estafadores, mentirosos y ladrones que hacía apenas tres meses le habían quitado la casa por no tener dinero y ahora le pedían un esfuerzo para salvar su banco. Recordó que gracias a sus problemas financieros ahora era un divorciado que visitaba esporádicamente a sus hijos y deseó que todos los bancos se fuesen a la quiebra.

Apagó la televisión en cuanto apareció el fútbol y sus millones cotidianos. El mundo era una mierda, pero él no hacía nada por evitarlo… entonces tomó una decisión, iba a terminar con todo de una vez, estaba harto. Llamó a sus hijos, les dijo cuánto les quería y tiró el teléfono móvil por la ventana, cogió algo de ropa y el dinero que le quedaba y se marchó para siempre. 

Dicen que la última vez que se le vio fue por Haití, dando clases a niños. Otros lo ubican en Sierra Leona y aún los hay que dicen que está en el Sáhara, lo que todos aciertan a refutar es que nunca más se sintió un fracasado.