#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

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Artículo publicado en Diábolo Magazine

21 de julio de 2012

Demonios de la Zona Prohibida





La noche amenazaba bajo la tormenta seca que azotaba la arboleda. Brow supuso que buena parte de sus hombres estarían en ese instante lanzando miradas furtivas a los alrededores, muchos temblarían al ver crecer las sombras de los árboles, algunos rezarían o recogerían en sus puños temblones las cruces que todos ellos llevaban al cuello como miembros de la Orden. La mayor parte de la tropa temblaría ante la llegada de la oscuridad. No era para menos. Incluso él, que había participado en decenas de incursiones semejantes, notaba la desazón, el temible impulso del terror, el deseo irrefrenable de fustigar a su montura y procurar abandonar lo antes posible los límites del Bosque. Dejarlo tan atrás como fuese posible mientras cabía la posibilidad… pero como comandante se mantuvo firme en su puesto de cabeza, aparentando resolución y tranquilidad ante sus subordinados. Cobijando bajo su coraza su propio miedo. Tenían una misión que cumplir. Estaban preparados. Todos formaban parte de las fuerzas de élite de Sarberk, no podían asustarse como simples chiquillos ante la llegada de la noche, ni siquiera en las profundidades del Bosque, ni siquiera cuando sabían que podían estar viviendo sus últimos minutos…


El Bosque… siempre era el Bosque. Desde muy pequeño Brow había sabido que su vida estaría ligada para siempre a esa misteriosa arboleda que les ofrecía sustento y calor durante el día y les acosaba durante la noche. Nació y creció en la Frontera, entre leyendas, terrores y criaturas siniestras. Abandonó el oficio de panadero de su padre y se hizo soldado para poder combatir a los demonios que habitaban las profundidades de la oscuridad, con la esperanza de, algún día, poder recordar cómo habían liberado Gelth de aquellas bestias, y durante años las había enfrentado y derrotado en batallas cruentas… sin embargo, desde hacía algún tiempo había perdido la esperanza, había descubierto que no podía haber futuro para una civilización enfrentada diariamente a su noche… Gelth era un mundo condenado. Lo sabía. No podía resistir durante mucho tiempo más ese peligroso equilibrio entre la Gente y la humanidad. Alguien tendría que vencer finalmente… y todo parecía indicar que ellos no ganarían esa guerra.

Ni siquiera estaba seguro ya de querer que la humanidad resultase vencedora en aquella batalla diaria. La Gente era brutal, siniestra, monstruosa. Estaba compuesta por criaturas oscuras y bestiales, capaces de barbaridades difíciles de describir… pero los humanos, presuntamente más civilizados, no se quedaban atrás. Desde que pertenecía a las fuerzas de élite había visto cosas capaces de derrumbar cualquier esperanza, de acribillar cualquier ilusión de paz o avances reales. Los humanos eran tan brutales como las criaturas del Bosque, en ocasiones mucho más bestiales que las propias bestias a las que decían combatir en pos de la civilización y la hegemonía del Dios verdadero, del bienestar del mundo… y para Brow, que siempre había defendido a la humanidad, a la religión verdadera que promulgaba la Iglesia, saber aquello había significado un antes y un después en su existencia… no creía que los humanos mereciesen habitar aquellas tierras por encima de la Gente. No creía que esa Iglesia representase a Dios… Es más, sospechaba que las razones que impulsaban a las criaturas a acogerse a la oscuridad y a luchar eran más que razonables.

Por supuesto, estas eran ideas que se quedaban en su interior, nadie quería alzar la voz y ser proclamado traidor o hereje… las hogueras se alimentaban de los disconformes.

No sabía si debía continuar luchando o si sería mejor dejarse derrotar en el próximo combate y morir con la esperanza de llegar a un lugar mejor, donde descubriese si la Iglesia estaba o no en lo cierto. Un lugar en el que las luchas pudiesen llegar a tener algún sentido… porque allí, en Gelth, para él habían dejado de tenerlo.

Muchos caballos piafaban atemorizados. Las sombras crecían y los brutos sabían que la Gente comenzaría a rodear al grupo. Tembló. Estaban preparados, eran fuerzas de élite y cualquier criatura se lo pensaría dos veces antes de atacarles, el emblema del tigre era suficiente para cualquier ente del Bosque como para saber que, atacando a ese grupo, atacaba a guerreros formidables y entrenados para luchar en la oscuridad. Eran guerreros preparados especialmente para enfrentar a la Gente. No eran niños ni doncellas descuidadas que se perdían en la noche y de los que no se volvía a tener noticia alguna. Eran guerreros y por cada baja que ofreciesen se llevarían a un buen puñado de enemigos. No era probable que les atacasen, pero Brow era precavido, quizá por ello seguía ascendiendo en un oficio en el que la muerte era el último destino; quizá por eso continuaba siendo enviado al Bosque durante la noche.

Un relámpago inusualmente luminoso le hizo volver a la realidad. Recordó su misión y renegó en silencio. No era un cobarde, ni mucho menos, pero sabía que aquella misión era un suicidio. Les habían enviado a los límites del Bosque, hacia la Zona Prohibida, donde se rumoreaba que se estaban desarrollando decenas de ataques y matanzas por parte de una tribu desconocida hasta entonces. Brow sabía que por allí había una aldea de colonos. Desconocía cómo habían logrado prosperar en un lugar en el que el Bosque tenía sus dominios, cómo conseguían sobrevivir a la llegada de la noche… esa noche lo sabría. Su destino era aquella aldea y su misión descubrir qué criaturas eran capaces de desmembrar humanos y criaturas por igual… y lo más importante, por qué aún nadie había logrado describir a esos seres.

Un aullido impregnó la noche, acompañado del rugir de la lluvia y el retumbar de los truenos, por primera vez en mucho tiempo Brow se permitió un deseo, el de estar en su incómodo catre en Sarberk, aspirar los hediondos aromas de la pensión en la que se hospedaba desde que tenía un sueldo personal y beber la horrible cerveza de la taberna de Rork… incluso añoró el aliento pestilente y las piernas fechas de Corin, la fulana con la que se acostaba casi a diario… si sobrevivía a esa noche –juró- se emborracharía y se llevaría a su sucia habitación a la mismísima mujer de Rork, a pesar de que pudiese ser su madre y de que oliese a pocilga descuidada.

Un nuevo aullido, aún más cercano que el anterior, le hizo aferrar la empuñadura de la espada y escrudiñar los alrededores. Indicó a la tropa que se detuviese y susurró una orden para que todos estuviesen listos en caso de sufrir un ataque… lobos. Eran criaturas peligrosas, pero no las peores que podrían encontrar. En ese Bosque cada nuevo recodo podía albergar un peligro peor que el anterior. Lamias, vampiros, súcubos… cualquier criatura de pesadilla podía aparecer tras cada árbol. Recordó su primera misión en la arboleda, cuando aquella niña casi le había partido en dos… era incapaz de olvidar sus ojos, tristes y azules… de nuevo un trueno y un coro de aullidos le hicieron regresar de sus recuerdos. Estaba divagando y necesitaba tener todos sus sentidos en el aquí y el ahora. Gritó y ante su nueva orden se encendieron las antorchas y se retomó la marcha a un paso rápido. La aldea no podía estar demasiado lejos de allí y necesitaban tener un lugar defendible ante un eventual ataque.

Supo que estaban a pocos metros al comenzar a ascender una loma. El primer indicio fue el olor…

Brow era un guerrero entrenado, curtido en batallas, todo un veterano con más de dos centenas de incursiones al Bosque y millares de encuentros mortales… y sin embargo, no pudo evitar doblarse en dos y vomitar cuanto tenía en el estómago. Una vez vacío el estómago, aún estuvo largo tiempo sufriendo arcadas. Allí, a apenas cincuenta metros de su posición, estaba el lugar que habían estado buscando… La aldea ofrecía un paisaje inaguantable, atroz. Por todas partes se adivinada la muerte, la tortura, el fuego… no podría decir qué había pasado allí, pero sus habitantes eran amasijos chamuscados que mantenían gestos de dolor y agonía. No había nada con vida en la aldea… nada que aguardase la llegada de su pequeño ejército…

Salvo las máscaras… máscaras de barro oscurecidas por el fuego, endurecidas. Máscaras ominosas que miraban directamente a los ojos de los recién llegados, provocando aún más terror y nerviosismo. Cada cabaña en pie tenía una o dos de estas máscaras bestiales. Máscaras que se apreciaban desde muy lejos, que hacían brotar el miedo en el corazón de los hombres.

Nadie parecía querer avanzar, incluso hubo un par de comentarios atemorizados que aconsejaban huir de allí para alejarse de la muerte… la noche estaba a punto de cerrarse, la tormenta seca arreciaba, el escaso fulgor del sol pronto se ocultaría tras las copas de los árboles y la Gente reclamaría la arboleda como su reino… además, los carroñeros acudirían al olor de la muerte, aquel no era un lugar seguro, tendrían que marcharse de allí. Algo en el interior del comandante le gritaba que se alejara de la aldea salvaje lo antes posible, pero había algo más, algo poderoso que le hacía continuar acercándose al poblado masacrado… no podía evitar el sentirse tentado a ver de cerca esas máscaras…

Así pues continuó, obligando a sus hombres a no mostrar temor y a acompañarle en su locura. Deberían haberse marchado de regreso a Sarberk, deberían haber huido de aquel lugar… Pero no se marcharon, en ocasiones los humanos son incapaces de obedecer a sus instintos y deben sufrir en su carne y en su alma el dolor para percatarse de la cercanía del mal…

La oscuridad crecía veloz, pero había algo que llamaba fuertemente la atención de Brow, una serie de bultos extraños que sobresalían del suelo y rodeaban la aldea, algo más monstruoso que el olor, el fuego, las ruinas o las máscaras… una visión que los allí presentes no podrían olvidar jamás…

Los caballos relincharon y piafaron una vez más, algunos se encabritaron y tiraron a sus jinetes. El grueso del grupo gimió y muchos lloraron en silencio. No hubo un solo miembro que no temblara. Era imposible mantener la tranquilidad ante lo que tenían ante sí…encontrarse con cadáveres masacrados no era una novedad en el Bosque y aunque fuese doloroso y repugnante, no dejaba de ser algo ligado con su oficio… lo que no era tan natural era encontrar decenas de cabezas decapitadas y clavadas en estadas protegiendo la aldea… y eso fue, precisamente lo que vieron al llegar a la altura de la aldea. Decenas de cabezas clavadas en picas alrededor del perímetro abrasado. Orcos, trolls, vampiros, lobos, brujas… muchas de ellas pertenecientes a niños y niñas… la mayoría con el dolor aún impreso en los rostros. No hacía falta ser muy inteligente para comprobar que habían sufrido hasta el extremo antes de perecer…

El comandante no supo decirse quién era la víctima y quién el verdugo en aquella aldea… no había cabezas humanas en las picas, solo pertenecían a la Gente del Bosque… era obra de los colonos… los humanos habían cometido aquella barbaridad… ¿quién era él pues para juzgar a las criaturas por destruir la aldea? ¿Acaso él no habría obrado igual? ¿Acaso los humanos no deberían castigar a los salvajes? ¿Por qué continuaba luchando en aquella guerra ignominiosa?

De pronto deseó marcharse de allí, correr, huir, abandonar la lucha, la coraza, su posición… quiso dejar de ser un guerrero, continuar con el oficio de panadero que le había ofrecido el negocio de sus padres… y entonces, cuando se disponía a espolear a su caballo para abandonar a sus hombres a su suerte, escuchó el sonido de tambores y cuernos y lo supo, estaban rodeados. Estaban rodeados por una ingente cantidad de criaturas que los superaban con creces. No sobrevivirían a aquella noche, estaban condenados. Por un momento sintió la paz en su corazón y no pudo evitar emitir una siniestra sonrisa, por fin podría descansar de aquella lucha interminable.

Un nuevo aullido erizó el vello de su nuca.

Y entonces lo vio, fue un simple movimiento atesorado por el rabillo del ojo y al girar la cabeza descubrió una de aquellas monstruosas máscaras corriendo hacia él. Portaba un puñal ensangrentado y bajo la máscara negra, vio el cuerpo de una mujer, una mujer completamente desnuda. Una salvaje… la mujer lanzó un alarido enloquecido, un alarido que no dejó de sonar ni siquiera cuando dos lanzas oscuras atravesaron su pecho desde la espalda. El alarido se tornó en un gorgoteo grotesco que se fue haciendo más leve tras cada nueva zancada. A los pies del caballo de Brow la mujer cayó, al fin desvanecida, logrando aún apresar con una mano la muñeca de una de las patas del caballo del comandante. Brow vio la sangre que empapaba el pelaje de su montura y no pudo contener la repugnancia. La mujer aún tuvo fuerzas para alzar la mirada y enfrentar el gesto asqueado del guerrero con la máscara negra antes de morir.

A partir de ahí dejó de ser él mismo, el hijo rebelde del panadero, el bravo comandante de un ejército cada vez más escaso… solo fue un guerrero, un autómata que, sencillamente, sabía cómo tenía que actuar. Gritó una única orden y pronto sus desorientados hombres estaban en formación y listos para enfrentarse a la Gente. No necesitaban nada más, eran guerreros expertos.

No supo nunca de dónde llegaron, pero de pronto se vio rodeado de enemigos y un baño de sangre pobló sus pensamientos. Ya no era Brow, hijo de Berthol, solo era una coraza, una espada y un odio ancestral hacia las bestias que poblaban El Bosque y que le mantenían tan lejos de su hogar. Un deseo de acabar de una vez por todas con todas las criaturas para que, por fin pudiese vivir en paz.

En momentos semejantes lo mejor era no pensar, dejarse llevar por los instintos e intentar sobrevivir a la locura y a la firmeza del enemigo. Horas después, fatigado y jadeante, Brow atravesó el pecho de un cuervo y acabó con el último enemigo que le acosaba. Aprovechó para ver el desenlace de la escaramuza y enmudeció de terror. No quedaba nadie en pie. El campo de batalla era un conjunto de cuerpos masacrados, cadáveres de los que se reían las máscaras repletas de hollín ante la atenta mirada de las monstruosas cabezas clavadas en las estacas. Intentó dar un paso y resbaló en la mezcla de sangre y barro que le cubría hasta las rodillas. Junto a él se apilaban decenas de cuerpos atravesados por su hoja… era una visión terrible. Nunca había odiado tanto ser guerrero… se descubrió a sí mismo llorando en la soledad de la noche, en el interior del Bosque…

Las fuerzas del Bosque les habían multiplicado en número, pero sus hombres habían demostrado estar hechos de acero y habían dado un duro golpe a la Gente antes de morir. Si alguien se enteraba de aquella gesta sería héroes, pronto, en las tabernas y plazas públicas de todo Gelth, habría trovadores y juglares que cantarían la hazaña del Escuadrón Tigre de Sarberk, comandado por Brow, hijo de Berthol, capaz de morir matando a millares de criaturas oscuras. Sería recordado para siempre, sus padres estarían orgullosos de su hijo soldado, ya podía morir en paz…

Y entonces le vio. Un nuevo enemigo, quizás el último antes de dejarse llevar por la oscuridad. Por sus andares y resolución supo pronto que se trataba de un vampiro, un miembro de la nobleza y la casta gobernante de la Gente. Sabía que acabar con él sería difícil, quizá imposible, los vampiros eran los seres más poderosos de entre los habitantes del Bosque, pero él era un guerrero, lucharía con todas sus fuerzas hasta el final, se lo debía a sus hombres masacrados. Se lo debía a las futuras canciones y al Dios al que pronto esperaba conocer…

Creyó ver junto a la aldea a una niña sonriente. Una pequeña de cabellos dorados y pecas juguetonas que le dedicaba una bonita sonrisa… de pronto, tuvo la certeza de que había venido a buscarle… sacudió la cabeza y se preparó para la lucha.

El vampiro caminaba hacia él con su elegancia natural, con su delgada espada desenvainada. Brow sabía que estaba cerca de morir. No sobreviviría a un embate con un vampiro. No en su lamentable estado… y aún así, alzó su espada. Podría rendirse, dejar que el enemigo por fin acabase con su lucha, lograr dejar de escuchar los lamentos de los moribundos y los gritos de los caídos. Podría marcharse con aquella niña tan bonita… pero alzó su espada y se preparó para enfrentarse al mal, como siempre lo había hecho.

Uno, dos, tres acometidas fue capaz de detener antes de que la hoja ensangrentada del vampiro azotase su rostro como un latigazo. La furia hizo que lanzase una estocada al estómago que el enemigo esquivó con suma facilidad, lo que hizo sonreír a Brow, que precisamente era eso lo que había buscado, sin darle tiempo a reaccionar, lanzó un puñetazo al rostro pálido de chupasangre y le partió el labio. Sorprendido, el vampiro intentó contrarrestar el golpe recibido con un envite al pecho del humano, pero resbaló con la sangre que inundaba el suelo y cayó de espaldas con un chapoteo. Brow se maldijo a sí mismo antes de atravesar el corazón de su enemigo con su hoja de plata… una vez más iba a sobrevivir a una muerte segura.

Y cuando su hoja ya caía escuchó el bramido, un sonido antinatural que logró detener su estocada final. Un estruendo ensordecedor invadió el ambiente cuando una pareja de robles fueron derribados por una fuerza imposible. Brow se giró hacia el lugar del que procedía el estruendo, olvidando a su enemigo y poniendo atención a aquello que estuviese llegando hasta ellos. Esa era su misión. El vampiro rodó sobre sí mismo y se puso de pie junto al humano, parecía tan sorprendido como él de lo que acababa de escuchar. Brow supo que no le haría daño, no en ese instante, estaba tan asombrado como él, aquello que llegaba no era una criatura del Bosque, era algo más… solamente podía tratarse de un Demonio de la Zona Prohibida… una criatura aún más peligrosa que cualquier ser de la arboleda.

No tardó ni dos segundos en irrumpir frente a la aldea y bramar de nuevo. Su furia y el poder que desprendía eran infinitos. Era tan alto como cuatro hombres y robusto como un enorme buey. Caminaba erguido sobre dos piernas tan gruesas como árboles centenarios y en sus dos brazos, culminados en garras de acero, parecía llevar toda una suerte de espadas y cimitarras diversas, aunque pronto se dieron cuenta de que se trabaja de púas aceradas que sobresalían de su piel. Era un monstruo. El más gigantesco y peligroso monstruo que hubiesen visto nunca. De su cabeza sin rostro sobresalían cuatro cuernos descomunales y bajo la luz de un nuevo relámpago comprobaron que su piel parecía estar hecha de granito.

Brow y el vampiro se miraron y no tuvieron necesidad de hablar. Ambos eran guerreros y sabían que aquella era una amenaza imposible de obviar. Fraguaron una muda alianza que finalizaría con su muerte o con la muerte de aquel enemigo imposible que parecía tener necesidad de derruir cuanto se encontraba en su camino. El monstruo aplastaba cadáveres sin darles la más mínima importancia. Caminaba hacia ellos, como si un impulso le indicase la posición de los dos únicos seres vivos que había en aquel lugar de muerte.

El vampiro arrancó una lanza negra de la espalda de un soldado humano y se la lanzó a la bestia. El arma rebotó sin provocarle ningún daño y los ojos oscuros e insondables de la criatura se iluminaron con un destello rojizo. Brow supo al momento que acababan de ser declarados enemigos. Preparó su espada y corrió hacia la bestia, dándole la espalda al vampiro. Tenía que averiguar cuánto pudiese de aquella bestia infame.

Lo primero que descubrió fue su sorprendente velocidad y una agilidad capaz de superar a cualquier ser que conociese. La hoja de su espada se quebró al golpear el brazo de la criatura y se salvó de ser ensartado por una de las púas por pura casualidad. Lo que no pudo evitar fue el llevarse un golpe demoledor en el rostro y de ser lanzado a varios metros de distancia, hasta estrellarse contra una de las chozas. Ese fue el momento que aprovechó el vampiro para lanzarse hacia la única desprotección que había vislumbrado en el cuerpo de la bestia, su cuello. Mientras el ser rocoso golpeaba al comandante humano se lanzó hacia el ancho pecho de la bestia y lanzó un violento sablazo hacia su cuello…

La criatura aulló de dolor y hasta las entrañas del Bosque temblaron ante su furia. Pero ya estaba herido y el vampiro había descubierto su punto débil. Arremetió una y otra vez con su espada hasta decapitar al monstruo, aunque para ello hubo de sufrir varios golpes y cortes provocados por las púas del gigante. Aun así pudo vencerle, había aprovechado la incursión del humano para atravesar las fronteras naturales del monstruo y situarse tan cerca como fuese posible, dificultando de ese modo la defensa del ser.

La bestia cayó de espaldas cuan largo era y su extraña y monstruosa cabeza rodó varios metros. Aun así su cuerpo aún se movió durante unos minutos que al vampiro se le hicieron interminables… cuando por fin dejó de moverse se interesó por el humano, estaba vivo… pensó en liquidarle antes de dejarse vencer por la fatiga, pero habían fraguado una alianza y había demostrado su valor al lanzarse hacia el Drauk… no merecía morir, además, quizás necesitasen a los humanos en la guerra que estaba a punto de comenzar…

Miró a la aldea y la vio, Muerte trabajaba, haciendo juguetear a sus pecas entre los montones de muertos, pronto tendría tanto trabajo que apenas podría descansar. Le lanzó un beso a través de la noche y se esfumó. Ella sonrió y miró al cuerpo intranquilo del comandante humano. Era una pena que no hubiese muerto, seguro que tenía una buena historia que contar… pero la que contaría al regresar a Sarberk sería imprescindible si pretendía que no muriese todo el mundo a la vez.

Era indispensable que el humano llegase a la Ciudad de la Frontera y avisara de la existencia de los Drauks. Quizás así se fraguase una alianza entre la Gente y la humanidad, quizás así hubiese una esperanza…

17 de julio de 2012

Los Campeones del Escondite


Juan y Manuel nacieron a la vez, el mismo día y a la misma hora. Manuel lo hizo unos minutos antes que Juan y quizá por eso sus padres le consideraban el mayor. Eran vecinos, vivían en la misma calle y solo se separaban para comer o dormir, el resto del tiempo lo pasaban juntos. Y así había sido durante sus primeros nueve años de vida.

A Juan y a Manuel les encantaba jugar al escondite, de hecho, eran los campeones del barrio, tenían un don, cuando jugaban era imposible que perdiesen, sobre todo cuando les tocaba esconderse. Si ellos se escondían era imposible que nadie les encontrara, al menos mientras ellos no lo quisieran.

Aquel día era muy especial para ellos dos, cumplían diez años y como ya habían tomado por costumbre sus familias, lo celebrarían juntos cuando cayese la tarde y el calor sofocante de aquel julio especialmente caluroso dejara de ser tan persistente. Mientras llegaba la hora de la fiesta, los besos, las sonrisas y los regalos decidieron acudir a su lugar favorito en todo el mundo, el Parque de los Árboles Valientes. Estaba bastante alejado de sus casas, pero pensaron que sus padres no se extrañarían de su ausencia y estaban totalmente seguros de poder llegar a su propia fiesta de cumpleaños.

Ambos sonreían al pasear, charlaban acerca de qué les regalarían y sobre la tarta que compartirían. Eran tiempos de escasez y estrecheces, pero, de alguna manera, sus padres siempre encontraban la manera de regalarles la mejor tarta del mundo en su cumpleaños.

El Parque de los Árboles Valientes era un lugar increíble, nadie sabía por qué se llamaba así, bueno, quizás los abuelos que pasaban el rato en los bancos o jugaban a las cartas en las mesas lo sabrían, pero ellos nunca se lo llegaron a preguntar, tampoco les importaba. El nombre, el lugar… con eso les bastaba. Allí disfrutaban del frescor de la sombra en pleno verano y de los trinos de los coloridos pájaros que revoloteaban sobre las cabezas de los paseantes.

Juan y Manuel solían jugar allí al escondite. Era su lugar favorito, su mejor rincón. Por eso, enseguida se percataron de que algo raro estaba sucediendo… ¡los pájaros habían dejado de revolotear y cantar! Los abuelos se habían marchado, estaban solos en el bosque, su bosque para los dos.

Y entonces, a los pocos segundos, escucharon el rumor, un sonido sordo y retumbante que se acercaba rápidamente y que cada ver parecía más inminente, más grande… algo que llegaba desde el aire. Después se escucharon un buen puñado de silbidos… Juan y Manuel se asustaron mucho y decidieron esconderse… ni siquiera dos campeones del escondite como ellos pudieron ocultarse de los silbidos, de los aviones, de las bombas…

Juan y Manuel nacieron el mismo día, separados por un par de minutos, eran dos estupendos campeones jugando al escondite y durante aquel bombardeo se escondieron tan bien que nadie pudo encontrarlos jamás entre las cenizas y las ruinas del Parque de los Árboles Valientes…

9 de julio de 2012

El Sueño de Rubí


Rubí era una apasionada del fútbol y aunque era muy pequeña se sabía de memoria el nombre de cada uno de los futbolistas de la mejor selección mundial de fútbol, España. Conocía sus caras, los números que llevaban, de qué equipos procedían… Casillas, Ramos, Piqué, Arbeloa, Jordi Alba, Xavi Alonso, Xavi Hernández, Iniesta, Cesc, Torres, Llorente… se los sabía de carrerilla.

Pero lo que a Rubí le gustaba de verdad era jugar al fútbol y aprovechaba cualquier momento para hacerlo. Tenía una pelota hecha con trapos a la que le daba patadas siempre que podía. Y poco la importaba que su madre la regañara o que su padre la amenazara con lanzar el balón tan lejos que sería imposible ir a buscarlo.

A Rubí la encantaba el fútbol y soñaba que algún día sería futbolista en un equipo profesional de la primera división femenina. Por eso, cuando sus padres la dijeron que viajarían a Europa en una patera no tuvo ningún miedo. Se aferró con fuerza a su pelota de trapo y sonrió, su sueño estaba más cerca.