19 de enero de 2013

En mitad de la noche...



Caminaban cobijados por la noche y la niebla, temerosos. Una llovizna persistente había calado sus ropas y provocaba que el suelo se tornase resbaladizo. Cor escuchó alguna caída, demasiado estrepitosa para su gusto y elevó una plegaria a los dioses para que amparasen su marcha. Era imposible discernir al tiempo que llevaban de caminata, pero sabía que eran horas, sus piernas temblorosas, sus brazos cansados así lo evidenciaban...

De pronto se elevó entre la tropa un rumor que le provocó nuevos temblores. No sabía qué comentaban sus hombres, pero fuera lo que fuese resultaba cuanto menos inquietante. Y entonces fue cuando un coro de aullidos hizo que se le encogiese el estómago y se le erizase el vello de la nuca. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no echar a correr, como escuchó que hacían algunos de sus hombres... desenvainó la espada e intentó hacerse escuchar por encima de los cientos de aullidos que los rodeaban, pero era imposible saber si le escuchaban o no. Allí estaba solo. Cada uno de ellos había dejado de pertenecer a un ejército para convertirse en meros hombres solitarios en mitad de la noche y de la niebla, acechados por las bestias... tembló al recordar las historias que contaban sus tropas acerca de los berserker, los hombres-bestia...

Y entonces los vio. Eran reales. Tres se lanzaron hacia él y no pudo menos que gritar mientras procuraba defenderse con su espada de aquellas criaturas que provocaban pesadillas en los guerreros más curtidos. Diablos que acechaban en la noche y asesinaban sin piedad, sin el menor atisbo de humanidad en sus acciones. Debería haber hecho caso a las historias, debería haber retrocedido al ver los campamentos arrasados, debería haber detenido la marcha a la altura de las murallas... pero su arrogancia e incredulidad le había hecho proseguir su viaje, rumbo al norte, rumbo al territorio dominado por los lobos... fue capaz de degollar a uno de sus atacantes, que cayó a sus pies y en mitad de la niebla, en milésimas de segundo, pudo desviar la mirada y descubrir que era un hombre, solo un hombre ataviado con pieles de lobo. No eran bestias, no eran diablos, solo eran hombres... quiso gritar la orden, quiso advertir a sus hombres, quiso regresar a casa junto a su mujer y sus pequeños... pero cuatro guerreros se lanzaron sobre él, le desarmaron y le arrancaron la piel a mordiscos... de su batallón no quedó un solo miembro, salvo el joven Duëin, al que los enemigos decidieron perdonar la vida, que regresó narrando las atrocidades cometidas por las bestias demoníacas que gobernaban el Norte.

3 comentarios :

Lydia Leyte dijo...

Fantástico relato. Escalofriante. Soy una firme defensora del lobo, y de tantos otros animales salvajes, hoy en peligro, pero estoy contigo. Son los mejores protagonistas de un relato de miedo.

Penny Lane (Sara S.A) dijo...

Diablos! me quede con la piel erizada! Escalofriante narracion. Me encanto, fue simplemente corta y precisa. Me lo imagine todo inmediatamente.

Castillos en el Aire dijo...

Lydia, Sara, muchísimas gracias por vuestras palabras, es un placer haberos tenido como visitantes y, al menos, durante unos segundos, en tensión.

Besos