14 de febrero de 2013

Semáforo en Rojo



Justo cuando íbamos a cruzar el semáforo se puso en rojo. No pude verme en ese instante, pero estoy seguro de que mi cara tenía una tonalidad muy parecida, debía estar rojo como un tomate. Pude sentir su mano muy cerca, su sonrisa, su presencia... ¿qué hacer? Hacía frío y entre la multitud que aguardaba para cruzar al otro lado estábamos los dos, esperando el momento adecuado. Era una sensación extraña. Mi corazón palpitando, mi estómago convertido en un pozo sin fondo que amenazaba con tragarme para siempre, mi propio aliento tembloroso...

Me pregunté qué podía pasar si me atrevía, si decidía por fin aventurarme. Dicen que cuando uno va a morir ve pasar ante sus ojos toda una retahíla con imágenes sobre su vida… pues debe ser verdad, porque en los pocos segundos que llevábamos parados había pasado por mi mente un enorme conjunto de posibilidades, preguntas, respuestas y suposiciones, cada una más tremenda que la anterior. Sentía que estaba ante un momento decisivo, fundamental, en el que el acierto o el error podrían suponer una derrota estrepitosa o la mayor de las victorias… ¿por qué sería todo tan difícil cuando tenías cerca a una chica que te gustaba? No es que yo fuese demasiado elocuente o habilidoso por lo común, pero con ella… era aún más torpe e indeciso que de costumbre…

Fue justo cuando el semáforo se ponía otra vez en verde, en medio de la multitud, cuando nos aventuramos en aquel bosque de piernas, prisas, conversaciones apresuradas y miradas inquietas… casi no me dio ni tiempo a pensar en lo que podría ocurrir si resultaba que tenía las manos sudorosas, algo que era incapaz de discernir en mi situación actual. Ella me cogió de la mano y me la apretó con firmeza y cariño, la miré y ella me devolvió una sonrisa radiante. Con la mayor de las sonrisas, aunque con el vacío aún tirando de mi estómago me adentré en la mayor de las aventuras, una que, por suerte, aún vivo día a día.