2 de marzo de 2013

La Caída de Al-Ándalus


Fue una noche estrellada cuando Yukur decidió abandonar los muros de su ciudad natal. Se alejó veloz y sin mirar atrás. En su abandonada mansión dejaba cuanto había tenido hasta ese mismo día, incluyendo sus dones más preciados, su mujer y sus hijas. Dos horas después, antes de que el sol despuntase sobre las murallas y los tejados, el viejo mercader estaba en la colina situada frente a su antiguo hogar. Las lágrimas caían por sus mejillas, aunque él ni siquiera llegó a saberlo, solo tenía atención para lo que ocurría en la ciudad, a sus pies.


Por el rabillo del ojo presintió el destello y al girarse descubrió una inmensa ola plateada cerniéndose sobre las murallas y los minaretes, sobre la voz del almuecín y el eco de los versos y los manantiales, sobre su antiguo hogar y su propia vida. No había escapatoria, lo sabía, no había un solo rincón en el que los hijos de Alá pudiesen ocultarse del acero de las espadas. Cerró los ojos al escuchar la primera sangre y sentir los primeros gritos. La ciudad estaba derrotada antes de empezar a defenderse. Desde la colina oteó su propia casa, en la que su mujer y sus hijas dormían para siempre… al menos había tenido el suficiente coraje como para librarlas de una muerte deshonrosa… Yukur abrió su mano derecha y miró las bayas negras.

-Hemos dejado caer el más grande imperio jamás soñado –musitó antes de meterse los frutos en la boca y partir rumbo al Paraíso-. Alá nos perdone.