9 de marzo de 2013

La Gata de plata


El caso se me estaba haciendo más duro de lo que en un principio me habría esperado. Encontrar la Gata de plata se estaba convirtiendo en un peligroso quebradero de cabeza y ahora, tras dos días sin dormir y una persecución de la que había podido escapar de puro milagro –algo que mi pobre sombrero de fieltro no podía afirmar- aquí estaba, en el peor lugar que podía imaginar, la puerta de atrás de un tugurio maloliente en el que solo me esperaban más matones, más puñetazos y, con un poco de suerte, más respuestas airadas.

Inspiré y expiré un par de veces antes de decidirme, finalmente, levanté el cuello de mi gabardina, metí las manos en los bolsillos y solo cuando me hube tranquilizado lo suficiente, empujé la puerta de una patada. Un cocinero chino me miró con cara de pocos amigos. Tenía un enorme cuchillo de cocina levantado, pero no parecía tener ganas de jaleo, desvió la mirada y continuó cortando zanahorias. Atravesé la cocina con toda la calma que pude aparentar, aunque por dentro estuviese muerto de miedo y me castañeasen los dientes. Darle la espalda a aquel chino malhumorado fue algo muy difícil, lo confieso, pero quizás mi engañosa serenidad consiguió que se pensara muy mucho el atacarme. Finalmente, sin dejar de mirar al chino por el rabillo del ojo, llegué a la barra.

Se hizo el silencio y en menos de lo que se tarda en decir Australopitecos tenía a todos los presentes apuntándome con un arma más o menos grande. Volví a aparentar tranquilidad, aguantando la respiración para no atragantarme con el humo que reinaba la totalidad de la estancia, en ese instante me hubiese gustado tener mi precioso sombrero de fieltro conmigo, para que todos aquellos matones no pudiesen ver mis ojos enrojecidos y asustados. No pude arrancar hasta pasados unos segundos, la impresión era tan grande que temí trabarme al hablar, pero entonces, no sé cómo, conseguí hacerme escuchar por encima de aquel insoportable silencio. 

-Tenéis diez segundos para entregarme la Gata –dije en poco más que un susurro. ¿Cómo podía ser tan idiota? Acababa de firmar mi sentencia de muerte, mira que amenazar a todos los matones de aquel antro, ¿qué podía hacer antes de que me acribillasen a balazos? Me sorprendí añadiendo- diez, nueve, ocho…

Y antes de llegar al dos, todas las armas cayeron al suelo, se desviaron todas las miradas y la gata de plata llegó a mi bolsillo derecho. 

-E… e… eso está mejor –logré articular a duras penas y con cuidado de que no se me notase el temblor de las piernas, me fui por donde había venido sin poder explicarme completamente qué narices acababa de ocurrir.