4 de abril de 2013

El Nuevo Líder


No le gustaba el nuevo Líder, le parecía un tipejo resabiado y acomplejado, además era un niñato de mierda que no le llegaba ni a la altura de los zapatos. Mirándole de frente, desafiándole cara a cara y con todos los músculos en tensión, el Alto Mariscal, el general de más alto rango de los ejércitos, pensaba en hundir a aquel supuesto gobernante delante de todo el Alto Mando, golpearle con toda la saña que le pedía el cuerpo y no dejar de hacerlo hasta que no quedase de aquel imbécil más que una masa sanguinolenta e imprecisa. Sería tan insultantemente sencillo derrocar a ese amago de tirano…

Si lo hacía, si se deshacía del nuevo Líder sería él quien comandase todos los ejércitos, quien gobernase las riendas del país y lo llevase a la gloria que nunca había ni soñado. Sería aclamado, sería querido, sería Líder, ¡por fin!, tras haber tenido que lamer tantos culos y haberse callado tantas veces, después de haber estado tantos años manejando los hilos en la sombra… solo tenía que destrozar al chaval como había destrozado a tantos en el pasado. Estaba convencido de que todos los presentes en la sala le agradecería que le arrancara de cuajo esa mirada repleta de arrogancia y ese jodido pelo ridículamente engominado y partido en dos.

El nuevo Líder perdió la sonrisa de suficiencia al ver que el gigantesco Alto Mariscal crispaba los puños, no era tan idiota como ellos creían, como todo el puto Alto Mando creía. Tuvo la suficiente entereza como para esquivar el primero de los puñetazos y gritar una orden con toda la presencia y de ánimo y toda la autoridad que pudo acumular, con que solo uno de aquellos soldados acostumbrados a las órdenes obedeciera… días después, el telediario dio la noticia, el Alto Mariscal había sido cesado “por motivos de salud” y el nuevo Líder declaró la guerra al mundo…