8 de mayo de 2013

Manzana


Una manzana, eso fue lo que aquel extranjero tan guapo le había dado al conocerse, ella no sabía que aquello era una manzana ni que estaba tan rica, nunca había visto nada semejante y no sabía para qué servía, así que Raúl, el voluntario que había llegado a su aldea y que apenas podía comunicarse con ellos más que a través de gestos y sonrisas, había tenido que enseñar a Wafa cómo “funcionaba”… al dar el primer bocado la niña notó un fresquito muy agradable en la boca y un sabor entre dulce y áspero que le supo riquísimo. Desde entonces, Raúl, que cada día era capaz de comunicarse un poco mejor y de regalar más y más sonrisas, llevaba una manzana a Wafa siempre que podía hacerlo.

Durante dos meses Raúl acudió cada mañana a la aldea de la pequeña Wafa, allí contaba cuentos, enseñaba a leer y escribir, ayudaba a cavar los huertos y se ofrecía para todo aquello que hiciese falta. Y cada día Wafa le quería un poco más, era verdad, ella aún era una niña pequeña y menuda, que apenas sobrepasaba la altura de la cintura de aquel chico que, ahora que ya podía comunicarse con mucha mayor claridad, decía que venía de una aldea muy lejana que se llamaba Madrid, pero ella sabía que estaba enamorada y que nunca dejaría de amar a aquel desconocido al que en el pueblo todos llamaban ya Manzana.

Dos meses, ese fue el tiempo que Raúl pasó en la aldea, llegaba cada mañana, justo al amanecer y se marchaba cada noche al campamento de su ONG, con cara de cansancio y tristeza, a pesar de todas las sonrisas que regalaba durante el día. Quizá precisamente era el regalar todas aquellas sonrisas lo que hacía que cada día pareciese un poquito más triste y más delgado…

Pocos se dieron cuenta de ello, pero Wafa sí que lo hizo, notó cómo los ojos de Raúl dejaban de ser azules para tornarse de un gris oscuro y tristón, cómo su cuerpo atlético cada vez era más delgado y menos fuerte, pocos lo supieron, pero Raúl lloraba cada noche por todo lo que veía en la aldea de Wafa, y sobre todo, por todas las aldeas que no podía ver… Raúl no comió apenas nada durante los dos meses que estuvo acudiendo a la aldea… y aunque esto sí que no lo supo nadie jamás, soñaba cada noche con quedarse allí, en la humilde aldea, donde era feliz cada mañana y donde había conocido a personas increíbles. Pero la vida y unos padres muy estrictos le arrancaron de África en cuanto pasaron aquellos dos meses rojizos y arenosos. Raúl no protestó frente a su marcha, nunca lo hacía, pero Wafa y todos los que le habían llegado a conocer bien durante los dos meses que pasó en la aldea, supieron que dejaba allí un poquito de él para siempre y que sus sonrisas radiantes de despedida no eran más que lágrimas disfrazadas. Raúl ni siquiera le pudo dar a la pequeña Wafa una manzana a modo de despedida, pues se habían agotado una semana antes, sin embargo, la niña descubrió en los ojos del muchacho, que ahora eran profundamente verdes, todo el frescor y el áspero de las manzanas. A Raúl aquello fue lo que más rabia le dio de tener que marcharse, el no haberle podido dar a Wafa una última manzana…

Y un día, Raúl ya no vino a la aldea. Wafa supo que había vuelto a su hogar, a Madrid y lloró amargamente durante días, a pesar de que allí no sobraba el agua. Raúl ya nunca pudo ser el mismo y nunca pudo abandonar del todo a Wafa o a su aldea… pero su familia te tenía el futuro preparado, un futuro que Raúl veía oscuro y amenazador, lejos de los cálidos anaranjados de los que había disfrutado en aquella humilde aldea…

Así que un día tomó la decisión, se marchó a escondidas de ese futuro negro y corrió a buscar los ocres y los rojos, las sonrisas y la magia. Aún tardó unas semanas en hacerlo, pero al final llegó hasta la aldea de Wafa, donde ahora sabía que se quedaría para siempre. Y allí, al pie de la primera choza, se dio cuenta ¡no había llevado manzanas para Wafa! En un principio se puso muy triste, aunque luego sonrió y si alguien le hubiese mirado en ese momento a los ojos los habría visto más verdes y brillantes que nunca. Y sin decir nada, sin dejar de sonreír, Raúl se sentó allí, en el margen derecho del camino, con una enorme y radiante sonrisa.

Nadie supo nunca qué magia lo llevó hasta allí, pero desde entonces hay un enorme manzano dando sombra a la aldea de Wafa, un manzano que regala manzanas fresquitas y jugosas, con un sabor entre dulce y áspero que a todo el mundo le recuerda a aquel chico tan guapo llamado Raúl y que siempre tiene una manzana escondida para aquel niño que la busca entre sus ramas.