21 de junio de 2013

El pequeño limpiabotas


Isabel se cruzaba todos los días con el pequeño limpiabotas, lo hacía cuando se iba al colegio y aunque ella aún estaba despegando las legañas de sus ojos, él parecía llevar despierto varias horas y sonreía como si estuviese de fiesta, a veces hasta le había sorprendido tarareando una canción. Le miraba con disimulo, evitando que el niño se diese cuenta de que lo hacía, pero no podía evitar admirar la velocidad con la que se movía limpiando las botas de los abuelos que paseaban por la calle y sacando lustre a los zapatos de señores trajeados y armados con bigotes y barbas pulcramente cuidadas. Sobre todo, lo que más le llamaba la atención a Isabel era la sonrisa de aquel niño cuando trabajaba sin descanso o cuando recogía las pocas monedas que le daban los transeúntes, más de una vez, la pequeña se sorprendió a sí misma sonriendo ante un mohín que el limpiabotas hacía cada vez que se metía las manos en los bolsillos o cuando se pasaba el antebrazo por la nariz, dejando en su cara un manchurrón negruzco de betún. Le miraba todas las mañanas, imaginando cómo sería la voz que se escondía tras aquel ajetreo matutino, tras aquellas sonrisas y gestos, tras los ojos azules y el flequillo rubio que se apreciaban bajo la visera de su gorra deslucida.

Isabel soñaba a veces con el pequeño limpiabotas, aunque ese era un secreto que no le había contado a nadie todavía y que pensaba que nunca se atrevería a contar, soñaba con esos ojos azules y, sobre todo, con esa sonrisa. Una tarde, mientras veía la tele por la tarde, se sorprendió muchísimo al escuchar un poema recitado por Gloria Fuertes, su poeta favorita… bueno, en realidad, la única poeta que conocía, Isabel ya nunca pudo olvidar ese poema en toda su vida: “No fue a la escuela/el pequeñuelo/de rota suela/de rubio pelo…

La niña supo enseguida que el poema estaba dedicado a aquel niño con el que ella soñaba de vez en cuando, estaba segura, la poeta había visto también a su pequeño limpiabotas, a aquel con el que se cruzaba todos los días para ir al colegio, supo enseguida que no era ella sola quien se fijaba en él todos los días con disimulo… a la mañana siguiente por fin se decidió, al pasar a su lado le regaló un sonoro buenos días que el muchacho agradeció con una sonrisa blanquísima que destacaba sobre el negro betún de su cara y sus dedos… 

Así se inició una bonita amistad, con un poema y una sonrisa. Aún pasaron algunos años y después algunos más y luego vinieron otros. Hoy, Isabel y Martín, que era el nombre del pequeño limpiabotas, están casados y son padres de Gloria, una niña preciosa que siempre tendrá para ellos nombre de poema.


A Gloria Fuertes

2 comentarios :

Josep Cascales dijo...

Como no podía ser de otra forma... final feliz.

oscura forastera dijo...

Precioso, emocionante. Gracias por escribirlo y compartirlo, un beso.