1 de octubre de 2013

Alma de caballero

Tenía alma de caballero, por eso no podía comprender qué era lo que había impulsado a su padre a enviarle con el mensaje de la batalla a él en vez de permitirle participar en la lucha, por eso azotaba a su montura con furia y la hacía galopar hasta la extenuación, por eso sus pensamientos eran oscuros y estaban llenos de maldiciones y blasfemias. Al adentrarse en el interior del follaje ni siquiera reparó en que no se había cruzado aún con un solo soldado, que no había nadie que acudiese a socorrer a la fortaleza sitiada y que no lo habría hasta que él no llevase el mensaje de socorro. No podía pensar en nada salvo en la injusticia cometida por su padre y era incapaz de comprender que su misión era vital, que tenía la vida de todo el castillo, quizá de todo el reino, en sus manos…

Galopaba tan sumido en su propio menosprecio que apenas se percató de la figura que se interpuso en su camino y a punto estuvo de arrollar a una joven de cabellos rojos y mirada aterrada que gesticulaba con los brazos. Por fortuna un fortuito haz de luz que se coló a través de la compacta cúpula verde le sorprendió y provocó que detuviese a su caballo a pocos metros de la mujer. Al mirarla se sorprendió y estuvo cerca de caerse del caballo. A pesar de que sus ropas estaban rotas, su cabello despeinado y su gesto era de terror, aquella doncella era muy hermosa, nunca había visto una mujer tan hermosa como aquella. Necesitaba ayuda, era evidente, por lo que no dudó en descabalgar para socorrerla en cualquier cosa que necesitase. Era su deber ayudarla. Era valiente, era voluntarioso. Tenía alma de caballero y ya era hora de que lo pudiese demostrar. Quería ser un héroe y que todo el mundo lo supiera, ya era hora de demostrar lo que valía. Olvidó el mensaje que tenía que portar y se encomendó ante lo que aquella mujer pudiese precisar.

La joven le condujo a través de la floresta, indicándole continuamente que tuviese cuidado y no hiciese ningún ruido. La urgencia de la mujer era evidente, pero también lo era su prudencia y especial esmero en no hacerse notar. Pronto escuchó los gritos y notó que su vello se erizaba. Una mujer gritaba todo su terror y sufrimiento a pocos metros de donde ellos se parapetaban. Notó que sus piernas flaqueaban al escuchar otros sonidos, los gruñidos satisfechos y divertidos de seres que debían ser muy grandes. La mujer señaló un claro y al asomarse, el muchacho no pudo menos que contener un gemido aterrorizado. Allí había al menos una docena de ogros que se estaban dando un festín con lo que quedaba de una caravana. Toda una guarnición de guerreros había caído ante las bestias, algunos soldados aún se movían y se arrastraban en el suelo, moribundos, a algunos de ellos les faltaban miembros, otros tenían el pecho abierto en canal… uno de los ogros masticaba con fruición un cráneo del que colgaba aún un pedazo de columna vertebral... sintió nauseas y a duras penas pudo contener el vómito. La chica volvió a gesticular, señalando algo. Y al seguir el gesto de la mujer vio que los ogros disputaban por algo… y descubrió que era una mujer… la princesa… la reconoció al instante, aunque nunca la había escuchado sollozar e implorar como lo hacía ahora. La chica de los cabellos rojizos le instó a hacer algo. ¿Qué pretendía?, ¿que se enfrentase él solo a toda una horda de ogros? Tenía alma de caballero, pero no era idiota. Cogió a la joven pelirroja de la mano, la arrastró lejos de allí, la montó en el caballo y huyó lo más rápido que pudo. Mientras cabalgaba pudo escuchar los últimos gritos de la princesa y supo que no, que no era ningún héroe…