10 de octubre de 2013

La Cacería


Entrecerró los ojos cuando el fulgor del sol reflejado en la imagen le golpeó de pleno. Sir Richard Black tardó aún unos segundos en poder abrirlos por completo y en apreciar enteramente de la majestuosidad de la figura. No había duda, por fin había encontrado el lugar que llevaba tantos años buscando. La monstruosidad representada era grotesca, pero al mismo tiempo muy hermosa. Una figura mitad humana mitad felina que oteaba sus pasos con odio y con una mueca de crueldad extrema. Un sonido en la oscuridad hizo que se pusiese en guardia y se preparase para disparar. Sabía que estaba en peligro y sabía que la muerte podía llegarle en cualquier instante...

Por el rabillo del ojo percibió una sombra, apenas un borrón. No lo dudó. Conocía de sobra lo que se le venía encima. Disparó una bala de plomo de 480 granos con su Lee-Einfield 1895 y escuchó el gemido mezcla de sorpresa y dolor que dejó escapar la figura desplomada a sus pies. A través de la boca aún humeante de su fusil Sir Richard vio un humano ataviado con pieles de leopardo que aún intentaba lanzarse hacia él y que le miraba con la arrogancia del que se cree superior incluso en la derrota. El africano agonizaba pero su propósito era acabar con su enemigo a toda costa. El soldado británico pisó la mano del moribundo, que portaba un cuchillo de enormes proporciones y se sorprendió de la fuerza que atesoraba, no era de extrañar que aquellas bestias fuesen capaces de descuartizar a un hombre en pocos segundos…

De un vistazo comprobó que sus hombres irrumpían en el interior del templo y aseguraban la zona. El hombre intentó aún incorporarse para herirle y el soldado no dudó en dispararle a bocajarro con su Webley Mark 455. Fue en ese mismo instante en el que pudo verle el rostro… un rostro que jamás olvidaría pues era el de la bestia que representaba el ídolo de oro que presidía el lugar: un leopardo. Sintió un escalofrío al saber finalmente que se enfrentaban a lo sobrenatural. Aquellos no eran hombres, sino bestias. Llegó hasta él el murmullo de una letanía lejana y amortiguada por el grosor de los muros. Dio una orden y más de 200 soldados del Imperio Británico accedieron al interior de aquel grotesco tempo que se tragaría a más de la mitad de los hombres de Sir Richard antes de que la noche cayese sobre la selva y más de 70 de aquellas rugientes bestias hubiesen sido ajusticiadas… solo la suerte y la sorpresa lograron que cumpliesen con su objetivo. Ninguno de los supervivientes pudo olvidar jamás aquel largo día ni todo lo que encontraron en el interior del templo dedicado a un Dios mitad hombre, mitad leopardo.