23 de octubre de 2013

La derrota del héroe


El acero atravesó piel, carne y entrañas de un modo limpio y certero. A pesar de la velocidad a la que extrajo la hoja, la espada y su brazo quedaron bañados de sangre caliente. La corriente de adrenalina y un siseo a su espalda lograron que se girase lo suficientemente rápido como para detener una estocada y arremeter mortalmente ante un nuevo enemigo. Había perdido la cuenta de los hombres y las bestias que habían sucumbido ante su furia, pero aún había muchos más que lo sufrirían antes de que concluyese la noche, lo sabía y lo deseaba con todas sus fuerzas. Tenía sed de sangre, hambre de sufrimiento ajeno, ansias de venganza.

Notó una punzada en el pecho. Una flecha se había ensartado muy cerca de su corazón. Gritó más de rabia que de dolor y cortó el proyectil en dos, para que no le estorbase en la lucha. Lanzó un mandoble al frente mientras que enviaba su codo izquierdo al mentón de un hombre que estaba demasiado cerca para su gusto. La violencia de ambos ataques, la fiereza con la que lanzaba sus embestidas tumbó a los dos enemigos, a quienes remató en el suelo antes de que pudiesen optar a levantarse o defenderse…

Habían perdido la batalla y probablemente la guerra. Sus ciudades serían arrasadas, sus mujeres violadas y sus hijos esclavizados. El reino que con tanto sufrimiento y esfuerzo habían erigido, convirtiéndolo en el orgullo de aquellos parajes inhóspitos y salvajes, sería borrado de un plumazo, lo sabía… pero dejaría para la historia la mayor derrota que una victoria bélica hubiese deparado jamás a ejército alguno. Era un solo hombre, un único guerrero frente a todo un ejército, pero estaba protegido por los dioses de la guerra, estaba armado con un acero legendario y de poderes arcanos, era un héroe, un auténtico héroe de la antigüedad. Él solo no derrotaría un ejército, pero acabaría con tantos soldados como pudiese… sus enemigos vencerían en la batalla, pero la gloria sería suya aquella noche, todo el mundo recordaría su hazaña suicida, su valor en la contienda.

Le rodearon al menos diez hombres, tras los que se agolpaban un buen puñado de trasgos e incluso algún troll, que rugía como la bestia inmunda que era para mantener su posición en el grupo. Había sido derrotado por completo, había sido incapaz de defender a los suyos… Su reluciente armadura pareció ensombrecerse cuando clavó la espada y la rodilla en el suelo. Un trueno retumbó en los cielos. Los dioses parecían ofendidos por su derrota. Desde el suelo, empapado en sangre y barro, levantó la mirada y hasta el más fiero de sus enemigos reculó unos pasos. Aun en la derrota más estrepitosa era un hombre temible. No sería hecho prisionero, era demasiado peligroso para ello y no estaba dispuesto a dejar de combatir hasta exhalar el último aliento. No ganaría la batalla, estaba seguro, pero sabía que haría mucho daño al enemigo…

-¡Entrégate! –Bramó uno de sus enemigos, alguien con voz autoritaria y alto rango, como demostraba el pasillo abierto ante su llegada- ofrece tu espada y date por vencido, gran guerrero, tu honor no ha podido quedar más alto esta noche, tu fiereza más demostrada, pero has sido derrotado. Ya se ha derramado demasiada sangre esta noche, no derramemos también la de un héroe tan grande…

Sonrió y volvió a ponerse en pie. El círculo se hizo aún más amplio ante su sonrisa lobuna. Abrió el puño y una luz azulada iluminó el lugar. Se desató el caos entre sus enemigos. No vencería, los sabía, estaba seguro de ello, incluso la noche lo sabía, pero muchos de sus enemigos lo acompañarían al infierno esa noche de otoño…

La explosión fue brutal. El guerrero cumplió su promesa, perdió la batalla, perdió la guerra, su imperio fue masacrado, violado, torturado y esclavizado, pero no hubo nadie en todo el mundo que pudiese olvidar jamás a aquel guerrero que fue capaz de someter a todo un ejército enemigo.