21 de octubre de 2013

Porno en la oficina


Siempre era el último en salir de la oficina. Al principio mi jefe se oponía y me pedía que me fuera con él, incluso a veces me invitaba a un par de copas, lo que me jodía bastante pero a lo que no me oponía en absoluto, al fin y al cabo, las copas gratis saben mejor. Con el paso del tiempo a nadie le parecía ya raro que me quedase hasta tan tarde, incluso el jefe, a quien su mujer ya no dejaba salir a beber a los bares por la noche, me había dejado por imposible y me había hecho entrega de un juego de llaves y de los códigos de la alarma. Todos creían que me quedaba a adelantar trabajo, algo que hacía de vez en cuando, aunque la realidad era que me quedaba para ver películas pornográficas hasta que mis ojos y mis manos se cansaban de verlas. Tenía internet en casa, vivía solo… pero por alguna extraña razón no me excitaba en ningún lugar como en la oficina. Si mi compañera de despacho, la voluptuosa Lucía, supiese todo lo que hacía allí por las noches, la mayor parte de las veces imaginando que lo hacía con ella…

Aquella noche el magreo que me había dado a mí mismo había sido excepcional. Lucía se había tirado buena parte de la tarde bromeando conmigo, dejándome asomar a su escotazo y poniéndome los dientes largos con una minifalda que dejaba ver muchas más piernas de las que yo me había podido llegar a imaginar siquiera. Creo que de habérselo propuesto podría haber pasado a una sesión de sexo real con ella, pero mi eterna y testaruda timidez me había vencido una vez más. Por eso estuve más horas de las habituales frente a la pantalla del ordenador, dejándome los sesos y la piel en una sesión de onanismo descarnado. No podía evitar gritarle en voz baja, aunque suene raro, a la Lucía de la película reencarnada en diversas actrices porno lo que les haría si las tuviese en mis manos, sin la distancia de la pantalla y de la ficción...

Tengo que reconocer que en aquella ocasión me había pasado de la raya. Mientras caminaba cobijado por la intermitente luz de las farolas notaba un escozor en la entrepierna que me hacía caminar con las piernas ligeramente abiertas. Eso sí, continuaba fantaseando con lo que haría de tener la oportunidad de tener a Lucía o a cualquier otra mujer entre mis brazos... me sorprendí cuando una puerta se abrió a mi derecha y vi la espectacular silueta de una mujer en lencería que haría enrojecer a la que usaban las protagonistas de mis películas favoritas. Rubia, alta, risueña y sugerente, me pidió que me acercase con un dedo y un gesto de sus labios. Me susurró al oído que ella y su amiga, una morena a la que vi en el interior de la casa, totalmente desnuda, se habían propuesto regalarle una noche de placer al primero que pasara por la calle. Me había tocado la lotería. Miré a la rubia, miré a la morena y el escozor de mi entrepierna me hizo maldecir hasta la primera película porno que vi con quince años. Ni que decir tiene que no pude entrar y que nunca más volví a tener una oportunidad como aquella. por cierto, al día siguiente, Paco, el gerente de la empresa, un tipo sin ninguna gracia y muy, pero que muy feo, me dio las gracias por haberle puesto a Lucía a huevo... ¡me cago en el porno!