#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

Microrrelatos en 3 Capítulos

Disfruta de más de cien historias cortas

La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

24 de octubre de 2013

La Biblioteca


Alguien dijo en una ocasión que después de la Guerra Atómica los hombres combatirían con palos y piedras... qué razón tenía. Aunque en este mundo devastado hay armas más terribles que las piedras o los palos. Desde entonces había estado recorriendo unos caminos cada vez más peligrosos y oscuros. Estuve viajando sin descanso, viendo cosas que querría olvidar y que nunca podré borrar de mi memoria, sufriendo ante lo que éramos ahora, escapando de milagro de más de un intento de asalto o asesinato, sobreviviendo a duras penas. Siempre viajando, siempre caminando en busca de un destino que ni siquiera sospechaba...

Hasta que la encontré. Primero la miré detenidamente, después me atreví a hablarla y más tarde incluso a acariciarla. No podía creer que la hubiese encontrado entre tanta devastación y miseria, no podía creer que ahí estuviese mi destino… me senté a sus puertas durante horas, días quizás, pensando en lo que había en su interior, en la misión que de algún modo me habían encomendado sin yo saberlo. Aquella era una señal, lo supe en cuanto abrí las puertas y accedí al interior de aquella biblioteca. Yo había recorrido buena parte de una España y una Europa destruidas y pobladas por supervivientes recelosos y mugrientos… de aquí y de allá había recopilado algunos pocos libros que me servían como vía de escape, como puro entretenimiento… pero esto era distinto. En ningún lugar había descubierto una biblioteca completa. Lo primero que hacían los nuevos señores de este mundo feudal era arrasar y quemar cualquier indicio de saber. Los libros y las bibliotecas eran sus blancos principales. Aquello era un tesoro…

Me costó algún tiempo convencer a algunos hombres para que se convirtiesen en guardianes del lugar, algo que hicieron en cuanto les enseñé todos los beneficios que un lugar repleto de saber y entretenimiento nos podía ofrecer, en cuanto hice que sus pequeños vástagos comenzasen a aprender y a ser de nuevo una raza civilizada. Nos convertimos en un pequeño pueblo de gente pacífica e instruida, en un faro en el que se miraban muchos otros. Tuvimos que repeler varios ataques de un caudillo afincado en un castillo cercano, pero finalmente incluso aquellos hombres claudicaron ante lo que significaba nuestra biblioteca. Durante algún tiempo fui su custodio, hasta el momento en el que encontré que mis discípulos estaban preparados para tomar las riendas. Hoy sigo viajando, igual que muchos de aquellos primeros niños que aprendieron a leer gracias a los libros y al milagro que significó para todos aquella biblioteca. Buscamos nuevos libros con los que aprender más y llevamos la palabra y el saber más allá de nuestras fronteras. Hoy, después de tantos años, por fin tengo esperanza de que la humanidad será capaz de seguir adelante…

23 de octubre de 2013

La derrota del héroe


El acero atravesó piel, carne y entrañas de un modo limpio y certero. A pesar de la velocidad a la que extrajo la hoja, la espada y su brazo quedaron bañados de sangre caliente. La corriente de adrenalina y un siseo a su espalda lograron que se girase lo suficientemente rápido como para detener una estocada y arremeter mortalmente ante un nuevo enemigo. Había perdido la cuenta de los hombres y las bestias que habían sucumbido ante su furia, pero aún había muchos más que lo sufrirían antes de que concluyese la noche, lo sabía y lo deseaba con todas sus fuerzas. Tenía sed de sangre, hambre de sufrimiento ajeno, ansias de venganza.

Notó una punzada en el pecho. Una flecha se había ensartado muy cerca de su corazón. Gritó más de rabia que de dolor y cortó el proyectil en dos, para que no le estorbase en la lucha. Lanzó un mandoble al frente mientras que enviaba su codo izquierdo al mentón de un hombre que estaba demasiado cerca para su gusto. La violencia de ambos ataques, la fiereza con la que lanzaba sus embestidas tumbó a los dos enemigos, a quienes remató en el suelo antes de que pudiesen optar a levantarse o defenderse…

Habían perdido la batalla y probablemente la guerra. Sus ciudades serían arrasadas, sus mujeres violadas y sus hijos esclavizados. El reino que con tanto sufrimiento y esfuerzo habían erigido, convirtiéndolo en el orgullo de aquellos parajes inhóspitos y salvajes, sería borrado de un plumazo, lo sabía… pero dejaría para la historia la mayor derrota que una victoria bélica hubiese deparado jamás a ejército alguno. Era un solo hombre, un único guerrero frente a todo un ejército, pero estaba protegido por los dioses de la guerra, estaba armado con un acero legendario y de poderes arcanos, era un héroe, un auténtico héroe de la antigüedad. Él solo no derrotaría un ejército, pero acabaría con tantos soldados como pudiese… sus enemigos vencerían en la batalla, pero la gloria sería suya aquella noche, todo el mundo recordaría su hazaña suicida, su valor en la contienda.

Le rodearon al menos diez hombres, tras los que se agolpaban un buen puñado de trasgos e incluso algún troll, que rugía como la bestia inmunda que era para mantener su posición en el grupo. Había sido derrotado por completo, había sido incapaz de defender a los suyos… Su reluciente armadura pareció ensombrecerse cuando clavó la espada y la rodilla en el suelo. Un trueno retumbó en los cielos. Los dioses parecían ofendidos por su derrota. Desde el suelo, empapado en sangre y barro, levantó la mirada y hasta el más fiero de sus enemigos reculó unos pasos. Aun en la derrota más estrepitosa era un hombre temible. No sería hecho prisionero, era demasiado peligroso para ello y no estaba dispuesto a dejar de combatir hasta exhalar el último aliento. No ganaría la batalla, estaba seguro, pero sabía que haría mucho daño al enemigo…

-¡Entrégate! –Bramó uno de sus enemigos, alguien con voz autoritaria y alto rango, como demostraba el pasillo abierto ante su llegada- ofrece tu espada y date por vencido, gran guerrero, tu honor no ha podido quedar más alto esta noche, tu fiereza más demostrada, pero has sido derrotado. Ya se ha derramado demasiada sangre esta noche, no derramemos también la de un héroe tan grande…

Sonrió y volvió a ponerse en pie. El círculo se hizo aún más amplio ante su sonrisa lobuna. Abrió el puño y una luz azulada iluminó el lugar. Se desató el caos entre sus enemigos. No vencería, los sabía, estaba seguro de ello, incluso la noche lo sabía, pero muchos de sus enemigos lo acompañarían al infierno esa noche de otoño…

La explosión fue brutal. El guerrero cumplió su promesa, perdió la batalla, perdió la guerra, su imperio fue masacrado, violado, torturado y esclavizado, pero no hubo nadie en todo el mundo que pudiese olvidar jamás a aquel guerrero que fue capaz de someter a todo un ejército enemigo.

21 de octubre de 2013

Porno en la oficina


Siempre era el último en salir de la oficina. Al principio mi jefe se oponía y me pedía que me fuera con él, incluso a veces me invitaba a un par de copas, lo que me jodía bastante pero a lo que no me oponía en absoluto, al fin y al cabo, las copas gratis saben mejor. Con el paso del tiempo a nadie le parecía ya raro que me quedase hasta tan tarde, incluso el jefe, a quien su mujer ya no dejaba salir a beber a los bares por la noche, me había dejado por imposible y me había hecho entrega de un juego de llaves y de los códigos de la alarma. Todos creían que me quedaba a adelantar trabajo, algo que hacía de vez en cuando, aunque la realidad era que me quedaba para ver películas pornográficas hasta que mis ojos y mis manos se cansaban de verlas. Tenía internet en casa, vivía solo… pero por alguna extraña razón no me excitaba en ningún lugar como en la oficina. Si mi compañera de despacho, la voluptuosa Lucía, supiese todo lo que hacía allí por las noches, la mayor parte de las veces imaginando que lo hacía con ella…

Aquella noche el magreo que me había dado a mí mismo había sido excepcional. Lucía se había tirado buena parte de la tarde bromeando conmigo, dejándome asomar a su escotazo y poniéndome los dientes largos con una minifalda que dejaba ver muchas más piernas de las que yo me había podido llegar a imaginar siquiera. Creo que de habérselo propuesto podría haber pasado a una sesión de sexo real con ella, pero mi eterna y testaruda timidez me había vencido una vez más. Por eso estuve más horas de las habituales frente a la pantalla del ordenador, dejándome los sesos y la piel en una sesión de onanismo descarnado. No podía evitar gritarle en voz baja, aunque suene raro, a la Lucía de la película reencarnada en diversas actrices porno lo que les haría si las tuviese en mis manos, sin la distancia de la pantalla y de la ficción...

Tengo que reconocer que en aquella ocasión me había pasado de la raya. Mientras caminaba cobijado por la intermitente luz de las farolas notaba un escozor en la entrepierna que me hacía caminar con las piernas ligeramente abiertas. Eso sí, continuaba fantaseando con lo que haría de tener la oportunidad de tener a Lucía o a cualquier otra mujer entre mis brazos... me sorprendí cuando una puerta se abrió a mi derecha y vi la espectacular silueta de una mujer en lencería que haría enrojecer a la que usaban las protagonistas de mis películas favoritas. Rubia, alta, risueña y sugerente, me pidió que me acercase con un dedo y un gesto de sus labios. Me susurró al oído que ella y su amiga, una morena a la que vi en el interior de la casa, totalmente desnuda, se habían propuesto regalarle una noche de placer al primero que pasara por la calle. Me había tocado la lotería. Miré a la rubia, miré a la morena y el escozor de mi entrepierna me hizo maldecir hasta la primera película porno que vi con quince años. Ni que decir tiene que no pude entrar y que nunca más volví a tener una oportunidad como aquella. por cierto, al día siguiente, Paco, el gerente de la empresa, un tipo sin ninguna gracia y muy, pero que muy feo, me dio las gracias por haberle puesto a Lucía a huevo... ¡me cago en el porno!

20 de octubre de 2013

La Cabaña


He llegado a la conclusión de que seré incapaz de explicarle a nadie lo que ha ocurrido esta noche, ni siquiera yo mismo soy capaz de entender qué es lo que ha sucedido, qué es real y qué fruto de mi turbulenta imaginación. Tengo la ropa empapada en sangre aún caliente. A mi lado, dejada caer en el suelo, hay un hacha que aún tiene en su filo restos de carne y vísceras. No sé cómo demonios voy a explicar lo que ha pasado… me miro las manos, tiemblan, recorro el estrecho pasillo arrastrando la pierna derecha y haciendo más ruido del que desearía. Envuelto en un manto de oscuridad monocorde alcanzo el cuarto de baño de la mugrienta cabaña en la que decidimos hacer noche. Maldigo con todas mis fuerzas aquella idea. Enciendo la luz, dejando en la pared un manchurrón rojizo y espeso y me miro en el espejo con una mueca de dolor y sorpresa reflejada en mi cara empalidecida. Entonces escucho su sonrisa enloquecida y giro sobre mí mismo, la veo sentada en el pasillo, con la mirada perdida y el rostro desencajado. Aún sostiene entre las manos aquella fotografía perturbadora. Grito, aunque sé que no puede oírme. Lo sé. Estoy muerto. Ella me ha matado…

10 de octubre de 2013

La Cacería


Entrecerró los ojos cuando el fulgor del sol reflejado en la imagen le golpeó de pleno. Sir Richard Black tardó aún unos segundos en poder abrirlos por completo y en apreciar enteramente de la majestuosidad de la figura. No había duda, por fin había encontrado el lugar que llevaba tantos años buscando. La monstruosidad representada era grotesca, pero al mismo tiempo muy hermosa. Una figura mitad humana mitad felina que oteaba sus pasos con odio y con una mueca de crueldad extrema. Un sonido en la oscuridad hizo que se pusiese en guardia y se preparase para disparar. Sabía que estaba en peligro y sabía que la muerte podía llegarle en cualquier instante...

Por el rabillo del ojo percibió una sombra, apenas un borrón. No lo dudó. Conocía de sobra lo que se le venía encima. Disparó una bala de plomo de 480 granos con su Lee-Einfield 1895 y escuchó el gemido mezcla de sorpresa y dolor que dejó escapar la figura desplomada a sus pies. A través de la boca aún humeante de su fusil Sir Richard vio un humano ataviado con pieles de leopardo que aún intentaba lanzarse hacia él y que le miraba con la arrogancia del que se cree superior incluso en la derrota. El africano agonizaba pero su propósito era acabar con su enemigo a toda costa. El soldado británico pisó la mano del moribundo, que portaba un cuchillo de enormes proporciones y se sorprendió de la fuerza que atesoraba, no era de extrañar que aquellas bestias fuesen capaces de descuartizar a un hombre en pocos segundos…

De un vistazo comprobó que sus hombres irrumpían en el interior del templo y aseguraban la zona. El hombre intentó aún incorporarse para herirle y el soldado no dudó en dispararle a bocajarro con su Webley Mark 455. Fue en ese mismo instante en el que pudo verle el rostro… un rostro que jamás olvidaría pues era el de la bestia que representaba el ídolo de oro que presidía el lugar: un leopardo. Sintió un escalofrío al saber finalmente que se enfrentaban a lo sobrenatural. Aquellos no eran hombres, sino bestias. Llegó hasta él el murmullo de una letanía lejana y amortiguada por el grosor de los muros. Dio una orden y más de 200 soldados del Imperio Británico accedieron al interior de aquel grotesco tempo que se tragaría a más de la mitad de los hombres de Sir Richard antes de que la noche cayese sobre la selva y más de 70 de aquellas rugientes bestias hubiesen sido ajusticiadas… solo la suerte y la sorpresa lograron que cumpliesen con su objetivo. Ninguno de los supervivientes pudo olvidar jamás aquel largo día ni todo lo que encontraron en el interior del templo dedicado a un Dios mitad hombre, mitad leopardo.


1 de octubre de 2013

Alma de caballero

Tenía alma de caballero, por eso no podía comprender qué era lo que había impulsado a su padre a enviarle con el mensaje de la batalla a él en vez de permitirle participar en la lucha, por eso azotaba a su montura con furia y la hacía galopar hasta la extenuación, por eso sus pensamientos eran oscuros y estaban llenos de maldiciones y blasfemias. Al adentrarse en el interior del follaje ni siquiera reparó en que no se había cruzado aún con un solo soldado, que no había nadie que acudiese a socorrer a la fortaleza sitiada y que no lo habría hasta que él no llevase el mensaje de socorro. No podía pensar en nada salvo en la injusticia cometida por su padre y era incapaz de comprender que su misión era vital, que tenía la vida de todo el castillo, quizá de todo el reino, en sus manos…

Galopaba tan sumido en su propio menosprecio que apenas se percató de la figura que se interpuso en su camino y a punto estuvo de arrollar a una joven de cabellos rojos y mirada aterrada que gesticulaba con los brazos. Por fortuna un fortuito haz de luz que se coló a través de la compacta cúpula verde le sorprendió y provocó que detuviese a su caballo a pocos metros de la mujer. Al mirarla se sorprendió y estuvo cerca de caerse del caballo. A pesar de que sus ropas estaban rotas, su cabello despeinado y su gesto era de terror, aquella doncella era muy hermosa, nunca había visto una mujer tan hermosa como aquella. Necesitaba ayuda, era evidente, por lo que no dudó en descabalgar para socorrerla en cualquier cosa que necesitase. Era su deber ayudarla. Era valiente, era voluntarioso. Tenía alma de caballero y ya era hora de que lo pudiese demostrar. Quería ser un héroe y que todo el mundo lo supiera, ya era hora de demostrar lo que valía. Olvidó el mensaje que tenía que portar y se encomendó ante lo que aquella mujer pudiese precisar.

La joven le condujo a través de la floresta, indicándole continuamente que tuviese cuidado y no hiciese ningún ruido. La urgencia de la mujer era evidente, pero también lo era su prudencia y especial esmero en no hacerse notar. Pronto escuchó los gritos y notó que su vello se erizaba. Una mujer gritaba todo su terror y sufrimiento a pocos metros de donde ellos se parapetaban. Notó que sus piernas flaqueaban al escuchar otros sonidos, los gruñidos satisfechos y divertidos de seres que debían ser muy grandes. La mujer señaló un claro y al asomarse, el muchacho no pudo menos que contener un gemido aterrorizado. Allí había al menos una docena de ogros que se estaban dando un festín con lo que quedaba de una caravana. Toda una guarnición de guerreros había caído ante las bestias, algunos soldados aún se movían y se arrastraban en el suelo, moribundos, a algunos de ellos les faltaban miembros, otros tenían el pecho abierto en canal… uno de los ogros masticaba con fruición un cráneo del que colgaba aún un pedazo de columna vertebral... sintió nauseas y a duras penas pudo contener el vómito. La chica volvió a gesticular, señalando algo. Y al seguir el gesto de la mujer vio que los ogros disputaban por algo… y descubrió que era una mujer… la princesa… la reconoció al instante, aunque nunca la había escuchado sollozar e implorar como lo hacía ahora. La chica de los cabellos rojizos le instó a hacer algo. ¿Qué pretendía?, ¿que se enfrentase él solo a toda una horda de ogros? Tenía alma de caballero, pero no era idiota. Cogió a la joven pelirroja de la mano, la arrastró lejos de allí, la montó en el caballo y huyó lo más rápido que pudo. Mientras cabalgaba pudo escuchar los últimos gritos de la princesa y supo que no, que no era ningún héroe…