14 de enero de 2014

Cartas de Barro


Terminó de escribir sin poder evitar un nuevo borrón. Esperaba que no se notasen demasiado los temblores provocados por el frío y el terror que sentía, había procurado que las lágrimas no cayesen en el papel repleto de frases cortas y recuerdos entregados. Lo que sabía que no podría ocultar serían las manchas de barro, esas no las podría borrar jamás, ni en las cartas, ni en los recuerdos ni en su vida...

Le costó soltarla. Entregar esa carta era dejar que su nostalgia volase a casa en manos de un desconocido. El chico que la recogió era tan joven que no pudo evitar pensar que no debería estar en aquel infierno de sangre y lodo. Miró sus ojos azules. También él estaba aterrado. El temblor de sus dedos se entrelazó con el que sufrían los del Correo. Un estruendo hizo que la tierra bajo sus pies se estremeciera. Alguien gimió de dolor. Corre, corre lejos de aquí, sal de este lugar. Ahora. El chaval era escocés, lo supo por la insignia de su uniforme. Era muy joven, pero decidido. Terco como una mula como todos los escoceses que conocía. Sacando fuerzas de algún punto recóndito de su alma le regaló una sonrisa y un cariñoso apretón de manos. Suerte… habría susurrado.

El Correo aferró la carta del soldado inglés con firmeza. Dejó que se uniese al resto de misivas ocultas bajo su uniforme. Era la última. Ahora le tocaba a él. Sueños, esperanzas, recuerdos, llantos, besos, abrazos, deseos… él era quien llevaría a las familias de los destinados en el frente todas aquellas lágrimas, todas aquellas páginas embarradas. Abandonó la trinchera sin dar tiempo al enemigo a prepararse, corrió veloz. Un nuevo estruendo, mucho más cercano, resonó a su espalda. Solo se giró un segundo. Estuvo cerca de detenerse pero se obligó a continuar, a ponerse a salvo, a llevar las cartas a su destino. Tenía que hacerlo porque el mortero había impactado en la trinchera que acababa de abandonar y sus ocupantes ya no sería nunca más que recuerdos, cartas de barro y lágrimas.