24 de enero de 2014

El temblor


Iria solo podía sentir el frío. Ya no había dolor, ni ira, ni sangre, ni muerte, a su alrededor solo había frío. Frío y una soledad que la hacía sentirse indefensa en mitad de aquella nada blanca e insondable. Atrás había quedado la batalla, la continuidad de derrotas y victorias momentáneas de la que huía sin saber bien por qué. Era una guerrera, había nacido para ello, había matado durante años, sin vacilaciones, sin remordimientos. En su tribu todos la llamaban la Kar-Thenit, la Asesina.

Había segado decenas de vidas, nunca le había temblado la mano al hacerlo. Esa mañana todo había sido diferente. Ahora solo podía sentir el frío, la soledad, el fracaso… Iria se miró las manos desnudas sin dejar de caminar, arrastrándose como podía entre la nieve y el hielo, las tenía bañadas en sangre ya fría, sangre de los enemigos que había atravesado sin piedad con su acero y su piel. Cerró los ojos, pero no detuvo su marcha. Tantos años, tantos sacrificios… y ahora, era la vergüenza de su clan.

No sabía hacia dónde caminaba, solo era consciente del frío, de la vergüenza, del temblor... Y allí, a apenas cien metros de su posición, vio a la bestia, un temible smilodon que la acechaba con las fauces encharcadas en hambre. Iria se detuvo, aún tenía frío, aún temblaba. Aun así contempló maravillada la fuerza destilada por el animal, su poder, su elegante brutalidad. Iria, la Asesina, tenía frío, sabía que había deshonrado a sus antepasados, que era un fracaso para su pueblo, que sería una leyenda oscura entre los suyos... Sobre la nieve se despojó de toda la ropa, apretó con fuerza los puños y rugió una amenaza. El smilodon se volvió hacia ella y devolvió el rugido. Al cabo de unos pocos segundos, la blancura de la nieve se tiñó con el carmín de la sangre…