4 de enero de 2014

El Túnel

No sé cómo he llegado hasta aquí, solo sé que estoy perdido. Siento la amenaza del encierro, el ahogo. El aire está viciado en esta oscuridad que me rodea, pesa en mis pulmones, anega de calor gélido mi alma. Sé que estoy temblando aunque no tengo la sensación de estar pasando frío. Al fondo resuena una gota que cae en un charco y me estremece tanto como si un poderoso trueno restallase ante mis ojos. No sé dónde estoy, pero mis ojos, poco a poco, comienzan a acostumbrarse a la penumbra y a permitirme distinguir algo de lo que me rodea. Pronto soy capaz de diferenciar las formas sinuosas de un túnel. Tengo los pies mojados y al dar el primer paso noto el fango bajo mis pisadas. Una alcantarilla. Eso es. Debo estar en una alcantarilla. Unos ruidos a mi espalda me hacen presentir la presencia de ratas, odio las ratas.

Camino despacio, alejándome de las inmundas bestezuelas que corretean tras de mí, internándome en un laberinto de túneles malolientes. Con las manos palpo las paredes, buscando un asidero, quizá una escalera que me saque de aquí. No sé dónde estoy ni cómo he llegado. ¿Qué estoy haciendo yo en las alcantarillas? Sigo caminando, el ruido de pisadas y susurros chirriantes se hace cada vez más sonoro, más amenazador. Camino más rápido, aunque es probable que me golpee o que me caiga. Nadie va a socorrerme aquí abajo. Tengo que salir, tengo que salir, tengo que salir…

Y de pronto aprecio el destello verdoso, de pronto todo se vuelve nítido y visible. Alcanzo una estancia ovalada, enorme, una cueva iluminada por un verdor enfermizo. Y lo veo, de pronto lo veo allí, de pie en mitad de todo. Dios mío. Él también me ha visto, sus tentáculos lo han hecho. Intento gritar, grito, pero sé en lo más profundo de mi mente atormentada, que aquí abajo nadie podrá escucharme…

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