2 de enero de 2014

Migas de Pan

Remi terminó de recoger la mesa. No precisó más que un viaje para llevar el vaso, la cuchara y el plato vacío que hacía unos minutos ocupaba un par de cazos de sopa de sobre. En la cocina cogió el paño para pasarlo por el hule, como llevaba haciendo toda la vida después de comer. No es que hiciese falta pasarlo, ni siquiera tenía ya migas de pan que recoger, hacía algunos meses que había dejado de comprar el pan, con lo que se ahorraba tenía para comprar dos días más al mes. Al principio había echado en falta su sabor tras cada bocado, esa compañía que el pan le da a cualquier comida que nos echemos a la boca, pero se había terminado por acostumbrar. A todo se acostumbra una. Obviando los quejidos de sus huesos avejentados y el óxido que se había adueñado de sus articulaciones caminó hasta el armario de su habitación para coger una manta roída por el paso del tiempo, como ella...

No encendió la luz, el ahorro se había convertido en una máxima en su existencia. Quién se lo iba a decir a ella, toda la vida trabajando para ahora tener que racanear cualquier euro que pudiese rascar. No pudo evitar dirigir la mirada al bulto que destacaba en la oscuridad de su vieja habitación de matrimonio, esa que ya no usaba nunca, la que había compartido con su Lucas. Allí, como un recordatorio imperecedero estaba su cama. Una sonrisa triste la hizo suspirar. Echaba tanto de menos a Lucas… cogió la manta y cerró la puerta del armario con mimo. Desanduvo el camino que distaba de su reducto habitual y se dejó caer pesadamente en el sillón orejero en el que dejaba pasar la mayor parte de su vida. Era el sillón que su Antonio le había comprado a Lucas cuando encontró su primer trabajo. Habían estado tan orgullosos de su hijo aquel día. Las lágrimas intentaron desbordar el pliegue de sus ojos, pero Remi había aprendido a controlarlas. A todo se acostumbra una. Incluso a la soledad. O eso dicen quienes no la padecen…

Estuvo a punto de dejarse arrastrar por la pena, por las lágrimas, por la soledad… pero tenía una vía de escape, la había encontrado por casualidad, pero era infalible. Se arropó bien con la manta para no tener que encender la estufa, así ahorraba otros eurillos, quizá para comprar una barra de pan y una tableta de chocolate para Nochebuena, se daría un atracón. Antonio había llamado para decir que no podría venir en Navidad, que en los EEUU les daba igual que su madre la pasara sola. Pobre, con el lío que tiene siempre, no me extraña. Tenía las manos heladas, pero eso se le pasaría en cuanto las metiera bajo la manta. Cogió el mando a distancia y pulsó de encendido. Ahí estaba su vía de escape, su salvavidas, su ventana al mundo del olvido. Se encontró con la imagen de una chica cada vez más deteriorada, una mujer que había envejecido ante sus ojos desgastados, que había reído, llorado, amenazado, insultado a buena parte del mundo. Remi metió las manos bajo la manta. Se olvidó de todo y se dispuso a ver a aquella mujer. Pobrecilla, sufre tanto, está tan sola…