8 de enero de 2014

Sus ojos en la batalla

Solo fue una vez. Apenas podía ver nada a través del velo de sangre y sudor que cubría mis ojos enrojecidos por el miedo, la furia y todas aquellas noches sin dormir. Blandía la espada más por instinto que por capacidad y me mantenía en pie gracias a la fortuna y a la muerte de tantos y tantos otros... algunos de los que descansaban para siempre a mis pies o agonizaban habían compartido chanzas, canciones y reniegos conmigo hacía solo unas horas. Ahora estaban muertos. Así era la batalla, así es la guerra. Mueres o vives según el capricho de la Parca o de aquel con el que te enfrentas en combate o de esa flecha lanzada al azar desde una muralla... la vida y la muerte jugando a la taba con nuestras almas maltrechas...

Me faltaba el aliento. Tenía los músculos agarrotados y entumecidos. Apenas era capaz de acometer los ataques de los enemigos que no dejaban de llegar por todos los flancos, me sabía muerto y aún así continuaba luchando, hasta el final. Recordaba a los míos, eso era lo que me ayudaba a continuar defendiéndome. No quería que ellos sufriesen el error de nuestro estúpido rey, no quería que los indefensos habitantes de Telaria tuviesen que sufrir las ansias de conquista de un monarca tan necio como para decidir enfrentarse a un reino más grande y preparado que el nuestro. Noté la flecha en el hombro y dejé escapar un gemido. Tuve suerte, no me hirió el brazo de la espada. Con un grito partí la saeta en dos y derramé mi dolor y mi ira entre aquellos que luchaban por abatirme.

Maté a decenas de jinerianos antes de que me rodeasen y me tuviesen a su merced. La Muerte le ganaba la partida finalmente a aquel que jugaba por mi vida… estaba perdido, estaba muerto. Y entonces ocurrió, no le vi llegar, fue como un vendaval de músculos y acero que se llevó por delante a más de una veintena de jinerianos en apenas unos segundos. Recuperé el ánimo como para echarle una mano, aunque puedo jurar que no lo habría necesitado. Me miró a los ojos cuando el último de ellos estaba muerto bajo sus botas de pelo y cuero. Solo fue una vez, pero sirvió para que deseara estar muy lejos de allí, lo que ocultaban los ojos del Cinmerio es imposible de recordar con nitidez, de intentar rememorar siquiera, solo sé que ese día decidí dejar las armas para siempre, abandonar Telaria y rezar para no tener que enfrentarme jamás con alguien como aquel que se convertiría en el futuro en el Rey de Aquilonia…

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